
INALCANZABLE BELMONT
Por Juan Sebastián Cárdenas
1.
La historia empieza en el decimoquinto piso de un suntuoso edificio, en un apartamento a oscuras que, contra todas las convenciones del género, parece estar decorado con sobriedad. Junto al ventanal, la silueta del propietario, recortada contra el paisaje nocturno de luces y edificios carcomidos por la humedad y el calor. Ese hombre se llama Antonio. ¿Qué mierda me pasa?, se pregunta una y otra vez, sus ojos como dos esponjas que no absorben nada en el cristal. Lo cierto es que Antonio jamás suele perder el tiempo mirando por la ventana, vive muy ocupado y considera cualquier actitud introspectiva como un rasgo imperdonable de indulgencia. Si bebiera, ahora mismo tendría un vaso de whisky con hielo en una mano. Si fumara, las volutas se retorcerían lentamente en la ventana. Pero Antonio no bebe, no fuma. Sólo trabaja. En realidad no lleva mucho tiempo en el negocio. Menos de un año es muy poco para aprender que la paciencia, y no la actividad frenética, es el factor clave. Le han dicho mil veces que debe saber esperar, hacer las cosas en el momento oportuno, parecer inmóvil, como esos tipos que se disfrazan de estatuas en los parques y se quedan quietos hasta que, al sonido de las monedas en una lata, realizan un eléctrico gesto de saludo. Eso le han dicho, con otros ejemplos, mejores o peores. Antonio, sin embargo, continúa trabajando a jornada completa, metido en múltiples tareas y diligencias, tal como hacía antes de entrar en el negocio, cuando todavía se ganaba la vida como abogado criminalista. Por eso resulta tan extraño que su impaciencia habitual haya dado paso a este letargo, a esta angustia estancada, justo ahora que le sobran motivos para estar impaciente y preocupado. Dos meses atrás su hermano B. se presentó en su apartamento con una noticia mala y otra peor. La mala es que estaba endeudado hasta el cuello. Y la peor es que el acreedor era un tipo al que le decían el Negro Acosta. El Negro Acosta pertenece, digámoslo así, a la vieja escuela: acumulación de capital en metálico y artículos de lujo, caletas, patologías arquitectónicas, ganado de exposición, caballos de paso fino y por supuesto, un uso inmoderado de la violencia para resolver cualquier problema. Todo eso y algunas anécdotas especialmente truculentas que el propio Acosta se encarga de propagar, han acabado por otorgarle al personaje todos los rasgos de un estereotipo. Aún así, Antonio y B. le temen. Saben que al negro no le tiembla la mano a la hora de cometer una atrocidad en un caso como este. Antonio no tiene la cantidad que B. necesita, pero hasta hace apenas unos días confiaba no sólo en poder reunirla sino también en multiplicar sus ganancias con el cargamento pendiente. Por eso y por otras razones menos confesables, había accedido a poner su vida como garantía de pago ante el Negro Acosta. Según uno de los intermediarios en México, la intercepción se produjo la semana anterior en Veracruz durante una inspección de rutina. Todos los intentos de soborno fueron inútiles.
En la ventana, el aire de la ciudad está cargado de electricidad estática. El bochorno meloso viene avisando toda la tarde y el chaparrón tropical no se hace esperar más. Se descarga tan rápido que los edificios más lejanos ya fluctúan y amenazan con desaparecer detrás del aguacero.
A tientas en la oscuridad de la sala, Antonio llega hasta el sofá para recostarse. Nomás apoya la cabeza siente que el filo de un objeto extraño se hiende en su cuero cabelludo. Es un libro, un libro de divulgación científica que P., su amante, ha olvidado allí la noche anterior. Antonio se enfurece. Le ha dicho mil veces a P. que no debe dejar nada en su apartamento. P. es su amante, pero también es la esposa de su hermano B. De ahí sus temores, de ahí el sentimiento de culpa con el que accede siempre a sacar a su hermano de los líos en los que se mete. Con todo, el enojo no le dura mucho. Así son las rabietas de Antonio. Un fósforo mojado que cuesta encender y se apaga rápido. Echado en el sofá, con el libro de divulgación científica sobre el pecho, el tipo contempla su cuerpo y ensayando una leve mueca de sorna que nadie ve, se pregunta por el precio de una mano, de un ojo. ¿Cuánto valen mis entrañas?, ríe acentuando la mueca.
El aguacero insiste en la ventana como una televisión sin señal. Movido por una especie de curiosidad involuntaria, Antonio enciende la luz de la lámpara que tiene a mano para hojear el libro. Hay ciertas formas y estructuras, lee, que se repiten de manera obsesiva en la naturaleza, la proporción áurea, por ejemplo, se encuentra en dos seres tan diferentes entre sí como el nautilus y el hombre. Asimismo, el algoritmo iterativo con el que se describe la bifurcación de las ramas de un árbol puede ser el mismo con el que se construye una fuga de Bach. Pero si esas repeticiones constituyen un misterio, lee, no lo son menos las alteraciones o variaciones mínimas de dichas formas. Antonio recorre con desdén unos cuantos párrafos más y cierra el libro. ¿Qué mierda me pasa?, vuelve a preguntarse, vagamente sorprendido por su desinterés en calcular el siguiente movimiento del adversario, en idear una manera de salir del atolladero, peor aún cuando el plazo para el pago se ha vencido hace ya tres días. Por el contrario, permite que el tiempo transcurra y se comporta como un bulto pensante pero inerte, como una mercancía hace rato vendida que se limita a aguardar su traslado. El teléfono empieza a sonar al otro lado de la sala. Antonio continúa recostado. “No estoy”, murmura antes de taparse la cara con el libro abierto.
2.
Jessica da instrucciones a dos de sus criadas: deben poner a remojar las hojas de papel fluorescente en agua con azúcar y después secarlos al sol, con mucho cuidado para que no se rompan. A diferencia de don Nicanor Acosta, su padre, Jessica intenta ser amable con las criadas y a cambio del buen trato éstas acceden a satisfacer todos sus caprichos. En cierta medida el personal de servicio es lo más parecido que Jessica tiene a un grupo de amigas. Jessica no es muy popular que digamos. En los círculos en los que se supone debería moverse está muy mal visto que use ropa de hombre y peor aún, que cultive un incipiente bigotito –en realidad, una hilera de pelusas apenas visible sobre su piel oscura-. Pero su bien ganada fama de jovencita excéntrica se debe más que nada a su afición a los insectos. Las malas lenguas hablan de gabinetes secretos con estanterías en las que reposan frascos llenos de cucarachas, mantis, escarabajos, grillos. La verosimilitud de estas habladurías se refuerza a menudo con las descripciones de la casa de don Nicanor Acosta, famosa por su estrafalario diseño. En realidad, la afición de Jessica se manifiesta a través de detalles, si descontamos un patio con árboles frutales colonizado por las hormigas y una importante colección de joyas precolombinas con formas de insectos que perteneció a su madre. Casi nadie ha visto esa colección, pero unos pocos saben de su existencia porque años atrás, cuando la madre de Jessica aún vivía, cinco fotografías de las joyas aparecieron en las páginas de una vieja revista especializada.
Antes de salir, Jessica corrobora con satisfacción que las hormigas siguen alimentándose de los montículos de desperdicios que ella ha dispuesto en los rincones de su habitación. Largas filas oscuras se despliegan por las paredes y el techo como ramificaciones de un sistema nervioso. Las hormigas llevan a cuestas el rico cargamento de cáscaras de fruta, hojas y mendrugos de torta que Jessica ha recolectado por el mero placer de observar su conducta y sobre todo, porque le agrada la idea de dormir rodeada de sus animales favoritos.
El chofer y el guardaespaldas, que llevan un rato esperando en el garaje, saludan a Jessica con cara de palo. Los tres suben a un Mercedes blanco y conducen a través de un barrio con jardines y calles limpias. Al cabo de unos minutos desembocan en una autopista. En cada semáforo Jessica ve algo diferente: un niño que escupe fuego, un niño que se recuesta en una cama de clavos, un niño que vende leche de soya, un niño que te limpia el parabrisas…el chofer dice no con la cabeza, los ojos ocultos tras las gafas de sol, y el niño que limpia el parabrisas empieza a rogar con unos gestos muy exagerados. Cualquiera notaría que en el fondo se trata de una mueca irreverente, una burla flagrante contra la autoridad, pero el chofer y el guardaespaldas ignoran al niño. Jessica sí lo mira, por unos segundos. El semáforo se pone en verde y el Mercedes arranca. El niño se queda mirando a Jessica y a pesar del grosor del cristal, ella alcanza a escuchar los insultos. Fea. Negra inmunda. El chofer mira de reojo al guardaespaldas.
Media hora después llegan a las puertas del club. Ninguno de los ocupantes del Mercedes ha pronunciado una palabra en todo el trayecto.
La piscina suele estar vacía a esa hora en que todo parece derretirse bajo el sol. Esta vez sólo hay una mujer de bikini rojo que se broncea junto a los trampolines, una presencia que a Jessica no le resulta ofensiva, así que no tiene problema en meterse al agua. Su cuerpo, elástico y fibroso como el de un jovencito de quince años, atraviesa la piscina unas veinte veces.
Cansada por el esfuerzo físico, Jessica se sienta en una de las mesas, bajo un parasol, su piel oscura y grasosa cubierta de gotas de agua que no acaban de resbalar.
- ¿Vodka? ¿Whisky? ¿Ron?- pregunta el camarero, acercándose con un curioso movimiento, algo propio de un bufón.
- No lo sé, amigo L.- responde ella sin demasiado interés.- Hoy no es un buen día.
- Todos los días son un buen día, no diga eso, señorita.
- Será en tu mundo, pigmeo.
- ¿En mi mundo? ¿Acaso vivo en Marte, señorita?
- Vivimos en mundos separados, amigo L.
- Si usted lo dice. ¿Vodka, whisky o ron?
- ¿Qué me aconseja?
- Depende. El Vodka es la bebida de los rusos, que son ruines, comunistas, comeniños, y aún así es una bebida de poder, de fuerza. El Whisky es la bebida de la gente del Estrato 6 para arriba, como usted, lo que toma la gente en las películas, el mundo de los negocios, gente de su categoría, señorita, también es una buena opción, sin duda…
En ese momento, Jessica ve pasar a una mujer, la mujer del bikini rojo que hace apenas unos instantes se encontraba tumbada junto a los trampolines.
- …y el ron, el humilde y sabroso y añejo. Bebida de piratas y, con perdón, de putas. Tan oscuro, con ese tono de cobre sin brillo, quién diría que sabe a maderas finas, a brisa marina y que infunde valentía en altas dosis…
- ¿Y esa? ¿Quién es esa?- pregunta Jessica señalando a la mujer del bikini, que ahora se encuentra sentada en una butaca frente a la barra, leyendo un libro de divulgación científica.
- ¿Le interesa?
- Todavía no lo sé.
- Pero le gusta.
- Me gusta, claro, idiota, sino para qué le pregunto. ¿Quién es?
- No sé, no viene mucho por aquí. Creo que ni siquiera tiene acciones en el club, es sólo una invitada. Pero francamente, si yo tuviera acciones también la invitaría. Mire qué figurita, qué culo tan perfecto, y su cara, su cara ya no tiene precio...Ay, señorita Jessica, y pensar que me tengo que conformar con fantasías. No tengo acciones, no tengo ni en qué caerme muerto. A usted le faltará la belleza, pero le sobra la plata. Yo, en cambio, no tendría ningún chance con una mujer así. Ahora veo a qué se refería cuando dijo que yo vivo en Marte.
- ¿Cuánto cree que me costaría?
- Ya le he dicho que no la conozco. No sé ni siquiera si está disponible. Parece una persona que no haría algo así, quiero decir, no creo que sea posible.
- Si es una invitada, o es pobre o es puta o no vive en la ciudad.
- O las tres cosas. O sólo dos de ellas. O una. O ninguna, vaya a saber. Pero, hágame caso, mi ojo es clínico. Yo reconozco a las que se venden, caro o barato. Y esta no es una de ellas.
- Podríamos intentarlo.
- ¿Vodka? ¿Whisky? ¿Ron?
- No sé, recomiéndeme algo.
- Usted decide, señorita Jessica, usted decide.
- Ron. Y dígale a ella que yo pago su copa.
- Excelente. Excelente.
3.
Llueve a cántaros. El negro Acosta está echado mirando la televisión, sin detenerse más de diez segundos en cada canal. A su lado, dormido en una poltrona igual a la suya, se encuentra Mistertí, el fiel guardaespaldas. “Duerma, mijo, duerma que tenemos mucho trabajo”, susurra Acosta pensando en la labor que les espera al día siguiente con un deudor moroso. Acosta deja de presionar el botón del control remoto cuando ve el color verde de una cancha de fútbol. Los locutores hablan en un idioma extrañísimo con voz de barítono. Acosta no reconoce los uniformes de los equipos y cuando muestran planos más cerrados de las acciones en el campo se da cuenta de que casi todos los jugadores tienen los ojos rasgados. De repente un hombre negro y espigado agarra la pelota en la mitad de la cancha, levanta la cabeza buscando a un compañero pero no encuentra a nadie. Prefiere avanzar, burla a dos rivales, amaga, pisa la pelota, toca de pared y penetra hasta el borde del área para menear la cintura como una avispa. Ese movimiento sutil y velocísimo le basta para que los dos centrales abran un agujero. El negro se mete por ahí, llega hasta el punto penal, arma la pierna y dispara alto. Acosta deja escapar un mujido casi sin abrir la boca. El jugador se lleva las manos a la cabeza y se lamenta con una sonrisa. “De qué te reís, negro retinto”, dice Acosta en voz muy baja. “Pedazo de mierda oscura”. Cambia de canal. Programas de cocina, programas infantiles, programas musicales, conciertos, una línea de productos de cocina promocionados por un ex futbolista, realities, la liga tailandesa, El Show de las Estrellas, technocumbia, culos y tetas, una mano de uñas largas, la bundesliga, más culos y más tetas, una licuadora, un carro, cuchillos que cortan para toda la vida, atentados suicidas, telepredicadores, televisión educativa y cultural austriaca, perros héroes, niños asquerosamente inteligentes. El negro Acosta siente algo parecido a la resaca y vuelve a detenerse en un canal, esta vez sin otro motivo que el mareo y el agotamiento mental. Es un canal aburridísimo de una nueva república de Europa del Este que él jamás ha oído mentar, un canal en el que suelen pasar, dobladas a la lengua del país, versiones de Shakespeare producidas por la BBC. Lo que se desarrolla en la pantalla, sin embargo, no tiene el más mínimo interés para Acosta, que simplemente se queda absorto con el movimiento de las imágenes, navegando inconsciente en el río pedregoso que describen las aleccionadoras palabras de Shylock traducidas al serbo-croata.
De pronto Mistertí se despierta sobresaltado y pide disculpas a su jefe por haberse dormido. Acosta lo reprende por puro convencionalismo y sobre todo, por temor a mostrarse indulgente. Lo llama negro, lo llama pedazo de mierda sin forma, lo llama aborto. Mistertí aguanta los insultos con cara de buen estudiante, como quien soporta los puñetazos del oponente en una esquina del ring. Mistertí, aficionado al boxeo, asiste atónito a la aparición luminosa de un enigma atávico: un negro llama “negro de mierda” a otro negro, Alí contra Foreman en Kinshasa, 1974, “Rumble in the Jungle” como un jeroglífico animado que se niega a revelar las claves secretas de la cuestión racial. El hombre es lobo del hombre. Dessalines, emperador de Haití, disfrazado de Napoleón. Por la bandera, por la patria. Morir es bello, morir es bello. De nuestro pasado, recibimos la llamada: “Tened el alma curtida”. Morir es bello, morir es bello. Alí, Bomayé. Agua bendita es tu sudor. Llueve a cántaros.
4.
A última hora de la tarde, en un patio de mangos maduros y hormigueros del tamaño de una casa de muñecas, P. observa cómo se derrite el hielo en los vasos de ron.
- Va a llover –anuncia Jessica desde el otro lado del patio, mientras descuelga los papeles fluorescentes, puestos a secar desde el mediodía. La noche cae a toda prisa.
- ¿Vos creés? – dice P. sin dejar de mirar el hielo de los vasos.
- El aire me pone la piel de gallina.
- ¿De frío?
- No. Seguro es porque habrá tormenta eléctrica.
Jessica vuelve a la mesa y con ayuda de una maquinita perforadora empieza a cortar los papeles en forma de estrellas, lunas y soles.
- Me gusta que haya tormenta, ¿a vos no?- pregunta P.
- Sí. Sobre todo porque las hormigas se ponen como locas.
- Cuando yo era chiquita mi barrio se inundaba cada vez que había tormenta. El agua se metía a las casas y todos los muebles quedaban flotando.
- Mentirosa -reacciona Jessica sonriendo.
- En serio. Eso ocurre siempre en muchos barrios pobres.
- ¿De verdad?
- Te lo juro, Jessica.
- ¿Y eras pobre?
- Como una rata.
Ambas ríen a carcajadas. Luego se quedan en silencio, en medio de la oscuridad, cortando los papeles y acumulando las figuritas en una bolsa plástica. A lo lejos ya se escuchan los primeros truenos. Hace rato que los pájaros de colores han desaparecido y con ellos, los trinos eufóricos.
- ¿En serio se inundaba tu casa?- pregunta Jessica todavía incrédula.
- En serio. Mi papá sufría mucho, pero a mí me encantaba.
Cuando empiezan a caer las primeras gotas, las mujeres recogen ceremoniosamente todo lo que hay sobre la mesa, incluidos los vasos de ron, y se refugian en la habitación de Jessica. Aún así, se acomodan en unas sillas frente a la ventana para ver cómo se desarrolla la tormenta en el patio.
- Por favor, no –dice P., casi rogando cuando ve que Jessica se dispone a encender la luz.
- Nunca había conocido a alguien que fuera como yo –contesta Jessica volviendo a sentarse.
- ¿Como vos?
- Sí, que le gustara la oscuridad y la naturaleza. Las hormigas.
- Yo tampoco –contesta P. sin dejar de mirar al patio, donde la lluvia destruye buena parte de los hormigueros.
Jessica se levanta de la silla y empieza a repartir el contenido de la bolsa plástica (la bolsa brilla en la oscuridad) por los montículos de desperdicios esparcidos aquí y allá. Luego se recuesta en la cama mirando hacia el techo y P. hace lo propio.
- Ahora es cuando ambas decimos una verdad –dice Jessica.
- ¿Cómo?
- Te dije que jugaríamos al juego que solía jugar con mi mamá. Consiste en recostarse aquí entre tinieblas, mirando al techo, pero también hay que decir una verdad.
P. tiene la impresión de que la verdad es como en un hueso de pollo que se le atraganta.
- Empezá vos –dice Jessica.
- No, empezá vos.
- De acuerdo. Vamos a ver. Vamos a ver.
La oscuridad se interrumpe de vez en cuando con el resplandor de un relámpago.
- Hoy en la tarde, cuando te vi en el club…
- Sí…
- …pensé que eras una puta.
- Lo sé.
- ¿Lo sabés?
- Sí. El camarero y yo montamos todo el numerito.
- ¿Es joda, no?
- No. Tenía un plan.
- Es pura joda, claro.
- No, Jessica, te lo juro, tenía un plan. Venía a matarte. Hace un rato, en el patio, podría haberlo hecho, poniendo veneno en tu vaso de ron. Pero no lo hice. Venía a matarte. A quedarme con tus joyas. Pero no fui capaz. Sencillamente, no pude hacerlo.
- Idiota. Qué idiota que sos. ¿Me creés tonta? Ya te voy conociendo. Te encanta inventar.
- No te estoy mintiendo, boba.
Jessica deja escapar una carcajada tan sincera que logra contagiársela a una P. ansiosa por deshacerse del incómodo hueso de pollo:
- Lo tenía todo calculado. Las conversaciones sobre insectos, sobre fenómenos naturales. Llevo semanas estudiando estas cosas que francamente me importan un comino…
- A ver, a ver, Mata Hari –la interrumpe Jessica, que no para de reírse - ¿Cómo carajo pensabas escapar? ¿No ves que la casa está vigilada? Además, no tenés carro, los hombres de mi papá te atraparían a dos cuadras.
- Mi marido me está esperando muy cerca de aquí, en su carro. Con el dinero de las joyas habríamos escapado a las Bahamas. Él, Antonio y yo.
- ¿Antonio? ¿Quién es Antonio? ¿Y porqué matarme a mí, eh?
- Incluso he pensado proponerte que vinieras con nosotros.
- Sos una idiota. Embustera.
- Mi marido debe de estar preocupadísimo. Seguramente llamará a Antonio. Mirá, te lo voy a contar todo desde el principio, aunque es difícil…
- Callate, que ya salen. Miralas. ¿No es hermoso? –dice Jessica, estropeando definitivamente la confesión de P.
El techo y las paredes del cuarto se llenan de diminutas estrellas, lunas y soles fluorescentes.
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