
DE LA LITERATURA MEXICANA. SU NUEVO CONTRATO SOCIAL
Por Francisco Serratos
Todos, en un momento de nuestra existencia, hemos acudido a alguna dependencia gubernamental para realizar un trámite. Sí, es desgastante. Gastamos tiempo, paciencia y dinero. Vamos a que nos expidan un papel para poder existir, a legalizar nuestra vida. Sólo decimos “ni modo, se debe de hacer”. Pero no es suficiente la consolación. Y así vivimos: estamos en trámites de ser. Legitiman la identidad con la reiteración: éste soy yo: credencial electoral, acta de nacimiento, pasaporte, carné, licencia de conducir. Documentos. Creo que lo mismo sucede con la literatura mexicana. Con la publicada con fondos del gobierno, me refiero. Es la expedición de un documento legal: afirman una mentira: “ésta es la literatura mexicana, la publicamos, lean”. No diferencio una carta de no antecedentes penales a una novela publicada por Tierra Adentro. Se trata de un apoyo al arte, sí, pero en realidad es una legalidad del arte, de la nacionalidad. Un arte identitario. Soberanía que clausura la soberanía del arte. Una afirmación del discurso, de los enunciados. Un contrato social.
Sin embargo, para la mayoría de los autores y autoras de México, es la única forma de existir. Con las becas estatales o nacionales, se le expide una identidad: soy escritor, produzco cultura. El autor se autoriza. Pero, ¿hay alguna otra manera de ser escritor, de vivir la literatura? —¿se puede vivir la literatura?— Pregunta lanzada al abismo. Cuando no cercano al poder del gobierno o de las grandes editoriales, el autor se ve obligado a divulgar lo que él considera la literatura. Y así surge otra figura controvertida de la intelectualidad mexicana; alguien que, a diferencia del novelista, de la ensayista o de los poetas, se otorga un poder para publicar la literatura. ¡Demos la bienvenida al antologador! Peor que el crítico, su juicio es lapidario. Hipócritamente apela al adagio de la regla antologadora: la subjetividad. Subjetiviza la objetividad en pos de una lógica que, en lugar de unificar, diverge. Dis-crimina. Otorga soberanía, legaliza el documento artístico. Y cabe preguntarse, con lo que ha sucedido en estos dos años a raíz de las controvertidas antologías publicadas por diferentes editoriales, tanto independientes como dependientes del Estado: ¿vale la pena tener fe en las antologías? Algunos títulos ejemplares: Antología de nuevos ensayistas, Antología de nuevos narradores, Antología de poesía mexicana contemporánea, Antología de mujeres poetas (esta última de las más rentable debido al discurso feminista recién adoptado más por políticas correctivas que por convicción). Y paren de contar. Títulos anatómicos, manuales, taxonomías de lo que se debe leer. Diarios y crónicas oficiales.
Que yo sepa, esos críticos de los que reniegan los escritores ignorantes, como Barthes o Blanchot, nunca hicieron antologías. Ellos pensaban la literatura. No se preocuparon por ganarse un lugar en las revistas literarias o en los periódicos por pepenar textos de autores o mujeres que consideraban importantes. Sólo uno, en la actualidad, se dedicó a eso y, créanme, salió muy mal librado. Sí, me refiero a Harold Bloom. No obstante, críticos como los anteriores son desdeñados con el mote de “académicos” o también como la conjurada (maldita sea, ¡exorcícenla!) “academia”. Pero, ¿cómo es posible que los escritores desprecien la crítica del siglo XX? Se niegan a leer a Paul de Man, a Derrida, incluso, lamentablemente, al Reyes crítico. Porque es la academia. Nada más. Argumento pobre, retórico. Y de nuevo hago otra pregunta: ¿acaso el escritor contemporáneo no ha corrido a refugiarse en la academia para poder vivir con un sueldo fijo? —¿es eso vivir la literatura?— No cito nombres. Son la mayoría. Eso sí: aman estar en las publicaciones académicas, ser estudiados en lugar de que ellos sean los estudiosos de la literatura.
Voy más allá: ¿qué hubiera sido de la literatura hoy sin la crítica del siglo XX? La gran invención de la literatura en el pasado siglo no fue la novela negra, no fue la hibridez de los géneros, mucho menos la prosa poética. No. Léanlo: fue la teoría. El mismo Freud lo reconoció a principios de siglo: la literatura fue la que inventó el psicoanálisis. Por poner un ejemplo. Todo lo demás es una extensión de lo mismo, una écritureen palabras derrideanas. Es una lástima que tanto escritoras como escritores se defiendan, cuando son obligados a hablar de su obra o de su decisión para antologar o incluso de ser antologados, con argumentos tan pobres. Cualquier respuesta es insuficiente. Se amparan en la ley.
Sin embargo, el autor contemporáneo hoy sigue la lógica de la departamentalización del conocimiento. Todo lo que huela a academia, a investigación y a ciencia, encierra las posibilidades de la creación. No tiene que ver con la literatura. Se espantan cuando ven una nota al pie. Les da miedo lo marginal.
La literatura mexicana siempre ha estado ligada al proselitismo político. De eso no nos debe caber la menor duda. Ignorarlo o negarlo es afirmarlo. Se trata de una cuestión tan delicada como la privatización de PEMEX, ligada a la cultura nacional del país. Si la Generación de Medio Siglo abrió las posibilidades temáticas, el sistema mismo se ha encargado de volver a amarrar las cuerdas entre el arte y la política. Lo que queda por dirimir es la libertad del arte, una vez más. Un cliché, por supuesto, pero no abordado desde la mirada romántica, sino más bien desde la postura de la responsabilidad del artista. ¿En qué medida el o la artista es consciente y responsable de su estatus político como artista? ¿Sabe que la palabra “artista” es una invención social y, por consiguiente, política? Si apela a un arte despolitizado, ¿qué otra sombra tiene más que la del ala gubernamental? Terry Eagleton asevera que nos hemos despolitizado y vestimos todo artefacto estéticamente, donde lo que cuenta es la sensualidad y no la contextualidad. Es decir, somos seres estéticos: nos embelesamos con la alteridad. La de hoy es una estética ingenua. Ignoramos que el objeto artístico (como mera mercancía) es un suceso político. Como los libros con sellos editoriales de fondos gubernamentales. ¿Cuántos de todos esos libros serán leídos en un futuro?
Con todo esto no quiero decir que toda literatura deba ser transgresora o apuntar hacia el anarquismo. Aclaro: la literatura es un punto crítico, no importa su contexto. Al menos eso. Pero no, nuestra ficción es totalitarista, quiérase o no. El Estado también es una máquina de ficciones y la literatura joven mexicana es su mejor obra hasta hoy.
El escritor o escritora, después de la ensoñación apacible de la creación, despertó metamorfoseado en un burócrata. Más por necesidad en algunos casos, patetismo de fama en otros. Se me viene a la mente Kafka: él no vendió sus textos, sino su vida a la burocracia: ¿es lo mismo? —¿vivió Franz Kafka la literatura?— Habría que preguntarle esos a los jóvenes autores que gozan del presupuesto público para publicar sus prometedoras obras.
Hay un circuito personal, privado, de la narración.
Y hay una voz pública, un movimiento social del relato.
El Estado centraliza esas historias; el Estado narra.
Cuando se ejerce el poder político se está siempre
imponiendo una manera de contar la realidad.
Ricardo Piglia
DATOS DEL AUTOR:
Francisco Serratos (1982) nació en Veracruz y radica en Ciudad Juárez desde la infancia. Es editor. Autor de varios artículos sobre literatura y arte en varias revistas de México. Prepara su primer libro, La memoria del cuerpo. Ensayo sobre la escritura de Salvador Elizondo. Ha sido editor de un par de revistas sobre cultura y arte en Ciudad Juárez. Actualmente estudia la Master of Arts in Spanish en la New Mexico State University.
| Marzo-Mayo 09 | •Directorio | •Editorial | •Proyecto | •Números Anteriores | •Contacto | •Links |