
REGALO DE CUMPLEAÑOS
Por Miguel Ángel Hernández Acosta
Advertí lo grotesco del hecho cuando los vi alejarse del lugar. Había ido a uno de esos restoranes en donde el festejado no paga su consumo, y aunque sabía que para hacer válida la promoción debía ir acompañado por otra persona, presenté mi acta de nacimiento con el único fin de que me cantaran las mañanitas.
La mesera habrá reflexionado en cuán sola puede sentirse una persona como para acudir a un lugar con el objetivo de ser felicitado el día de su cumpleaños. Su mirada maternal, aunado al tono con el que dijo que estaba a mis órdenes, lo confirmaron. Además, tenía razón.
Me decidí por el bufet para no tener mucho contacto con ella. Si bien necesitaba compañía, jamás me había gustado la compasión de los otros. Me serví varias veces, tomé tres o cuatro cervezas. Ya me preparaba para el postre cuando cinco jóvenes se acercaron a mí llevando un pastel con una velita. Me colocaron un gorro ridículo y me obsequiaron un espantasuegras. En coro, comenzaron a entonar el “hoy por ser día de tu santo” y el gerente del lugar fue a abrazarme con una aparente sinceridad. Recuerdo que incluso acepté levantarme a recibir los abrazos del resto de las meseras que nada tuvieron de afectuosos. Al menos ese cumpleaños no lo había pasado solo.
—Felices 50, señor —escuché varias ocasiones.
Estaba comiendo un poco de helado cuando un niño vino a mi mesa. Tendría unos cinco años y me miraba sonriente, tal vez imaginando que al igual que cuando él cumplía un año más de vida, ese día yo había recibido muchos regalos.
—¿Qué haces? —le pregunté amistoso.
—¿Estuvo rico el pastel? —contestó sin hacer caso a mi pregunta.
Supe que se llamaba Sergio, que junto con su hermana y su madre estaban ahí celebrando “algo”, pero no supo decirme qué. A los pocos minutos una niña se arrimó.
—Es Sandra —dijo al tiempo de tomarle la mano y sentarse frente a mí.
Por instinto busqué a la madre, quien estaba a tres o cuatro mesas. Habrá sentido mi mirada ya que de repente volteó. Me dio la impresión de que aquella mujer debía estar loca, pues a parte de vestir un traje color pistache con bolas blancas, su mirada parecía la de una desquiciada.
La niña se quedó mirándome. Yo esquivé su mirada pues algo había en ella que me hacía temerle (quizá un ligero retraso mental). Sergio juntó sus manos como para rezar, se inclinó sobre la mesa.
—¿Cuántos años cumples?
Platiqué con el niño cinco o diez minutos. Su hermana simplemente se concretó a contemplarme. Después, ya con avioncitos y palomas de papel en las manos que les había fabricado con servilletas, se alejaron de mi mesa.
Sentí tristeza cuando los vi caminar tomados de la mano. Los seguí con la mirada y me percaté que la niña caminaba sobre sus tobillos. Fue hasta ese instante cuando comprendí que su mirada escrutadora era la de una inocente quien no entiende su alrededor por no pertenecer a él.
Al llegar a su mesa la madre se levantó para llevarlos al baño. Miré a Sergio salir y unos segundos más tarde a su mamá. Al advertir que regresaban a su lugar, me desentendí de ellos.
Había comenzado a tomarme la última cerveza cuando sentí una mirada: Sandra estaba detrás de mí con la mano extendida. Pensé que era una despedida, pero cuando la agarré, se sentó a mi lado.
—¿Quieres pastel?¿Buscas a Sergio? Él ya se fue —le dije moviendo con exageración la boca, como si le hablara a un sordomudo. Sonrió y clavó su vista en mi corazón. Quise abrazarla pero no me atreví, incluso desvié la mirada hacia la ventana que tenía al lado. Me avergoncé de sentir miedo de una niña.
Estaba a punto de dar otro trago a la botella cuando recapacité en la ausencia de Sergio y su madre. Con un vistazo recorrí el restorán en busca de ellos. Algo me dijo que volteara a la salida y al hacerlo ubiqué a la señora a unos pasos de las cajas. Tenía delante a la mesera que me había atendido y a Sergio tomado de la mano. Intenté que nuestras miradas se cruzaran con desesperación. Cuando por fin lo logré ella alzó la mano: me pidió esperara un instante.
Amablemente me levanté para que no tuviera que regresar por la niña con el riesgo de dejar solo a Sergio. Me provocó asco la mano de la enferma, pues la imagine una sanguijuela aferrada a mí. Sandra acató mi guía y llegué a las cajas aún con la mirada puesta en el hermano. El restorán estaba en un centro comercial y los niños suelen correr en cuanto ven algo que les llama la atención, pensé como justificándome.
—¿A poco pensó que se la iba a dejar? —dijo la madre, con los ojos irritados, como si acabara de llorar o se los hubiera tallado apenas unos segundos antes.
—No, para nada, sólo creí que sería menos molesto si no tenía que ir por Sandra hasta allá — y estiré la mano para zafarme de la pequeña.
La mesera nos observaba a lo lejos, al tiempo que cuchicheaba con sus compañeras. Dije un hasta luego y me alejé. Di un trago más a la cerveza, pedí que me llevaran la cuenta.
—¿Sabe?, no habla. Tiene algunos problemas. Tampoco puede caminar bien. A veces es complicado. El dinero no me alcanza para todas las terapias —Descubrí a mis espaladas a la madre, a Sandra y al niño.
Sonreí al no saber qué decir. Le acaricié la barbilla a Sandra e hice lo mismo con su hermano. Entonces, como si ya hubiera dicho lo suficiente, la mujer dio media vuelta. Tomó de la mano a su hijo y jaló violenta a Sandra para que apresurara su caminar enfermo.
La mesera llegó con la cuenta y me deseó felicidades de nuevo. Al levantarme frente a ella, dijo como en forma de chisme:
—¡Qué gente! Ya se iban sin pagar, de no ser porque la detuve en la puerta.
A través de la ventana noté que afuera del restorán la mujer caminaba junto a Sergio, con Sandra retrasada unos pasos. Fui por una cerveza sin importarme que tenía la cuenta en la mano y al regresar descargué mi coraje con un golpe sobre la mesa. Recapacité en que había rechazado el regalo de cumpleaños que me había dado el destino. Sospeché que esa noche, o quizá un día, una semana después, cuando aquella mujer llevara a Sandra a otro restorán en esa especie de última cena, no encontraría a un hombre como yo, deseoso de tener la compañía de alguien. Y quién sabe si, desesperada, no fuera simplemente a abandonar a la niña, y fuéramos entonces dos las personas solas en esta ciudad.
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DATOS DEL AUTOR:
Miguel Ángel Hernández Acosta.- Pachuca, Hidalgo (1978).- Estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Actualmente trabaja en el Departamento de Comunicación Social de la misma. Blog: www.mangelacosta.blogspot.com
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