Filosofia
Literatura
Entrevistas

 

CHAGUA

 

Por Omar Requena

-Ay, Candy… en honor a la verdad hay que decirlo, mijita: ¡con cada año que pasa, te pones más bandida!
-¿Y tú? ¡Te crees la reina de la noche, cuando lo cierto es que eres la huevona de la noche!

Nina se agarra al enorme carterón y hace el ademán de írsele encima. Candy, por toda defensa, cierra los ojos, cubriendo su rostro con esos bracitos pálidos, llenos de marcas. Mira que son terribles las iras de Nina: con cerca de 1.85  metros, es fuerte como un toro, de manos pesadas y gruesas. A cuántos borrachitos y guasones no les ha partido la nariz en esa esquina de la Calle Ribas, por estar metiéndose con su robusta figura que los vestiditos de lycra nunca lograron estilizar. Todo lo contrario. Yo la conocí una noche en que salía harto del ciber café y me puse a probar la cámara digital que mi cuñada me había prestado. Vi al grupito junto al puesto de teléfonos de alquiler y enseguida pensé en una buena crónica del Ocumare nocturno, con su correspondiente dotación de imágenes. Primero ensayé a fotografiar desde atrás y me fastidió la instantánea: Nina tenía definitivamente un gusto pésimo para vestir ropa interior, esa tanga transparentada bajo el vestido le daba un aire a puta triste; aparte, su trasero era feo, como con forma de pera invertida. Un verdadero contraste con Luzmila, quien sí tenía algo digno de ver, a despecho de su vocabulario cerril, infame, grotesco, que lograba desencantar al más pintado.

Pero hay que decirlo: Luzmila era Luzmila, una mujer cromosómicamente hecha (no derecha). En cambio Nina vino al mundo como Pablo Triviño (yo le aseguraba que tenía algún antepasado gallego, que procurase averiguar. Y sí, su bisabuelo era español, mas nunca supo decirme de qué lugar exacto de la península) La Candy por su parte fue “Chagua”, y antes de Chagua se llamaba Freddy Tascón Rivero, hijo único de la doctora Maribel Rivero, mi vecina en las Residencias Cotoperí por varios años.

Candy, Chagua, es decir Freddy, levantaba oleadas de chismes en aquel Ocumare de los 80, marcado por modas ridículas entre los adolescentes, como las camisetas y zapatos Ocean Pacific, el Break Dance y los filmes de nuestra siempre recordada Ginger; cintas que por su parte el profesor Vila guardaba en copias en su apartamento con el único fin de “cazar” incautos. Porque al Armandito Osorio no lo perdonó, por ejemplo. Un ocho de Junio tocó a mi puerta para contarme entre sonrisas nerviosas (que no disimulaban el gustazo dado) sobre su primera experiencia sexual con otro hombre. En fin. Menciono al profesor Vila debido a su complicidad con Chagua en aquello de seducir muchachos. Era en los apartamentos de ambos y las fiestecitas alternadas resultaba la comidilla de los vecinos, que hacían cualquier clase de especulaciones. Y  cómo no hacerlas, si algunos de los más varoniles hombres del pueblo fueron vistos llegar o salir de aquél sexto piso en esos días. Yo nunca corrí en ese lote,  advierto, aunque no me abandona el remordimiento de haber servido al gochito Johan en bandeja de plata a Chagua, sin querer. Me cuentan que éste, en el colmo del furor, arrinconó a Johan en la escalera de incendio, amenazando con cortarlo si no accedía a sus requerimientos.
-… y con un cuchillo de cocina, mijito. ¿Qué tal?-.  Nina saca del carterón la caja de cigarros y cada cual toma uno. Yo intento hacer una panorámica del pequeño antro (pensar que me había prometido no entrar jamás a este lugar desde la desaparición de Ignacio) y por eso, ni bebo, ni fumo. La memoria intenta hacer de las suyas; yo la dejo y termina por no pasar nada importante: mujeres feas, vulnerables; tipos acabados que se han ido de bruces muy pronto. Allá, al fondo, pontifica Oseas entre botellas de whisky o de vinho verde  que nadie toca porque sólo se bebe cerveza aquí; además no esta Karelis con sus pechos voluminosos y la sonrisita ésa de dientes pequeños que tanto me gustaba y que por un tiempo quise sólo para mí. Urdí planes y contra planes con Fermín, buscando quitársela al portugués filho da puta, pero nada; Karelis prefería una vida de obsequios mediocres y costosos, soportar violencia en medio de gente desechable, nulidades como el propio Oséas quien la violó recién llegada a Ocumare, junto a un grupo de amigos suyos, nada más que por diversión.

 

Nina manda a Luzmila a buscar otras cervezas: “párate niña, mueve ese rabo… que por eso lo tienes tan grande”. Cuando Luzmila se levanta –no sin antes soltar una sarta de vulgaridades-, no puedo evitarlo; se me van los ojos detrás de aquella protuberancia. No, no es grande: es perfecta. Nina, que no pierde detalle, se fija en la expresión de mi rostro.

-Y tú, vas a barrer el suelo con la barbilla si no cierras la boca; ¿cuánto tiempo llevas sin mujer? ¿O nanai de “aquello” con la colombianita? ¿No me digas que otra vez se te escapó?
-No joda… no quiero hablar de eso- respondo. -Mejor regálame un cigarro, que de tanto verlos fumar me han dado ganas de hacer lo mismo.

Nina rebusca en el carterón y saca uno. Al encenderlo, notamos que también Candy se ha ido de la mesa, perdiéndose entre el gentío que ha comenzado a llenar el local. Un aullido de estática y la música que revienta: las conversaciones, los pensamientos, bajan de volumen al tiempo que se mueven los cuerpos. Nina baila sentada en su silla, trata de acompasar el ritmo que llega con sus anchas espaldas, fumando y hablando, hablando y reflexionando al mismo tiempo.

-Te juro que no sé lo que pasará por su cabeza-, dice como para sí misma. -Candy pudo tener una vida distinta, no sé. Más bonita, más tranquila.
-Bueno, a lo mejor se trata de una decisión conciente, ¿no te parece? De pronto y no tuvo, o no vio motivaciones fuertes en otros sentidos-. Increíblemente, mis palabras llegan claras y audibles a Nina, quien voltea y me mira con una mezcla de irónico desconcierto.
-¡No me jodas! Desperdiciar así a una madre cariñosa y abnegada por querer andar del timbo al tambo, acostándose con el primer macho que se te cruce en el camino, no puede ser sino estupidez. ¡ La Candy disfrutó su infancia, por Dios!
-¿Y qué hay de ti?
-Lo que te he contado antes: violencia, incomprensión, desencuentros. En fin, soledad brutal y simple-. Cuesta el conciliar ése rostro empolvado, ésa nariz perfilada a fuerza de cirugía estética, con la imagen del policía rudo que dicen que fue Nina antes de comenzar a travestirse. La noche en que la conocí, me contó sin mayores problemas su infancia terrible y llena de carencias. El padre ausente. La madre sobreprotectora, dominante, severa; la promiscuidad forzosa, que inevitablemente conduciría a la sexualidad precoz. Nina me confiaba todo aquello sin importar que fuera yo un desconocido, o precisamente por eso; siempre me pareció curioso el hecho de inspirar una confianza casi inmediata a personas que no saben quién soy. La de cosas que podría contar al respecto.

Cuando apagan las luces estroboscópicas, regresa la misma calma anterior, nimbada de amarillo. La cajetilla de cigarros ha quedado sobre la mesa y yo fumo ya por tercera vez consecutiva. Al fondo del local, Luzmila saluda a un grupo de tipos rarísimos, que la cercan como lobos a su potencial presa. Nina me dice que ella está acostumbrada a esa clase de encuentros; que últimamente a  Candy le ha dado por hacer lo mismo.

-Pero no discrimina, chico. Luzmila, con todo y lo burra que es, sabe cuidarse: a ninguno de esos perros se lo dará a “oler” siquiera. Tú la ves ahí, deshecha en sonrisas y zalamerías pero nanai nanai. En cambio la Candy , já… Te aseguro que se metió al baño con algún negrito feo de ésos; arrodillada y no pidiendo perdón, precisamente.

Yo no puedo evitar la risa, se me viene entera y envuelta en humo a la boca. Nina me tuerce los ojos, con mal disimulada seriedad. Luego bebe un trago corto de cerveza y prosigue:

-Yo trato de cuidarla, Oscar. Es una suerte de penitencia que me he auto impuesto. Soy la familia que tiene, la familia que no ha tenido en  mucho tiempo. Claro, a veces me harta y la corro de la pieza. La última vez, estuvo tres meses de realenga por ahí. Terminó en Caracas, por los lados de Sabana Grande. Vaya usted a saber en cuántas vainas no se metió por esos lados. Francamente. Después, me contaban que casi  no comía, que lavaba su ropita en el baño de un restaurante de mala muerte. Y me compadecí de ella, ¿qué querías que hiciera? Candy es la hermanita que no tuve. Regresó mansita, flacucha; casi en el hueso pelado. Y con la cara rara: es que un fulano le había pagado un tratamiento de botox, tú sabes, para borrarse dizque las líneas de expresión. ¡Un ser tan joven, por el amor de Dios! Ahora anda en una vaina de hacerse un peeling químico de rostro.
-¿Un qué?
-Chico, un peeling… una vaina que te deja la piel inmaculada como la de un bebé. Creo que hasta mejor. Y vale un dineral, de paso.
-Ok. Pensaba en eso de si Candy sería realmente uno de los primeros travestís del pueblo.
-O el primero… nunca se sabrá con certeza. Y quien la influenció grandemente en eso, fue el puto del  profesor Vila.
-¿En serio?
-Como te lo estoy diciendo. Si ese señor hasta la maquilló y vistió por primera vez allá, en el edificio donde vives tú. La quiso presentar como a la futura Drag Queen tuyera; porque te digo que la Candy en esa época era bella. Tenía un aire así como aristocrático; yo creo que hasta la envidiaba. La rumba fue espectacular esa noche, mijito: ¡corrió whisky como agua, y cayó perico como nieve!  
-Sí, me acuerdo. Yo era uno de los tantos vecinos que los maldecía por no poder dormir.
-Bah, pura paja loca. Lo que debiste haber hecho es subir y gozar un montón.
-¿Yo? Jamás. La “raya” no me la quitaba nadie después.
-Jajaja… si supieras cuántos “machos” por ahí no desearían jugar al mosquetero, con el florete ése que papá-Dios les puso entre las piernas. ¡Y cuántos no lo hacen a escondidas!
-Bueno, allá “ésos”… yo me salvo por mi inveterada condición de <lesbiano>.

Las carcajadas de Nina rivalizan en decibeles con la música que ha vuelto a estallar. Con la botella de cerveza en la mano se levanta de la mesa, buscando el baño. Va tongoneándose, parece una ballena dando coletazos en la oscuridad de un mar extraño, salpicado de luces.
Siento pasar gente a mi lado que no puedo ver, que quizá no exista. Sólo serán sombras. Nulidades con nombre y apellido. Los años sin fumar, desacostumbraron mi cuerpo a los efectos de la nicotina. ¿O será que estos cigarros están “aliñados”? No, no es eso. Lo que ocurre es que me intoxico de pensamientos. Eso es lo que pasa. Me pellizcan el brazo y es Luzmila.
-¿Qué pasó, cariño, te dejaron solo las “bichas” ésas? Vente, vamos a bailar un poquito.
-No, no… yo vine por otra cosa. Además, detesto esa música del carajo.
¡Ay, mijito, tú eres bien cabezegüevo! Deja la ladilla y vente, mira que la vida es una sola.
-Eso, la vida- digo. -¿Qué será realmente la vida?
-Sentirse rico… pasárselo chévere, dándole al cuerpito lo que pida. ¿O no?

Dime tú, quién se anima a considerar metafísicas en condiciones como éstas. Yo sólo quería mi crónica y mis fotos; contar que a Freddy, cuando seguía siendo Freddy (sin quererlo) y no era Candy sino Chagua, la primera vez que se vistió de mujer, salió al centro del pueblo y fue descubierto; que una fila de muchachos armados con palos y piedras lo persiguieron para darle una paliza; que yo era uno de esos muchachos; que Chagua-Candy-Freddy, corrió como pudo con sus tacones; luego llegando al edificio se los quitó mientras la lluvia de piedras lo perseguía. Que no lo alcanzó a él, más sí al portón de vidrio que estalló hecho añicos. Imagínate… qué vergüenza para la  doctora Rivero, un hijo marica como el profesor Vila, quien luego de huir de la residencia, murió en el deslave de Vargas, enterrado entre escombros y lodo. Quería contar sobre el gran talento que tenía Freddy-Chagua-Candy para el teatro. Y las fotos, claro, las fotos. Me guardo la cámara digital de mi cuñada porque ahí viene otra fila de gente que la oscuridad deja salir, y Luzmila me arrastra hacia ellos. “¡Baila, galafato… no seas pendejo!” Es Nina, quien se mueve como ballena herida en un oscuro mar proceloso, entre barracudas y tiburones dementes.

Cuando Luzmila, la voluptuosa, la soez, pone mis manos en ésas caderas, yo miro hacia abajo y siento que cualquier cosa es posible. Y entonces me dejo llevar.

 

 

JUN-2008.
        
 

  

 

Agosto-Septiembre 08   •Directorio •Editorial •Proyecto •Números Anteriores •Contacto •Links