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VENTANAS

 
 Por Aurora Arias

 
 
 
      La señora del Pastor finge no importarle nada de lo que sucede de este lado, donde a veces se escucha un sonido rabioso, y es Marijó, mi hija, perreando.
      Perrea, papi, perrea…
      Repréndela, Satanás, murmura mi vecina.
      Nuestro apartamento sólo tiene una habitación que compartimos a duras penas los tres; porque también está Verandi, mi hijo, con el que mantengo muy buena comunicación, y nos la pasamos conversando…
      El sábado cuando salí de bonche con Marijó, no apareció en mi camino ni un sólo caballo  que valiera la pena.
      La señora del Pastor para las orejas.
      Primero nos metimos en Downtown y bailamos un tema de Donna Summer, pero como no teníamos suficiente dinero para consumir, salimos de ahí riéndonos y  corriendo por toda la Isabel La Católica, la noche era la autopista de la diversión, Mother, así que nos fuimos para el parquecito Duarte a ver en qué estaba eso, y ahí nos encontramos con el grupo de Pippen y los erranticistas  haciéndole el amor a un televisor.
      La señora del Pastor no puede creer lo que escucha.
       Tú sabes, Mother, un performance,  y el parquecito estaba full, full, full lleno de gente, como mil panas saludándome y queriendo estar conmigo, yo no sabía, Mother, que soy tan popular...
      La Sra. Del Pastor carraspea, poniendo en duda que mi hijo llegue algún día a ser alguien. Verandi la escucha y calla. Se para de la cama y va hacia la ventana, nuestro gran respiro, mientras tararea una canción de Barbra Streisand.
      Duro, duro, duro, dale más duro, duro, duro, castígala bien duro, perrea, papi, perrea...”
      Para contrarrestar el reggaetón de mi hija, y de paso, relajarme, coloco un cidí de Bach en nuestro radio componente al que apodamos “Cenizo”, pues debido a los apagones no siempre funciona. Arriba del edificio vive un españolito que cada día, al anochecer, insiste en aprender a tocar la güira, de manera que, fondo de güira y reggaetón para el clavicordio de Bach, pero  Mother, el Cenizo no quiere funcionar, dice Verandi. Ya que se niega a funcionar, cambiamos el cidí de Bach por uno de Joaquín Sabina, a ver si nuestro Cenizo se anima. En efecto, “Yá eyá culé”, anuncia el estribillo de la primera canción.
      La Sra. Del Pastor, indignada, se acerca a su ventana y cierra con evidente brusquedad la cortina, que como quiera, habrá de abrir dentro de un rato, pues de lo contrario se ahoga...
      Duro, duro, bien duro, perrea, papi, Perrea… Mi hermano Verandi tá loco. Vive obsesionado con la idea de encontrar “un caballo”. Pero él no hace nada con desear un caballo, si cuando salimos de bonche le encuentra defectos a todos los posibles amores que encuentra. Mami no lo quiere admitir, pero para sus dieciocho años él es demasiado teórico, demasiado gay, demasiado fantasioso y ñoño; se crió oyendo a las Spice Girls, Mariah Carey y la música de relajación que ella siempre escucha, y parece que eso lo afectó. Yo se lo digo a la franca, que hay que llevarlo a un psiquiatra, no tanto por lo de gay, pues eso es una cosa normal, sino por lo de fantasioso, teórico y ñoño, pero cada vez que toco el tema ella me ordena que hable bajito para que no me escuche la señora del Pastor, nuestra vecina más próxima.... Perrea, papi, Perrea.
      Entonces, Mother, en el parquecito me presentaron a El Gótico, un chico que me cae bien por raro, pero no es precisamente el caballo que ando buscando,  y de ahí cogimos de bar en bar por toda la zona colonial, y en todas partes yo presentaba muy orgulloso mi nueva cédula de identidad para que me dejaran entrar, y durábamos un rato en cada lugar bailando merengue, salsa, son, música tecno, reggaetón, y en todos partes la gente me saludaba como si me conocieran, y luego pasamos por el frente de la Catedral Primada de América y ahí nos encontramos con una pana salvadoreña que andaba con su novio, un pana chileno que no sé quién diablos es pero está loco y me preguntó qué estoy haciendo en esta vida y le contesté con mucha seguridad en mi mismo: "busco un caballo", y la pana salvadoreña me dijo: "pero tú andas con una yegua", refiriéndose a Marijó y nos reímos a carcajadas en pleno parque Colón como a las  tres de la madrugada...
      Mi hijo enciende un cigarrillo. La Sra. Del Pastor abre las cortinas de nuevo.
      Le digo a Verandi que fumar es dañino, que no lo haga, mucho menos dentro del apartamento, y mucho menos echando el humo hacia la ventana ajena, pero él insiste en que fumar cigarrillos con aire de Marlene Dietrich le ayuda a descubrir su verdadera identidad. Suena el teléfono y es una clienta para contarme que el hombre maravilloso que le pidió a Dios por fin había aparecido. Doy un brinco de alegría.
--¿Qué pasó, Mother?-- me pregunta Verandi. Le cuento lo que le sucedió a mi clienta.
      --¿Ves? Todos consiguen un caballo, menos yo-- murmura con gran desánimo mi hijo.
      --Yo también estoy necesitando uno y todavía no lo he conseguido-- digo para consolarlo.
      Perrea, papi, perrea. Cada vez que abro la boca mi mama cree que la ataco, pero yo sólo quiero  escuchar a Daddy Yankee, y ella no me deja.
      --¿Ni con el audífono puesto?-- le pregunto.
      --No, ni  con el audífono puesto-- contesta.
      No es justo. Dice que lo hace por mi bien, porque según ella, el reggaetón no es música, sino un ruido estúpido que nos está afectando a todos el cerebro. Trato de explicarle  que el reggaetón es sólo una expresión auténtica de mi generación, pero ella ya tá pasá y por eso no me entiende...
      Y así, medio borrachos e internacionales, Marijó y yo volvimos a Parada, pero ya estaban cerrando, y entonces cogimos para Crazy Pub a escuchar canciones de Paulina Rubio,  imagínate, Mother, qué alucinante. Yo estaba feliz, y para colmo, nos encontramos con la Spencer, la actriz, con la cabeza recién afeitada asegurándome que soy un genio ambulante, y diciéndole a Marijó: “oye jevita, cuídame este niño, que es lo más sano y hermoso que anda por la zona colonial” (¡Repréndelo!); por eso fue que llegamos tan tarde a casa el sábado, Mother, es que todo pasó tan rápido que cuando salimos de Crazy Pub,  ya era de día….
      La señora del Pastor tuerce los labios, pero sigue fingiendo que no nos escucha.  Oigo cuando le pregunta al Sr. Pastor, su marido, si quiere que le de un masajito antes de dormir. El, sin embargo, la ignora, concentrado en disfrutar de las imágenes de un atentado terrorista al otro lado del planeta. Termina el noticiero, apaga el televisor, y automáticamente, el Sr. Pastor se desconecta del mundo, le da la espalda, y duerme. Eso significa que ya son las diez. Imagino a mi vecina acostada en el lecho conyugal, de brazos cruzados, suspirando, pendiente de lo que sucede aquí. Ordeno a Verandi que vaya a la cocina y friegue. Trato de obligar  a Marijó a que lo ayude. El me argumenta que prefiere encender otro cigarrillo y seguir conversando. Su hermana, indiferente, se echa en un rincón a revisarse el piercing que lleva en el ombligo, tarareando el mismo reggaetón de siempre.
      Cansada de dar órdenes, me tiro con impotencia en la cama, y miro a lo alto del techo, sin ningún suspiro. Me duele el cuello. Marijó y Verandi continúan cada uno en lo suyo. Ninguno de los dos se imagina lo estresante que es conducir por buen camino a dos adolescentes en una sociedad moderna y subdesarrollada, abierta y autoritaria, caótica  y sicorígida como ésta...
      En conclusión, lo que Marijó no entiende, es que me niego a ser una persona que se conforma con cualquier cosa. Mi mayor deseo, aparte de ser gay y permanecer virgen hasta encontrar al caballo perfecto (¡Repréndelo!) es ser tan famoso, tan famoso, que cuando entre a un lugar, la gente se quede muda mirándome, y yo, taraááánnn, los aplaste con la mirada. Y en el amor, quiero de compañero a un caballo que me comprenda, me mime,  y al mismo tiempo, respete mi vena salvaje, y sea algo así como un hermano lobo en mi existencia, Mother... ¿tú qué opinas?   
 
 
 

 


 
      

 

 

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