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JOSÉ Y LAS MANOS DEL MAR

Por Antonio Carbajal

...una novela más o menos sentimental o
sombría, según que mi imaginación se hallaba
más o menos exaltada y propensa a ideas risueñas o terribles.

   Bécquer

 

 

Asediado por el rápido temor de convertirse en lo que ve, José niega urgentemente las actitudes que pudieran camuflarlo con su entorno. Pájaro y no camaleón, no se preocupa si es diferente con tal de saber quién es: básicamente triste ateo del dios dinero, agradecido amante de los libros y los paisajes. Tiene como sus máximos logros a su libertad, algunos amigos eternos y un almacén desordenado de recuerdos conseguidos en la selva del pasado, uno a uno, igual que se obtienen los días. A veces, adora la vida y otras se cansa de ella, entonces, apoya las sienes en sus manos sudorosas, sin callos, y sueña despierto o piensa en la muerte como lo han hecho cuando menos una vez todos los hombres.

José es más bien solitario. Si acude a un lugar público se siente empujado fuera, lejos de las aglomeraciones a causa de su profundo desagrado por los rebaños. Más o menos por las mismas causas evita el trajín de la gente en los carnavales y las conversaciones espontáneas en las filas. Aún así tiene, casi accidentalmente, una apariencia del todo común porque, a fin de cuentas, en estos tiempos habría que llegar casi al completo ridículo para lograr ser original. Viviendo así llegó hasta una noche inofensiva, ligera como una mirada que se distrae y durante su soledad algo le reventó dentro. José despertó del letargo y sintió en la punta de sus nervios que ya no era capaz de soportar la urgencia de tanta realidad. Se supo desesperado y sin remedio. Decidió escapar al mar. –Cuando más pronto mejor– pensó, y partió.

 

Las olas se extendían ruidosamente hasta la orilla rocosa para llevarse consigo las piedras redondas que antes habían traído. José conocía el paisaje a ojos cerrados.  Sabía que algunos arbustos cenizos y otros tantos cactos verdeaban a pocos metros de los arrecifes pétreos y que las fogatas apagadas, dispersas, delataban la reciente presencia de algunos descuidados admiradores de la naturaleza; pero en ese momento no había nadie. Levantó la cara orientándose, avanzando de memoria, casi a tientas, porque a las dos de la madrugada, sin luna, la hermosa playa de ásperos arrecifes y verdes islotes, no era más que un gran hueco ciego con olor salado. Apoyó los pies descalzos cuidadosamente para no resbalar, podía escuchar con claridad cómo a su alrededor se deslizaban los cangrejos entre las piedras húmedas. Los imaginaba, arañas de hueso rojo dentro de armaduras mojadas, corriendo de lado mientras abren y cierran sus tenacillas, huyendo y acechando. Se detuvo un poco al sentir el agua fría salpicándole los muslos y se inclinó para tomar equilibrio. No tardó en encontrarse sumergido en el frío salobre de la oscuridad, levitando boca abajo. Extendiendo su cuerpo cerró sus ojos inútiles y se impulsó dentro de sí mismo, abandonándose a los minutos en el útero primicio del océano. Esta es la ruleta marina que juega José. Si había bala en el cilindro no habrá estruendo, olor de pólvora, quemadura ni mancha el la pared, sólo la incógnita desaparición de un hombre incógnito que ahora flota y ahora ya no. Y si no había bala José estará de verdad vivo.

El alma infantil de José, teme buscar de madrugada sus pantuflas bajo la cama sabiéndolas custodiadas por la segura presencia del mal. Intuye la brutalidad de una garra horrible. La misma garra despiadada con que el mar puede arrebatarlo y destrozarlo hasta desangrar su alma de espanto. La misma garra que no ha querido, hasta hoy, acabarlo de una vez. El mar abierto, helado, negro, vivo, monstruo agazapado, toma su tiempo para atacar. Poco a poco rodea al indefenso cuerpo de peligros reales e imaginarios, lo acaricia largo rato con amenazas invisibles permitiéndole flotar en la duda como embrión de astronauta lleno de helio, colgado sobre el origen amniótico del tiempo que pasa y pasa, jugando, manoseando un extendido pedacito de eternidad, hasta que con el cansancio, José pierde la orientación. Glóbulo del espacio en recorrido horizontal, suspendido igual que una burbuja en el plasma de sus propios pensamientos, como polvo de la atmósfera, sin objeto, sin principio, no ve la playa. Sus ojos recorren el pizarrón negro a su alrededor y sólo encuentra destellos ondulantes que no dejan de moverse. Baja los pies resignándose a sentir en ellos las punzantes espinas de los erizos que cubren el fondo, pero ni siquiera el fondo está allí. Las piedras se fueron. Mal nadador, comienza a respirar agitadamente con lo que logra tragar agua, no intenta escupirla pero resopla por la sorpresa. Recuerda a Sartre: "Aún se está vivo una hora antes de morir", entonces, sabe con certeza que es éste el último minuto de la hora última. Detrás de sus ojos los recuerdos mas vivos compiten en rapidez y brillo, pasan como chorro por un agujero en las paredes de su cráneo y en el momento del caos absoluto la ensordecedora alarma del instinto reclama su lugar de liderazgo. La adrenalina torna el nado en una convulsión continua de movimientos frenéticos al tiempo que su razón, sorprendentemente clara, busca con los oídos el lugar donde rompen las olas: la orilla de arrecifes. Ahí está, repentina, angustiosa, indiscutiblemente cerca con cada restante gramo de energía, con cada trago inevitable, con cada espasmo de muerte; engañosamente cerca, "puedo, puedo" y sus dedos, reaccionando a un dolor repentino, atenazan las resbalosas puntas que la playa le extiende. Las olas golpean su cuerpo contra el filo de las rocas e insisten una, dos veces. Después le abandonan inmóvil.

La oscuridad se va encerrando en las cuevas para dejar al aire hacerse transparente. Dolorido, mientras tose pedazos de mar, José adivina que se acerca el día. Esta vez tampoco tuvo suerte, quizás la próxima, aunque lo duda. Trata de incorporarse. Desiste. Todo en su cuerpo duele o cruje por los golpes o por el frío. Dedica un momento a revivir el fresco recuerdo y entonces lo comprende: la muerte es una amante a quien ya no desea. Sabe que después regresará con ella, pero irá obligado, jamás por amor. Amanece.

El sol se ofrece desde las nubes como una espléndida serpentina luminosa pero aún fría. El azul del cielo se abre paso derramándose a la conciencia a través de los párpados desmayados. José empieza a moverse difícilmente. Nota un calor líquido bajando desde sus oídos, ¿sangre? Para salir de dudas, alza la mano maldiciendo su torpeza con atoradas imprecaciones y su vista dictamina: agua. Tiembla. Estremecido se incorpora y maldice, camina, tropieza y maldice otra vez. La idea de regresar al agua le hace un guiño pero José la desprecia -- demasiado temprano para nadar --, piensa, y la ocurrencia le parece graciosa. Los pies duelen con cada paso. Conservar el equilibrio resulta confuso y torturante, pero exitoso mediante un complicado sistema consistente en apoyar las plantas en las piedras más grandes, agitar los brazos en el aire y seguir profiriendo maldiciones. Su mente es un bisturí afilado que calcula cada movimiento, sin embargo, no puede evitar una pequeña catástrofe. En el mismo instante sucede todo lo temido. Aprieta los dientes y los puños. Gime con desesperación una gota antes de que la pequeña ola lo golpee en los muslos. Contiene el aliento, su espalda se vence, los dedos de sus pies que han resbalado se doblan absurdamente entre las piedras viscosas y se siente encadenado, animal encerrado en el dolor de su maldita aventura, de su enfermiza ocurrencia. Las rocas muerden, tratan de regresarlo al mar que reclama, que ruge exigiendo el trofeo tantas veces ofrecido y negado para sí y para la muerte. El mar se revuelca, grita por su decepción, por el sufrimiento de otro engaño. Extiende su rencor para sujetar, pero no puede; para golpear, pero su misma playa se lo impide porque aún el poderoso mar tiene fronteras. José lo sabe, y en el colmo de la vida, se impulsa ignorándolo todo: sus pies y sus heridas, su vida y su pasado, su ser y sus recuerdos, su cansancio y sus razones. El mar, contenido, gigantesco, grita su enojo y el viento lleva sus gritos salados más allá del dolor de José, traspasando piel, huesos y alma. Tembloroso, convulso, el recién resucitado, cruza a toda carrera el corto trecho del presente. Corre por su misma transición abandonando y a la vez bienviniendo. Atrás queda la muerte coqueta, vestida de blanco, porque el reconciliado debe hacerse novio de una nueva esperanza. José corre, pero no huye, tiene prisa por llegar a ese lugar donde crecerán de nuevo los sueños. El mismo lugar de cual partió anoche y que desde hoy será distinto. José no escapa, recupera su verdad, va buscando sueños de nuevos alientos y nuevas esperanzas para contener en su interior, para entregarse. Llega al final de una historia para poder comenzar otra, igual que Abraxas muere para nacer. Se detiene. Llena sus pulmones. Mira sus pies. Son de color violeta sangran un poco, aunque duelen mucho. - me falta un tornillo -  piensa. Una sincera sonrisa le nace en el rostro y comienza a crecer hasta convertirse en risa, luego en carcajada. Se siente obligado a gritar. No se contiene. Ruge como el mar. Estalla como las olas. Su grito es un cordón umbilical que lo une con la intensidad, con la vida verdadera. Es entonces que lo nota: está pensando en Ella.

 

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http://www.antoniocarbajal.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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