
CASI LO QUE ELLA BUSCABA
Por Carlos Martín Briceño
In memoriam Adolfo Bioy Casares
A Sharmila Bannerjee la conocí un domingo de abril en el teatro St. Martin's de Londres. Era mi último día en Europa. A la mañana siguiente debía partir hacia el aeropuerto de Heathrow para regresar a México. Sólo me quedaban en la cartera un billete de diez libras y un boleto para la función de las seis de la tarde en el St Martin's. Montaban allí La Ratonera de Agatha Christie.
Para olvidar el hambre, la mañana de aquél domingo la había pasado hurgando en las librerías de Soho. Aun los restaurantes chinos los hallé caros: ocho libras la comida completa, sin refresco. Decidí reservar el dinero para cenar después de la obra, de esta forma podría ir a la cama tranquilo. A las cuatro de la tarde resolví que era tiempo de caminar hacia la zona de teatros. Londres, a pie, es una ciudad especialmente difícil para orientarse. Miré varias veces el plano que llevaba conmigo; temía llegar tarde y perder la función. Minutos antes de las seis hallé el edificio. Entré a la sala de inmediato: estaban dando la primera llamada.
Quizás en la calle hubiera pasado inadvertida, pero en aquel marco de refinada burguesía era imposible no ver a la robusta hindú de tez morena y vestido policromo, tratando de hallar su asiento. Cada vez que daba un paso, las cuentas que le colgaban del cuello chocaban entre sí produciendo un delicado sonido metálico. Le correspondió un lugar a la izquierda del mío, justo al centro de la tercera hilera de butacas. La mitad de la fila tuvo que levantarse con fastidio para que pudiéramos ocuparlos. Me pareció bueno que se sentara a mi lado. Su inglés debía ser menos complejo. Estaba cansado de escuchar a los británicos parlotear su lengua con expresiones que no comprendía del todo. Cuando ocupó su sitio noté que llevaba dos pequeños botes de helado en la mano derecha. En otras circunstancias hubiera rechazado la invitación, pero en ese momento fue como un regalo del cielo.
Sharmila era astróloga y parecía haber leído mucho sobre culturas precolombinas, en especial la maya. Sentí un poco de vergüenza ante mi escaso conocimiento sobre la cultura India. Ambos coincidimos en el gusto por la literatura nórdica y nos la pasamos charlando con buen ánimo hasta antes del inicio de la función. La obra resultó gris, tal como esperaba. Igual que cientos de personas, el trabajo literario de la Christie me parece mediocre pero provisto de cierto encanto (charm,dirían los londinenses). "Es difícil hallar agua en el desierto", le dije en broma a Sharmila cuando cayó el telón, "pero hemos cumplido con el rito obligado de sus admiradores”.
Al salir del teatro, Sharmila insistió en continuar nuestra conversación en alguno de los muchos restaurantes hindúes de la zona. Ya era noche. Acepté su propuesta, no sin antes advertirle que sólo contaba con diez libras para la cena. Forget money, contestó en tono convincente. You have almost given me exactly what l was looking for. En ese momento, esta frase la comprendí bien como frase, pero en absoluto como significado. Estaba harto de no poder expresarme correctamente con nadie. Así que me limité a asentir con la cabeza y a dirigirme a donde ella indicaba. Mientras caminábamos, Sharmila parecía estar representando un papel conocido. En el restaurante ordenó varias cosas "para probar de todo". Recuerdo que el camarero llenó la mesa con ocho o nueve platos diminutos. El vino y la abundante cena fueron dificultando mi entendimiento. Su inglés resultó mas fluido que el mío. Además, Sharmila comenzó a dirigir la conversación hacia complicados temas astrológicos. Inquirió sobre la fecha y hora de mi nacimiento para enfrascarse allí mismo, con la ayuda de unos libros y artificios que traía en el bolso, en la confección de mi carta astral. Habló cosas que no pude comprender del todo. Palabras desconocidas y expresiones indescifrables. Yo intentaba, hasta donde el sopor del alcohol y el cansancio lo permitían, discernir sus observaciones. Así estuvimos hasta casi medianoche. Tuve la impresión de que ella sabía todo sobre mi vida. Pagó la cuenta, sin darme oportunidad de dejar las diez libras, y repitió aquella frase: you have almost given me exactly what I was looking for. Esta vez le presté más atención. "Tomemos un mismo taxi", sugerí; "al menos, déjame pagarlo". En la parte trasera del coche, Sharmila sacó una cámara de su bolso para tomar algunas fotos. El chofer (un hindú como ella) miraba la escena por el espejo retrovisor. Al llegar a mi hotel nos despedimos con un fuerte abrazo. Hacía frío y tenía sueño. "Procura hablarme en cuanto llegues a tu país", dijo, "sólo quiero saber que estás bien". Volví a asentir con la cabeza. Tanta aprehensión empezaba a fastidiarme. En ese instante lo único que deseaba era que el automóvil se fuera de una vez por todas.
Una nota en la prensa anuncia la visita a mi ciudad de una muestra itinerante del museo de arte de Bombay. Han pasado tres semanas desde que regresé a México. No había vuelto a pensar en ella. Decido llamarla.
Contesta una voz masculina. De inmediato pregunto por Sharmila. She died three weeks ago, responde el hombre del otro lado de la línea con una seguridad insólita. "Lo siento, lo siento mucho", acierto a decir. Deseo colgar enseguida, pero el silencio del hombre me detiene. Al cabo de unos segundos, escucho: Thanks a lot, sir. You almost gave her exactly what she was looking for. Oír aquella frase de nuevo, pero ahora proveniente de él, me aturde. Es, quizá, la única ocasión que voy a conversar con el tipo. "Perdone que pregunte", le digo, "estoy seguro que esas mismas palabras las oí de Sharmila en Londres." Después de otro silencio largo, suspira y habla con voz seria:
"Escuche. Mi mujer, poco antes de fallecer, me contó todo y me pidió explicárselo. Ella, de alguna forma, apareció en el teatro esa tarde, no obstante que en el lecho agonizaba. Quería revivir la escena del día en que nos conocimos. Buscó, igual que hace treinta años, una persona a quien amar y la halló; en la misma fila, en la misma obra. Pretendía robarle un poco de vida. Esperaba que usted, como yo, se enamorara. Pero no sucedió. Eso explica la razón del almost en la frase. Usted la vio alejarse en el taxi a medianoche. Minutos después expiraba aquí en la India. Había gastado todas sus fuerzas. Esta vez, su ardid resultó inútil..."
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