
Un beso para Yosvaní
Por Teresa Dovalpage
El chiquillo se llama Yosvaní. Sí, con y griega. Y por remate, con un acento que nadie sabe que hace ahí.
Yosvaní lleva diez minutos siguiendo a las turistas españolas por la calle de Oficios. Se enfunda en un pantalón escolar rojo y una camiseta muy usada con un ya desteñido Mickey Mouse. Tiene diez u once años y parece un fideo al que alguien, con bastante mala intención, hubiese tratado de disfrazar de muchacho sin lograrlo completamente.
--¡Señoras, eh, señoras! ¡Por favor!
Las dos se vuelven a la vez. Son altas, rubias, cubanamente barnizadas por el sol de la playa de Varadero. Al Yosvaní le parecen Barbies envejecidas. La mayor es gorda y ancha como un cómodo butacón de cuero. La más joven se yergue con la apostura de una aguja de hacer crochet. Las dos portan espejuelos oscuros como enormes máscaras antigás, con las cámaras de rigor --condecoración inevitable del veraneante— colgándoles de los cuellos ya un poco fláccidos.
--¿Me podrían dar algún dinero? –las aborda Yosvaní sin mayores preámbulos--. Es para comprarle una medicina a mi mamá, que está enferma y no puede salir de casa.
--Pues yo creía que aquí la medicina era gratis—observa la turista más joven, llevando sin embargo una mano a su mochila. De allí saca un billete de a cinco euros que prende una luz púrpura en los ojos del niño. La otra busca en su cartera también.
--Las consultas son gratis, pero las medicinas no se encuentran ni en los centros espirituales. Hay que comprarlas en la bolsa negra, por dólares o por euros, y a veces ni así aparecen. No es fácil.
Yosvaní se expresa con el aplomo de un adulto bien traqueteado por la vida y esto impresiona a las turistas, que se lo comen a preguntas. A todas les responde él con seriedad y una zalamera tristeza. Sí, su madre está enferma, de cáncer, y él tiene que ayudar con algo, ¿no?
--Claro que no me gusta esto de andar pedigüeñeando –advierte--, pero por mi pura yo me tiro delante de un tren, si falta hace.
La turista más vieja piensa en su hijo, que está estudiando en Barcelona y hace cuatro meses que no la llama ni para saber cómo está.
Al poco rato Yosvaní se guarda los diez euros en el bolsillo del pantalón y da las gracias a las mujeres con un “Dios se lo pague” muy fino. Las tiene a un tris del llanto. O de lo que él llama, en su léxico culinario, a punto de caramelo. Quizá es por eso que antes de desaparecer en el tumulto habanaviejero Yosvaní hace un último, modosito pedido a la más vieja:
--¿Me deja darle un beso, señora, por favor? Es que usted se parece tanto a mi mamá cuando estaba sana. Y usted es tan linda, vaya…
La sangre tornasola las mejillas de sábana arrugada de la mujer. Es la primera vez en diez años que alguien le pide un beso. Accede, desde luego, y pone cara de ternera al recibir el hocicante mimo. Yosvaní la abraza. Fuerte. Con tremendo apretón que le revuelve algo, (por allá en el estómago o más abajo) a la turista, que vuelve a enrojecer, esta vez sin saber por qué.
La otra arruga el ceño y mira al cielo, a la gente que pasa por la calle, a un Cocotaxi --bicicleta surrealista pintada de amarillo y conducida por un mulatón medio desnudo, con buenos bíceps. No dice nada, pero está que se la llevan los demonios. ¿A quién le gusta sentirse postergada? Ni aunque sea por un mocoso subdesarrollado, piensa con rabia, mientras se traga un buche amargo de saliva.
Después el chiquillo se desvanece entre la muchedumbre que se dirige a la plaza de la Catedral en busca de
maracas
de las que hacen quequerequé,
petacas,
carteritas de cuero,
un llavero
(¿un llavero?)
con la imagen del otro Papa
o la del Che.
El chiquillo que empuja cámaras, tropieza con bolsos, levanta el polvo con sus zapatos tenis. Tenis blancos un día, ahora negros de suciedad...
Las turistas caminan un rato más. Hace un calor de arrodillarse y pedir que llueva aunque sea saliva, por Dios. Entran a una cafetería que se llama la Casa de la Natilla y piden dos flanes. El caramelo quemado tiembla en la superficie del dulce como tiemblan los labios de la turista vieja recordando al chiquillo.
--Angelito, ¿verdad?
La otra no dice una palabra. Todavía no se le ha bajado la furia. Llega el momento de pagar. La besuqueada abre su bolso de cuero, blando y dorado como el flan, y suelta un releche más ibérico que la fabada:
--¡Pero si me ha robao la cartera el muy sinvergüenza! ¡Me metió la mano en el bolso y se la llevó! ¡Mis documentos, mi pasaporte, mis tarjetas de crédito! ¡Rediós!
Su compañera sonríe para adentro y le sale una mueca de conejita triste. Paga ella la merienda. Luego procura tranquilizar a la robada. Que el Consulado Español no está muy lejos y eso le pasa a cualquiera, mujer. Todos los días sale un bobo a la calle, como bien dicen los cubanos, eh.
Teresa Dovalpage: (La Habana, 1966) actualmente vive en Estados Unidos y tiene un doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Nuevo México. Ha publicado las novelas A Girl like Che Guevara (2004, Soho Press), Posesas de La Habana (2004, PurePlay Press) y Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde). Sus artículos y cuentos, en inglés y español, han aparecido en Hispanic Magazine, Latina Style, Hispanic Culture Review, Rosebud, Latino Today, El Nuevo Herald, Revista Baquiana y Replicante, entre otras publicaciones. Su página web es www.dovalpage.com.
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