
HUMAN[ISMO]
Por Ricardo Martínez Espinosa
Una expresión que se puso de moda, se fue y volvió ha sido ésta. Implica una forma de exageración (o exasperación) de lo humano de cada persona. Significa en cierta forma abandonar los accesorios y enfocarse en el ser, en lo que somos y podemos llegar a ser. Si nos esforzamos lo suficiente podemos llegar a un punto donde seríamos las mejores personas.
Ante este escenario hemos descubierto las mejores y más refinadas formas. Me gusta la música clásica al tiempo que leo un par de obras relativas al momento en que descubrimos que no somos más que falsas formas. Volvemos al pasado, intentamos rescatar lo bello que nos pareció alguna vez. Los recuerdos se vuelven historias, las historias leyendas y las leyendas se vuelven eventualmente libros de texto gratuitos.
Quizás el principal crítico al humanismo ha sido Friedrich Nietzsche. Lleno de frases contundentes y demoledoras contra la hipocresía de abandonar irónicamente lo que nos hace humanos para finalmente llamarnos “humanos civilizados”, o simplemente ciudadanos, para traerlo a contextos más actuales. Volvernos contra nuestra naturaleza cruel para así llamarnos humanistas. No sé quién resulte peor, si el cinismo alrededor del pensamiento del filósofo alemán o la hipocresía del cristianismo que intenta ponerse por encima de la humanidad, por encima de nuestros pecados y mostrarnos la vida eterna, la felicidad absoluta.
El hallazgo de un elemento fundamental en esta discusión fue hecho por Michel Foucault a principio del siglo veinte. La descripción del castigo durante la edad media y cómo éste fue modificándose hasta llegar a lo que hoy entendemos como una visión clínica de la vida cimbró algunas partes de nuestra naturaleza, o al menos cómo la concebíamos. Todo este enmascaramiento se desenvolvía sobre dos ejes, uno educativo que iba en el sentido de modificar nuestra forma de ser y nuestra naturaleza (una visión ortopédica de la rehabilitación y de la misma recuperación de la sociedad, eso que llamamos “iluminación”), y otro escondido detrás de ese argumento, uno más oscuro. Lo que implica suponer esta máscara que hemos construido alrededor de la naturaleza tendría varias consecuencias. Primero, que no hemos avanzado hacia un estadio superior como algunos han afirmado. El ser humano civilizado sería un hombre prisionero de sus propios prejuicios. Saludar al vecino, no comer alimentos con grasas saturadas, acariciar a tu perro, nunca llorar en público. Segundo, que todas aquellas creencias en torno a las instituciones podrían bien ser un buen invento que nos ha mantenido entretenidos. Si el ser humano es un individuo cruel, entonces la crueldad ha mutado hacia un aspecto más sofisticado. No sólo se trata de pensar en el daño físico, sino buscar apoderarse de la mente del individuo. Llenarlo de ocurrencias hasta que llegue un momento en que se le olvide qué es lo que lo hacía humano: entonces habrá que reconstruir su identidad. Entonces tendrá sentido volverse a recorrer los libros que nos dieron sentido alguna vez, la música que nos engrandeció, la identidad nacional que en algún momento tuvo sentido (vamos exaltándola hasta que se vuelva religioso luchar y morir por tu patria), vanagloriémonos de los elementos más básicos como la cocina típica, un recuerdo de que toda globalización debe tener raíces en algún punto local. Vayámonos al espacio y recorramos sus rincones a través de un programita para descargarse gratis y aprender así nombres de galaxias que tal vez sólo existen en la imaginación de algún astrónomo aburrido de su trabajo de clasificar y anotar.
Los accesorios se convierten cada vez más en elementos recurrentes, aprendidos por la imitación, valorados por su inutilidad, descargados en las generaciones más jóvenes. Humanicémonos hasta el grado que dejemos de reconocernos. En cada momento tendremos una mejor oportunidad para convertirnos en identidades completamente reinventadas de nosotros mismos. No está claro quién inventa a quién pero sí quién atormenta a quién con prejuicios.
Si tuviéramos que elegir el momento en que dejamos de ser humanos para convertirnos en humanistas fue tal vez cuando descubrimos que nuestra naturaleza era algo aburrida y teníamos que llenarla como un árbol sentado sobre dos tablas en la sala de nuestra casa. Ahí estaba perdido entre los muebles cuando había la posibilidad de ponerle luces y colgarle unas cuantas esferas. El árbol tomaba vida irónicamente en el momento en que iba perdiendo su vitalidad. El ser humano podría encontrarse en una situación similar, a medida en que vamos avanzando en nuestro proceso de humanización nuestra humanidad palidece. Los recuerdos se vuelven difusos hasta encontrarnos con una identidad fragmentada.
El humanismo comienza a convertirse en una prisión del propio ser humano. Nos revela que los argumentos que nos hacían humanos probablemente también significan un accesorio como los mismos que el humanismo supuestamente repudia.
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