
Por Ernesto Varas
Habíamos viajado hasta allí para gritarle en la cara al Bush todo el desprecio que sentíamos hacia él y los otros siete cerdos que depredan nuestra tierra con la voracidad de una hiena ante un cúmulo de huesos, pellejo y sangre. Quien hubiera pensado que justo ese día iba a perder el corazón en las manos de ella. Entre cientos de iracundos puños y desafiantes pancartas la vi, tan hermosa y revolucionaria como la mañana del cinco de junio. Me abrí paso entre la turba y sin perderme la oportunidad de patearle el trasero al monigote de Vladimir Putin llegué a posicionarme a cinco pasos de ella. Las canciones cesaron, los coros liberales se acallaron y un silbido metálico invadió el aura de nuestro encuentro. Los empellones de los manifestantes devoraron la distancia entre ella y yo. Frente a frente le declaré mi amor en silencio y besé mentalmente sus rojizos labios mil y un veces. El azul de sus ojos jamás se vio tan bello detrás de los cristales oculares de su máscara de gas. Con delicadeza tomé la que ella me ofreció. Los silbidos metálicos se esparcieron entre el mar de gentes y el humo de la represión nos envolvió en su blanca neblina. Sentí la necesidad de adentrarme en este remolino químico y humano. De su mano me aventuré, ella me guió, yo la seguí. Tomados de la mano los enviamos al carajo con el corazón latiendo al mismo ritmo, con el calentamiento global, la inequidad económica y la interminable guerra tatuándose en las consignas de nuestras voces y con el amor, el invencible amor, floreciendo por encima de toda injusticia, emergiendo como un faro de cordura en medio de toda esta insanidad.
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