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LA TELE CULTURAL, DE PAZ A LA DICHOSA PALABRA

Por Luis Frías

Televisión y literatura, televisión y arte, en fin, televisión e intelectualidad no suelen llevarse bien. Y es que pertenecen a paradigmas culturales antitéticos. En cambio, televisión y chistes, televisión y mujeres apenas vestidas, televisión y parafernalia se hermanan con naturalidad. Desde que en los 60, 70 y 80 varios escritores se metieron a conducir sus propios programas de televisión hasta los tiempos que corren, cuando las transmisiones culturales son moneda corriente, se ha comprobado la malsana relación entre la tele y la palabra.

¿Quién fue el primero que se vio tentado a montar un estudio en la televisión mexicana para abordar temas culturales?
Aunque es una pregunta que se puede contestar con las incursiones en la pantalla chica del dandy de Salvador Novo como comentarista, o de la impetuosa María Luisa Mendoza dando su opinión en el noticiario 24 horas de Jacobo Zabludovsky, conviene hacerlo señalando un programa hito. Porque se entiende, cosa rarísima, como el primer interés genuino de una televisora en asuntos estrictamente artísticos. Me refiero a cuando Televisa pasaba un programa cultural a altas horas de la noche: las Charlas con Octavio Paz. Todavía hay quienes se acuerdan de ellas con nostalgia. Hace poco se lamentaba Zabludovsky en la televisión: “Antes, los monólogos de Televisa los daba Octavio Paz; ahora los da Adal Ramones”. Impertérrito, el premio Nobel daba respuesta con su tradicional solvencia a las preguntas que le planteaba un Héctor Tajonar de gruesos lentes de fondo de botella. En medio de un escenario que consistía en un locutorio palaciego cuajado de cuadros renacentistas, ventanas con vitrales y una mesa cuya pesada madera parecía de hace siglos, el poeta hablaba de sus temas predilectos. A saber, la otredad, la metapoesía, el existencialismo, Jean-Paul Sartre, el surrealismo… En definitiva, las charlas con Paz no eran tan entretenidas como las protagonizadas por Juan José Arreola, otro que marcó pauta.
A diferencia de Octavio Paz, cuya pronunciación era invariablemente perfecta, Arreola vivía eternamente inspirado, y se echaba a llorar por cualquier nimiedad. Era divertidísimo. Existe una grabación que se hizo en un instituto de cultura del Estado de México; allí aparece acompañado de una rubia que abre la boca ante cualquier bagatela del nacido en Zapotlán el Grande. Con grandes ademanes, el autor de La Feria empezaba hablando de mujeres y flores, seguía por la vía de la religión y la familia, y terminaba declamando poemas de los Siglos de Oro y los suyos propios. Al final de la transmisión la mujer no sabía cómo apartar a un Arreola en llanto que se lanzaba a sus brazos. Ahora bien, caso más emblemático —pues personifica la absoluta imposibilidad de un escritor teniendo éxito en la tele— es el de Ricardo Garibay.
Con ser un autor relevante, Garibay no poseyó la fama de Paz o de Arreola. Justamente el problema de Garibay estaba allí en su inconmensurable sed de gloria. La suya era una personalidad que explotaba ante la menor provocación. Nunca comprendió que no era lo mismo montar en cólera en la intimidad de su círculo cercano que hacerlo ante las cámaras, de manera que en sus apariciones televisivas parecía un cabrón viejo flemático que pretendía regañar hasta a los que estábamos del otro lado de la pantalla. De cualquier modo, en la barra de programas el suyo era el más raro. Curiosamente, el espectáculo consistía en ver a un buen escritor fracasando en su intento de llevar a buen puerto la actividad que hubiera hecho mil veces mejor un despistado conductor de programas de variedad.
En estricto sentido, los escritores hacían un papel lamentable en las pantallas. La actuación televisiva de ninguno de ellos pasará a la historia por memorable. Sus personalidades, respetables cuando no admirables en literatura, eran punto menos que patéticas ante la pantalla. La lógica de la televisión no admite ese tipo de originalidad.

No es fácil hacer frente a la tarea de establecer cuál es la naturaleza de los programas de la televisión abierta mexicana. Aunque en general pueden dividirse en programas que se transmiten en dos tipos de canales (de televisión concesionada y de televisión estatal), lo cierto es que se trata de una labor para todo un instituto de investigadores en ciencias de la comunicación. Piénsese nada más en la telaraña de dificultades teóricas que guardará la clasificación de programas como los siguientes.
Una producción de concursos dominicales, consistente en que un grupo de adolescentes lascivos cohabiten en un set de grabaciones, engullan gratis comida chatarra, canten los domingos ante el público, sean eliminados de uno por uno y, a poco, se vuelvan efímeras estrellas de lo peor del establishment. O el noticiario más importante de la televisión mexicana. El que conduce una cursi cincuentona cuyo rostro ha estado más veces que un boxeador en la camilla de un cirujano plástico. De lunes a viernes da a conocer si aquella cantante grupera recuperó el amor de su novio, un luchador que primero era técnico y ahora es rudo. O bien, otro noticiario menos importante, cuya bandera debiera ser la inversión de un lema famoso. Y es que en lugar de decir lo que otros callan, “calla lo que otros dicen”. Es la transmisión de noticias que conduce un tartamudo de lentes, quien no termina de comentar una noticia cuando ya se ha enredado en la siguiente. O bien, un último caso emblemático: los programas de revista que pasan de lunes a viernes a media mañana. ¡Son tan malos pero misteriosamente existen desde siempre! El guión ya se sabe: hay un chef que dicta recetas dietéticas, un instructor de yoga, una sección de horóscopo, un espacio para las tablas de baile de unos alumnos de primaria, hay una frase del día (“Para la gente, eres lo que reflejas”) y otras cosas así; todos terminan antes de la hora de la comida.
Por muy patético que resulte el listado anterior, no es más que un pellizco de los éxitos de televisión. Lo que prevalece son las bufonerías. Pero la pregunta es si acaso el formato de la televisión mexicana toleraría otro tipo de programas. Porque si algo es verdad es esto: la televisión, así como está, es la consentida de los hogares mexicanos.

Desde que Paz, Arreola o Garibay salían en televisión con sus jactanciosos desplantes, las cosas han cambiado sustancialmente. Este periodo no ha pasado gratis. En los tiempos que corren la aparición de programas culturales se ha extendido a tal punto que han dejado de ser novedad; de manera que la barra del televisor ofrece hoy muchísimas opciones para los que (por carencia de medios o por verdadera pereza) tratan de encontrar en el televisor lo que deberían salir a buscar en los libros o en las galerías.
Posiblemente la actual moda por las transmisiones culturales se remonta a los programas del que, por varios motivos, se agenció la herencia de Octavio Paz. A la muerte de Paz, su alumno Enrique Krauze se quedó con el espacio que tenía en Nobel en Televisa.
Los producía su editorial Clío y se trataba de una serie de videos llamados México Siglo XX; como su nombre lo indica, eran programas que pretendían retratar algunos temas de la historia mexicana del siglo anterior. Pero fiel a sus creencias ideológicas, Krauze no hacía sino exaltar con subjetividad el orden de cosas establecido en el país a partir de la postrevolución. Actitud oprobiosa para cualquier historiador. Con la entrada del año 2000 la serie cambió de nombre y adoptó el de México Nuevo Siglo.
A estos videos de Clío los singularizan varias cosas. Además de esa curiosa subjetividad que mencioné, está principalmente el estilo laxo para referirse a cualquier tópico. Cualidad en la que hay que poner especial atención, porque la han copiado gran parte de los programas culturales actuales y aventuro que a eso le deben su éxito.
Y para no extenderme en los noticiarios culturales de la actualidad, en los programas de entrevistas a creadores o en los de discusión en mesa redonda, quiero concluir pensando en uno de los programas culturales de mayor rating: La dichosa palabra, del Canal 22. No es preciso explicarlo. Todos sabemos que en él participan cuatro o cinco personajes cultivados que hablan de literatura, de historia, de ciencia, de cine, de astrología, de cocina internacional. Lo interesante es la causa de su éxito. No se debe sino al estilo con que se desenvuelven en la pantalla. Hablan con mojigatería, van vestidos a la moda, son políticamente correctos, se refieren a todos los temas con generalidad. Se parecen más a esos programas que pasan a media mañana, que a las después de todo, sustanciosas Charlas con Octavio Paz. En rigor, su tremendo éxito se debe a la ligereza del discurso. Hablar de todo sin referirse a nada en concreto. En una palabra: dejarse engullir por los dictados de la televisión.

Definitivamente las lógicas de la televisión y de las artes —o al menos de la literatura— son esencialmente opuestas. Buscar en la pantalla lo que sólo puede estar en las páginas o en los museos es colosalmente absurdo. Sólo aquellos intelectuales dispuestos a perder la originalidad que los hace precisamente ser lo que son tendrán posibilidades en este medio de la frivolidad. ¡Por fortuna Paz, Arreola y Garibay continuaron hasta el final siendo pésimos conductores de televisión! Epílogo perfecto es el célebre apotegma de Groucho Marx: “Encuentro a la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un buen libro”.

 

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