
Por Fulgencio Martínez
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Mi vocación no ha conocido altibajos. Desde los quince años he lustrado, cuatro horas cada tarde, el lomo de los libros que de la biblioteca pública, donde hoy trabajo, llevaba a casa. La ansiedad que otros padecen (o disfrutan) en su juventud por cambiar el mundo, cedía su lugar en mí a la idea fija de conservar en buen estado los volúmenes que amaba. No reconozco, en mis años luego, un placer más gozoso. Un disfrute que, sin embargo, ha llegado a arruinar mi salud y a merecer, de los que me conocen, el desdeñoso calificativo de manía.
A algunos de los que así juzgan, está dedicada esta breve relación de mi carácter y espero que les arroje una luz sobre los extraños hechos que me adjudican los periódicos.
Hubo días (hoy ya tan lejanos) en que a algunos de ésos, a los de más confianza, casi llegué a convencer. Discutía yo el atractivo que ellos a la sazón me señalaran, la oportunidad de una excursión no sé adónde… el móvil de una pasión cualquiera que al menos por una horas o toda la vida nos tensara, nos sostuviera alejados del aburrimiento. Eran años –es obvio decirlo- en los que leíamos, más que vivir. Los hermanos mayores abocados a la política e instalados pronto en el orden los veíamos como reinotas ya, pero aún no con el punto de cinismo que luego los volvería más interesantes. Los horizontes domésticos, profesionales o sexuales nos parecían al uso; algo trivial; una vida de menesterosos que –sabíamos- tarde o temprano nos alcanzaría y alargábamos ese momento para claudicar lo más tarde posible. En broma, que no dejaba ser una suave excomunión entre nosotros, le señalábamos al amigo desertor los párrafos de la correspondencia de Flaubert en que el escritor, en situaciones parecidas, disparaba ironía hacia el amigo casado o integrado al orden.
Éramos una pandilla de fracasados antes de haber recibido el más mínimo revés y, en suma, mucho antes de proponernos nada.
Así las cosas, no desaprovechaba ocasión para convencerles de que sólo se podía hacer soportable la vida entregándose uno a una pasión. El problema era cuál. Claro que rápidamente se nos ocurrían tres o cuatro pero ahí estábamos todos pronto con la espada desnuda para darle tajos en el aire. Maestro era yo en esas migajas. Resultado de mis diatribas contra esas ingeniosas, hipotéticas pasiones vitales me apodaron, entonces, el taxidermista; algún osado condiscípulo en la secta del spleen de Baudelaire. El mismo que una tarde llegó a mi casa con dos copas quizá y arrojó (sobre la mesa en donde yo reparaba, encuadernaba, recubría de oro los viejos libros que un empleado de la Diputación encontró apilados en su sótano durante la inspección de la ventilación) un ave muerta; una paloma.
- Hay que comenzar por vaciarla por completo, dejando sólo el pellejo con el plumaje y los dos huesos de las patas, y retirando los ojos… que luego volverás a colocarlos una vez que hayas rellenado la cabeza.
Me decía esto mirándome fijamente, con un extraño tic en los labios que yo achaqué al eructo del whisky.
- Te has comportado como Diógenes el cínico arrojando en medio del discurso del sofista célebre una pata de gallo.
Este punto de humor, esta treta de complicidad no le convenció a mi amigo. Que seguía extáticamente parado ante mis libros y en la actitud del que acaba de presentar la dimisión en un club.
Días después supe, por otros, que había intentado suicidarse. Afortunadamente en aquellos años los suicidios no estaban de moda y la actitud de ese amigo ni siquiera mereció un comentario en nuestro grupo. Como si hubiera tenido un resfriado, al volver a nuestras reuniones le preguntamos cómo le iban las cosas, el catarro de vivir es crónico para algunos por mucho que intenten poner eficaces remedios, y otras perlas de ironía de esa guisa.
Mis deseos, sinceramente, de agradar a mis amigos me animaban para convencerles de la amplitud de mi vocación de conservador de libros. Alguno, por independencia (rebeldía que hacía más vergonzosa la imitación), trató durante una temporada de ganarse fama de experto restaurador de cuadros, de muebles, operario de relojes antiguos, de todo tipo de máquinas antiguas, de motos que olían al polvo craso de los trasteros; algún otro, incluso, siempre de modo oblicuo refiriéndose a la vanidad de mi tema o manía, cambió de talante ideológico y se mostró conservador en política o en moral.
Ahora comprendo el sutil juego. La formidable y macabra ironía que, con aquellos homenajes más o menos directos a mi vocación, me dirigían todos ellos. Quizá me temieran en el fondo, o quizá me tomasen por loco contagioso; en cualquier caso mis opiniones les deslumbraban, mi coherencia y mi ironía implacable les paralizaba cuando pretendían, raras veces, mostrarse abiertamente a la contraria de mi obsesión.
Llego a estas líneas con una duda insondable sobre mí y sobre mi capacidad justa de juzgarlos, y entiendo que no debo ocuparme más de ellos, aunque, sí, ellos fueron –lo intuyo- el móvil inconsciente de las acciones mías que a continuación voy a relatar.
Pasó aquella década y llegué a esa edad en que llega la primera crisis y, con ella, los primeros remordimientos de juventud.
Me había independizado hacía ya varios años y comenzado a trabajar en esta sala de la biblioteca. En mi tarjeta, cómo no Giacomo Casanova, misántropo y bibliotecario del Ayuntamiento de… Apenas había, hasta entonces, salido del pueblo y no prestaba más que un benevolente, contemporizador entusiasmo ante las descripciones de los viajes de mis amigos, los pocos amigos que aún conservaba. ¿Para cuándo pues esa excursión que teníamos pendiente… hace diez años? No podía remediar, en medio de mi sincera simpatía, el endosar ese aguijón a su olvidada momentáneamente complicidad, sino recordarles que se dirigían a mí, no a otro. Como explicarle a un mahometano la excelencia de un festín de cerdo. Esa inconsciente, estúpida manía de que todos compartan nuestras evasiones. Ni siquiera se cortaban de contarme los detalles, mínimos, absurdos – París, tal restaurante, tal museo, tal anécdota en el barrio Latino – de sus viajes. Los había que me enseñaban fotos y fotos, álbumes enteros; algunas, muchas de las personas retratadas ni siquiera yo conocía, novias o amigas esa temporada, compañeras de viaje que repetían las mismas poses y sonrisas sin interés en las instantáneas.
A veces (temo ahora pensarlo) era más importante que el viaje, para ellos, el contármelo y mostrarme sus fotos que yo archivaba en la memoria con el rótulo el jardín del deseo. Esa expresión, salida en alguna ocasión de mí, llegó a gustar, o molestar, no sé, a alguno, por lo que se hizo en adelante común preguntarme, después de un viaje, si ya había visto su jardín del deseo cuando era evidente que ya me lo había enseñado mi informador. Un día de éstos, recuérdamelo, te enseñaré las fotos que nos hicimos en Méjico el año pasado Juan y yo. Ahora hablaba mi compañera en la biblioteca, que nada sabía de mí ni de mis relaciones con los amigos, y a cuyo marido, por cierto, el tal Juan, apenas conocía teniéndolo como poco simpático.
Con esas primeras crisis y tales engorrosas situaciones me volví una temporada dubitativo de mí mismo. Pero pronto –casi siempre al pasar el invierno renovaba mi energía espiritual. Volví a ser el mismo convencido. Y más aún me volqué en los ejemplares más raros de mi colección, las joyas de mi corona de restaurador, hice encuadernaciones incluso para colegas de la Biblioteca Nacional que me contactaron a través de un boletín de la asociación a la que por supuesto me adscribí. En cierto modo comencé a compartir entonces de verdad mi vocación.
Un poeta local, de nombre Andrés Acedo, me solicitó información un día sobre un libro que no hallaba mi compañera. Curiosamente ese libro, de aquéllos de la Diputación, lo tenía yo desde años en casa, su restauración era muy lenta y penosa, pero no sé por qué caprichosos motivos me empeñé en restaurarlo íntegramente.
Satisfice al poeta y le hice anotar, al entregarme su ficha, que mañana tendría a las nueve en punto su libro. Era un volumen de Erasmo, el Elogio de la locura, impreso por la Diputación de la provincia, en reproducción facsímil de un raro ejemplar del siglo XVII que existía en el Archivo del Obispado y del cual habían sido arrancadas casi todas las hojas: en su tiempo, libro superincluido en el Índice; los propios lectores lo habían ido arrancando de allí hoja a hoja y se lo habían llevado a su casa.
Me entregué con pasión. La cena me la salté. Esa tarde noche no fui a los sitios donde solía. Y me entregué a la pasión de escribir las hojas que faltaban en el libro. Ahora –estoy seguro que a vosotros os parecerá absurdo; a mí, también. Tenía en mi casa una edición de bolsillo del humanista y podía haber copiado su texto… pero no sé qué juego o empeño de desdoblamiento me llevó a sentirme como un médium inspirado directamente por Erasmo. Ahora él ya no podía decir lo mismo. Si aquel libro, que tanta censura le había acarreado, había sido absorbido: ahora, para devolver su originalidad prístina al mensaje, había de ser nuevamente un texto intolerable, no correcto, disolvente o incitador.
Me daba cuenta de que ésa era otra dimensión de mi conservación.
Y a la mañana siguiente volví al trabajo con el libro, que puse en las manos del poeta. Tiene usted quince días para leerlo, don Andrés. Vaya favor que me ha hecho usted, se despidió el poeta. Llevándose su amable y un tanto excesivamente cortés silencio.
Transcurridos unos días volvió el poeta y se dirigió directamente a mí para pedirme otro libro; esta vez lo tenía en el estante público. Pero me excusé diciendo que también mañana lo tendría en sus manos. Era una novela de Radiguet, El diablo en el cuerpo.
Las Poesías del conde de Villamediana, Reflexiones sobre Norteamérica, de Miguel Espinosa; Azul de Rubén Darío, El casamiento engañoso y coloquio de los perros, novela ejemplar de Cervantes; el Teatro de Espronceda, los Diálogos de Platón; El último preso, novela olvidable, finalista de un famoso premio; La feria de las vanidades, de Thackeray, todo Baroja, el Diario íntimo de Unamuno… Durante semanas con el pretexto de reencuadernarlos y en un rapto de trabajo reescribí tales libros, poniéndolos a la mañana correspondiente en las manos de sus peticionarios.
El poeta apareció de nuevo y me pidió Comunicación con los Mundos de Eric. Me dijo que no conocía de qué trataba el libro, le sonaba a una biografía secreta del músico Eric Satie. Le dije lo mismo y volví al día siguiente con su ejemplar.
Otra vez me pidió Tres días para resucitar –el título promete, me dijo; siempre embutido en su gabardina, con el cuello casposo, levantado. Volví a prestárselo.
En un año había yo encontrado la piedra filosofal de mi vocación y mis amigos no volvieron a saber durante tiempo de mí. Creía que te habías metido a monje en su garita, me crucé con uno una vez por la calle, mientras llevaba yo en mis manos a la biblioteca, dos nuevos libros para Acedo: Los relojes sinestésicos, y La duda ofende, nueve tesis para exponerse a los teólogos o Cómo disfrutar mintiendo.
La prensa, cierto corresponsal local, ha publicado un disparatado relato sobre la locura de un bibliotecario reformador de libros y ha salido mi foto y mi nombre en todo el país. Hasta a países del extranjero ha viajado la noticia. La opinión de unos me tilda de nuevo dadaísta; otros de gamberro o de maníaco peligroso; un sindicato de autores ha pedido la suspensión de mi empleo y funciones a la administración municipal. Lo peor de todo ha sido ver, hace pocos días, a mis amigos en la biblioteca, pidiéndome un cuento de Borges. No han entendido nada.
30 de abril de 1999
2
Entrevista al autor de La lluvia bajo los rascacielos
por Justo Pérez Tébano
Mañana del 11 de junio
En la de ayer ha abandonado nuestra localidad Augusto López Mena, el famoso escritor, excelente charlista y amigo ya de nuestro pueblo, como ha demostrado en las cuarenta y ocho horas que permaneció entre nosotros. Llegó para dar una conferencia sobre “La construcción de la novela” y ha sabido ganarse la simpatía y el cariño de cuantos lo hemos conocido.
Los lectores de este periódico, en ciudades más cultas de la provincia, quizá se extrañen del eco y suceso creados con el paso del autor de La lluvia…por nuestro pueblo. Fuera porque su rostro y fama le precedían en la pequeña pantalla; fuera por el escándalo aún no apagado de nuestro bibliotecario reformador de libros, su conferencia era esperada como un acontecimiento.
(Sobre el citado escándalo, he de informar que ha encendido en nuestra tranquila comunidad la polémica literaria; y que el asunto sigue suscitando, hacia la persona del bibliotecario, una avalancha de opiniones rivales, filias y fobias, según; según la simpatía o la inquina hacia quien primero alza una opinión manifiesta sobre el tema. No importando mucho a todos el fondo de la cuestión, “filios y fobios”, cito a nuestro poeta local, “han aprovechado para arrojarse sus pacíficas opiniones a la cabeza. No estoy de acuerdo porque está de acuerdo ése, y estoy de acuerdo porque opino lo contrario de aquél”. El alcalde ha tenido por lo más sensato echar un bando, para aleccionar a los hijos a no discutir con sus padres sobre asunto tan baladí”.
En ese clima predispuesto a la faena gloriosa o al almohadillazo, el escritor comenzaba su conferencia. Tenía delante un público crispado por la marcha inestable de la literatura. Informo, ya, que la conferencia de anteayer de Augusto López Mena en el instituto femenino culminó con aplausos, todo un éxito que ha desbordado la pizarra y la mesa del aula de actos, para salir a la calle y ser comentario populi. A la mañana siguiente (por ayer), los profesores pedían a sus alumnas de COU, muchachas de talle alto y ojos que dan fiebre al mirarlos, que, ante los exámenes de final de curso, se esforzaran “para ser el día de mañana hombres de provecho, como ese gran escritor que habéis tenido sentado frente a vuestras bancas”.
Don Augusto ha triunfado en la cena de honor que una de nuestras familias ilustres le ha ofrecido en el salón de su casa. Ha merecido las mejores vendimias; las botellas de vino que nuestros patricios guardaban para celebrar el día en que hubieran cumplido con la Patria sus hijos varones. Antes del ágape, el escritor fue llevado a la capilla de nuestra colegiata, donde cortó la cinta para inaugurar el altar nuevo a su Cuerpo Glorioso, y ha alabado los frescos remozados en sus paredes con gran conocimiento de las pinturas de nuestros primitivos.
Escribes de puta madre, le han saludo algunos jovenzanos vestidos de punk, que suelen reunirse debajo de los soportales de la colegiata para tocarse la pirindola todas las tardes, ejerciendo una leve mendicidad y bebiendo unas latas, y le han pedido tres autógrafos y trescientas pesetas. Luego, antes de irse, por la mañana, ha estado con nuestros mayores en una partida de bolos, que jugado con el favor de las jóvenes, aplausos del público en general y autoridades, elegancia y puntería.
El escritor espera ya su tren. En la cantina de la estación comienzo la entrevista, teniendo a mi lado, para las cuestiones técnicas, las notas que he recogido de su conferencia “La construcción de una novela”.
P.- ¿Qué impresión se lleva en su equipaje?
R.- He tenido grandes muestras de afecto y me marcho habiéndome encariñado en un tiempo récord con todos vosotros; espero que haya una segunda vez.
P.- ¿Ha padecido algún problema con la sequía pertinaz que azota este pueblo?
R.- ¿Quiere usted decir si he podido ducharme esta mañana? ¡No!
P.- Sí.
R.- No ponga eso, por favor.
P.- ¿Cuáles son los remedios que usted propone a nuestros símbolos patrios?
R.- No entiendo su pregunta. Déjeme que endulce el café.
P.- Las iniciativas que algunos ensayos están ya extendiendo, de hacer responsables de la suciedad de los ríos a los subsecretarios de las Diputaciones provinciales; que los secretarios y los…
R.- Ya imagino.
P.- …los notarios en cada Ayuntamiento den fe, en sus autos públicos, brindando con un vaso de agua de la localidad.
R.- Un vaso de agua cristalina, amigo mío, levantado hacia el público por un brazo honrado es el mejor brindis entre los hombres de corazón.
P.- Perdone, usted, don Augusto, que por familiaridad que ha tenido con nosotros, yo me permitiera trasladarle estas cuestiones técnicas locales que seguro, sin embargo, interesan a la opinión de sus lectores, y de muchos de nuestros vecinos, hacia lo que usted ha dedicado su cordial trato…
R.- No hay que de qué. ¿A qué hora dijo que salía mi tren?
P.- En consonancia con su conferencia, ¿qué opinión le merece la actitud de nuestro bibliotecario, del que ya usted tendrá noticia, Pedro Martínez Tébano? (Le juro que ese individuo no es familia mía).
R.- Me han llegado también noticias de divisiones de opinión sobre ese asunto. Como escritor, que mis libros mueran por olvido del tiempo es lo único que no me preocupa. Cuando uno entra en este oficio ha de tener las ideas muy claras: o uno escribir para hacer literatura rascándose los huesos hasta después que ha expresado toda la carne de su talento, y entonces lo secundario es el éxito, la fama, el cine, la televisión, la prensa y el aplauso efímero de esta generación; o uno se dedica a algo parecido a la literatura, muy respetable, esto es lo que yo hago, Tébano.
P.- Confiesa usted que no es un literato, el gran autor de La lluvia, que nos ha dejado los mejores consejos para construir y leer una…
R.- No tome usted tanta nota tan de prisa. Se lo puedo repetir. ¿El tren sale a la hora que me ha dicho, no? Cuando yo empecé a escribí lo hacía siempre con bolígrafo, como usted, y luego me costaba mucho trabajo entenderme. Ahora siempre llevo esta grabadora. Ya está, amigo Tébano.
(El escritor me hizo oír muchas de sus ideas, reflexiones que los lectores, si son curiosos, conocerán en el libro que la Diputación va a publicar en homenaje al gran hombre y al gran escritor).
Augusto López Mena anda ya camino de Madrid, y creemos que viaja con una buena impresión de nuestro talento para la hospitalidad.
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DATOS DEL AUTOR:
Fulgencio Martínez (Murcia, España, 1960).- Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid. Profesor de Filosofía. Ha publicado 5 libros de poesía: Trisagio, La docta ignorancia, Libro del esplendor, Nueve para Alfeo, y Cosas que quedaron en la sombra (Premio al Libro Murciano del Año en Poesía 2007) Dirige la revista literaria Ágora.
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