
LOST CHILDREN
Por Anuar Zúñiga Naime
I.
No hubo tiempo para el miedo,
para cerrar los ojos
o juntar las manos.
No había manos.
El tiempo era invento nuevo
y ya nos llevaba un segundo de ventaja.
Rezagados.
Fuimos puños golpeando,
respiraciones
pintadas en el vidrio
de la primera luz.
II.
Tuvimos palabras,
gemidos y sudores.
Día recién amanecido
para aferrarnos cómo a una cuerda.
Tuvimos uñas para clavar en la mesa,
uñas para morder la espera
sentados en la cocina.
No sirvió que la vida tuviera botón de reset,
ahogarnos en el lavabo,
consumirnos en los labios-ceniceros.
No pudimos
reemplazar la memoria con un frasco.
Uno es persona al final del día,
uno es piel debajo del traje.
III.
Pensábamos tener un hijo.
Mostrarle como acariciar las olas
que rompen en la playa
cuando el ojo del sol no está mirando.
Íbamos a educarlo a pesar de la escuela,
enseñarle las cosas importantes,
decirle que no es bueno
tocar el mundo con guantes de látex,
que para sacar un ha-do-ken
hay que hacer una U con el joystick
y apretar B.
Que es mejor
suponer la muerte durante el día
que tener un mal sueño metido en la garganta.
IV.
A- El hombre se levantó de la mesa,
A- preparó café,
A- esperó el timbre del microondas.
A- Puso la pared en la espalda,
L2- se deslizó hacia abajo,
cerró los ojos.
Sonidos intermitentes
voces agudas
se metían en las grietas del sueño;
construían
cada tanto
una pesadilla.
Abrió los ojos,
le dolía la espalda.
El café frío
en el microondas.
V.
Soles helados chorrean desde el foco.
Pasos:
Olas de sangre violenta
que revientan adentro del cráneo.
Viene el mar accesorio:
sudor de cada punta
de cada dedo.
Las manos:
figuras que saltan
de una a otra pupila
de una manecilla a otra.
Respiraciones
lamiendo de vapor el aire.
VI.
El cuarto es enfermedad terminal,
lengua de palabras que no vienen,
garganta llena de alacranes.
VII.
Nos levantamos a medio día,
tomamos café
practicamos el ritual de callarnos.
El niño está en su cuna tirando dientes
y tú
y yo
nos sonreímos catálogos.
Hablamos Fisher Price y listas del súper.
El domingo avanza
como nadando en brea
y las manos,
las nuestras,
no nos tocan sin rompernos.
VIII.
¿Te acuerdas de mi lengua sin asomo de avispas?
¿de cuándo tu boca era más beso que palabra?
¿de cuándo la sombra era algo
que sólo andaba por el suelo?
¿Te acuerdas del sol nuevecito
mojándonos la almohada?
¿de cómo podíamos afirmarnos en silencio?
¿Te acuerdas cuando octubre se escapó
porque olvidé cerrar la puerta?
¿y cómo la lluvia fue tinta desde entonces?
IX.
Dejaste de decir
Nosotros
una mañana en que masticábamos pan
y el domingo estaba astillado.
Tu voz era de alambre toda.
y destruía
las costuras de lo poco dios que nos quedaba.
El mundo:
un frenético abrir de cajones,
un rechinar de ruedas de maleta,
tres noches
de rasparse los ojos
contra el techo.
X.
Crecimos hacia abajo,
como raíces de árbol que no rompen el concreto.
Crecimos,
Ligeramente abajo
de nosotros mismos,
hacia la humedad enterrada,
hacia los gusanos.
Nos quedamos enroscados en las piedras
y los huesos
y en toda palabra para decir derrumbe.
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