
POEMAS
Por Fulgencio Martínez
UNA NOCHE DE 1979 EN MADRID
Tu voz sonaba para mí argentina
no solo porque eras de aquel país
platense, sino porque fuiste
la primera mujer con la que compartí
cama y conversación
una noche, en Madrid.
A los diecinueve
mucho tenía que descubrir
y poco que descubrirle o de que hablar
a quien, como tú, había cruzado
el Atlántico vía exilio y dictadura militar
y, sobre todo, tenía un nombre
tan angélico, tan humano: Gabriela.
PARA QUE EXISTA ESTE POEMA
en recuerdo del poeta Ángel Álvarez
I
Como si una casa se levantase
con sólo la elevación
de nuestros brazos,
o la siega de los vientos se hiciera
con una red de cazar mariposas.
Como si alegre de vino el agua
se volviese, a fuerza de caer en lluvia.
Como si nuestras palabras, hablándole
al fuego, lo creasen.
Son necesarios
la piedra y la vela, los oficios,
el tiempo de danzar
con unos pies pesados,
el pulso lleno de hormigas,
la coraza del héroe
rota por una punta
de acero, y, también,
los ruidos de los muertos
en las habitaciones
donde hemos amado.
Todo eso, amor, se necesita
para que exista este poema;
para poder decírtelo junto al hogar
celebrando, con vino, el regreso
de una emoción a salvo de naufragios.
II
No bastan los rituales,
los gestos de humo del navío
estrellado contra las peñas.
No bastan las espadas mirándose como labios:
el perfume del eco no hace una voz
por más que intacto se guarde
en una alacena. Las visiones nocturnas
no comen el pan
de la vigilia;
las metáforas huyen, como ratas,
cuando labra el sol la tierra duramente.
No basta lo conocido;
el río de atrás no existe.
La flor sin la promesa
del hueso, se consume.
Urgentemente,
por tanto,
necesito existir en tu piel,
en cada seña; a cada
subida del verso.
Urgentemente,
en cualquier trazo
con que mi alma otea
su verdad perseguida.
Volcando en tu barro el agua
para afirmar los materiales
de mi obra, constantemente,
urgentemente necesito
existir en tu piel,
en cada seña en mi memoria;
para que exista este poema,
para que lo vivido
no desaparezca en la nada.
LAS PESADILLAS DE LAS ESTATUAS
Usé mis años en aprender el lenguaje
de las pesadillas de las estatuas.
Mi oído gris, a fuerza de noches
de amoroso estudio sobre esos mármoles,
fue entendiendo de su sonrisa helada,
de su cordura de pastores de la sombra.
- Debéis saber que las estatuas sufren
una nostalgia de vida sexual.
Viudas de su modelo, encendidas
por su mismo contacto, cada noche
descienden a la sima de los huesos
y jadean como tal vez nosotros,
aunque en brazos de la pequeña muerte
conocen su propio mortal abrazo.
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