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LAURA LLAMA DESDE MANHATTAN

 

Por Jorge Enrique Lage

 

THIS IS NOT AN EXIT

Bret Easton Ellis

(American Psycho)

 

Laura llama desde Manhattan y me dice que lo siente. A ella nunca le pasó por la cabeza llegar tan lejos. Yo le pregunto qué quiere decir con lejos, dónde (y cuándo) estableció el maldito punto de referencia. Laura respira hondo, me repite que lo siente, ¿la iba a perdonar, sí o no? Yo abro el cuaderno de nuestra vieja historieta: adentro está la foto que me mandó. Le digo que quedó de lo más bien, con ese fondo de rascacielos fantasmas y acariciando a una bestiecilla peluda del Central Park, indudablemente un canguro, ¿no es cierto? Laura hace silencio, me pregunta de qué demonios estoy hablando.  

 

La situación era ésta:
Un cartel hasta la avenida 26 que decía Cerrado Closed pero ella, de todas formas, quería entrar:
—Saltemos la cerca.
—¿Saltemos?
Después de mucho trabajo no logré convencerla de que no me iba a convencer. Rendido, la escuché fabular:
—Tú verás cómo nos vamos a divertir allá adentro —con un guiño de ojo que prometía.
Y efectivamente, nos divertimos mucho.
(¿Qué entienden ustedes por diversión?)
Saltamos adentro muertos de la risa. La cerca no estaba lo suficientemente electrificada ni era lo suficientemente alta como para matarnos.
Ella quería ver los lemmings. Yo, en el papel de guía, le dije que no teníamos lemmings.
Ella me preguntó si sabía que los lemmings se suicidaban en masa. Yo le dije que los lemmings no son ninguna secta religiosa, sencillamente se ahogan por no saber la diferencia que hay entre el mar y un lago cualquiera.
En esas y otras divagaciones similares llegamos al foso de los leones. Anochecía.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, señalando un bulto más o menos deforme tirado en el suelo. Inmediatamente después soltó un grito.
Nos acercamos hasta confirmar que era…
Pues sí: un niña descuartizada.
Le calculé unos cinco, seis años. 
Le faltaba un brazo. Las piernas eran dos muñoncitos secos. El vestido, cuya tela exhibía señales de zarpazos rojos, no alcanzaba a cubrir una costillita por aquí, una tripita por allá. Conectada al cuerpo por breves tiras de músculo, la cabeza (abiertos en susto los ojos azules,  trenzas rubias) era el detalle más perturbador.
—Tiene cara de llamarse Alicia —observé.
Ninguna de las dos dijo nada.
Se oyó un rugido. Y otro.
Hasta ese momento no se me había ocurrido relacionar el hallazgo con los inquilinos del foso.
—Fueron ellos —dije.
—Hay una reja por el medio. ¿No te has dado cuenta?
Su voz estaba representando el descuartizamiento. Con las cuerdas vocales.
—A lo mejor es que estuvo adentro, jugando al safari.
—¿Y por qué ahora está afuera? ¿Quién la sacó?
Le pedí que visualizara a los leones (algún tipo de huelga) arrojando con un movimiento powerful de la cabeza, estilo reyes de África, sus sobras por encima de la reja.
Bastante alta, por cierto.
—Absurdo. Nadie puede entrar ahí. Y mucho menos los niños.
—¿Absurdo? ¿Estás segura?
No, claro que no lo estaba. Yo descubrí que ya era tarde, ya me era imposible parar y me escuché decirle que, sin duda alguna, Alicia no entró sola: los ogros cuidadores del foso la acompañaron para luego dejarla adentro.
—¿Pero a quién se le ocurre darle niñas a los leones?
Argumenté que los leones tenían que comer algo.
Se oyó un tercer rugido, más lejano, que podía provenir de casi cualquier animal. Entonces ella, en un ejercicio de frialdad desafiante, dijo que había que devolver la niña al lado de allá. Para que se la terminaran.
—Aquí no se puede quedar —me miró.
—Aquí no se puede quedar —repetí, tratando de leer su mirada, repitiéndome que algo andaba definitivamente mal entre nosotros, todo intento de lectura era de antemano un intento equivocado y aquello parecía no tener remedio.       
 Levanté el cuerpo por el bracito y éste se desprendió. Escuché el sobresalto de mi supervisora y el golpe seco del cráneo contra el suelo. Simultáneamente.
Arrojé el bracito al foso sin mayores dificultades. Ahora no tenía por dónde agarrar firme. Alcé a la niña por los muñones y de pronto la niña no pesaba, como si estuviera vacía por dentro. Como si fuera una muñeca de plástico roto.
—Ten cuidado.
—Descuida, no te la voy a tirar arriba.
No, aquello ya no tenía remedio, créanme. Éramos dos pedazos de plástico cada vez más duro.
O sea: cada vez más mutante.
Ejecuté un par de giros impulsores, estilo lanzamiento del martillo, y solté el cuerpo al aire.
La cabeza se desprendió, pero para entonces ya se había elevado a una altura más o menos correcta.
Ambas piezas se estrellaron al otro lado de la reja, rodando sobre las piedras.
Los leones no se movieron.
Me di la vuelta y la miré: tensa belleza, sonrisa tensa, aplausos sin especial energía. Era el fin. Dije:
—Bienvenida al zoológico de las maravillas.
—Yo no me llamo Alicia, corazón —y vino hasta mí despacio, como calculando demorar el abrazo que iba a darme.

 

Laura llama desde Manhattan y me dice que ha visto, de lejos, a Bret Easton Ellis.
Lucía viejo, me dice. Muy viejo. Se veía cansado.
Releo al psicópata de hace veinte años:
«La de cosas que podría hacerle a esta chica con un martillo, las palabras que podría grabarle en el cuerpo con un punzón para el hielo.»
Nunca fuiste un chico malo de verdad, pienso.
Siempre fuiste un escritor.

 

Le recordé: Tenemos una conversación pendiente. No lo olvides.
Ella asintió: Pero ahora no, por favor. Más tarde. Antes de irnos.
Pasamos jaulas, quioscos, se encendieron las farolas. Los grillos.
Postes con flechas con dibujos de animales. Hechos por animales. Por todas partes el bombardeo de información: Nombre común, Nombre científico, Lugar de procedencia y Currículum.
Ella y yo éramos lo más parecido a una especie superior en un radio de quinientos metros.
(Dentro de muy poco nos daríamos cuenta de que no estábamos solos.)
Ella quería ir al pabellón de las aves. Yo le dije que no soportaba más de dos o tres minutos el zumbido de los pájaros electroacústicos.
—A esta hora deben estar dormidos.
—Dormidos también zumban, lo que menos.
—Nené, ¿por qué eres tan neurótico?
—No lo soy. No sé por qué la gente la tiene cogida con eso.
—Silencio —ordenó de pronto, en voz baja—. ¡Mira!
Sí, ya lo había visto: una figura gruesa a la que le costaba trabajo caminar hacia nosotros.
Un borracho en el lugar equivocado, comentó ella.
Un extraterrestre en el lugar inevitable, pensé yo.
Era las dos cosas.    
—Buenas noches —pronunciar no era su fuerte—. Encantado de conocerlos —alzó una botella de agua mineral—. ¿Quieren un trago?
Ella aceptó. Se empinó la botella y yo deseé estar dentro de una de esas burbujitas que surfeaban los pliegues de su lengua y bajaban por su esófago hacia otras profundidades.
Los intestinos, la sangre.
Con un poco de suerte: su corazón.
—Mi nombre es Bruce. Soy del planeta Arachnoid.
Lo miré sonriendo. Usaba una especie de traje de buzo, plateado. Sin motivo natural, de pronto perdió el equilibrio y cayó al suelo, con un ruido como el que haría una babosa gigante al caer.
Mientras lo ayudábamos a levantarse, siguió:
—Vamos a invadir dentro de muy poco. Mi misión consiste en recoger la mayor cantidad de datos que puedan sernos útiles en la conquista y colonización de la Tierra.
—No estás en el mejor lugar para hacer tu trabajo —dije.
—¿Cuándo sería dentro de muy poco? —indagó ella.
Según nuestro cómputo temporal, venía siendo más o menos en el siglo XXIV. Todo un asunto bien planeado, qué nos creíamos (puro tópico, hay que creérselo). Por supuesto, él no era el único explorador, estamos hablando de muchos extraterrestres encubiertos, infiltrados, caminando por ahí como si tal cosa (lo cual no era ninguna noticia). Por el momento, a manera de ensayo, habrá líneas de fuga fractal y pequeños terremotos (no nos explicó qué era una «línea de fuga fractal» ni qué podía ensayarse con un terremoto). Ah, y nosotros no imaginábamos cuánto le gustaba el sabor del líquido, le hacía sentirse en otra galaxia (de hecho, estaba en otra galaxia).
Otro picotazo a la botella de agua mineral.
Otro tambaleo que no terminó en el piso porque intervinimos.
De pronto éramos grandes compañeros de juerga o algo así.
Él preguntó por dónde se salía del zoológico.
(¿Alguna vez han preguntado ustedes por una salida?)
Yo le dije que, una vez adentro, ya no había forma de salir.
Ella, amorosa con todos, vengan del planeta que vengan, le indicó el camino hacia una cerca o muro que de todas formas él no iba a poder saltar.
Cuando Bruce se fue, me dijo: Siglo XXIV, ¿te das cuenta? Hay tiempo de sobra para conversaciones pendientes. Y para muchas otras cosas...
Sonrió. Sonreí. Le acaricié una mejilla iluminada por la linterna llena de la luna.
Había una linterna en el suelo. Nos besamos. Igual podíamos prescindir de ese beso.
La linterna, dejada por Bruce al caer, estaba al lado de una zona de humedad pegajosa, también dejada por Bruce al caer. La recogimos. Nos serviría para iluminar las caras emplumadas de los habitantes del pabellón.
Papagayos. Gavilanes. Buitres. Rapaces con alzheimer. Cacatúas que parecían barcos de vela naufragados. Y el chorro de luz de la linterna de pronto adquirió una consistencia cegadora.
Los alambres metálicos retrocedieron a la nada. En la reja iluminada circularmente se abrió un hueco circular. Apagué.
—¿Qué hiciste? —casi gritó ella.
—Nada. Mover el interruptor de esta mierda para ver si alumbraba más.
Entonces, sonando y volando a todo volumen, la jauría de pájaros electroacústicos escapó por el hueco de la jaula.
Ella y yo los vimos separarse en el cielo, contra la luna, trazando líneas entre las estrellas.
Ella tapándome los oídos y yo mirando el cielo, la luna y las estrellas con la preocupación de quien ve libres, en fuga, las líneas de su propia neurosis.

 

Laura llama desde Manhattan y me dice que un terremoto local ha tirado al mar la Estatua de la Libertad. Habla como si hubiera acabado de ocurrir al lado de ella, como si aún tuviera el corazón húmedo de adrenalina y el vestido salpicado de agua. Puedo contar las gotas de felicidad en su voz, como si no tuviera otra persona con quien compartir esa afición tan suya a ver caer las estatuas, como si por fin se hubiera decidido a salvar algo de nosotros: tal vez nuestra afición a ver caer las estatuas, no importa de quiénes sean ni quiénes las levanten.

 

Seguimos divagando:
Porque resulta que no eran sólo los lemmings, esa partida de locos. Otros roedores habían sido convenientemente excluidos:
Los conejos, porque no hay que exhibir a los destinados a ser comida, carne, proveedores de órganos para estudiantes asqueados.
Las ardillas, porque allí en los árboles, bien controladitas, cumplían mejor su función de distraer a los niños y a las niñas, algunos de ellos también asqueados.
Y sobre todo, las ratas, por el delito mayor de ser ratas, esos bichos periféricos y fuera de control, casi tan resistentes como las cucarachas.
Ah no, claro, ningún insecto. Nada de insectos. Y mucho menos las cucarachas.
¿No era ese lugar una violencia? ¿Un intento de mostrar la fauna que no es?
—No le des más vueltas, mi amor —me interrumpió ella—. Eso ya no es el zoológico, es todo. En todas partes es lo mismo.
—Ese es el problema. No puede ser lo mismo en todas partes.
Agotada su lista de cosas interesantes que había que ver allí dentro, nos quedaban esos pasatiempos en voz alta.
Interpretar en la oscuridad.
Caminar en la oscuridad.
Demorar el otrodiálogo, el que podía ser el último.
Entonces apareció otro alguien delante de nosotros: una silueta inmóvil se recortó bajo la luz mal combinada de un farol y la luna.
Al acercarnos, vimos lo que podía interpretarse como una mujer.
Con voz profunda, sin disimulo masculina:
—Buenas noches. ¿Paseando? ¿Una nochecita romántica?
—Sí —le dije—, muy romántica —conteniendo las ganas de explorarle la cara con la linterna (supuse que bastaría el dedo mal puesto para pulverizarle las facciones) y volviendo la vista a mi compañera de paseo.
Ella le sonrió a ella. O a él, porque de mujer mujer sólo tenía algo de maquillaje y la ropa: un vestido elegante, largo y sin mangas.
Un cuaderno en el brazo de vellos y músculos bien dibujados. Un lápiz entre los dedos de uñas bien pintadas. Nos dijo que era dibujante. Y pintora. Su nombre era Sandra. Mucho gusto.
—Ahora mismo iba a tomar unos bocetos de los monos —explicó, y los monos se pegaron a sus barrotes para vernos mejor, hacer mejores bocetos de nosotros.
—Qué fácil perderse a estas horas por aquí, ¿verdad? —dijo cuando ya todo indicaba que iniciaríamos una larga conversación con un ser terrícola.
—Me gustaría dibujarte —confesó después (y por supuesto que no se refería a mí), al final de esa larga conversación donde supimos de sus viajes por el planeta Tierra: Sandra hablando de países y lugares, Europa, Asia, aguas y desiertos, y ella confrontando su lista de cosas interesantes que había que ver allá afuera, quiero decir, mucho más afuera del zoológico aunque en todas partes sea lo mismo.
Al final de una conversación que bordeó el coqueteo: Sandra recorriendo con miradas furtivas cada curva de ella, hasta las curvas menos peligrosas, al tiempo que disfrazaba palabras de elogio a su belleza, muy merecidas por cierto, y yo escuchando y observando de lo más callado y divertido. No tenía la menor idea de cómo reaccionar.
—¿Dibujarme? ¿Ahora?
—Sí. Pero desnuda.
Ella se pusa seria. Yo me puse serio.
Sandra también se puso serio. Dijo:
—Soy una artista profesional. ¿No se nota?
Ella me miró. Él me miró. Yo las miré a las dos.
No dije nada porque comprendí que esperaban que yo dijera algo.
Me limité a reponer la sonrisa. A sostener la ropa que ella me daba a medida que se la iba quitando.
La blusa, los jeans, etcétera y etcétera. Todo.
Sandra sugirió una postura y empezó a dibujar. Muy rápido.
Los monos empezaron a masturbarse. Un poco más lentos.  
El lápiz de Sandra pasó de la velocidad a la violencia. Las páginas del cuaderno pasaron a llenarse a un ritmo increíble.
(El ritmo impuesto por una desnudez increíble.)
Otra página. Y otra. Y otra más. ¿Con qué demonios las estaba llenando Sandra? ¿Cuántos miles de desnudos se proponía hacer?
Distintas variaciones en la postura de la modelo.
Perfecta blanquísima la piel en la luna.
Hacia el final de la sesión ya casi todos los monos habían eyaculado.
Sandra botó el mocho de lápiz. Vino hasta mí y me dio el cuaderno y me miró filosóficamente.
—Yo también fui deleuziano —dijo.
(¿Ustedes me pueden explicar qué significa eso?)
—Deleuziana —le rectifiqué de todas formas.
—Da igual como lo digas —sonrió—. No vas a cambiar nada.
Unos minutos después estábamos sentados. Sandra ya se había ido. Yo hojeaba el cuaderno. Ella, recién vestida y al parecer molesta, le tiraba cosas a los monos (los monos también le tiraban cosas a ella). Los dibujos de Sandra, mala sorpresa, no eran desnudos a lápiz sino viñetas de cómic: una historieta furiosa que ocupaba casi todas las páginas en blanco.
Ella preguntó:
—¿Qué harías tú si yo me fuera?
—¿Si te fueras adónde?
—No sé. Lejos. A Nueva York. Siempre he querido ir a Nueva York.
—Me entero ahora.
—Dime, ¿Qué harías?
—Nada —le dije—. No haría absolutamente nada.

 

Laura llama desde Manhattan y me dice que en una boutique de la Torre Eiffel subastaron las cenizas de Paris Hilton. Que por alguna razón la Muralla China ya no está en China (y tú sabes bien dónde está, me dice). Que en cierta aldea escondida del Himalaya habló de Literatura Y con el Yeti. Que las cataratas del Niágara son mucho ruido y poca agua, lo más lindo son los suicidas plateados en traje de buzo. Que ha tenido sexo de casi todos los colores en casi todos los hoteles de Venecia. Que dentro de una de las pirámides de Egipto perdió la linterna del extraterrestre y un rato después, al salir, se dio cuenta de que estaba llorando.

 

—¿Te excitaste allí, mientras él me dibujaba?
Llegó un momento en que estábamos, literalmente, perdidos.
Perdidos en el zoológico, quiero decir.
O a causa del zoológico.
—¿Todavía te excita verme desnuda?
Ella conocía las respuestas (No a la primera y doble Sí a la segunda: vestida también), de modo que no hice caso a las preguntas. Dejé que me acariciara una dudosa erección.
Aparentemente, el cómic trataba sobre nosotros. Al principio se movía en la cuerda erótica soft pero después comenzaban a entrar y salir dibujitos extraños, monstruos de marca mutante, caracteres y personajes ilegibles. El guión se enroscaba frenético. Ella había opinado que era algo así como una «historieta del absurdo fractal en clave ciencia-ficción y terror pulp». Dios mío.
Pero qué va: escapaba de todo eso.
Escapaba, creo, hasta de sí mismo.
Y por supuesto, no había ningún final.
Ahora nos besábamos. Habíamos dejado de caminar y nos besábamos casi con rabia.
Le toqué los senos bajo la blusa, metí las dos manos y le acaricié las nalgas y el sexo bajo el blúmer.
Ella hizo cosas parecidas conmigo. Siempre ganaba.
Era muy hábil, muy precisa. Antes de darme cuenta ya correteaban por delante de mis ojos los especímenes de la peor fauna lasciva. Cada vez más rápido. Atropellándose.
Sus manos contuvieron el chorrazo de semen.
—Dame el pañuelo.
Se lo di. Se limpió. Luego dijo:
—Me vas a hacer un último favor, ¿verdad? —y enganchó un gesto a la cerca más próxima, tras la cual dormitaban dos canguros: uno grande y uno pequeño. Madre e hijo, supuse.
Lo que no supuse fue lo que ella tenía en mente. Me lo hizo saber.
—¿Estás loca? Yo no me voy a robar ningún marsupial. Ni siquiera sabía que estaban aquí... A propósito, ¿dónde coño estamos?
Aquello se me pareció de repente a un cuento de antología de jóvenes caníbales italianos. Ya no tan jóvenes y nunca tan caníbales.
—Oye, yo acabo de tener un detalle contigo. ¿Qué te cuesta traerme el cangurito?
—¿Pero qué razonamiento es ese? —exploté—. Me haces un paja y tengo que traerte un canguro. ¿Si lo hubiéramos hecho que te tengo que traer? ¿El mamut?
—Nunca lo hubiéramos hecho —se puso seria—. No aquí dentro. Y tú lo sabes.
Nos miramos largamente. De pronto no estuve seguro del significado de ese aquí dentro, su verdadero alcance. De pronto no estuve seguro de nada. Entonces, ¿para qué seguir? ¿Y por qué no seguir?
Le di la espalda y me encaminé hacia la jaula.
Trabé las manos en la reja. Subí. Nada más fácil.
Ella repetía: Ten cuidado, Ten cuidado, Ten cuidado.
Yo pensé: No importa. Estoy acostumbrado a caerme. Y tú lo sabes.
Caí adentro de un salto. Mamá canguro no se dio por enterada.
El cangurito dormía a unos pasos de la bolsa de mamá. Alrededor todo era piel amarilla de hierba muerta, con pústulas de tierra. Me acerqué con estilo.
El cangurito no protestó, no abrió los ojos. Ni falta que hacía. Ya yo lo estaba cargando y me retiraba a pasos inaudibles.
Ella me animaba desde afuera con gestos también inaudibles.
Ella, de pronto, dio una altísima voz de alarma. Paralizado, me volví para ver cómo la canguro terminaba de despertarse.
Era grande. Muy grande. Me miró sin el menor asomo de comprensión o simpatía. Demasiado instinto maternal a la vista.     
—Buenas noches —le dije, pensando que no valía la pena correr: un salto suyo cubriría cualquier distancia.
—CORRE CORRE —me gritaban desde el otro lado, y ni siquiera me pasó por la cabeza negociar el cangurito: sin dejar de mirar a su madre, inicié una lenta marcha atrás.
Error al cuadrado.
Esquivé el ataque rodando por el suelo.
La bestiecilla peluda se escurrió de mis brazos.
—SAL DE AHÍ.
Qué fácil se dice. Me levanté vestido de polvo y sin tiempo para pensar. La canguro volvió a embestirme. Me libré con un modesto saltico hacia un lado. Corrí.
Alcancé la cerca.
Ella golpeaba la cerca y mis dedos.
—SUBE SUBE SUBE.
Sí, comenzar a trepar. Pero había un detalle: antes de que pasara un segundo mi espalda indefensa iba a recibir un buen trastazo, quizás un mordisco. Me di la vuelta.
Esquivé de nuevo.
Cuando la canguro pateó la cerca, mi espectadora soltó un grito que debió haberse oído en otro planeta.
En Arachnoid, probablemente.
El cangurito asomó la cabeza. El hecho de que ya se hubiera metido en la bolsa no suponía el fin de las hostilidades.
—NO TE QUEDES PARADO.
En algún momento pensé, casi indiferente, que aquella basura podía volverse eterna.
Saltar hacia aquí o hacia allá. Frecuentar el suelo. Escurrirme. Recibir coletazos. Correr. Correr en vano.  
—TRATA DE SUBIR AHORA.
Pensé que no conocía ni había conocido nunca a esa mujer que gritaba y corría (también en vano) del otro lado de la reja. Pensé que los canguros son como jerbos gigantes. Que los jerbos eran otros roedores excluidos. Que un amigo dijo una vez que los jerbos son rizomas. Y que nunca me interesó saber qué carajo eran los rizomas. ¿A alguien le interesa?
(¿Ustedes se consideran una especie superior?)
Aquí la especie superior soy yo, me dije, esto se tiene que acabar, y en ese momento vi a la infatigable canguro detenida, estirando las patas delanteras, poniéndose un par de guantes de boxeo color rojo intenso. Muchos años de dibujos animados detrás de ese gesto.
Volvió a saltarme arriba. Recogí del suelo un puñado de tierra y se lo lancé a los ojos. Luego, me lancé a escalar la reja. Dio resultado.
El cangurito gritándome insultos en un inglés de bolsa mientras la madre dejaba sus ojos en los guantes de tanto frotar.
Afuera me recibieron los ojos de ella.
Sus ojos cargados. Quizás de angustia.
Quizás de sueño.

 

Laura llama desde Manhattan y me dice que ha despertado con ganas de verme. Yo le digo que es probable que no haya despertado todavía. Después soy yo el que despierto.
Desayuno imágenes, fragmentos encontrados.
Laura en pedazos mordidos y dispersos, la huella de mis dientes, Laura collage, Laura lejos.
Laura fantasma entre rascacielos.
Me enjuago la cara y el sueño y trato de mirarme en el espejo pero el espejo está defectuoso. Froto el cristal. Nada. Sigue empañado. Vuelvo a frotar y de pronto descubro que en realidad no tengo ganas de verla, y me digo: No, tú no tienes ganas de verla a ella.
(Ha pasado tiempo.)
Tú tienes ganas de verte en ella.

 

Empecé a hablar:
Empecé a hablar del fin:
Empecé (ya era hora) a ponerle fin a esta historia:
—Pero por favor, obviemos las últimas viñetas, no es por loque acaba de suceder en esa jaula, no tiene nada que ver con esto, mira —le enseñé moretones, sucios arañazos, la sangre de mis manos—. Es un asunto viejo y lo sabes. Ya no tiene remedio y lo sabes.
Ella asintió:
—Tampoco hay que estar buscándole remedio a todo. Es ridículo.
—Bueno —respiré—, pues ya va siendo hora de salir de aquí, ¿no te parece?
—Me voy a ir yo sola. Pero antes quiero que me digas...
Puntos suspensivos: quería que le dijera lo que pensaba escribir. Quería saber si yo iba a escribir sobre ella. Si alguna vez había pensado escribir algo sobre ella. Qué cosas había pensado y cuándo y hasta dónde sería yo capaz de llegar. Todos los borradores pasados en limpio dentro de mi cabeza. 
O sea: lo único que yo no podía regalarle. Ni siquiera como souvenir, estatuillas de milibertad.
Y sin embargo lo hice. De pronto me sorprendí diciéndoselo todo y de pronto descubrí que ya era tarde, ya me era imposible parar y seguí fabulando suicidamente, como hasta hoy, esperando que ella no entendiera nada.
(¿Ustedes han entendido algo?)
Ahora, como es lógico, viene la parte en que ella se enfurece y me cae a golpes.
Primero una galleta. Durísima, mas pura introducción. Quedé dócilmente a la espera de lo demás, pensando en todas las cosas que podría hacerle a una chica con un martillo.
Las palabras que podría grabarle en el cuerpo con un punzón para el hielo.
Un piñazo boca-nariz. Otro (sin guantes) directo al ojo. Un tercero al abdomen. Me doblé. Terminé de caer al suelo tras la infaltable patada en la entrepierna. Un poco más de pateadura (espalda, costillas) y se agachó para agarrarme la cabeza por el pelo, buscando mi rostro.
—Eres un insoportable morboso hijo de puta —me susurró al oído.
O una combinación similar. Yo hubiera aprobado cualquier orden de adjetivos.
Me levanté. Sangre nuevecita, ahora en los labios, ahora sí estaba hecho todo un nervio de dolor, sin adrenalina.
La vi alejarse. Salí tras ella.
Me zumbaban los tímpanos.
Unos pájaros electroacústicos sacudieron unas ramas.
Ella casi corría. Yo casi no podía correr.
Pasamos quioscos, postes con flechas, nombre comunes y científicos. A esas alturas ya daba igual. A estas alturas ya da igual si de pronto les digo, por ejemplo, que el zoológico había mutado y la persecución se desarrollaba en un gigantesco espacio de roedores, sin más jerarquías, sin una sola jaula.
La llamé varias veces.
La misma cantidad de veces ella me gritó que me fuera al carajo.
Yo me pregunté adónde carajo iba ella.
Recordé: Me voy a ir yo sola.
Recordé: ¿Qué harías tú si yo me fuera?
Nos separaban ya pocos metros cuando llegamos al foso de los leones. Amanecía.
Los pájaros electroacústicos llegaron detrás de nosotros. Detrás de mí.
Ella se detuvo.
Yo pensé: Sí, hazlo. Es fácil. Tan fácil como saltar una cerca.
Permanecí en silencio mientras ella dudaba. El cuerpo de Alicia en tres unidades, bracito y cabeza y banquete de moscas, estaba afuera de nuevo.
Finalmente, lo hizo. No la vi saltar. De pronto dejó de estar en un lado para estar en el otro, así de simple, como si la reja se hubiera desplazado a través de su cuerpo. Aunque igual pudo haber saltado a una velocidad increíble, no lo sé. En ese momento no me importó no saberlo.
Repito: a esas alturas ya daba igual cualquier cosa.
Me acerqué. Ella se dio la vuelta y me miró y nos miramos como quizás había sido siempre: con una reja por el medio.
O quizás no.
No hubo diálogo último.
O quizás, de alguna forma, sí lo hubo:
Me fabriqué este que termina más o menos así:
—Si los leones siguen en huelga, ¿recogerías mi cadáver?
—Hasta el último pedazo.
(Demasiado a lo greatests hits.)
Demasiado instinto de conservación a la vista, pensé. ¿Lo hará?
Tres o cuatro o cinco comenzaban a acercarse, estilo coto de caza. Yo deseé ser el último de la manada, el imperceptible, el de las sobras, el que llegaría para encontrar solamente las hilachas o algún órgano.
Los nervios, el sexo.
Con un poco de suerte: su corazón.
Cuando ella me dio la espalda y comenzó a descender, internándose en el foso con tanta energía que los leones, maravillados, se detuvieron a esperarla, a mí sólo me quedó cerrar los ojos y frotarme las manos y quizás aplaudir.
Lo hará, pensé.
Yo sé que lo hará.
Tengo confianza en esta mujer.

 

Laura llama desde Manhattan y me dice que lo siente.
Yo siento el impulso definitivo de colgar.
Pero no cuelgo.
 

 

 

 

Jorge Enrique Lage

 

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