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R’LYEH
Por Iván Humanes Bespín

Antes de pintar, uno examina con pausa todos los pliegues del cuerpo de Sarah y espera encontrar cualquier signo antiguo. Es una tarea minuciosa que puede llevar horas, pero la diferencia con otros artistas está en el detalle. La búsqueda es dificultosa. Aún más si se conoce que, recientemente, el historiador G. Lascaurt ha reinterpretado los textos apócrifos con conclusiones más o menos probables que nos afectan. Afirmaciones como que ellos serán liberados, o que esperan desde entonces para salir a la superficie y volver a dominarlo todo, podemos considerarlas como precipitadas, sólo añaden más literatura a lo consabido. Pero son varias las corrientes que se debaten dentro de la doctrina y Lascaurt hubiera instigado la herejía si se hubiera situado en otro tiempo y orden, pues su tesis pasa por el combate definitivo con los portadores de ciertos símbolos para evitar el regreso de los primeros dioses.


            Para dominar el arte del cuerpo no sólo es preciso añadir pintura al objeto y decorar las zonas con exactitud, la sutileza se encuentra en comprender los elementos anatómicos como iconos concretos, designados ya por la providencia para ser convertidos en ratón, nido de pájaro o boca de lagarto. Desde siempre ha sido ocupado el cuerpo como asentamiento de símbolos externos, portador de rituales. Y cómo decirle a ella que uno ha estado pintando durante años, acaso veinte, y que hasta ahora esperaba el elemento concreto y no había llegado, el signo que atesora tanto tiempo de sacrificio y que dispara todas las teorías al infinito. Pero que quizás la suerte ha cambiado, porque ese pliegue de su cuerpo, esa terminación que conforma una letra, esa letra podría combinarse con otras que se esconden en ella de forma sutil.


            Posiblemente el resultado del examen de esos signos sea la palabra R’lyeh. El arte corporal es exclusivo, arrogante, intransigente. Lo dijo el primer manifiesto de la disciplina escrito en los setenta en París. El body art practica el derribo de la estética y la moral. África fue el primer lugar donde el arte en el cuerpo se aplicó sabiamente, los dibujos eran símbolos y las personas meros objetos receptores de la sabiduría. Sin duda, el artista se acerca al examen microscópico de la zona, pero no para llegar al epitelio y contar las células, sino como causa generadora de un macrocosmos, de un mundo mayor y universal. Si fuese R’lyeh el resultado del cálculo eso supondría que las historias que se han leído y que, por ejemplo, autores como Lovecraft han llevado al papel, esperan para ser reinterpretadas.
            -Muy bien. Adelante –dice ella cuando está preparada para el trabajo.


            Sarah es un ser acuático. Cada día que uno pinta su figura esa idea martillea la cabecita, es como si una letanía sagrada se instalara y fuera imposible derribarla, pese a que uno quisiera desterrarla de los dominios. Acuática y resbaladiza, ¿serán escamas sus uñas? Su belleza es comparable a todas aquéllas que han pasado por las manos de uno. Un cuerpo aparentemente idéntico, perfecto en la constitución y fino en el trazado, cabello rubio y pubis recortado, las proporciones son exactas, propias de una modelo. Pero no. Pero su apariencia más recóndita es de ser marino, como lo eran los R’lyeh, seres pretéritos que poblaban los mares y las regiones acuáticas de la tierra.  Dichos seres eran seres catalogados como Profundos, es decir, esbirros de los Primigenios, que fueron los primeros en dominar los universos. Aquéllos que, contribuyendo a la literatura, esperan el momento, que sea desvelado el secreto y se rompa el sello que los mantiene encerrados para salir a la superficie y volver a tenerlo todo como servidumbre.


            Parece que al acercar las manos a su cuerpo, se remuevan zonas abisales, términos donde nunca ha llegado la luz solar. Y claro, de repente circula por la cabeza intentar hablarle en esa lengua arcana que muchos estudiosos han recogido en los libros y cuya última manifestación se conoció en algunos tótems localizados en las costas de Singapur por el barco Rogers Clark, tras una de sus expediciones:
            -Tienes escrita aquí la palabra. R’lyeh wgah’nagl fhtgn –un elemental balbuceo en su lengua.
            ¿Quién conoce el fin? Ella mira de reojo, atenta al dibujo que se está conformando en su piel y como si la frase que se ha dicho fuese un desvarío de artista o un juego. Y sonríe. ¿Qué habrá entendido? Y en la sonrisa y en esa forma de enseñar los dientes uno ve aristas, una dentadura afilada que se asoma tras una enorme boca, y uno tira los botes de pintura y cae de espaldas protegiéndose hasta que ella se asusta y se tapa con el albornoz como si su cuerpo ahora hubiera pasado a ser púdico, ingobernable. En la disculpa está la solución. Decirle que ha sido un error, que no ha escuchado nada y lo mejor es que mañana a la misma hora nos veamos, aquí mismo, que uno tiene que revisar ciertos trabajos atrasados. Ya lo dijo el poeta francés Paul Eluard, los pintores son hermanos videntes de los escritores. Los dos tienen acceso al cosmos y al caos.


            G. Lascaurt ha sido malinterpretado por los demás teóricos de la doctrina, incluso han prohibido que algunos de sus ensayos vieran la imprenta. Se esforzaron en un primer momento por criticar sus conclusiones pero Lascaurt siguió aportando novedades en la búsqueda y en la llegada inminente de esos seres. Una de las secciones de la estantería del estudio está repleta de sus obras, algunas conocidas por todos, otras profanas, casi una reliquia para coleccionistas. ¿Es el cuerpo material suficiente para interpretar el interior de aquél o aquélla que se moldea con el dibujo? No es un documento estático, es una piel que respira y que nos habla, más dinámico aún que los filmes y los videos. El cuerpo es un soporte para investigar el subconsciente, según dicen la materia profunda del ser. Y si en las zonas abisales se encuentra el fenómeno del gigantismo, con arañas de más de un metro y medio y grandes lirios de mar y crustáceos de cincuenta centímetros, ¿qué apariencia se esconderá tras el rostro cotidiano de Sarah?


            Hay una abundante cantidad de Primigenios, Cthulhu es el más popular, tuvo que haber sido atrapado por los abismos submarinos pues si no el mundo gritaría ahora de horror, escribió Lovecraft. Hasta el momento ninguno de sus adoradores ha conseguido liberarlo. La abominación espera y sueña en las profundidades del mar. Y en el sueño Sarah muta de aspecto, sus huesos son espinas afiladas, un ser venerado por los aztecas, un ídolo de la Isla de Pascua. Si Dios es la última causa de las leyes matemáticas, también serán posibles otros dioses que formen parte de la ecuación. Despertar con el dibujo posible en la cabeza, con las manos esperando al día siguiente, a las diez en punto, y Sarah de nuevo llamando al timbre y pasando al estudio, desnudándose primero de arriba y luego quitándose las prendas de abajo y preparando la pose para retomar el trabajo. La idea del dibujo preconcebida durante toda la noche.


            ¿Y cómo decirle que ella es uno de ellos? ¿Que la palabra se hizo carne y ahora debe ser al revés? Pintarla. Añadirle elementos. Cubrir el cuerpo de la modelo con pintura. Procurar que el ser aparezca y se desvele la identidad. Encerrarla no, encerrarla sería ganarse la ira divina de esos dioses antiguos cuando abandonen el inframundo, lo que serían las regiones subterráneas de esta parte de la tierra. Descubrir. Afinar la materia y hacer que sus pliegues surja un animal infinito, un enorme ser marino, y sus huesos sean espinas afiladas que atraviesen la carne, sus extremidades ganchos, los dientes aristas, los ojos negros y esponjosos miran desde el otro lado. Invocar y temer al infinito. Sarah como uno de los apóstoles. Y al rematar el trabajo contemplar a la bestia, comprender que uno siempre fue siervo. Y entonces, implorar clemencia.

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