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BAILE DE SOLTEROS

 

Por Lady López

 

 

Detrás de mí Cupido,
y ella, sin quererlo, me reina en la incertidumbre.

 

I.
En Aconcahuac el tiempo se detuvo en algún lugar desconocido. El Baile de Solteros es la fiesta más significativa, acontecimiento que invita a salir del tedio de sus pobladores. Durante trescientos sesenta y cuatro días del año las señoras cosen vestidos con pedrerías y lienzos de colores que recuerdan las lágrimas por los ausentes. Mujeres abandonadas a su suerte, vidas fragmentadas por el hambre, llantos por los ahogados en Río Bravo. Historias de soledades hechas conjuros se han bordado en las sedas, con la esperanza de que los casaderos encuentren mejores puertos.
El baile comienza por la tarde, alrededor del quiosco. Como ritual, las mujeres “por merecer” caminan en círculos mientras los hombres ven el espectáculo como en plaza de toros. Al toque de las campanas de la parroquia, las primeras mancebas salen de sus toriles con vestidos blancos, color que delata su pureza virginal. El cándido destello de sus ojos combina extrañamente con el rubor natural de sus mejillas.
Al centro marchan las mujeres vestidas de amarillo. A ellas el amor no les ha favorecido. Apenas rebasaban los veinte y ya en el pueblo se dice que son las “quedadas”. El destino de esas niñas-mujeres está sujeto al cuidado de sus padres durante la vejez, por eso saben que ésa es su oportunidad para subir al último tren que, sin retorno, las lleve al fin del mundo alejándolas del escarnio público. ¡Cuánta tristeza se asoma en sus ojos que intentan sobrevivir a toda costa!
Por último, las mozas de rojo marchan seguras de sí, desafiantes. El color lo dice todo. Diosas, reinas, Penélopes, nubes de paso. Entregadas a los brazos del amor han desnudado sus cuerpos sin equívocos. Eros les ha enseñado las caricias del amante quien ha partido en busca de un porvenir al otro lado del muro. Destrozadas por los escombros de un amanecer prometido, intentan, siempre intentan acomodar el sueño de una nueva noche que no ha llegado. Sus ojos, ¡ay, sus ojos, como estepas que ya son recuerdo!
El jardín se renueva mientras el pañuelo es devuelto a su dueño con unos labios pintados. Flores en el pelo, sonrisas y ligeros roces, son señales para saberse el elegido por ellas.
Llegada la noche, a orillas del río, la música anima la desértica explanada donde se celebra el encuentro con Cupido. Las mujeres llegan poco a poco hasta completar el cuadro. Junto a la barra del bar, los hombres solteros buscan a su media naranja para iniciar el cortejo. La fiesta comienza al primer toque de la orquesta Monte del Valle. Los parejas abren el baile y entonces comienza la danza como un rito al desamparo.
Guadalupe –piel morena, tímida y callada-, desde la esquina, ataviada de satín amarillo y vestido vaporoso, muestra su desilusión porque nadie ha revelado interés hacia ella. Una inmensa soledad se apodera de su ser en medio de tanto barullo. Lucha por sentir la alegría del festejo pero siempre retrocede. Sus carnes flojas y piel grasa la orillan al anonimato.
El destino juega en la incertidumbre y nunca sabemos qué caminos nos depara. Guadalupe observa a lo lejos a una mujer atrapada por la luz de la luna que también está sola y despoblada como ella y descubre en la dama solitaria cómo se cruzan el mar y el fuego en sus ojos. Fascinada por tanta belleza y perfección de la chica se dice para sí: —Es una diosa. No es mujer de este puerto, yo lo sé—. Al escucharse siente vergüenza por sus pensamientos, pero un impulso incontenible la lleva hacia la otra mesa. Todavía mascando el bocado — ¿Puedo sentarme junto ti? ¿Platicamos?, dice a la extraña.
Instalada en el asiento, Guadalupe pregunta: — ¿Por qué no bailas?
— Parece que no es mi noche... o quizás sí... no lo sé.
— Eres muy bonita para que nadie se interese en ti.
— ¿Y tú, por qué no bailas?
— Yo soy fea y gorda, nadie se ha fijado en mí.
— Eso crees tú. Te han mirado desde que llegaste aunque no quieras admitirlo—. Guadalupe visiblemente desconcertada busca un punto de escape entre la muchedumbre.
La música flota en el aire mientras las parejas bailan al ritmo de la orquesta. Besos, coqueterías, extraños juegos del corazón.
Las jóvenes se retraen del festejo, charlan y ríen abiertamente. El dios Baco hace de las suyas. Guadalupe, bajo los estragos del alcohol, se sabe renovada, con el control en sus manos: — ¿Por qué no salimos a tomar el fresco?, dice a su compañera.
Las dos abandonan el salón de baile. El aire provoca mareo en las mujeres.
Guadalupe al darse cuenta que no conoce a la mujer a su lado inicia el interrogatorio.
— ¿Cómo te llamas?
— Carmina. Carmina López.
― ¿Eres de aquí?
― No.
― ¿De dónde vienes?
― Del monte, donde nacen las jacarandas.
― ¿Y dónde queda ese lugar?
― Donde el sol se entrega a la noche.

Guadalupe recuerda que no ha amado a ningún hombre y un sentimiento de dolor se apodera de sí y rompe en llanto. Carmina la sostiene en brazos mientras limpia las lágrimas que agostan los ojos de la solterona. Guadalupe siente el tacto de la chica en sus mejillas como una tormenta interna con color imprevisto.
         Al regresar la calma, interrumpen la caminata y se recuestan sobre la hierba con las cabezas juntas para mirar a las estrellas. Apenas se escucha la música y Carmina invita a bailar a Guadalupe quien emite una risa apenas perceptible que disfraza su rechazo. Carmina toma ventaja y la atrae hacia sí.
― Anda vamos. Escucha la música, siente el ritmo. Bailemos. Así, un, dos, tres.
La joven intenta mover los kilos de grasa que la soportan. Tropieza. Recarga su cabeza en el hombro de la otra sin ignorar la herida que le produce al sentirse por primera vez en los brazos de un ser humano.
Carmina insiste: ― Intenta otra vez, tu puedes. Abrázate a mi cuello y sigue el ritmo. Un, dos, tres. Guadalupe se deja llevar por el vaivén de las notas musicales y sin quererlo roza las nalgas de la chica y siente fluir la sangre caliente en sus entrañas.
La orquesta a lo lejos deja de tocar y ellas se miran frente a frente…
Ríen divertidas por la complicidad y el entendimiento que empieza a forjarse. Ahora ansiosas, liberadas ya de la vergüenza y del miedo yacen exhaustas, infinitas.
Carmina, acalorada, sin recato, desnuda su torso por el calor del ambiente. Guadalupe la mira lascivamente y queda pasmada al comprobar su perfección; la sangre se agolpa en su cabeza, con un instinto carnal que la doblega, pero piensa en su gordura y se compara con la mujer que tiene a su lado.
Carmina toma las manos de Guadalupe, le enseña el camino al posarlas en su vulva y con una ardiente suplica le dice a su amiga: ― Tómame, convócame. Soy tuya, date toda-. Guadalupe cede, afronta el riesgo. Las dos se miran y empieza el torbellino. Un beso, otro más, intercambian lenguas, suspiros, olores, sabores de la carne. Los pechos se endurecen, sus cuerpos serpentean, anudan sus deseos y sus trenzas.
Guadalupe por fin se libera de sus ataduras y como ninfa juguetona abre los muslos de la joven apresando con su cabeza el desasosiego, el que deja la huella del león. Penetra su lengua, lame los labios prohibidos bebiendo en el fondo de aquella humedad. ¡Está con ella, tan ardiente como no se había pensado nunca! Carmina arquea su cuerpo, gime en su agonía y pide a gritos que la nombre. Unen sus voces.
Carmina desprende un frío casi sepulcral y entonces un escalofrío en Guadalupe la recorre como presagio…
Amanece. Ambas despiertan en su desnudez, abrazadas, adheridas.
Carmina toma su vestido y pronuncia las primeras palabras:
― Hagamos un trato.
― Dime, ¿qué trato?
― Quiero que siempre estés. No quiero renunciar a ti. Veámonos por la tarde.
― Juro que no te dejaré ir. ¿En dónde nos vemos?
― Donde nacen las jacarandas, donde el sol se entrega a la noche.
― Llegaré. Lo prometo.

Silenciosamente se acompañan a lo largo del camino. Guadalupe siente una nostalgia que la inunda toda. Ahí estaba esa realidad opresiva que la hace llorar: ― Nunca imaginé que yo pudiera…-, dice con voz entrecortada.
― ¡Calla! No digas nada…
Guadalupe regresa a casa y corre a su habitación, recapitula la noche del baile. La culpa. Las ideas se suceden desordenadamente. Pasadas las horas acude a la cita. Busca las jacarandas que nacen a la mitad de un hermoso jardín, y entonces siente cómo arrecia una tormenta de otros tiempos. Bajo las sombras del árbol hay una lápida de piedra en reposo con una inscripción que dice:

 

Aquí descansa en paz Carmina López.
Nació en 1907- Murió en 1932.
“Cuando callen las voces quiero que estés siempre. No lo olvides.”
A nuestra querida hija.
Sus padres.
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DATOS DE LA AUTORA:
Lady López- Poeta y narradora mexicana (1956). Ha publicado poesía en revistas virtuales e impresas. Participa activamente en diversos foros literarios y es moderadora del grupo El Fausto. Integrante de la Asociación Poetas del Mundo y de la Sane Society. Miembro del grupo editor de la revista virtual Palabras Diversas. Ha recibido menciones de honor por los poemas Después de la siembra y Tierra de nadie en los Certámenes Internacionales de Poesía y Cuento Mis escritos en sus versiones 2004 y 2005, respectivamente. Ocupó un lugar entre los 10 finalistas con el relato El Preámbulo en el Primer Certamen de Relatos Breves El País Literario, el cual fue publicado en el libro Novísimos. Su poesía ha sido leída en los programas http://www.arinfo.com.ar y en Letras para no dormir de Radio Ciudadana en el 660 de AM de la Ciudad de México.  
 
http://ladylopez954.blogspot.com/

 

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