
Estrategias discursivas de Felipe Calderón.
Por: Felipe Lee.
A través de spots y de discursos directos, haciendo uso de todos los aparatos ideológicos del Estado, la presidencia de la República ha emprendido una ofensiva ética en contra de todos los mexicanos. El objetivo de la propaganda es adelantarse a la evaluación de los resultados de su declarada guerra contra el crimen organizado. En caso de fracaso en el logro de los objetivos no declarados de su guerra muy declarada, el presidente se pone el huarache antes de espinarse, va un paso enfrente: comienza a socavar los motivos de rechazo, así como las críticas adversas y bien merecidas que tales motivos pudieran engendrar. “Kill it before it grows.” Se trata de un auténtico pre-empted strike ideológico. Al mismo tiempo, la propaganda ética abonará a favor de la imagen del presidente como un ser puro en medio del lodazal. La estrategia de Calderón le agrega, por lo tanto, una dimensión teológica a la separación entre pueblo y gobierno, separación aderezada, también, con fintas de enemistad o desprecio hacia los gobernados.
Desastroso proceder este que consiste en gobernar culpando a los ciudadanos según sea conveniente. Separación. En un templo, equivale a la distancia entre el altar y el pueblo llano; en geografía, el viaje de la metrópoli (España) a la colonia (México) y de regreso; en los cuerpos, el color de la piel o de la sangre (Calderón, el de sangre azul); en el teatro, el espacio entre las butacas y el escenario, agregando la fosa de los músicos; en un reino, el terreno entre el castillo sobre la escarpada colina y las chozas de los campesinos en el valle. Ahora, el gobierno ha creado una versión “reloaded” de la separación, suma de las anteriores, más los recursos de implementación con los que cuenta el Estado moderno (ciencia, tecnología, información). Calderón ha elevado más el altar, ha cavado una fosa más honda, le ha puesto un cajón más a su tarima. Él qué sabe de los efectos de usar la ética como un recurso más del marketing político, qué sabe de la erosión que se lleva cualquier posibilidad de darle un sentido al lenguaje de la ética. En un movimiento blitzkrieg se ha apoderado del capital ético, lo ha duplicado abstractamente, como una acción en la bolsa, se ha puesto a imprimir más papel moneda ético. Así, construye la imagen de alguien que se ha quedado solo en su lucha contra el “mal”, un caballero del grial, abandonado hasta por la sociedad que gobierna. El nuevo cruzado permanece firme, insobornable, incorruptible, puro, sin mancha, frente a todo un país de indios renuentes al nuevo catecismo cívico, indios sumidos en la más abyecta complicidad con el crimen organizado. Si Calderón no ha podido llevar la abundancia a los hogares, retacará (“educará”) la conciencia privada de los ciudadanos con una nueva culpabilidad: ser cómplices del crimen organizado, acusación tanto más descabellada, cuanto más arbitraria es la pureza con la que se espera ha de contrastar. El silencio de los ciudadanos, de diversas maneras exigido, vigilado e inculcado, ahora se les reprocha también sin cuartel. Calderón está haciendo todo lo humanamente posible para un político honrado, pero los malditos mexicanos no denuncian. Sofisticados servicios de inteligencia federal no pueden funcionar si la vecina no les pone el dedo. La fatal lógica moral del gobierno parece razonar así: el criminal habita en una casa, junto a esa casa hay casas que no son de criminales, ergo, el criminal tiene vecinos enterados que lo solapan no delatándolo. A la moral del voto se agrega la moral de la denuncia vecinal.
Otra estrategia discursiva de Calderón consiste en reclamar la unidad de los mexicanos, aprovechando como oportunidad para hacerlo cualquier desastre o situación de urgencia. Algo parecido al botín político que sacó Bush del 9/11. Calderón comete una falacia ad populum cuando apela a la carga sentimental de la palabra unidad. En cuanto al contenido racional de tal palabra, no se aclara unidad en torno a qué o a quien, ni se evalúan las ventajas de tal unidad específica. Se trata pues de unidad abstracta, de extensión infinita y contenido nulo (a mayor extensión, menor comprensión, dice la ley de la lógica formal), pero exigida como si lo tuviera; unidad invocada como si todo mundo supiera de qué se habla y ya estuvieran de acuerdo. Aún más, el uso que de la palabra hace el presidente implica la descalificación anticipada de toda forma de oposición racional o irracional a esa numinosa unidad. Afortunadamente, el presidente no ha recurrido con insistencia a este sofisma. Si a eso se agrega su escaso carisma, buena parte del efecto buscado queda ipso facto neutralizado.
Mientras tanto, aquí, la gente, trabajando duro, alcanza a generar un poco de riqueza, lo cual hace que se vea un poco menos absurda la política económica que pretende explicar el origen de tal riqueza; la gente, atrapada entre la supuesta guerra del gobierno y el crimen organizado, esa gente es, además, la parte perdedora en la desigual distribución del ingreso ético de la nación.
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