
PÉTALO DE SAL
Por Omar Requena
Al tipo le decimos ‘Mamut’ por su talla: unos quince centímetros de grosor y voluntad casi propia. Silvia se hace con el exagerado instrumento, aunque luego se queje del dolor en la mandíbula por tener que abrirla demasiado. Preferimos comenzar con ella por el contraste de pieles (es pálida, muy pálida; casi hasta parecer frágil bajo los embates de tanta carne oscura) y los matices que la luz preparada logra en sus manos veloces. Lo de hacerla poner mitones fue idea mía, para dar un toque glam y algo fetichista a la escena. Mamut se echa de espaldas; Silvia sabe perfectamente qué hacer. Al rato de frotarse contra el hombre, Keyla sube a la cama para unirse al juego. Sin mayores preámbulos, atrapa con sus labios gruesos una teta meliflua, de rosado pezón. Pensar que horas atrás no le perdonaba a Silvita el vivir en la otrora mejor urbanización de Ocumare. Tuve que llevarla a la cocina y convencerla de que eso ya no era así. “Negra, aquí la violencia es un rasero efectivo; nos ha igualado a todos”. Como estaba muy mareada, empezó con su historia de familia pobre y madre abnegada, partiéndose el lomo de sol a sol para levantar a sus hermanos. Un verdadero fastidio. Entonces sugerí abrir más ginebra y jugo de naranja, y que las muchachas conocieran el baño de la finca; una maravilla en mármol y grifería importada. Keyla bromeó, diciendo que a su familia no le habría importado desayunar ahí todos los días. Reímos de buena gana y la agradable atmósfera de cordialidad de un principio, quedó restablecida. Tomamos inclusive algunas fotos de prueba. Que no se me tilde de racista pero la Silvia es encantadora, la cámara ama su palidez. Y cosa rarísima, es de ese tipo de gente que quiere y no sabe mentir. Cuando la gozan, ella realmente disfruta con las atenciones y homenajes que recibe su cuerpo. Con decir que se le escapó un “te amo”, en cierta ocasión en que Mamut se derramara en ella. Fue una frase sincera, que nadie más notó. Cariñosamente la amonestaba. Es que Silvia quería labrarse fama de seductora, deseaba pasar de un hombre a otro pero no podía evitar involucrarse. Terminaba hundida, destrozada. Y nos buscaba entonces, procurando vengarse de ella misma, cosa que jamás podía llevar a cabo. ¿O sí? En fin, Silvia no tenía ese espíritu deportivo, ni la sangre fría para ser coqueta. Terminaba siendo el delicioso juguete de tantos; sus ojos color de hojarasca se humedecían de emoción auténtica. Yo la filmaba, encantado, por negocio y como recuerdo de tales abandonos.
Noviembre 2007
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