
ES EL VIENTO
Por César Gándara
No hay palabras para describir la cara de Perla cuando le dije que la dejaría en el hotel y, ya resueltos los asuntos de trabajo, nos veríamos por la noche. Enmudeció. Me miraba como si fuera el último día de nuestras vidas. Me sentía el mayor de los imbéciles, con una mano en el picaporte y la otra agarrada del portafolio, abandonándola cuando la noche anterior deliraba de fiebre. Saltó de la cama y abrazó mi pierna, suplicándome que al menos desayunara con ella. Después de mi divorcio, me prometí que el poco tiempo que pasáramos juntos debía ser inolvidable, pero mi trabajo reducía esos espacios de tiempo cada vez con más frecuencia. Me miraba con esos ojos de Perla madre –del mismo tono y brillo de la mesa y el trinchador donde los días especiales comía con mis padres en la infancia–, ajenos a las rendijas que tenía cuando la vi por primera vez, cuando una enfermera con tapabocas y gorro azul la levantó de la cuna y me la mostró a través del cristal de maternidad al que yo me apoyaba con ambas manos.
–Vístete rápido –le dije.
En el lobby nos esperaban dos empleados de la compañía. Miraban a la niña agarrada de mi mano mientras nos acercábamos. Murmuraron. Con un gesto les hice saber que ella viene conmigo. Conozco la situación. Anoche hablé por teléfono con su madre y está orgullosa porque la traje. Mientras la escuchaba por el auricular, veía un noticiero local en la televisión, hablaban del conflicto entre los seris y la empresa. Perla madre me contó la alegría de mi niña cuando supo que la llevaría a conocer la playa. El locutor del noticiero narraba el enfrentamiento entre los seris y el personal de seguridad de la empresa. La voz en el auricular me explicaba la importancia de la figura paterna. Perla sudaba metida en la cama por la fiebre. Anuncios.
Subimos a la camioneta que nos llevaría a la Costa. Reconocí el aeropuerto a la salida de Hermosillo. Perla, recostada sobre mi pierna, dormía. El árido paisaje se coloreaba de escasos cactus llamados sahuaros y uno que otro mezquite “con los que la gente de mi pueblo hace figuras talladas”, me decía un joven seri desde el asiento delantero. Era nuestro traductor, su gente se negaba a hablar en español con nosotros.
Después de hora y media de recorrido abandonamos la carretera y anduvimos otro tanto por un camino de terracería. Repasaba mi discurso conciliador mientras la camioneta dejaba a su paso una larga estela de polvo. Los seris deben comprender que les trae beneficios la instalación de la planta. Es una fuente de trabajo; gracias a nosotros ahora tienen luz eléctrica y además no ocupaban esas tierra. No se pueden sembrar, están saladas. No competimos con ellos, al contrario, la empacadora les comprará toda su pesca.
Mi mano jugaba con el cabello de Perla. En uno de los postes de luz miré un nido de águila con dos polluelos, quizás la madre salió en busca de alimento. Mala elección la de poner ahí su nido, seguramente lo tirarán los empleados de luz. Mundo cruel, uno piensa que establece un hogar firme y se olvida de levantar la cabeza y observar lo que sucede alrededor. Me vino la imagen de Perla madre alimentando a mi niña con sus pechos crecidos por la maternidad, percibí el olor de ese momento. Siempre tuvo pechos diminutos, de adolescente. Retó a su fisonomía para alimentar a nuestra hija. Me sentí solo, frágil, me ahogaba el polvo levantado por la camioneta, se filtraba por todos lados.
Llegamos a la playa. Una parvada de pelícanos cruzaba el horizonte con vuelo cadencioso. El líder agitaba las alas mientras los otros cuatro planeaban detrás en formación triangular, cesaba su movimiento el de adelante y los dos siguientes tomaban la estafeta, luego los dos últimos, era una especie de canon.
En medio del mar había una inmensa roca de color rojizo: La Isla del Tiburón. Bajamos de nuestro transporte, un calor insoportable, el olor a mar anegaba el ambiente. Perla se quedó dormida en la camioneta. A lo lejos, la nube de polvo delataba el camino por donde llegamos.
En una palapa nos esperaban los ancianos de la tribu sentados en una mesa larga. No eran como los imaginaba, usaban el pelo corto, piel roja y gruesa, como la Isla del Tiburón, y vestían pantalones de mezclilla y camisas a cuadros de manga corta. No hubo saludos ni protocolos. Nos sentamos y de inmediato fluyeron sonidos indescifrables de la boca de uno de los ancianos, algo parecido al rumor de las olas. A mi derecha, con voz suave, casi en susurro, el joven seri llenaba el vacío de las palabras que pronunciaba el orador en turno. El significado se volvía cristalino: No nos interesa una indemnización, ni lanchas para pescar o cualquier otra cosa que nos puedan ofrecer. Queremos nuestras tierras. Nos han pertenecido desde siempre, mucho antes de que se asentaran otros pueblos. Teníamos un acuerdo con el gobierno y no se respetó.
No, no se respetó, por supuesto. Lo que no entendían era que al gobierno le interesaba que se desarrollaran, por eso nos dieron la concesión. Estábamos ahí para ayudarlos.
Me limpiaba el sudor de la frente mientras otro de los seris tomaba la palabra. Un calambre me recorrió el espinazo, era una especie de cosquilleo helado que me paralizaba. Frente a la mesa, en la esquina contraria, los ojos negros, grandes y brillantes de un anciano hurgaban dentro mí, dentro de mis pensamientos. No había notado su presencia hasta ese momento. Cara redonda y nariz curva, tenía las uñas amarillentas y despostilladas, como garras incrustadas en los dedos de unas manos de piel gruesa y escamosa. Movía intempestivo la cabeza hacia la camioneta donde descansaba mi hija y luego me miraba de nuevo con su mirada de ave de rapiña. Un manotazo sobre la mesa desvió mi atención hacia el orador en turno.
–Quieren saber la decisión de la empresa, señor.
Improvisé un discurso sobre los beneficios que les dejaría la planta. El joven seri desarticulaba mis oraciones para hacerlas comprensibles a ellos. Sus rostros no se inmutaban, parecían estatuas de sal –No, de sal no; de tierra roja, mejor dicho–, despreciaban al Judas, o al equivalente de sus creencias, reflejado en el joven traductor. El viejo con ojos de depredador ya no estaba en la mesa, había desaparecido de la misma manera en que llegó.
Salimos de la palapa. El sol se ocultaba detrás de la isla. El cielo naranja, las nubes parecían llamaradas devorando el espacio. Una película dorada cubría el mar y los restos de una ballena arrojada a la orilla por las olas.
A lo lejos divisé a Perla conversando con el seri de mirada aterradora. Pregunté al joven traductor quién era ese hombre. “Cuál hombre”, me repuso. Perla estaba sola.
Se acercaron a mí dos uniformados con el logotipo de la empresa en la camisa. No me sorprendió la noticia que me dieron, traían las caras largas, tartamudeaban. Los seris habían bloqueado los caminos, estaban armados. Recordé a los ancianos levantándose de la mesa a mitad de mi arenga, al joven traductor mirándome desconcertado.
Una mano afiebrada agarró la mía. Era Perla. “Me quiere llevar con él”, dijo. “Búho me quiere llevar con él.” Desconcertado, miré al joven seri. Su mirada inexpresiva, igual a la de los ancianos de la mesa antes de abandonarnos. Me jaló del brazo y me llevó a solas. Habló. Su voz zumbaba en mis oídos como el aleteo de una avispa. Entendía perfectamente sus palabras, pero el sentido de ellas era todavía más ajeno que los ruidos articulados de su gente. “He visto cómo lo hace, señor. Unas veces se presenta como hombre, otras en forma de lechuza. A una sobrina mía se la llevó. Rosa, ven para acá, le dijo una noche sin luna y a la mañana siguiente estaba muerta, con el pecho negro. Si su hija se queda, no permanecerá viva para cuando amanezca.”
No sabíamos exactamente dónde estaban los seris. Esperamos a bien entrada la noche para fugarnos. Tomé a Perla en brazos y me fui con una escolta de tres hombres, uno de ellos el joven seri. Rodearíamos a pie el camino de terracería hasta llegar a la carretera, allí nos esperaba personal de la compañía.
Caminaba con la niña en brazos, guiado por el ruido de los pasos de la escolta. Era una noche sin luna y no encendíamos las lámparas por temor a ser descubiertos. Me sentía muy pesado, como si anduviese dentro del mar, caminando con pies de plomo.
–¿Escuchas, papi? Quiere que vaya con él.
–No, hija. Es el viento que silba en tus oídos. No hagas caso.
– “Perla, ven para acá”, me dice.
–Es el viento, mi niña. Es el viento.
Apretamos el paso instintivamente. Las ramas de los mezquites nos rasguñaban la cara.
Llegamos a un estero. Metí a la niña en el agua para aminorar la fiebre. En medio de la noche resonó el ulular de una lechuza.
–No dejes que me lleve, papi. No dejes que me lleve.
La fiebre de Perla no aminoraba. Escuchaba los pasos del traductor caminando frente a mí.
–¿Qué hace? –me preguntó.
–Rezo.
–Será mejor que lo haga en silencio, nos vienen siguiendo.
Nos sentamos bajo un mezquite. Los guardias fueron a inspeccionar. El viento levantaba un polvo muy fino que se nos metía en los ojos. No era arena, ya estábamos muy lejos de la playa. A lo lejos se divisó una luz. Uno de los guardias había encendido la linterna. Sonó un disparo. Se apagó la luz y una tromba de gritos corrió por aquel lado. La niña temblaba, musitaba palabras inconexas.
Se escuchó otra detonación, esta vez más cerca. El calambre que tuve en ka mesa de negociación volvió a recorrerme el espinazo. Escuché un ruido a mi derecha, pasó una sombra en la oscuridad.
–Ya está aquí –dijo mi niña.
Tomé la linterna y alumbré hacia donde había visto la sombra.
–¡Apague la luz!
La sangre me galopaba por todo el cuerpo. Buscaba por todos lados tratando de encontrar algo. No entendía lo que me gritaba el traductor, me zumbaban los oídos, todo era confuso. Con la luz de la linterna las sombras de los arbustos semejaban figuras horribles. El traductor trataba de arrebatármela. Bajó el zumbido. Claramente escuche una voz susurrándome al oído. “Perla, ven para acá”.
–¡No te la vas a llevar! ¡No te la vas a llevar!
Tomé a la niña entre mis brazos y corrí. La voz del traductor se alejaba a mis espaldas. Los gritos de los seris se escuchaban muy cerca. Cayó la linterna al suelo, no me detuve a recogerla. Me adentré en la oscuridad y no paré de correr.
Salieron los primeros rayos de luz. A lo lejos divisé una camioneta de la compañía. Perla tenía los ojos en blanco.
–Aguanta, mi niña, falta poco.
No recibí respuesta. A medida que la camioneta se acercaba a nosotros, el ruido del motor intentaba ocupar el vacío de aquel lugar. Un vacío que hasta la fecha no he podido llenar con nada.
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