
Modernidad espaÑola y propuesta
espiritual del hombre universal
Por Enrique Palmeros Montúfar
Sólo al hombre, concediéndole la razón y la
virtud, dejó frágil, débil, pobre, enfermo, destituido de todos los auxilios,
indigente, desnudo e implume, como arrojado de un naufragio; en cuya vida
esparció miserias, puesto que, desde el momento de su nacimiento, nada más
puede que llorar la condición de su fragilidad y recordarla con llantos, según
aquello de Job: repleto de muchas miserias, y al que sólo resta dejar pasar los males,
como dijo el poeta.
Francisco de
Vitoria, De la potestad civil
El ser humano es prospectivo. Su antiguo asombro por lo lleno y salvaje
constituía su experiencia estética a la que somos hoy profanos y distantes. Y
su estimación, aunque un misterio, tenía ya insuflado el porvenir y plantado el
pasado. ¿Qué es lo que pasa cuando dejamos de ser errantes y echamos raíces en
una mujer o cuando prometemos volver? Por más espeluznante que sea el viaje de
ida o regreso, ya no hay radicalmente desamparo. No si se tiene la confianza,
la empatía, de seguir el imperativo que revela a los semejantes: “no me mates”
(proyección del caritas). Aquel que escucha el llamado de otro, no pretenderá
el mal. Pero, en serio, ¿cuál es el destino de ese otro?, ¿hay certidumbre de que no lo matará el yo? Un niño, el
paradigma de ingenuidad, cuando juega nervioso y libre con los animales también
suele matar. Y es que, ¿quién nace conociendo la fragilidad de las aves? No es
muy distinta la relación entre humanos. El hombre es, en principio, vulnerable.
Y al igual que el infante, desconocemos muchas de las consecuencias de nuestros
actos, las afecciones que producimos con nuestras manos. Sea o no un ser
querido aquella persona que no se quiere matar, puede ser herida por nuestra
causa, a veces involuntariamente otras de modo inconsciente, sobre todo si la
ciencia conocida de nosotros mismos es escasa.
Hacemos el mal
así como lo hemos estado haciendo en repetidas ocasiones en la historia. No
podemos resolver esto. Algunos ya han incluso configurado un lenguaje para
sostener argumentativamente que el Mal existe, y que tiene su carácter
ontológico. ¿Pero no estamos con esto atrapando en fórmulas racionales lo más
fascinante del hombre, su destino? Qué pregunta tan sensata esta que dice: “¿está
la filosofía preparada para ser responsable por sus ideas dinamita?” Especifico
dos de estas ideas: 1) que las acciones humanas pueden ser reducidas a las
racionalizaciones ética y moral; 2) que el universo es un todo homogéneo asequible
en su estructura profunda por la divina Razón de los hombres.
Así como la
imaginación, la razón no perdona, arrastra hacia quimeras y ficciones,
engendros de los poderosos que cultivaron las ideas de virtud (areté) y ciencia (tejné). En sus relaciones de dominio, lo eficiente siempre fue la
verdad, lo que aplicaba y hacia ver en regla a la Naturaleza; mientras que la
ciencia fue y seguirá siendo aptitud de unos pocos destinados a mandar. El
maestro de la individualidad y hacedor de la síntesis entre observación y
teoría, Aristóteles, es el paradigma de Occidente: dado que todos somos
desiguales y unos son superiores ora en el cuerpo, ora en el alma, los primeros
obedecen y los segundos son directores o guías
[1]
.
El camino de la
civilización europea se dirigía tanto hacia la masacre como a la belleza. Pero
el judaísmo, el cristianismo y el Islam reconfiguraron el orden de lo moral al
mezclarse con la filosofía de Occidente. Vemos uno de los renacimientos híbridos ocurridos por la unión de la fe y la razón
en la colonización de las indias.
El s. XVI es el
siglo de oro español. El ascenso de los reyes católicos viene acompañado por el
descubrimiento de otra tierra habitada por hombres, mientras que surgía, a un
ritmo más pausado, un renacimiento intelectual en
Fueron años
crueles, o como dice Kuri Camacho, épicos
[2]
.
Pero la magnitud de la catástrofe no tenía que esperarse ver para que Europa (con
España muy al frente) discutiera lo más primordial: ¿son los naturales en realidad
prójimos del ciudadano?, ¿tienen alma y derechos? Dos actitudes eran bien
conocidas, la oficialista y la contestataria. La primera, aristotélica y
compleja, encabezada por Juan Ginés de Sepúlveda, y la segunda, alborotadora y
apologética, dirigida por Bartolomé de las Casas. Ambas posiciones discutieron
sobre la naturaleza de los naturales de indias en la conocida Junta de
Valladolid, y los resultados de su discusión condicionaron a la Corona española
en sus políticas siguientes. No habría más Requerimiento, y la protección o
tutelaje de España era obligatoria. Es imposible llegar a su resolución sin el
trabajo de Francisco de Vitoria, el pionero del derecho internacional y
desarrollador de las tesis sobre el derecho del doctor de la Iglesia, Santo Tomás
de Aquino
[3]
.
Hugo Grocio sería el promotor al interior de Europa de los estudios salmantinos
de Vitoria.
Fray Vitoria era un ilustrado de
aquella modernidad española rechazada y olvidada
[4]
. Nutrió la cultura desde el frente de la economía y del derecho. En la
ciencia de las leyes, renovó el derecho de gentes, propuso ideas innovadoras
sobre la ciudadanía y la autodeterminación estableciendo una conciencia
democrática a través de esgrimir con pericia el derecho natural con fundamento
en una ontología y epistemología tomistas. Influyó notablemente sobre la obra
de Suárez.
¿Cómo pensar a
España en América de modo neutral? No atendiendo a la perspectiva de Sepúlveda
(doctor de otro aparato crítico conceptual, pero sobre todo, de otras premisas
culturales) pero tampoco a la del obispo de Chiapas, Bartolomé, que claramente
había idealizado a los naturales. En lo que respecta a Vitoria, el pecado es
universal, y la conciencia de unos como la de otros no queda exenta del pecado.
En su obra, Francisco de Vitoria establece cuatro líneas reivindicativas para:
1) los inocentes de la agresión, 2) la libertad de conciencia, 3) la soberanía
popular y 4) la protección de la corona. La premisa fundamental para abordar
estos puntos es la ley natural, entendida como el problema del bien y del mal,
del discernimiento. De ahí deriva una segunda creencia de Vitoria: que el
hombre tiende al bien; pues como indica Santo Tomás, la jerarquía al interior
del hombre es razón, conciencia, voluntad y libertad; donde las primeras, en ese
orden, condicionan a las últimas. Y no bastaría lo anterior para distinguir el
bien del mal, sino que además, las cosas están ordenadas de buen modo, para que
así pueda la razón juzgar sin error; además de que Dios revela sus alcances en
la naturaleza de sus criaturas y es naturaleza de hombre discernir lo bueno de
lo malo y optar –no sólo conocer– el bien.
En De potestad civil, Vitoria afirma que la
sociedad es natural a los hombres, y está de acuerdo con aquellos que dicen que
los hombres que se bastan a sí mismos, más que hombres, son bestias
(razonamiento atribuido a San Agustín y al propio Aristóteles). Pero lejos de
la utilidad de vivir en sociedad el fraile dominico tiene la sensibilidad
estética de anotar a Cicerón cuando dice “Y si alguno se subiese a los cielos y
estudiase la naturaleza del mundo y la hermosura de los astros, no le sería
dulce esa contemplación sin un amigo”.
[5]
Y sostiene también que lo natural a los hombres ha de ser beneficiado,
procurando así el bien a las personas, por lo que lo propio es perseguir el
bien común, finalidad misma de la sociedad, más allá de cualquier bien
particular.
Pero más
importante aún, fundamenta un derecho que sería exigido a toda nación, el de
gentes, en el derecho natural, que aunque se encuentra emparentado con el
derecho divino, puede propugnarse con éxito independientemente de la teología.
Esto porque el derecho natural se funda en la sola razón; es necesario y
universal a cada hombre. Y es universal el discernimiento de lo bueno y lo
malo, lo conveniente de lo inconveniente. En este sentido, la diferencia entre
indios y españoles no es por naturaleza, sino por costumbres. Que a los
primeros convenga un tutorado de la Corona es lícito mientras se encuentren en
condición de retraso
[6]
,
afirmará como uno de los títulos lícitos de la pertinencia de España en
América.
Y es que
distinguir entre los títulos lícitos y los ilícitos no es trivial. La duda de
si los nativos eran o no amentes estaba sólidamente fundada en las diferencias
de valores, pero sobre todo, en la insólita y convenida entre indios costumbre
de matar y devorar inocentes. Existía pues la posibilidad de que la negociación
y el razonamiento pacífico fuera imposible, o en palabras de Vitoria, de
ignorancia invencible
[7]
e inevitables consecuencias bélicas.
Frente al
Requerimiento de Palacios Rubios, absurda exigencia según la cual los naturales
de indias debían rendir sus tierras, servir a la Corona y al Papa, abandonando sus
dioses y soberanía, a cambio de no sufrir guerra justa, Francisco de Vitoria
comienza a desmontar semejante documento. Revisando los títulos de propiedad,
comienza a velar por los derechos naturales y concluye: los indios sí son dueños
de sus bienes en tanto hombres e iguales por tanto a los españoles, aunque
diferentes por su educación fuera del estado de gracia. También comprende que
los indios tienen conciencia, pues a todos los hombres Dios dotó de razón, el
elemento más perfecto de la interioridad, de lo que se desprende que puedan
consentir y elegir el tipo de legislación que les conviene junto con los
españoles.
Observa de
paso, cuáles son las falsas o imprecisas creencias detrás de la trata de
naturales. El Requerimiento, en primer lugar, supone que el Emperador es señor
del mundo, lo cual no es verdad por ser su potestad civil y condicionada a lo
temporal, y ocurre lo contrario con el Papa, cuya autoridad no tiene potestad
temporal. Rechaza algún derecho por descubrimiento,
que la obstinación a recibir la fe de Cristo es causa de guerra justa, así como
por los pecados que cometen. Lo mismo para uso de la fuerza en la conversión de
los indios, o la encomienda de Dios de evangelizar a toda costa. En el fondo,
no puede haber una ignorancia invencible de Dios, pues a ésta se le puede
responder con la predicación
[8]
;
a menos que haya ingratitud en sentido fuerte y los malvados pequen contra el
espíritu santo o unión de la humanidad.
Y con gran
valor para nosotros los contemporáneos del discurso posmoderno o
multiculturalista, frecuentemente antecediendo lo singular antes que lo
universal, haciendo uso de razón señala el fraile Vitoria que es de derecho
natural vivir en sociedad y comunicación social. Y ello consiste en poder
recorrer provincias extranjeras sin recibir daño; a tratar bien al peregrino y
ser bien trato como tal; a tener una ley común a naturales y extranjeros; a la
amistad y consorcio entre hombres y al amor al prójimo. También son parte del
gran título legítimo primero el comercio, el tener leyes justas, poder ser
ciudadano de cualquier ciudad donde se nazca e defenderse de la fuerza con la
fuerza. Muchas son las razones que aduce Francisco de Vitoria en sus títulos.
También fue un
sobresaliente expositor en el tema de las causas de una guerra justa. Colocando
como única causa de guerra justa la injuria grave. Además de que es elección de
un soberano que ha de agotar todas las salidas pacíficas posibles con el fin de
lograr el bien común de la comunidad o sociedad. Su desarrollo se encuentra en De los indios, reelección primera y
especialmente en la reelección segunda.
Y lo esencial de
su obra radica en esa capacidad de avanzar con razones pero cobijado por
motivos revelados y divinos. Y esto es ontológica y teológicamente visible
cuando afirma respecto a los pecados contra naturaleza como el sacrificio
humano que:
No es
obstáculo el que todos los bárbaros consientan en tales leyes y sacrificios y
no quieran que los españoles los libren de semejantes costumbres. Pues no son
en esto dueños de sí mismos, ni alcanzan sus derechos a entregarse ellos a la
muerte ni a entregar a sus hijos.
[9]
Sus pasos son firmes, cree en el derecho natural
porque es racional, pero también porque es un don de Dios. Nunca un mero acto
libre. Puede que un derecho positivo se equivoque, que sea inicuo o injusto,
pero no pasará esto con un derecho natural, pues no puede fallar a lo divino.
Categóricamente se sostiene, por su derivación, que al derecho natural no se le
puede abolir, aunque así lo pretenda un derecho positivo. Tratar de negar un
derecho natural no obliga a dar un salto del mundo de las cosas hacia lo
eterno, y nos tenemos que enfrentar a un estado pretérito a las cosas, a la
ontologización. La apuesta cristiana no tiene, según parece a muchos, esta
alternativa. Otras se espera que puedan acceder a respuestas muy semejantes a
las ya dominantes dentro de la nomenclatura de los DD. HH. Al menos no debe
negarse la razón en los demás, que implica el privilegio de la palabra y de la conversación.
Y esta materia
es bien importante, pues si no se tiene la palabra, no se puede ser libre sujeto de derecho, en tanto que sólo el
otro que habla, define al otro como otro-yo;
mientras que el otro-otro sólo
traslada la propia conciencia a un centro de poder, responsabilizándolo por lo
que es uno. No obstante, tomará mucho tiempo desde los tiempos de Francisco de
Vitoria, para que la razón sea comprendida de esta manera por los adoradores de
Quien sí fue un
seguidor de los estudios salamantinos fue Juan de Zapata y Sandoval, el testigo
de América, del sufrimiento de los indios, que declaró ante la Corona que ella
misma no estaba administrando una protección, sino una expoliación. Inicia un
ejercicio de memoria donde participa el corazón y piense a los otros sin
distancias. Es un ejemplo legítimo de hibridación, de unión entre el blanco y
el indio bajo el puente del mestizaje y del horizonte de salvación. Kuri
comenta, del lamentado Zapata y Sandoval:
Esos
sufrientes y muertos nos incumben; nos piden que rindamos cuentas y nos acusan,
obligándonos al ejercicio de la memoria; son nuestras oraciones y lamentos las
que los sacan de la nada.
[11]
Donde la memoria no es toma segmentos del pasado para
la consecución de uno de tantos fines de un sujeto trascendental, como una
historia que justifique su estructura de poder, sino que se trata de una
empatía y enraizamiento que hacen exégesis cerca del otro:
Ese
ejercicio de la memoria entonces, no es el ejercicio de una memoria selectiva;
no es una instancia calma, exenta de peligros; exige considerar todo el pasado
para proyectar su luz sobre el presente, sin eludir la opinión polémica. Porque
de lo que se trata es de no faltar a la cita del presente.
[12]
En estas circunstancias es que nace, a principios del
s. XVII, un nuevo proyecto civilizatorio para América, de ideas de libre
autodeterminación todavía no maduras pero rindiendo ya frutos de Francisco de
Vitoria. Así nace una conciencia de una nueva nación,
Bibliografía básica
BOURCHERT, Donald (ed), Encyclopedia
of Philosophy, diez volúmenes, Macmillan Reference,
SEARLE, John R., “Is the Brain’s Mind
a Computar Program?” en Scientific
American, vol. 262, enero de 1990. pp. 26-31.
Bibliografía complementaria
CHURLAND, Paul
M. y Patricia S. Churland, “Could a Machine Think?”, en Scientific American, vol. 262, enero de 1990, pp 32-37.
GARZA CAMARENA, Juan Á., “¿Son
todos los programas de computadora sólo manipuladores de símbolos?”, s.l.,
2006.
KWIATKOWSKA,
Teresa, et al. Mundo antiguo y naturaleza,
Plaza y Valdés, México, 2001.
SEARLE,
John R., “Brains, Minds, and Programs” en Behavioral
and Brain Sciences, vol. 3, No. 3, 1980. pp. 417-458.
______________, “Philosophy in a New Century”, en Philosophy in America in the Turn of the Century. s.l., s.a.
[1] Cfr. Aristóteles, Política y Metafísica, L I 1-2.
[2] Ramón Kuri Camacho, “Juan de Zapata y Sandoval testigo de América”.
[3]
Cfr. Francisco de Vitoria, Comentarios a
[4]
A la
luz de
[5] Francisco de Vitoria, De la potestad civil, 262, en Reelecciones teológicas.
[6] Acaso sea esta la única gran equivocación práctica de Vitoria en materia de derecho, pues a los indios en la historia no se les concedió verdaderamente la palabra, una que fuera escuchada y tuviera resonancias. Pero en absoluto se opone a lo consecuente en todo hombre, enseñar/dar al otro aquello de que carece y es vital, en este caso, el camino a la salvación. El horizonte de salvación es importantísimo para comprender esta utopía que emprendió España en sus “colonias”.
[7] Francisco de Vitoria, De los indios, reelección primera, en Reelecciones teológicas.
[8] Cfr. Ibídem, epístola a los Romanos: “¿Cómo creerán, sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán, sin haber quien les predique?”, 385.
[9] Ibíd. 422.
[10] Cfr. Kuri Camacho, “Juan de Zapata y Sandoval testigo de América”.
[11] Ibíd.
[12] Ibíd.
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