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LA SONRISA DEL PERRO



Y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa.

Harry Haller


El silencio es un vapor que zumba y no se soporta. Deseas escuchar tu risa, tu conversación, pero no hay motivo para reír o un amigo con quien hablar de nada. De hecho, si lo hubiera, tal vez no tendrías qué decir. Suspiras. Erráticamente, sin razón consciente, abres la puerta y la luz te molesta. Los perritos de los vecinos te observan como esperando algo de ti pero no dicen palabra. Los perros siempre esperan caricias, aún cuando les arrojas un trocito de comida se quedan mirándote para ver si te acercas a rascarles las orejas. El aire fresco que entra se respira mejor pero no hace juego con tu humor. Permaneces de pie apoyando la espalda en el mueble de madera, tu codo junto a los trastes lavados ayer. No te molestas en mirar pero sabes que alrededor, la pequeña cocina está ordenada y limpia. Nada hay que hacer, sin embargo no te aburres, en tu cabeza los recuerdos dan vueltas repentinas como en una montaña rusa con túneles, gritan, hacen ruido, amenazan con volcarse encima de ti o cuando menos así lo sientes porque tu corazón retumba en ecos como si la muerte te hubiera rozado. Y recuerdas. Y piensas. Sigues inmóvil, con la vista en donde a nadie le interesa, allá abajo, en la punta de tu pie o en la pata de la mesa. De reojo notas como los latidos del corazón hacen dar saltitos a los olanes de la blusa sobre tu busto. Uno de los perros sigue mirando sentado justo a la entrada, luciendo una especie de sonrisa estúpida y ansiosa. Te distrae. Sientes ternura pero como no quieres sonreír vuelves a cerrar la puerta sin remordimientos justo cuando el perro hacía un gesto con la cola y parecía estar a punto de decir algo.

La obscuridad. Maldición. Te habías acostumbrado a la luz y ahora puedes ver menos que al principio. No importa. Tal vez nada importa. Idiota. Tú lo enseñaste a fajarse los pantalones tan sólo para que ahora te deje (que no se vaya por favor). Se siente "hombre libre" desde que, gracias a ti, descubrió para qué sirven las erecciones. Ahora quiere hacer lo que tiene que hacer y "poner en orden sus asuntos". Te preguntas desde cuándo habrás dejado de ser parte de "sus asuntos". Odias lo que te hace y en el fondo odias el no poder odiarlo a él. Tu razón y tus sentimientos no acaban de llegar a ningún acuerdo y tú estás en medio de ellos sin saber que hacer. Lo quieres todo pero no tienes nada. Mal negocio. Crees que puedes tener al mismo tiempo amor y responsabilidad, crees que puedes dar y recibir, por eso estás aquí sintiendo esa piedra en la garganta, casi ahogándote en tus ganas de llorar mientras esperas que suceda el milagro, que tu mundo se enderece antes de aceptar que no es posible. No quieres perder otra vez. Perder esos tres años que según tú le regalaste, pero que siendo francos, le invertiste. No quieres perderte tú.

Te rompen el momento cuando tocan a la puerta. No sabes cuánto tiempo llevas en la misma postura, estás entumecida. Las piernas se te llenan de hormigas cuando te mueves. Abres. No es quien tú quisieras sino quien ya esperabas. De cualquier manera lo invitas a pasar y le ofreces café. Trajo en su carpeta otro poema para ti. Te lo entrega fingiendo darle poca importancia. Sabes que va a tardar en irse porque tienes mucho que decirle. Da un largo sorbo al café mientras sigue escuchándote; buscando tus ojos; mirando de vez en cuando tus manos, las que mueves por encima de la mesa tratando de espantar los nervios. Los enamorados son así, quieren hablar con la mirada. Para no encontrarte con sus ojos lees:

Si no te conociera te escribiría
y mis palabras te harían
tan grande
como los sentimientos
que en mí despiertas
serías rugido de cascada
serías profundidad de mar vivo
serías cielo incendiado en crepúsculo
serías la luna
meciendo
las mareas

No serías mujer
pero mis palabras hablarían
tan nobles
como el amor que mereces
serías el olivo que cubrió a Jesús
serías el vientre de una madre que espera
serías los años de lucha del pueblo libertado
serías el trabajo del hombre
            que alimenta

Y no serías mujer
pero mis palabras te describirían
tan suaves
como sentirte cerca
serías vuelo de gaviota
serías llovizna a medio día
serías el gesto de un niño dormido
serías un lago
    y tus aguas
reflejarían estrellas

Si no existieras te escribiría
y no serías mujer pero aún así
seguirías siendo poesía.

Te alegras un poco, pero sólo un poco, y en un breve instante recuerdas la sonrisa del perro. Tú también sonríes antes de que él se aleje caminando hacia las sombras, antes de que se despida y tus sombras regresen, esta vez para siempre.

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