
Cambalache
Vivimos revolcaos
en un merengue
y en un mismo lodo
todos manoseaos...
(Enrique Santos Discépolo)
Se oyeron disparos. El chirriar de llantas de una camioneta. Otra ráfaga de ametralladora. El enorme vehículo volcándose sobre la cuneta a la orilla de la carretera. Román descendió del Malibú con una agilidad sorprendente para su enorme cuerpo. Se acercó a la puerta del copiloto. El licenciado hacia esfuerzos enormes para salir del maltrecho transporte. Tenía las fosas nasales desfiguradas, un ojo cerrado y, por una de sus cejas, escurría un hilo de sangre que ya le había empapado la camisa. Levantó el rostro. La vista de Román hizo que cesara todo esfuerzo. Quiso levantar una mano para detener la bala pero fue imposible. Román apuntó fríamente la Beretta a la cabeza del flamante ex diputado federal. Disparó. La sombra de una nube oscureció de repente al sol de mediodía. El matón ni siquiera se inmutó, rodeó el vehículo y se agachó para dar el tiro de gracia al conductor. No fue necesario. Se colocó la pistola en la parte trasera del pantalón. Miró a ambos lados de la carretera. Ni un alma. El claxonlo hizo regresar casi de inmediato de un lugar que conocía bien. Vio al Chacal hacerle señas con el cuerno de chivo para que se subiera al auto. Román caminó firme. Se trepó al coche y dio un sonoro portazo. El motor ronroneaba mientras el auto se desplazaba velozmente por la línea recta e interminable que dibujaba la carretera en esa parte del país. Una bandada de garzas pasó haciendo dibujos en el aire. Los postes de electricidad se repetían por la ventanilla del coche. Al mirar por el espejo retrovisor, le pareció ver zopilotes que descendían en círculos perfectos sobre la camioneta volcada. Cerró los ojos y decidió dormir el resto del viaje.
No tenía idea de lo que había sucedido. Uno de sus amigos le había recomendado los servicios de Román, pero hasta ese momento nadie se había comunicado con él. Su mente comenzaba a imaginarse una cantidad infinita de posibilidades, las cuales siempre resultaban con un final lamentable para él. Marcó el teléfono del amigo recomendador.
--¿Qué pasó, Manuel? ¿Y ese milagro que te dignas hablarle al pueblo?
--Pues nada. Aquí llamando para molestar. Como siempre.-- Manuel odiaba las vueltas y el protocolo que en este país requería iniciar una conversación. Detestaba los rodeos que se tenían que dar antes de mencionar cualquier tema. Nada parecido a los europeos. Siempre van al grano. Lo aprendió en la universidad. Los pomposos ingleses que nunca andaban con rodeos para despreciarlo.
--Nunca será una molestia, hombre. ¿En qué te puedo ayudar?
--Pues nada. Hablaba porque te hice caso de la recomendación que me hiciste acerca del asunto que te comenté. Y hasta ahora no ha pasado nada.-- Pensó que la consulta merecía su grado de confidencialidad, el uso del código críptico de los que se saben cómplices.
--Ah, “el asunto”. Esas cosas se tratan en persona, Manuel. Los teléfonos son traicioneros. Lo único que te puedo decir es que no te preocupes. Nuestro hombre es de fiar.
--No lo dudo. Si no fuera así no te habría pedido ayuda. Pero ya pasó un rato desde que el encargo se amarró y hasta ahora no hay noticias. Espero que nada haya salido mal. Porque entonces estaríamos en problemas.
--A ver, Manuel, vamos por partes. El “estaríamos” me suena a manada. Aquí el único que saldría perjudicado serías tú. Y eso es relativo. Siempre hay personas más involucradas. Y si no las hay, aparecen. Estoy seguro que me entiendes, así que no te hagas pendejo.
Manuel sintió que los colores abandonaban su rostro. Sabía a lo que su amigo se refería y sin embargo no pudo pasar por alto el insulto.
--Mira, Manuelito. Tú decidiste jugar este juego. Y tienes que aprender las reglas. Porque si no las aprendes, pierdes. Y si todo el tiempo estás pensando en que vas a perder, pues tú mismo construyes las condiciones para que así sea. La primera regla del juego es paciencia. Si no aprendes a controlarte vas a tener muchas broncas. Ni tus pinches estudios en el extranjero te van a servir. Así que cálmate. Respira, prende la televisión y no me estés chingando. En cualquier momento te llegarán noticias. Para bien o para mal. Si es para bien, felicidades, era lo que querías ¿no? Si fue para mal, veremos entonces lo que se tiene que hacer. Y ahora discúlpame, tengo asuntos más importantes que atender.
--Discúlpame. Entiendo lo ocupado que estás, pero ya sabes que soy medio paranoico. No me gustan los errores. Además siempre pienso en el peor de los escenarios, fue lo que mi padre siempre me aconsejaba. Decía que el optimismo era para estúpidos. Ser pesimista es lo más adecuado para tratar de negocios. Ya sabes eso de que un pesimista es un optimista con experiencia, ¿no? Voy a esperar un poco más y dependiendo de lo que ocurra te llamo. ¿Estamos de acuerdo?
La única respuesta que obtuvo fue un timbre intermitente al otro lado de la línea. Su amigo había colgado. Se revolvió incómodo en el sillón de piel de su oficina. Esa oficina que creía iba abandonar ahora que el presidente había decidido que el combate al crimen era una cuestión perdida y podrida. Había anunciado cambios sustanciales en la dirigencia de los órganos dedicados a impartir justicia. El puesto de procurador estaba vacante. Sabía que él era una de las primeras opciones para ocupar el cargo. La sombra de su padre podía revertirse en beneficiosa si aprendía a administrar su memoria de manera consistente. Todo marchaba bien hasta que los periodistas comenzaron a rastrear su vida privada. Las fotografías y revisiones de sus amistades. Amistades poco recomendables para un cargo tan importante, había mencionado más de uno de esos apestosos que ni siquiera sabían hablar inglés. A los cuales se les pagaba por ser aves de mal agüero. Sobre todo para él. Cercano el día de los nuevos nombramientos, el secretario particular del presidente le habló para comunicarle que, por presión de los medios, no podían darle el cargo de procurador, pero que el presidente lo tenía en alta estima. La gota derramada del vaso fue saber el nombre del designado y, más aún, la observación del secretario en el sentido de que si esa persona no existiera (un licenciadillo que para colmo pertenecía a la oposición), él sería el indicado sin lugar a dudas. La última frase fue lo que removió algo en su cerebro, lo que lo orilló a pedir el consejo de su amigo. El tiempo le había enseñado (y el tiempo rara vez se equivoca) que un buen consejo a tiempo podía ahorrarle disgustos y sinsabores. Acudió a quien sabía más de estos asuntos. El especialista en evitar disgustos y sinsabores.
En realidad no era su amigo. Había sido amigo de su padre. De aquellos días en que los recuerdos se le presentaban como una película interminable en blanco y negro. Su padre había sido una personalidad. Un tipo duro. Un hombre de los que sabían negociar. Ceder y arrebatar. Su nombre inspiraba, por siempre, un respeto que se traducía en silencios largos en las reuniones del poder. En los desayunos en los que una parvada de arribistas y convenencieros discutían la mejor manera de administrar el país. Ilusos la mayoría, creían que el solo hecho de mencionar los remedios hacia evidente la solución. Este país de medrosos requiere de hombres de acción, recuerda que su padre le dijo antes de embarcarlo en su aventura europea, tenlo presente, sin acciones no hay recompensa. Al amigo lo había visto varias veces en el diario, era una persona que se había distinguido por saber sortear los problemas. Identificado por algunos como el creador de los grupos organizados que posteriormente harían un negocio de ganancias inmensurables a través del contrabando, el narcotráfico y la trata de personas, nunca se le pudo comprobar nada. De lo único que me declaro culpable, había dicho alguna vez, era de tener excelentes amigos. Y entre esos amigos se encontraba obviamente el padre de Manuel, Don Manuel. Don Manuel había sido procurador de justicia en una de las épocas más turbulentas del país. Había tomado una nación que eran rehén de los grupos de facinerosos que comenzaban a pulular por todo el territorio bajo el patrocinio del consumo gringo de estupefacientes y la cada vez más exigente demanda de tecnología barata exenta de impuestos. Su padre vio la solución en cuestiones prácticas. Lo que molesta a la sociedad es verse involucrada en los escándalos y masacres que la violencia de los desorganizados criminales hacen sin ton ni son, recuerda Manuel que su padre le dijo a uno de los cabecillas de ésas bandas. Los obligó a negociar y a resolver sus diferencias entre ellos. No quiero civiles muertos, si me entero que algún inocente murió, me los chingo, cabrones. Les decía lo mismo a todos. Los más inteligentes comprendieron que lo mejor para el negocio era pactar con el poder. Puntualmente entregaron sus donativos, tributos que paraban en las cuentas de diversos familiares y prestanombres del padre de Manuel, amén de la del cachorro en entrenamiento perpetuo. Los más reacios en negociar terminaron sus días en las cárceles que vieron prontamente rebasada su capacidad. Algunos fueron ajusticiados en el interior de las cárceles. A otros se les aplicó la ley fuga. Los más afortunados, entre todos esos necios, seguían purgando su condena en celdas malolientes y sobrepobladas. El crimen se redujo de manera notable. Ese crimen que se hace evidente en la calle. El del ladronzuelo que arrebata una bolsa a una viejecita. El del que se mete por la noche en las joyerías sin tener ni puta idea de cómo funciona una alarma. El que reparte los gramos y las piedras entre los desesperados. El otro crimen. El no reconocido. El que llenaba de ceros las cuentas de Manuel y su padre, creció hasta volverse un poder al que no era ni recomendable, ni deseable, desdeñar o no tomar en cuenta. Al volverse un monopolio de las actividades más lucrativas adquirieron la posibilidad de poner y quitar presidentes, diputados, jueces, y, cómo chingados no, hasta procuradores.
Manuel regresa de su soliloquio mental. Ha estado dándole vueltas a la tardanza del recomendado. Ni siquiera ha tenido la decencia de hablar por teléfono para disculparse. Recuerda lo que le dijo su amigo, “los teléfonos son traicioneros”, y supone que el matón piensa algo similar. “Ésas cosas se tratan en persona”. De lo cual deduce que, en algún momento, su hombre deberá de aparecer por la puerta. Sostiene entre sus dedos nerviosos un cigarrillo que no se decide a prender. Hace tiempo decidió dejar de fumar. Trotaba cincuenta minutos exactos en el exclusivo club del que era socio. Daba vueltas a la pista de tartán mientras sus ojos se posaban en las tetas o las nalgas de las corredoras madrugadoras. A más de una conocía desnuda, sudada, tendida sobre la cama, mientras él se despedía apresuradamente porque alguna reunión (las más de las veces inexistente) lo reclamaba. Siempre dejaba un billete sobre el buró. Sabía que lo único que les molestaba a las putas ricas no era que se les considerara una putas (la mayoría de hecho se esforzaban para construir su fama), lo que les molestaba era que alguien se atreviera a echárselos en cara. La estrategia siempre funcionaba y nunca tuvo que repetir la experiencia con ninguna de esas mujeres. Además garantizaba que la molestia por la profunda ofensa recibida le fuera premiada con la indiferencia, exactamente lo que él buscaba. En ese momento enfocó sus pensamientos en su próximo proyecto, como él les llamaba. La hija de un industrial del vestido. Una niña mimada que los últimos días se había mostrado más que dispuesta a acompañar a Manuel “a cenar o ver una película”. Si la genética era justa, los resultados serían más que satisfactorios. La madre ya había visitado el departamento de Manuel y había hecho patente su gusto por el sexo y la coca sin rebajar. Una erección se manifestó en el momento en que Manuel recordó las tetas de la madre en el espejo moviéndose como un péndulo mientras su verga pretendía atravesar el culo de la intachable dama de sociedad que acudía a misa todos los domingos.
El pito se le vino literalmente abajo cuando un olor a bencina se le metió (como su verga al culo de la eminentísima señora) violentamente en las fosas nasales. Román le ofrecía fuego de un Zippo reluciente. Manuel se le quedó viendo por un momento y después acercó el cigarrillo a la flama. Román se sentó en la silla frente al escritorio. La piel crujió con un ruido que le erizó los pelillos de los antebrazos a Manuel. Éste se echó hacia atrás en su propio sillón y exhaló un largo, delicioso, hilillo de humo. Las volutas se apresuraron a alcanzar altura. Allá arriba en donde el retrato de Don Manuel parecía sonreír con ironía.
Toma 1. Aparece logotipo de la empresa noticiosa. Música de entrada.
Toma 2. Imágenes en las que se muestra al nuevo procurador de justicia estrechando la mano del presidente de la república y en una reunión con la comisión de seguridad del Congreso.
LOCUTOR (voz en off):
Desde los primeros minutos de este lunes tenemos nuevo procurador de justicia. El encargado de la persecución e investigación del crimen organizado es el doctor Manuel Aranzúa Chávez, que hasta el momento de su nombramiento fungía como fiscal de aduanas.
Toma 3. Imagen de Don Manuel Aranzúa Beltrán y de diversas imágenes de archivo.
LOCUTORA (voz en off):
La más clara referencia que se tiene del nuevo procurador es la de ser el hijo único de Don Manuel Aranzúa Beltrán, procurador de justicia durante la década de los ochenta en el sexenio del presidente Márquez. Se dice que fue a partir de este momento en el cual el crecimiento del crimen organizado se dio de manera sistemática y continua, hasta alcanzar los niveles dramáticos que tiene hoy en día, gracias al apoyo de este político fallecido hace escasos dos años. La cercanía documentada del nuevo procurador con supuestos jefes del crimen organizado en tiempos de su padre, extiende una sombra de sospecha sobre la pertinencia del nombramiento. Al respecto, el especialista en sociología criminal, Benito Kubrick, opina:
Toma 4. Imagen de entrevista de Benito Kubrick.
BENITO KUBRICK:
Considero que la presidencia ha errado en la elección del doctor Aranzúa como el nuevo fiscal de la nación. Son de sobra conocidas las relaciones que guarda con los más antiguos líderes del crimen organizado. El nombramiento resulta inconveniente no sólo para la procuraduría, sino inclusive para el propio presidente de la república. Esta elección de uno de sus colaboradores incide negativamente en la imagen que la sociedad en general tiene desde el momento en que resultó electo. Sin lugar a dudas, le restará legitimidad. Algo que no ocurría, por ejemplo, con el licenciado Juárez.
Toma 5. Imágenes del ex diputado Miguel Juárez asumiendo su cargo como fiscal general. Después se presentan imágenes de una camioneta volcada en una cuneta y los cuerpos sin vida del procurador y su chofer.
LOCUTOR (Voz en off):
El nombramiento del doctor Arazúa se da una semana después de que el licenciado Miguel Juárez renunciara a su curul en la Cámara de diputados para hacerse cargo de la impartición de justicia de la nación. Juárez fue ajusticiado en la carretera que comunica dos ciudades en las que se supone viven la mayoría de los jefes del crimen organizado. La investigación apunta, sin lugar a dudas, a relacionar este caso como un mensaje que los criminales envían a la presidencia de la república, haciendo, por sus sangrientas características, un desafío abierto al gobierno federal. A todo lo anterior, el nuevo procurador ha declarado llegar hasta las últimas consecuencias para esclarecer el crimen.
Toma seis. Imágenes de conferencia de prensa del procurador Aranzúa.
MANUEL ARANZÚA:
La sociedad mexicana debe tener la completa seguridad de que el primer objetivo de esta procuraduría se encuentra en hallar a los culpables del artero crimen del que fue víctima el licenciado Juárez. No escatimaremos ni en recursos ni en personal, para tener las respuestas a todas las preguntas que este asesinato ha despertado. Es claro que nos enfrentamos a fuerzas a las que hay que exterminar sin miramientos. Los culpables deberán recibir su castigo sin importar quiénes sean. Le puedo decir que hemos tenido avances significativos y hemos hecho las primeras detenciones. Llegaremos hasta las últimas consecuencias. Caiga quien caiga.
Toma siete. Se ve a un hombre en estado lamentable en archivo videográfico de la Procuraduría. [...]
Manuel apaga el televisor. En la penumbra de su departamento se alcanza a adivinar la silueta de una mujer bajo las sábanas. Duerme como un angelito. Un demonio debería de decir, piensa para sus adentros Manuel. Perdón, de ahora en adelante, el señor Procurador (piensa o dice en voz alta). Mira el reloj de la cómoda. Es hora de levantarse. Se estira mientras busca a tientas su ropa esparcida por el suelo. Se pone la camiseta y después el pantalón. Descuelga el saco del respaldo de una silla. Del bolsillo interior extrae su cartera. Saca un billete, el de menor denominación, y lo pone junto a la bolsa de mano del demonio-angelito. De tal madre tal hija, piensa con una sonrisa cínica, mientras se acomoda el calzoncillo en la entrepierna. Después duda. Por un momento cree que no es necesario firmar su obra. Tal vez la pueda volver a ver. Pero al final decide que el mundo gira y las cosas son como son. Su teléfono celular comienza sonar. En la oscuridad resplandece como un pedazo de uranio. Manuel se imagina que así se debe ver el uranio en medio de la noche. Como una luminosa piedra azul. Mira el identificador de llamadas. Es el amigo de su padre. Seguramente le habla para felicitarlo. O para recriminarle lo del recomendado. Decide no contestar. Sabe que lo verá por la tarde. Cuando se reúna con los capos seguramente se lo topará. Prefiere esperar el instante. Sale sigilosamente de la casa. En el garaje su nuevo chofer, un monumento de granito y bronce, se apresura a abrirle la puerta. Manuel da indicaciones. La puerta automática se abre. Afuera, el mundo no acaba de despertarse. Un perro callejero y madrugador ve pasar la camioneta del nuevo procurador mientras caga en las jardineras del exclusivo conjunto residencial.
[...] AGENTE:
¿Cómo te llamas?
DETENIDO:
Mario Santana.
AGENTE:
¿Y cómo te dicen?
DETENIDO:
El Chacal.
AGENTE:
¿Tuviste que ver algo en el asesinato del procurador Juárez?
DETENIDO:
Sí.
AGENTE:
¿Por qué lo hiciste?
DETENIDO:
Por dinero. Fue un encargo.
AGENTE:
¿De cuánto fue el encargo?
DETENIDO:
Veinte mil pesos.
AGENTE:
¿Lo hiciste solo?
DETENIDO:
No. Lo hicimos entre yo y otro compa.
AGENTE:
¿Cómo se llama? [...
Román apaga la televisión. Enciende un cigarrillo. Decide que está hasta la madre de tener que andar siempre huyendo. Sabe que ahora ni su patrón lo puede poner a salvo. El nuevo hijo de puta no es de fiar. Pero eso lo sabía desde un principio. Cuando hizo el trato. Cuando pudo ver en el fondo de los ojos de aquel junior que la ambición era más fuerte que la lealtad. Ese cabrón pensaba que no le debía lealtad a nadie. Ni a sí mismo, piensa Román. El sicario está cansado. Estar en la cárcel nunca ha sido una opción. No desde que el jefe lo sacó del hoyo y lo trajo a trabajar con él. Pero ahora se sabe acorralado. Sin escapatoria. Después de reflexionar en silencio durante un tiempo que se alarga más de lo necesario, finalmente es un hombre de acción, está seguro que no tiene de otra. Toma la pistola del cajón de la mesa de noche. Afuera hace frío. Dobla las solapas de la chamarra de piel. Sube al carro. En el parabrisas se adivina una delgada capa de hielo. Román pone el aire acondicionado. El auto enciende sin problemas. Sintoniza la radio. La noticia es la misma en todos lados. El auto echa para el camino. El camino es recto e interminable.
Manuel se acomoda en el asiento trasero de la Hummer. Su chofer maneja con una eficiencia de robot. Es silencioso y, ahora se entera por las escasas palabras que salen de los labios del enorme hombre, es hijo del hombre de confianza de su padre. Parece coincidencia. Manuel ha aprendido que las coincidencias no existen. Seguramente su padre lo sigue cuidando desde el lugar en el que se encuentra. La camioneta toma la carretera y en poco tiempo se halla devorando metros sobre un pavimento que, Manuel cree alucinar, saca chispas de vez en cuando. Es entonces que se dispone a hacer un recuento de lo acontecido en los últimos días. Cuando termina se siente más que satisfecho. El saldo es a favor. Destapa una lata de refresco y se dispone a dar un sorbo cuando la camioneta da un giro inesperado. El refresco se derrama sobre su camisa blanquísima. Lanza una maldición. La camioneta se precipita en una de las cunetas. Imposible avanzar. El chofer no reacciona allá adelante. Un Malibú astroso los ha embestido a propósito saliendo de una brecha al lado de la carretera. El doctor Aranzúa, flamante procurador con la camisa hecha un asco, se pasa a la cabina de conducción. El guardián está muerto. Su cabeza se estrelló contra el techo blindado del vehículo. Manuel saca de la sobaquera del guarura un arma reluciente. Mira por el espejo retrovisor. Román se acerca caminando como si fuera en un paseo. Manuel le quita el seguro a la pistola.
Se oyen disparos.
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DATOS DEL AUTOR:
Édgar Adrián Mora (Tlatlauquitepec, Puebla, 1976) es narrador y ensayista. Ha ganado premios entre los que sobresalen los de Crónica y Ensayo del Concurso 33 de la revista Punto de partida, y el Premio Nacional de Jóvenes Narradores UACM en el género de cuento. Es autor de Memoria del polvo (Ediciones UACM, 2005) y de Claves para comprender América Latina (Lazo Latino/Unión Radio, 2007). Fue becario del Programa Nacional de Jóvenes Creadores del FONCA en el área de cuento. Actualmente es becario del Programa de Estímulos a la Creación Artística del Estado de Puebla.
www.fabricadepolvo.blogspot.com
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