
LA CANCIÓN MÁS BELLA DEL MUNDO
Por Carlos Wynter Melo
El cura de su pueblo, el hombre más santo que conoció jamás, le dijo siempre que su voz gangosa y su canto desesperado eran propicios para la Música típica. Y le dijo que eran un don del altísimo que no debía desperdiciar. Al igual que los versos dolidos y perfectos que el corazón le dictaba.
El padre quería que su feligrés no equivocara el camino. Insistió en contarle una parábola a modo de ejemplo: “Un pescador necesitaba, a toda costa, regresar a su hogar con pescado fresco. El diablo le ofreció llenar su red de tal manera que se volviera famoso no sólo en su pueblo natal sino, también, en los poblados vecinos. Dios le propuso pescar la cantidad necesaria para él y su familia. El pescador, después de meditar mucho, decidió decir que sí a las dos deidades pensando que podía obtener la fama y, a la vez, ganarse el cielo. Por mentir, no lo quisieron ni Dios ni el Diablo y su alma vagó en el limbo por toda la eternidad”.
Por los consejos del cura, Honorio González, que así se llamaba el cantor, evitó las tentaciones mundanas y brindó su arte sin intereses egoístas. Las letras le salían de cuando en cuando sin esfuerzo, como quien respira o suda: se le aceleraba el corazón y por la boca brotaban las décimas. Su música hacía enamorarse a las mujeres y llorar a los hombres.
Pero no era querido. Mientras Nenito y Ulpiano llenaban sus bailes de bote en bote, él atraía públicos escasos. En otras palabras, ganaba solo lo suficiente para vivir. Y aunque abnegado enfrentaba su destino, la codicia empezaba a reptar dentro de su vientre.
Y que no se malentienda: los que sabían de música lo tenían por genio. Las masas eran las que no lo encontraban interesante.
Un día le asaltó una arritmia extraordinaria, grandiosa, con decirles que quienes estaban cerca de él creyeron que la tierra temblaba. No tuvo dudas: su mejor canción estaba por nacer. Corrió como un loco a su casa y llenó el pentagrama de música maravillosa.
Con la partitura bajo el brazo, se fue al estudio de grabación. Rebozaba alegría. Pero en la entrada se topó con un famoso cantante, con sus collares de oro y sus mujeres y la felicidad desbordándosele del cuerpo, y su júbilo perdió sentido. Es decir, ¿qué importaba componer las mejores canciones del mundo si la gente no le quería?
Grabó la canción la misma tarde. Y esa fue la primera vez que propuso a los chicos del grupo –Temístocles en el acordeón, Pablo en la batería, Rubén en los timbales y Petronilo en el bajo – conseguir una cantante muy atractiva. Por su cabeza también rondaba la desafortunada ocurrencia de contratar a un asesor de marketing (había escuchado el término de boca del famoso acordeonista Sammy, tras encontrarse con él en el pasillo de una emisora de radio).
Y al fin, el representante accedió. Claro, no sin antes amenazar con decir sin tregua que él lo había dicho en caso de que la desgracia ocurriera.
Lo mejor que los raquíticos fondos pudieron pagar se llamó Marcos Rosales. El tipo llegó a las oficinas trajeado de verde y con una sonrisa de oreja a oreja. Dijo haber hecho famosos a varios de los más reconocidos “tipiqueros”.
Y de inmediato se puso a dar órdenes sobre lo que debía hacerse.
A los músicos no les gustó Marcos Rosales. Les pareció vano y pretencioso, muy distinto a lo que tenían por un “comprometido con la música”. Pero era tal el ímpetu del cantor que terminaron consintiendo hasta las solicitudes más absurdas.
Y llegó la cantante: una tigresa extraordinaria. Se llamaba Rosita Quintero. Y, debo decírselos, era demasiada llama para una vela como Honorio. Hizo obediente al gatito en un santiamén. Por un lado –y eso fue bueno –, le hizo componer las mejores canciones de amor. Pero por el otro lado, lo forzó a tomar decisiones descocadas que luego lamentaría.
Bueno, el asunto es que, después de conseguir como patrocinadoras a las licoreras –¡Marcos Rosales se los dice!: lo que le gusta al pueblo es beber. ¿Quieren que la gente coma de nuestra mano? Denle bebida –, de pegar cartelones con fotos del grupo y mujeres semidesnudas, y de transformar las canciones con ritmos de hip-hop, rap y reguetón –y letras con referencias explícitas de sexo –, Honorio se lanzó a la gira más grande de su historia.
Y sí, en efecto, les fue bien. Las chicas de cada ciudad y pueblo persiguieron al ídolo por las calles. Las presentaciones estuvieron llenas a más no poder. Y famosos músicos como Dorindo y Sammy empezaron a saludar a Honorio con respeto.
Las cuentas bancarias comenzaron a hincharse y un par de casas con piscinas y “Yacuzis” aparecieron. El amor de Honorio, Rosita, un poco después de la adquisición de un Mercedes Benz último modelo, accedió a casarse con el músico.
Y todos vivían más o menos felices. El cantor no parecía tener problemas en comer como lo haría un hipopótamo y “chupar” como los mismos peces. Exhibía una panza que no le dejaba mirarse los pies.
Se decía que, en el fondo, seguía sirviendo a Dios de manera ejemplar; pensaba que su música guardaba los divinos acordes y versos que su corazón dictaba.
Pero todo por servir se agota y la sensación de ser invencibles nos hace estrellarnos contra piedras. A Rosita se le ocurrió pedirle al cantante la canción más bella del mundo. Haciendo pucheros, dijo a Honorio que no la quería lo suficiente como para darle una verdadera canción de amor. Y el otro, ahí mismo, se puso a pensar y a recordar melancolías y a observar el cielo y el corazón se aceleró como si fuera una matraca y, en un abrir y cerrar de ojos, cuando estaba a punto de atrapar –como un cazador de mariposas – la canción más bella del mundo, Honorio tuvo un ataque coronario.
Mientras su espíritu se desprendía del cuerpo, Rosita le tomaba el pulso al cadáver para estar segura de de que el muerto estaba bien muerto. Mientras Honorio intentaba entrar al paraíso y era despedido a golpes, Rosita firmaba un cheque para que un abogado tramitara su herencia. Mientras Honorio intentaba entrar al infierno corriendo igual suerte que en las alturas, Rosita hacía su primera inversión de cinco ceros: una casa de dos pisos en la playa.
Y así estaban las cosas: el alma de Honorio González – que, por cierto, había tomado la forma de acordeón gigantesco – vagaba por el limbo ensayando acordes tristes. Pero, de pronto, un ángel vino a verle: había sido aceptado en las moradas celestiales.
La primera cara que lo recibió en el cielo fue la del curita de su pueblo natal. Resulta que el hombre se había muerto de viejo y, viéndolo en apuros, había intercedido por su alma.
Gracias al cura pudo quedarse en el cielo pero, por órdenes superiores, tenía que cumplir con una condición: debía tocar su acordeón – su alma – a solas, sin más aplausos que los que pudiera imaginar.
Honorio dijo que estaba bien. Sí, nada podía ser más terrible que vagar en el limbo, sin propósito ni descanso. Se acomodó en una nube y empezó a encogerse y a estirarse y a pulsar sus teclados etéreos.
Al poco tiempo, se dio cuenta que su don no le había abandonado, que del respirar del acordeón nacían notas sublimes. Supo, además, que era una ventaja componer en el cielo: se asían con facilidad las metáforas y se atrapaban al vuelo las musas.
Y apareció la canción más bella del mundo, aquella que Rosita le pidió. No pudo bajarla del cielo a la tierra pero ahora la tenía próxima, al alcance de su imaginación. La tocó con maestría, como un ejecutante perfecto. Pero no había nadie que le escuchara, nadie que supiera de su genialidad. Y volvió a enfrentar el dilema que tanto daño le hizo: ¿acaso Dios otorga dones para mantenerlos en secreto?
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