
Por Rogelio Villarreal
Para algunos escritores ejercer su profesión es una labor ardua, paciente, minuciosa. Una que tiene que ver más con el conocimiento, la observación, las obsesiones, la imaginación y, aunada al dominio pleno del idioma, la autoexigencia. Para muchos otros es una actividad casi impúdica: una en la cual se cumple religiosamente con las cuotas establecidas por la beca en turno o en la que priman, ante todo, las ansias de publicar cuanto antes el primer libro —y después uno al año, por lo menos. Escribir y publicar más para alcanzar en plena juventud un reconocimiento desleído y fugaz entre sus pares —difícilmente entre el público—, acaso poco más de los quince minutos de Warhol. La parquedad de Rulfo se pondera a cada oportunidad, pero casi todos se niegan a seguir su ejemplo. Los escasos habitantes del País de Lectores se pasman ante la abrumadora cantidad de obras lanzadas al ruedo mes a mes por nacionales y ultramarinos, algunas de ellas con cuantiosos premios de por medio. Menuda tarea la de adivinar cuáles de ellas perdurarán hasta el final de los tiempos, es decir, en cincuenta o cien años.
Quizá no me equivoque al colocar a Norma Lazo —escritora atípica en el paisaje mexicano— en el punto de partida de la senda de los autores pacientes y pudorosos. Su novela El amor es un triángulo equilátero es poco menos — ¿o más?— que una sentencia, casi una declaración de principios, que oscila despreocupadamente entre la parodia, el prejuicio y la ironía: la vida es amarga, por cierto, y la muerte el único remedio posible —mucho mejor si aquélla corre por nuestra cuenta. El amor no existe —quizá ni siquiera el filial— y, siguiendo a los antipsiquiatras David Cooper y Ronald Laing, la familia es el nido en el que se incuban todos los males y las perversiones. Encima, el corolario de una vida lamentable no es otro que el de una decrepitud solitaria y pestilente. Solamente la ética íntima hace posible sobrellevar la existencia en un entorno de acechantes zombies urbanos.
Por eso Clint Eatswood es el icono tutelar de esta breve novela que concluye acaso precipitadamente, como si la autora hubiera decidido cortarla de tajo antes que dejarnos saber más de sus lóbregos personajes y los motivos que los alientan —o dejan de hacerlo. Autosuficiente y justiciero, el hierático actor preside la vida de Fabián, el niño que aborrece al vulgar padre inaccesible que veja a su madre sometida todas las noches tras la puerta de un cuarto oscuro y amenazante. La tragedia, como en la antigua Grecia, es inminente y previsible: el padre mata a la madre y el niño lo ejecuta a él de tres balazos. El triángulo es roto. No sabremos nada del Fabián abismado en sus fantasías cinematográficas hasta varios años después, cuando es hallado muerto en su habitación, tapizada de fotografías de modelos desnudas y de una niña de sexualidad desafiante, que no tardará en hacerse presente.
El departamento del suicida es ocupado por un modesto estudiante de leyes que hereda las morbosas imágenes y la compañía de la niña —lo cual marcará un cambio decisivo en su vida. Pero también hereda el irrespirable ambiente del maltrecho edificio y su galería de personajes miserables: ancianos abandonados que huelen a necesidad, envidia y humedad de cementerio; la madre de la niña que no vacila en sacar ventaja de la sexualidad de su hija, y un casero enfermo por el irresistible deseo de desvirgarla.
Pocos son los nombres de los personajes de esta novela. ¿Por qué sí los tienen Fabián y Artemisa, su musa y acompañante en el viaje a la muerte? ¿Por qué sí Loveland y Felicidad? Ni la Niña ni el Repartidor de Pizzas ni el Hacedor de Estrellas ni nadie del club de las decrépitas ancianas alcanzan a ser nombradas por el narrador. He ahí una muestra de la rareza de Norma Lazo, creadora de tramas infrecuentes en la narrativa mexicana (es autora también de Los creyentes, Times Editores, 1998), acaso heredera del humor umbroso de Francisco Tario y lejana cómplice de los sueños de infancia de la norteña Patricia Laurent Kullick. Sin embargo, tanto en la intimidad de la casi erudita primera persona del pequeño Fabián como en la omnisciencia didáctica del tiránico narrador se deslizan incómodos traspiés lingüísticos que perjudican la limpieza de la trama, la perfección del círculo. No se puede atentar contra la precisión implacable del lenguaje a menos que se quiera subvertir todo de un puñetazo certero y genial, como Cortázar en algunos de sus cuentos. Decidir entre el uso de emparedado y sándwich, por citar una minucia, no es un asunto menor, del mismo modo en que la elección entre frigorífico y refrigerador puede resultar en simple afectación. No debe desestimarse la pugna entre el lenguaje coloquial y el literario, aun cuando éste deba vérselas con idiosincrasias mundanas sin mayores aspiraciones que las de malvivir.
Por otro lado, la observación de la conducta de los personajes debe ser casi científica si la autora quiere convencernos de sus virtudes y defectos —sobre todo de estos últimos. Quizá los viejos conspiradores que habitan ese edificio sean tal y como los describe, pero delinear con gruesos trazos a una anciana judía —“la Mujer de la Mirada Torva”— como la encarnación misma de la maldad —tanto que podría ser la digna mujer de Shylock— y escribir que al abrirle la puerta a sus invitados besa la mezuzah, puede ser más una broma estereotipada que un acercamiento certero a la particular condición humana de esa mujer (como sabemos, los judíos sólo besan la mezuzah al entrar o salir de casa).
El dolor es un triángulo equilátero es una novela que se lee de un tirón. Hay astucia narrativa y una historia con giros sorpresivos y alusiones más que pertinentes a la realidad que conocemos por los medios, las noticias, los comentarios de los vecinos o de primera mano. Norma Lazo sigue pacientemente en busca de un lenguaje más preciso con el cual aprehender férreamente esa realidad y plasmarla en su literatura. Si el mundo es tan malvado, el lenguaje debe ser implacable con él.
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