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Sociedad y alteridad
Por Yaren Rojas
¿Qué es la sociedad? Es una pregunta común, retórica, compleja, con múltiples versiones, y sobre todo, con una respuesta sumamente simple en términos demostrativos. La sociedad somos todos. Pero lejos de parecer una pregunta sencillamente alegre, la pregunta sobre la sociedad –históricamente- surge ante la preocupación por los “problemas” o “desajustes comunes” que resultan de la convivencia, interacción o comunicación (porque –según- la sociedad somos todos).
Sin embargo, a la hora de repartir y compartir los problemas sociales resulta que no todos nos sentimos afectados, relacionados, involucrados ni responsables. Para resolver esto -sin confundirnos- nos es útil el termino “grupos”, clases, alteridades. Hay muchas sociedades. Y separarnos también es un problema, una paradoja en la todos estamos “juntos pero no revueltos”. De modo que la sociedad, en este término resulta ser también un concepto abstracto.
Algunos dirán qué bueno, pues de otro modo el espacio que habitamos seria de todos y no existiría así la propiedad privada. Entendiendo esto, el espacio social resulta ser otro término abstracto; lo social un adjetivo calificativo y el espacio un sustantivo. ¿Dónde empieza y donde acaba el espacio social? ¿Ahí donde dejamos de habitar? No porque aun las regiones inhabitadas son propiedad de los estados y forman parte del imaginario de las sociedades. Pero si el limite del espacio social fuera nuestra percepción, sencillamente por fin nos daríamos cuenta que definirnos como seres sociales en parte limita nuestra percepción.
Por eso, el espacio social, o nuestro campo de acción (y por lo tanto de poder), es semejante a la tabla de ajedrez donde lo abstracto e infinito se haya en los recovecos de lo interno. Y hemos sido tan sagaces al respecto que nos hemos creído que aquí mismo convergen más dimensiones. En general, si observamos un poco todas las instituciones sociales que hemos creado siguen esta línea de percepción; implosión, reunión, encierro. El lenguaje, el Estado, la familia, la escuela, el género, el yo, la identidad…
Lo anterior llega al punto de sencillamente demostrar que es imposible vivir sin los demás y que la unión hace la fuerza. Aun con todas las paradojas que ello represente. En este sentido es como Bauman (2001) nos explica que la renuncia a la libertad individual se basa en la formula de perder algo para ganar algo. Como perder un peón en el juego de ajedrez para llegar a una pieza clave (quizás la reina o el rey). Freud ya había dicho que la estabilidad de nuestra cultura se basa en su propio malestar.
Sin embargo creo que es prudente preguntarnos si acaso ese masoquismo social no es lo que genera nuestros problemas (?). El asunto podría llevarnos a pensar más: ¿Qué regula la entrada y salida simbólica a nuestra sociedad, a nuestro espacio social y por ende a nuestro campo de poder y acción social? Digo simbólica porque –además de lo que hemos venido mencionando- salir o entrar consiste en separar, omitir, olvidar, segregar, ignorar; pues de otro modo el asesinato no seria condenable; ni la pena de muerte debatible. ¿Qué construye la alteridad?
Si la sociedad busca la unidad y la convergencia; la alteridad vendría a ser lo divergente y disperso. No obstante, nada nos obliga a pensar en términos polares. Y de hecho, lo paradójico es que la alteridad social forma parte de nuestra unidad sencillamente porque no hay otro allá que no sea relativo a nosotros. La alteridad está en el centro –y no en la periferia- de lo social. Esta en todas partes, es una dimensión aquí mismo de la sociedad. La pureza social no existe y quizás en parte por eso existe la sociedad.
La alteridad se funda en el placer, en la transgresión de la ley, el orden, la razón, la unidad. Curioso es que para los estudios sociales los grupos subalternos y las sociedades sin historia forman parte del enigma en torno a la alteridad. Que si tuviéramos que señalar quién, los alternos son los otros, quienes no siguen el orden del lenguaje, el progreso ni nuestra moral institucional.
Los alternos son extraños, en términos de Bauman (2001), mendigos en términos civiles, criminales en términos jurídicos, sociedades sin escritura en términos antropológicos, mujeres, niños, ancianos, pobres, locos, prostitutas, migrantes, en términos extensivos. Ellos. Nuestro malestar social y nuestros motores de existencia, quienes nos dan gran parte del sentido de ser quienes somos –o creemos ser.
Sin embargo, estudiar estos grupos debe generar cierta sospecha. ¿Sera posible que los grupos “sin importancia” puedan adquirir una identidad estable, es decir, será posible que los podamos definir? Cuando Wolf (2005), pionero en dar cuenta del etnocentrismo sociológico, o Pilar Gonzalbo (2006) quien propone estudiar la vida cotidiana, intentan crear una metodología histórico-social para estudiarlos ¿no es una forma de racionalizar la alteridad, o mejor dicho, de destruirla?
Según Bauman (2001) los extraños nunca serán una identidad definitiva; y ello quizás nos aterre más que hacernos la ilusión científica de comprenderlos. Su volatilidad es una rebelión constante. Y a propósito de los acontecimientos, sus rebeliones esporádicas nos demuestran que en realidad les tememos porque ponen a prueba la fragilidad de nuestros límites. El problema social es un asunto siempre de poder, de búsqueda de legitimidad y estabilidad. Porque los presos se fugan, los carteles delimitan su espacio de poder y los medios de comunicación hacen terrorismo desde hace tiempo.
Bauman (2001) La posmodernidad y sus descontentos, España, Ed. Akal
Gonzalbo, Pilar (2006), Introducción a la historia de la vida cotidiana, México, El Colegio de México
Wolf (2005) Europa y la gente sin historia, México, FCE, 2da. ed.
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