
Por Edgar Madrid
La gente pregunta regularmente: ¿Por qué estudiar filosofía? Y el reto de dar una explicación vuelve a reavivarse en el engranaje conceptual del estudiante o egresado de esta ciencia. Por respuesta es necesario decir algo que sea suficiente, un punto alejado equidistantemente de lo mordaz, lo libresco, lo razonado, lo agradable al oído y lo políticamente correcto; algo suficiente y plenamente lógico. Por supuesto, aquello que se ha de argumentar está sujeto a quien pregunte, pues generalmente basta con alguna cita galante para convertir la incertidumbre de quien espera un esclarecimiento en la habitual modorra cotidiana, si es el caso de que la cuestión no sea con el fin de polemizar; sin embargo, hay ocasiones en que se debe soltar un argumento a manera de ajedrecista, es decir, con la mente ocupada en las posibles preguntas y respuestas que generará el diálogo. En el último caso puede suceder que la vida humana sea demasiado corta como para escuchar (pensar) una respuesta completa.
Si eso sucede con algo tan general como es la razón de ser de la filosofía, pareciera que cuando se trata algún tema en específico del ámbito filosófico se vuelve más difícil hacer que quien se acerque a preguntar quede satisfecho con una respuesta, debido a que los temas más concretos tienen una relación más directa con la vida práctica. Un buen ejemplo de esta situación es la conferencia titulada “Logos vs. Techné” que impartió la Dra. Marcela Mungaray Lagarda en el CECUT la tarde del pasado lunes siete de enero. En esa ocasión, la maestra habló sobre las implicaciones generadas por el uso de tecnologías y redes de conocimiento en la educación. Cito: “Hay dos pares de fenómenos que ahora forman parte de toda investigación, el search & find y el copy & paste.” Dentro de una realidad que envuelve a las formas tradicionales de búsqueda de información para fines académicos junto con estas relativamente novedosas maneras de dar con los datos, las referencias o las informaciones, surgen muchas interrogantes, por ejemplo, ¿qué tanto aprendizaje puede dejar al estudiante el tomar referencias de la Internet para llevarlas a sus trabajos de clase o tareas? ¿Es correcto el tomar “prestados” algunos fragmentos encontrados en una enciclopedia electrónica o en algún sitio web? ¿Qué hay de la tradicional noción de que el plagio es algo indebido? Definitivamente nos encontramos en un momento en el que no podemos hacernos ciegos ante la ampliación de posibilidades que ha concebido la masificación del acceso a la red, por consecuencia, debemos actualizar (si vale decirlo así) nuestra forma de conocer académicamente. Ante esta panorámica, José Luis Orihuela dice: «Reflexionar sobre los nuevos escenarios comunicativos provocados por Internet es aceptar el desafío de seguir pensando, de no sucumbir al vértigo, y de intentar dar cuenta razonada de lo que está ocurriendo en nuestra profesión. Aunque todo se mueva muy rápido» , y parece que en el mismo tono la maestra Mungaray asume el reto filosófico de pensar la forma contemporánea de conocer.
Gran parte de las objeciones que puedan hacerse en relación a este tema se pueden condensar en la siguiente pregunta: ¿cómo podemos configurar un modo de organización del conocimiento que asuma la dimensión virtual?, la cual lanzó la filosofa casi al inicio de su presentación. En efecto, se trata de construir o adecuar una teoría del conocimiento de tal forma que sea capaz de soportar el dinamismo que caracteriza a la forma de conocer en la actualidad. Para esto habrá que partir de las soluciones tradicionales que se han dado a la explicación del proceso o acto del conocimiento, tal como la analítica “donde se ve al conocimiento como un cuerpo organizado de manera general y abstracta del mundo exterior” , la fenoménica estructural “en la que el conocimiento representa el cúmulo de modos en que se organiza el mundo y las estrategias en que es posible apropiarse de él”, y, por último, la crítica sistémica “en la cual el conocimiento se ve determinado por condiciones sociales e históricas que determinan no sólo los descubrimientos, sino las estrategias en que es posible transformarlo y redefinir su origen”. Estas acostumbradas formas de concebir al conocimiento se enfrentan ante la dificultad, ahora exacerbada, de delimitar un objeto a conocer que no es estático, que cuando se atrapa parece mostrar un rostro momentáneo, una fotografía que forma parte de una película que corre en tiempo real. Para tan difícil tarea parece que la solución es forjar una imagen de sujeto del conocimiento que marche a la par con las informaciones que se le presentan dentro de un sistema de redes de conocimiento. Este sujeto tiene similitudes con el analizante lacaniano, el cual, de la mano del psicoanalista, construye las significaciones de su propio pensamiento; o bien, con el discípulo que descubre ideas junto con su maestro en una sesión mayéutica, aunque en este caso se trata del internauta y la información. Ambos métodos de aprendizaje han sido muy polémicos y comparten un lugar similar al del sujeto virtual del conocimiento propuesto por la maestra Mungaray.
Es importante señalar que el aporte de esta exposición no fue el dictar a manera de clarividente la solución a la problemática de las estructuras del conocimiento en la actualidad, sino el de poner sobre la mesa “los términos de una polémica que integre los retos de la información […] en la conformación de nuevos conocimientos”, incluyendo en este diálogo a los ejes paradigmáticos que implica nuestra actual forma de hacernos de datos (abundancia, hipertextualidad, multimedialidad, interactividad, mediación, personalización y actualización).
Esta conferencia fue la primera de un ciclo que se ofrecerá como parte del programa de actividades de difusión de la Universidad Iberoamericana para el Desarrollo (UNID) sobre temas relacionados con la educación superior. Fue organizada y moderada por Lic. María del Carmen Pérez Talamantes, directora de la UNID sede Tijuana.
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