
Un par de porteros vestidos de saco y corbata vigilan la entrada decidiendo quién entra y quién no. Chequean la raza y la forma de vestir de los asistentes. Rebeca aparece saludando a dos manos, a sabiendas de que El Monte de Cristo es su segundo hogar, su hábitat en penumbras de martes a domingo, a partir de las once, hasta el amanecer.
La ocasión que la trae esta vez es única. Lleva un mes poniendo como nickname en su messenger “sólo faltan treinta días para mi cumpleaños”, “Recuerden, cumpleaños de Rebequita Martínez, a sólo 15 días”, “Rebeca, la flaca de oro que todos adoran, a una semana de su cumpleaños... ¡no lo olviden!”, y así sucesivamente, hasta llegar a esta noche gloriosa en la que le ruega a Dios que alguien le tenga preparada una sorpresa con motivo de su aniversario.
Alguien, alguna buena o mala amiga, algún cercano o lejano familiar, cualquier ex amante sorprendentemente generoso que entienda la importancia de no dejar pasar inadvertidos los 33 años de edad de Rebeca Martínez, joven de buena familia, gente sin gran fortuna, pero destacada, graduada en venta y mercadeo, divorciada, madre responsable de un hijo cuyo padre no se ocupa para nada de él, y cuán dura suele ser la vida de madre soltera, una pura batalla sin descanso que ella asume con coraje, y no se arrepiente, porque su hijo se educa en un buen colegio, juega fútbol con los hijos de la gente pudiente, y ya aparecieron los cuartos con qué enderezarle los dientes, y a veces no hay con qué pagar la cuenta del teléfono o la energía eléctrica, y el corre-corre, y los prestamistas, y la hipoteca del carro, y la renta mensual del apartamento, y las frecuentes decepciones amorosas, pero qué bueno ser mujer y enfrentar la vida con todas sus consecuencias, qué bueno sentir la satisfacción de saberse merecedora de un agasajo en El Monte de Cristo, su bar favorito, y tal vez al gerente, que una vez se puso a enamorarla, se le ocurra sorprenderla con una fabulosa fiesta, en gratitud por tantas madrugadas consumidas en ese infierno de luces y sombras, donde siempre la acogieron tan bien.
Pero, ay Dios mío, qué tentación.
Apostado en el fondo, se encuentra uno de sus novios, apodado por ella misma como El Abogadísimo. Qué hombre que la vuelve loca, enorme y corpulento, con esos siete pies de altura y esa mirada criminal. Ay Dios mío, está introduciendo la mano derecha en uno de los bolsillos de su elegante saco, quién sabe si va a sacar un regalo, una cajita negra con un primoroso anillo de oro y diamantes que alzará con picardía por encima del bullicio y la humareda, buscando que Rebeca se acerque, y en cambio, saca su celular.
Ahí está El Abogadísimo llamándola, buen síntoma, buena señal para comenzar la noche, pero la llamada se cae. Rebeca prefiere no devolvérsela y así hacerse la interesante, que esta es su noche, y el que quiera estar con ella que la busque y le ande atrás. Además, cuánta gente conocida hay hoy en El Monte de Cristo, eso no es casual, porque apenas es miércoles, debe ser que el mundo entero se enteró a través del Messenger que hoy es su cumpleaños. La saludan de lejos, nadie se acerca, tiene que tratarse de un plan. Suena el merengue de siempre, Yo sólo sé que tú te vuelves loca conmigo, ay, los Toros Band, su merengue preferido, se arma una bailadera, todos caminan entusiasmados de la mano de alguien hacia la pista, nadie la saca a bailar, a pesar de lo bella que está (tremendo tarjetazo, pero valió la pena el sacrificio, ella se merece eso y más); de repente, parada en medio de aquella densa nada, siente que necesita un trago, y se acerca al bar.
--Hola -- saluda al bartender--. Yo cumplo años hoy.
--¿Ah sí? Felicidades-- responde el hombre, apurado, sin dejar de hacer lo suyo.
--Gracias, gracias-- exclama Rebeca, y pide un trago de vodka, segura de que el bartender, a quien considera su amigo, por ser un día tan especial no le cobrará, pero le cobra, y Rebeca mira a su alrededor esperando que alguien le diga “ven, Rebequita, estás invitada, siéntate con nosotros”.
Por el momento nadie se fija en su persona, y no importa, porque ella tiene suficiente confianza en sí misma como para elegir un lugar destacado del bar, y mientras tanto, dedicarse a beber sola. No te desesperes, Rebeca, que lo tuyo viene, se dice a sí misma. Dios sabe mejor que nadie lo servicial, lo buena gente, lo buena amante, lo buena madre que tú eres, porque, modestia aparte, la verdad hay que decirla, tú eres tan sencilla y tan romántica que te conformarías con una celebración íntima, a solas con alguien especial, en ese mismo rincón de El Monte de Cristo donde te fumas un cigarrillo y revisas de vez en cuando tu celular a ver si hay alguna llamada perdida, y entonces decides devolverle la llamada al Abogadísimo, sí, caramba, por qué no, hoy es un día fuera de serie, y una no puede ser tan quisquillosa.
Lo llama. El Abogadísimo responde con su voz de malón, que a Rebeca, de sólo escucharla le hace estallar las venas. Ese hombre tiene tanto dominio sobre su persona, que en sus brazos se siente como poseída. Qué personalidad. Fuerte, decidido, millonario, grosero, al tiempo que le atraía, lo odiaba. Pero del odio nace el amor, eso dicen. Además, nadie es perfecto. Y peor es nada. ¿Aló? Otra vez se cayó la llamada. ¿O era que él le estaba cerrando a propósito, para mortificarla? ¿Formaba eso parte de un plan?
No te desesperes, Rebeca, que lo tuyo viene, se nota en el ambiente que algo se cocina para ti.
En lo que se averigua el caso, tal vez sea mejor concentrarse en otro ex novio suyo, apodado también por ella misma como El Generalísimo, un militar de carrera que anda en un Jaguar y sólo en ocasiones muy especiales frecuentaba el lugar, pero que ahora la ignora por completo y baila de cerca con otra elegantísima mujer, así que ni pensarlo. Por suerte, suena de nuevo el celular. El Abogadísimo de nuevo.
Aló, soy yo- dice en tono amenazador, mirándola desde lejos con los ojos encendidos de deseo y una mano metida en su saco-. Mira, Rebeca, te estoy chequeando, cuida bien tus pasos esta noche y ten mucho cuidado con quién tú te vas de aquí, que tú eres la mujer con la que yo quiero amanecer.
De nuevo el inevitable estallido en las venas al oír aquella voz, y antes de responder, Rebeca coge aire en los pulmones y se pasa la mano por el pelo, mientras sostiene con finura el celular, y con la misma finura finalmente responde:
--¿Pero qué es lo que tú te crees? ¿Qué falta de respeto es esa?
Ella no le pertenece a nadie, y menos el día de su cumpleaños, en el que El Abogadísimo ni siquiera ha tenido la delicadeza de acercarse y felicitarla.
--Ten cuidado, Rebeca-- repite él, acariciando la pistola Mágnum calibre 44 que lleva escondida en su traje Oscar de la Renta.
-- Vete al diablo, juega a decirle Rebeca con una voz muy sensual.
--Pero yo soy el diablo, mi amor-- responde El Abogadísimo, riéndose con su risa de malo, mientras se buscan libidinosos de un extremo a otro del salón.
De repente, se suspende la música y el disc-jockey toma el micrófono para anunciar:
--Hola, hola, cuánta gente linda esta noche en El Monte de Cristo, un saludo a todas las megamamis que hoy embellecen el lugar con su presencia (mira hacia donde está Rebeca), pero lo más importante es que en este preciso instante vamos a celebrar un magno acontecimiento...
Rebeca se pone nerviosa, y para no parecer demasiado atenta a lo que está ocurriendo, apura su trago de vodka y le pide al bartender que le sirva otro, y en eso oye desde lo alto un merengue que dice “que lo cumplas feliz, que lo cumplas feliz”, y ve llegar en dirección a ella a otro de sus fugaces amantes, ese a quien apoda El Divísimo, con una enorme tarta de chocolate en las manos, coronada por una velita chispeante, como si se tratara del final feliz de una serie de televisión donde ella es la principal protagonista, pero no. El Divísimo, tan parecido a Mel Gibson vestido de Dolce & Gabanna, tal y como lo que era, un divo, el hombre más rico, más bello, más sexy, más elegante, en mejor forma física de toda la ciudad, gira en dirección a una chica con el pelo teñido de rojo, de la que ya Rebeca había escuchado serios rumores de que se piensan casar. Qué coincidencia, las dos tienen el pelo teñido del mismo color y cumplen años el mismo día. Al diablo entonces con El Divísimo. La noche es joven. A seguidas, ponen a sonar a todo volumen música tecno. El Monte de Cristo va a explotar. Es más de medianoche, y la gente tiene varios tragos en la cabeza. Ahora es que esto se pone bueno, se anima Rebeca, bailando sola y sentada, con los ojos cerrados, dispuesta a pasarla bien a como dé lugar.
Así transcurre el tiempo, biscochos vienen y biscochos van, abrazos y felicitaciones van y vienen. Todo el mundo parece cumplir años esta noche, menos ella. Por fin, aparece en el panorama otro de sus ex amantes a quien apoda El Inteligentísimo, un tipo brillante, que maneja los negocios de la Bolsa de Valores como si de un juego de niños se tratara. Todo un caballero. Casi se le tira encima a la pobre Rebeca diciéndole al oído lo buena que la encontraba. Y es que El Inteligentísimo perdía toda su inteligencia cada vez que bebía, y lo hacía con suma frecuencia. Entonces dejaba de ser un caballero y se volvía un imbécil que enamoraba a todas las mujeres de todos los bares. Rebeca no quería ser odiosa con él, después de todo, fue el único que le dio un apretón prolongado y sincero cuando ella le informó que aunque no pareciera, estaba de cumpleaños. De manera que se mantienen durante un rato diciéndose con toda la honestidad que caracteriza a los borrachos, el inmenso cariño que se tienen, hasta que llama de nuevo El Abogadísimo y dice:
--Mira, Rebeca, te estoy chequeando, párate de ahí, que ya nos vamos-- y cierra.
Rebeca no sabe qué hacer con El Inteligentísimo, totalmente encima de ella cuchicheándole babosadas. A lo mejor El Abogadísimo le tiene preparada una romántica celebración secreta en uno de sus apartamentos de soltero. Debía pues deshacerse cuanto antes de El Inteligentísimo, e irse. Total, ya está claro que no hay vida para ella esta noche en El Monte de Cristo. Pero El Inteligentísimo en vez de largarse y entender su prisa y sus palabras amables prometiéndole que podían verse en otra ocasión, arrecia más en su estúpido afán de no dejarla en paz. En realidad, la acosa sexualmente delante de todo el bar, pero eso a quién le importa. Al Abogadísimo, tal vez, porque vuelve a vibrar el celular, y es él diciéndole que “qué vaina es, Rebeca, ¿por qué tú prefieres a ese tipo y a mí no?”. Y cuidado, que cuando El Abogadísimo se pone violento...
Es un secreto a voces que hace unos pocos años pagó una fianza muy alta para no ser metido preso, luego de dispararle a quemarropa a su ex esposa porque se negaba a volver con él. De manera que su fama de troglodita citadino que no tiene empacho en apretar el gatillo por la razón que sea, no es fortuita. A fuerza de chantaje y papeleta, sabía ganar todos los casos, hacer lo que le viniese en ganas, y salir impune con la mayor facilidad. No, con El Abogadísimo no se juega.
--¿Tú estás jugando conmigo, Rebeca?-- le reclama, al ver que pasan los minutos y ella lo deja esperando como un tonto, parado en la puerta del sitio.
--Espérate, que necesito ir al baño-- responde ella, zafándose lo mejor que puede de los brazos de El Inteligentísimo, que cae redondo sobre un montón de sillas, mientras Rebeca sale volando hacia el baño de damas a recomponer su maquillaje y re-contra-reponer su pelo y su perfume, pues El Inteligentísimo la ha dejado como recién salida de las fauces de un animal.
El baño de damas está hecho un asco. El piso mojado, lleno de lodo y pisadas. El aire enrarecido, el papel sanitario mojado. No parece el baño de un lugar distinguido como aquel. Un vapor oloroso a una mezcla de cerveza, cigarrillo y orines con perfume de mujer se alza cada vez que alguien abre o cierra la puerta, provocándole a Rebeca una terrible sensación. Las mujeres, amontonadas junto a los espejos, hablan todas al mismo tiempo, como desesperadas. Parece que una guerra se ha desatado y cada soldado cuenta con sólo un par de minutos para cambiar combustible y recomponer sus armas. Al entrar, todas la miran mal. O simplemente no la miran. A duras penas, Rebeca se abre paso por el tumulto hecho de altos tacones y bajas murmuraciones. La vodka le gira desde el estómago hasta el cerebro como impulsada por una batidora, y Rebeca siente unas ganas insoportables de vomitar, pero se contiene. Vomitar delante de aquella jauría, sería firmar una sentencia de muerte para su imagen social. Rebequita Martínez vomitando en el baño de El Monte de Cristo el día de su cumpleaños. No.
Prefiere no recomponerse nada. Sale de prisa del baño, aunque siente que va en cámara lenta. En su mente, una confusión de nombres la llevan a pensar simultáneamente en El Generalísimo, El Divísimo, El Inteligentísimo, y por supuesto, El Abogadísimo. ¿Con cuál de ellos iba a marcharse? Con el único que ha manifestado el ferviente afán de irse con ella. Pero se siente de muerte. Metida en medio de la pista, baila sin querer bailar. La gente la ignora y la empuja al mismo tiempo. Siente vibrar su celular y es El Abogadísimo diciéndole que la está esperando afuera, y que si no sale en menos de un minuto, jura que la va a matar.
De sólo escucharlo, la sangre se le hiela en un temible estallido, y sin embargo, aquella era la manera en que su ex amante le mostraba lo importante que ella era para él.
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