
TRES
Por Rubén Don
Para Ollin Islas
Las heridas no se curarán,
no hay cicatrices para lo nuestro.
Carlos Ann
I
El peligro está predeterminado por una ligera brisa que anuncia la tempestad, piensa Darío mientras observa cómo las llamas golpean el contorno de la cafetera. Al principio la señal puede ser equívoca, poco perceptible. Por lo menos a la vista de quien cree estar viendo bengalas, luces que alumbran un punto en la altura y que pocos segundos después caerán al suelo para arruinar la superficie inflamable. Darío respira hondo y se lamenta que la inequívoca teoría de Newton sobre la relatividad también aplique en cuestiones del orden sentimental.
Al analizarlo con detenimiento, mientras las llamas de la estufa que buscan escapar por las orillas de la cafetera rebotan en su iris perdido, Darío se da cuenta que lo veía venir, quizá lo había avizorado desde la semana pasada cuando Sandra le llenaba de besos el cuello y, a través de la poca visibilidad que ofrecía la habitación iluminada únicamente por esas pequeñas velas aromáticas que Darío prendió para brindar la intimidad que él creía indispensable, Claudia lo miró con cierto destello que Darío interpretó como inconformidad, sentimiento que tardó en surgir semanas, tras varios encuentros, pero que ahora le permitía a Darío comprender que en Claudia se hacía visible un gesto negativo que cosechó aquella noche, o quizá tiempo atrás, cuando decía que todo estaba bien, que todo seguiría bien, que la nueva relación no le afectaba en lo más mínimo.
Por regla geométrica del amor, y de la vida en general, las mentiras que al inicio decimos como verdaderas, terminan por florecer tal cual son: mentiras que a base de repetirlas convertimos en verdades a medias tarde o temprano, piensa Darío.
Prepara un mate. Vierte dos cucharaditas de azúcar porque necesita evitar lo amargo que de por sí ya le cala. Una amargura áspera, seca, con ganas de guillotinarle la garganta. De nuevo respira hondo. Busca penderse de algo. Sacar la paciencia a flote. Escucha como Claudia lloriquea en el cuarto, tendida en la cama debajo de la sábana. Justo Darío comentó por la tarde en el trabajo, a la hora de la comida, con Camila, su compañera en el despacho de diseño gráfico, que después de largos años se gana la batalla, se aprende a no ceder, aunque ahora sus dedos juegan inquietos en la mesa, con ganas de ir a enjugar esas lágrimas, decir mil palabras más hasta que Claudia le crea. Repetir la mentira mil veces, convertirla en verdad.
II
Sandra estuvo aquí esta tarde… Sentenció Claudia, mientras paseaba sus enormes ojos de búho por encima de los libros, el televisor y los adornos comprados en Italia, como queriendo demostrar a Darío que su sexto sentido, ese del que presumen las mujeres que poseen instintivamente, le permitía poner al descubierto cualquier presencia ajena en el departamento, aunque Sandra ya no le fuera tan extraña: no puede olvidar esa fragancia tibia que emite su cuerpo, que de alguna forma le apetece cada que la recuerda, y del que está casi segura Darío quedó atrapado.
Darío primero rechazó con la cabeza, pero luego se chupó los labios de esa forma nerviosa que a menudo lo delata, y entonces ya no pudo negarlo porque entendió que hacía mucho que Claudia había aprendido a dar lectura a sus gestos. Buscó revirar las circunstancias atacando. Si la noche habría de terminar en una discusión lo mejor sería disparar primero, colocarse a mansalva. Eso también lo habría discutido con Camila por la tarde: la mejor estrategia es disparar antes de que te disparen. Herir alguna vena sentimental que logre desfogar el coraje. Entonces Darío le reprochó a Claudia las salidas con sus amigas, las permanencias hasta tarde en el bufete, las noches en que la encontraba con Ernesto, tomando una copa, escuchando música, riendo a carcajadas… Si te han de herir con una verdad, ataca con mil suposiciones, concluyó Darío, mientras Camila asentía con la cabeza como dándole la razón, aunque no estuviese de acuerdo del todo, porque cierta intuición le hacía ponerse del lado de Claudia.
III
Darío sorbe el mate. No está seguro si fue el aburrimiento, o la falta de un diálogo que rebasara lo superfluo, aquello que lo empujó a realizar la propuesta. Claudia había sido una mujer por demás complaciente desde el inicio; así lo demostró al evitar cualquier tipo de celos y otras circunstancias que ambos creían superadas en la relación. Existen muchas pruebas más: las cenas que prepara especialmente para él; los sábados en la mañana que ella le dice que se quede a descansar en cama, que ella llevará la ropa a la lavandería; los domingos en que él permanece en la casa durante toda la tarde haciendo zapping frente al televisor, hasta vaciar una botella de vino, aunque ella tenga ganas de salir al cine, a caminar por las inmediaciones. Querías vivir en la Roma porque dijiste que las calles son hermosas, sin embargo ya nunca las recorremos, pensaba Claudia, se lo decía sólo para ella porque se revelaba más poderosa esa parte del subconsciente que buscaba complacer en todo a Darío.
De hecho, Darío se atrevió esa tarde que Claudia, hincada en la orilla del sillón, le acariciaba con la lengua los testículos, precisamente por eso, porque hasta en su vida conyugal era solícita: películas porno de todas las variedades, desde los bukakkes en donde cinco hombres expulsan su semen al mismo tiempo en la cara de una mujer, después de haberla fornicado de la forma más salvaje, hasta los videos de zoofilia que Darío había adquirido recientemente, el día que fue a comprar un material al centro, para unas maquetas, en donde una mujer se introduce en la boca el diminuto miembro de un perro que excitado, probablemente por instinto, saca la lengua y dobla las patas. Por eso se atrevió así, directamente, porque Claudia acepta (¿o aceptaba?) sin reproche toda esa variedad pornográfica que Darío trae a casa, y porque, además, él perfectamente le advirtió desde un principio que está a favor de la variedad sexual. Imagina un frutero colmado de duraznos, tu fruta favorita ¿cierto? Te aburrirías si a diario comieras lo mismo, ¿verdad?, preguntó Darío calculador y Claudia quedó pensando, quiso decir algo, como para refutar, pero sólo arqueó la ceja, ladeó la cabeza, encogió los hombros ligeramente y terminó por sonreír, sonrisa endeble, acompañada de un supongo que sí, que tienes razón, debe resultar aburrido, y después hubo un pero, ese acuse de recibo que implora, que pone una traba a la sentencia; entonces Darío ya no lo escuchó, porque esas ideas sólo cruzaron por la mente de Claudia, pensamientos que trataban de advertirle que luego, quizá no el siguiente día, ni la próxima semana, sino mucho más tarde, meses, o años después, se podía arrepentir del supongo que sí, que tienes razón, debe resultar aburrido follar siempre con la misma persona.
IV
Darío, pegado a la bombilla, sorbiendo mate, permanece pensativo. La yerba, que en otras ocasiones le cuece la lengua, ahora le resbala por la garganta con indiferencia. Medita la situación. Analiza punto por punto, desde el principio; trata de encontrar el momento en donde la relación se anudó de forma incorrecta. Sopesa su postura, la situación de Sandra, la incomodidad de Claudia. Eso es. Ahí está la parte mal anudada del trato. Quizá es el momento para reclamarle de una vez. Ahora mismo que llora desconsolada en la habitación. Asestar la estocada final antes de que vengan los reproches de su parte. No cabe duda, piensa Darío, Claudia flaqueó desde un principio. De Sandra no lo cree. Sandra se mostró dispuesta todo el tiempo. Desde una primera comida, con el equipo de la oficina, Sandra confesó tener pocos prejuicios. No confundan libertinaje con el placer de gozar lo que se hace, sea lo que sea, reafirmó Sandra aquella tarde cruzando su brazo derecho por encima de los pechos y sorbiendo su cigarrillo sostenido en la otra mano. A Darío le agradó la firmeza de su voz, la seguridad de las palabras, y claro, los pechos puntiagudos que realzaban la blusa negra. Descubrió aquella tarde cierta inteligencia en Sandra que la alejó de la categoría de puta oportunista que él había detectado en otras mujeres. Pensó que era la elegida. Que tarde o temprano había llegado. Te felicito, pocas chicas piensan como tú, le encomió Darío y agregó que era calculadora, que sabía aflojar la cuerda lo suficiente para después tensarla. Sandra le respondió –ya casi en privado, con un susurro al oído, porque los demás se carcajeaban de algún comentario absurdo: al fin y al cabo las variantes sexuales sólo representaban eso para los demás, risas tímidas, figuraciones inalcanzables en sus mentes– que la vida son puras matemáticas: sumar y restar posiciones, jamás dividir circunstancias que no estuvieran a la altura de los cálculos.
Darío lo comprobó con la discreción que Sandra guardó al otro día de que comenzaron a acostarse. Darío esperaba un taxi sobre avenida Insurgentes. El Chevy se detuvo frente a él y la ventanilla eléctrica descendió.
-¿Qué haces aquí parado? Sube, te llevo.
Comenzaba a oscurecer. Los letreros de restaurantes y bares volvían luminosa la avenida más larga de la ciudad.
-¿Vas con tu novio?
Sandra jaló con fuerza su cigarrillo. Las cenizas de la colilla cayeron en su escote. Ella tiró hacia abajo su blusa y sacudió la carne naciente de su seno derecho. Remojó sus labios con la lengua y los apretó.
Darío no supo por qué la invitó al departamento. Si era el hecho de que Claudia se encontrara fuera de la ciudad, o porque Sandra comenzó a hablar de lo mal que la pasaba últimamente con Héctor.
Vaciaron media botella de tequila. O más bien él la vació porque hacía años que Sandra había dejado de beber y se limitó a acompañarlo con varios cafés y cigarros.
-Te digo que es cuestión de matemáticas. El café y el cigarro es la proporción exacta de todo ese alcohol y coca que dejé de consumir hace años. La equivalencia siempre es sabia.
Los temas cotidianos y de las vicisitudes propias de la oficina se agotaron. Se formó un silencio taciturno. Darío sirvió otro poco de tequila en su vaso. Sandra jaló con fuerza al cigarro. Se puso de pie y comenzó a revisar los títulos de las películas que descansaban en la repisa donde se encontraban las figuritas italianas. Extrajo de su lugar una caja y se la entregó a Darío: vamos a ver ésta.
Se acurrucaron en el sillón y se taparon con una cobija porque el frío de madrugada apremiaba. Veían la película sin sonido. No hay nada que escuchar, habría dicho Sandra. Ella metió los brazos por debajo de la colcha y recargó su cabeza en el hombro de Darío. Parecían una pareja estable. Darío pensó en Claudia. En el grado de confianza que habían mantenido en los cuatro años que tenían de vivir juntos. Sabía que Claudia, en su ausencia, en aquellas ocasiones que la empresa lo mandaba de viaje, había permanecido largas noches compartiendo con Ernesto, su mejor amigo. Si Claudia cruzase la puerta en ese momento nada sería anormal, lo tomaría con ligereza… Quizá el punto extraño lo daría el resplandor emanado del televisor: el hombre fornicaba a la mujer en posición de perrito.
Sandra se enderezó para encender un cigarro. Darío percibió en su cuerpo un atolondramiento que no supo definir si era causado por la intoxicación de alcohol que ya debía de comenzar a evidenciarse, o por el perfume de Sandra quien sorbió con fuerza: la ceniza se encendió para inmediatamente oscurecer y desprenderse cayendo en su escote. Ambos miraron cómo el polvo se esparció, casi flotando. Después las miradas se encontraron por accidente y ambos rieron. Sandra apagó el cigarro, se levantó y se sentó de frente en las piernas de Darío, recargando las nalgas en sus muslos. Jaló su blusa hacia abajo y Darío sintió como la ceniza comenzaba a impregnarse en sus labios.
V
Darío ya no escucha el lloriqueo de Claudia. Quizá se ha quedado dormida, piensa. Ahora sí siente cómo el mate le ha cocido los labios. Medita. No quiere que algún dejo de culpabilidad lo mortifique. Busca algún error de su parte. Piensa en la semana previa, cuando quiso cerciorarse de que Claudia estuviese lista. Todas las noches, después de hacer el amor, ella boca arriba, él de costado, le acariciaba el cabello, resbalaba su dedo índice por el cuello hasta terminar en las areolas de sus pechos donde simulaba hacer círculos de derecha a izquierda, en sentido contrario. Encontré a la persona correcta, soltó Darío la cuarta noche, por el jueves, no sin antes jalar aire con prisa. Pese a la oscuridad, Darío miró cómo se agrandaron los ojos de Claudia; después ella miró al techo. Te va a caer bien: es linda e inteligente, apresuró Darío, aletargando el miedo de escuchar una respuesta. Prepararé algo de este sábado en ocho, invítala…la próxima semana estaré fuera, dijo Claudia; Darío sonrió ocultando cierta satisfacción entre las comisuras de los labios, mascullándola entre dientes. Pero si me arrepiento ese día, cancelamos, recompuso Claudia, muy en sus adentros, porque Darío ya se ocupaba de acariciar su pezón derecho con la lengua.
VI
Desesperado, Darío se rasca la cabeza. Desacomoda su melena. Necesita un trago que calme esa incertidumbre. Necesita descifrar el error. Destapa la botella, sirve y bebe el caballito de un trago. Se restriega los labios con la muñeca de la mano izquierda. Su pecho arde, pero no más que su cabeza. Sirve otro caballito y lo deja en la mesa: debe seguir desanudando la madeja. Para aquél fin de semana había pavimentado la superficie más ríspida del camino. Tenía cinco días –de lunes a viernes que Claudia viajaría a Torreón a visitar a unos clientes– para pavimentar la otra mitad. No dudó en invitar a Sandra al departamento para el lunes. Pero la invitación se alargó durante toda la semana. El jueves, Sandra lo montó y dejó caer todo su peso en el cuerpo de Darío. Él sintió como su miembro fue a dar a lo más recóndito. Ella encendió un cigarro –no era la primera vez: Sandra le habría confesado, desde el primer encuentro, la excitación que le provocaba fumar mientras era penetrada–, lo sujetó con los labios, se acomodó el cabello con ambas manos y dijo: Quiero conocer a tu mujer. Quiero que la conozcas, respondió él. Pero justo aquí, en la cama. ¿Te parece bien este sábado?
VII
Ya son cinco caballitos y siente que no puede más. Pero cree estar cerca. El planteó bien las cosas… fue honesto en lo que quería… No, no… no puede ser eso. No habría forma de que Claudia se hubiese enterado de que él se acostó antes con Sandra aunque se hubiesen prometido probar un tercer cuerpo sólo al mismo tiempo. ¿Acaso habrá descubierto que se sigue acostando con ella? De preguntarlo se delataría. Si pareció disfrutar aquella primera vez, y muchas otras después, ¿le estaría atacando a Claudia cierta moralina tardía? A Darío le parece necesario bajar al mismo infierno, regresar al epicentro del terremoto. Y si para ello es indispensable servirse un tequila más, no tiene ningún inconveniente.
Aquel sábado Claudia no contenía los nervios: la testaruda insistencia con que mecía el pie de atrás para adelante, la mano inquieta recogiendo sus cabellos por detrás de la oreja izquierda, los labios resecos… Sandra, que durante la cena se había mostrado tranquila, comenzó a contagiarse del nerviosismo de Claudia y volteó a ver a Darío buscando alguna respuesta en su mirada, alguna señal que le indicara que había que abortar los motivos de la cita. Se pasaba el cigarro de una mano a la otra. Exhalaba el humo aprisa, casi con la misma velocidad con que lo había sorbido. Darío se dirigió a la cocina a destapar la botella de tequila. Quería darles una par de minutos a solas, que ambas midieran distancia, efectuaran un vuelo psicológico de reconocimiento, tan indispensable entre mujeres. Si la tensión y el silencio se prolongaban, sería mejor suspender la velada luego de un rato. Preparó tres bebidas con refresco de toronja. Quizá era lo que faltaba, un desinhibidor. Escuchó una ligera risotada y le pareció que la noche aún era rescatable, que todavía podía tomar forma, sin importar el motivo, o si la carcajada era de una o de otra. Recordó que Sandra no bebía sólo cuando ya había llevado los tres vasos hasta la sala. Sandra indicó no tener inconveniente alguno guiñando el ojo, levantó su vaso y brindó por los tres. A Darío le quedó retumbando la palabra: tres, tres, tres… Para él fue el preludio al paraíso. Sugirió que bailaran. Programó un disco de Paquito de Rivera. Cuando comenzó la música a Sandra le cosquillearon los pies y jaló a Claudia al centro de la sala. Giraron, primero lenta, pausadamente, midiendo distancia, al ritmo de la salsa; después Sandra tomó la batuta. Claudia se dejaba seducir. Sandra prolongaba las caderas al ritmo de las percusiones, Claudia la imitaba. El ritmo como un detonante. Sandra aventaba a Claudia para inmediatamente hacerla volver a ella, cada vez más cerca. Sus senos se encontraron. Sandra resbaló sus dedos por la cintura de Claudia. Un resplandor, acompañado de un fuerte tronido, se asomó por la ventana. La música cesó. El departamento quedó a oscuras. Darío se acercó a la puerta: la calle estaba en penumbra. “Parece que explotó el trans…” Giró la cabeza y encontró una silueta en la nada. Los besos chasqueaban como dos castañuelas en medio de la sombra en que ahora estaba transformado el silencio. Poco a poco los ojos de Darío comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad y encontró las manos de Sandra revolviendo con ansia el cabello de Claudia; las manos de Claudia, con los dedos tensos, las yemas temblorosas, recorriendo la cintura de Sandra. Claudia lo miró con el rabillo de su ojo derecho y le señaló el sofá. Darío, con pasos torpes, tomó asiento. Se desabrochó el pantalón. Algo le apretaba haciéndolo sentir sofocado. Ellas se sentaron cada una a su lado y comenzaron a besarle las orejas, a mojar con saliva sus lóbulos, después siguieron por el cuello; Sandra a apretujar violentamente con su mano derecha su sexo, Claudia a revolverle el cabello. Le quitaron la playera y bajaron a su pecho, detuvieron sus lenguas para jugar en sus tetillas… Darío sintió cómo el animal vociferaba salir de su prisión. Ambas bocas comenzaron a bañar su falo. Ellas aprovechaban la cercanía para chocar sus lenguas. Compartían entre ellas: Claudia le acariciaba los senos, Sandra paseaba la mano por su culo. Darío se perdió en un abismo de placer. Sandra se despojó de la blusa y Sandra la imitó. Maestra y alumna: alumna y maestra. Eran ellas y él. Dos formas antagónicas a su cuerpo. Cuatro senos que lamer. No una, sino dos cavidades para las cuales tenía que guardarse como esos amantes dotados de las películas porno, fuese verdad o fuese mentira.
VIII
El recuerdo cesa cuando Darío escucha los broches de la maleta cerrarse. A la mañana siguiente abrió los ojos e inmediatamente sintió cuatro senos cosquilleando en su tórax. Luego los abrió Sandra y Darío los cerró para fingir que seguía dormido. Sandra se vistió aprisa, entró al baño, se mojó el rostro y el cabello, salió, besó a Claudia en los labios y dejó el departamento. Minutos después los abrió Claudia, corrió al baño, vomitó, y regresó a la cama apesadumbrada por la fuerte jaqueca. Al día siguiente, domingo, Claudia aseguró no acordarse casi de nada. Darío no insistió. Luego vinieron más encuentros. Claudia los solicitaba en silencio, con una mirada. Sandra participaba incondicionalmente. Hasta que un día lunes Sandra no volvió a la oficina. Había presentado su renuncia, pero Darío no supo más. Durante esa, y las siguientes semanas, Claudia fue modificando su actitud. Sandra nunca respondió el teléfono.
IX
Darío por fin cede. Acepta la culpabilidad. Nunca debí proponer ese encuentro, piensa. Con un poco de valor podría ofrecerle excusas a Claudia; Sandra ya no importa. Busca servirse el noveno caballito, pero ya nada escurre de la botella. Escucha el cerrojo de la puerta. Mira el marco y se topa con la imagen de Sandra cargando una maleta, imagen que zigzaguea de un lado a otro. El silencio domina el ambiente. Intercambian miradas. Darío abre los labios para suplicar, o acaso explicar lo inexplicable. Pero Claudia da media vuelta y sale cerrando la puerta tras de sí. Darío escucha las zapatillas alejarse por el pasillo. Inquieto, apesadumbrado, asoma por la ventana. Sandra está recargada en su auto, fuma un cigarrillo, luce radiante. Abre la cajuela de su Chevy. Todo lo que sube, ¿siempre ha de bajar?, se cuestiona Darío. Claudia deposita la maleta en la cajuela. Sube al auto. Sandra le manda un beso, agita la mano izquierda.
Rubén Don nació en la ciudad de México en 1977. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ha sido corresponsal en México de la Agencia Internacional de Noticias Literarias Librusa, colaborador del suplemento Arena del periódico Excélsior, editor web y redactor de las revistas Conozca Más y PC Magazine.Textos suyos también han aparecido en las revistas Cultura Urbana, El universo del búho, Líbido, Swishy, Homines, Espiral y literaturas.com. Ha publicado la novela La consecuencia de los días (UACM, 2005), Premio Nacional de Narradores Jóvenes 2005; y Negativos extraviados en el placard (Amarillo Editores, 2006). Recientemente su novela Paranoia ha recibido Mención Honorífica en el Cuarto Premio Nacional de Narradores Jóvenes María Luisa Puga 2008, convocado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
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