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ELOGIO DESMESURADO DE LA ESCRITURA ANÓNIMA

 

por Juan Yanes

                         


Textos anónimos, mutilados, ingrávidos, saturados de sístoles y diástoles, de leves quejas, de graznidos. Están en la red. ¡La red, la red!, ese bazar donde campa por sus respetos todo tipo de especies del bestiario, almas cándidas y generosas, pícaros, delincuentes y dinosaurios de las finanzas con sus privatizaciones y dinosaurios ideológicos con su baba.

La red, objeto luminoso y oscuro, que encierra paisajes casi infinitos y todas las calidades de la grandeza y la miseria de los seres humanos. La red, un texto descomunal en perpetuo crecimiento y desorden. Textos que caen como la lluvia, mansamente. Torrentes de textos que crepitan incesantes desde que enciendes la pantalla líquida, cataratas de palabras, aguaceros inclementes de letras, de voces, de imágenes. Remansos de luz.

En este pandemónium, hay una fauna de textos especiales, unos animalitos monstruosos, particularmente traviesos y lábiles: los blogs anónimos. Los blogs anónimos son voces sin firma, voces que llaman y voces que responden, que suenan desde todos lados, ovillando los cuatro puntos del mundo.

Textos amables, violentos, tímidos, primorosos, toscos, sangrantes, juguetones, insolentes, locos, iracundos, inanes, espléndidos. Textos que destilan fluidos y esencias en un desorden ejemplar.

Están escritos por millones de personas sin rostro que se reúnen en un imaginario escritorio invisible, por las noches, bajo el aro de la luz de una lámpara, a comunicar sus deseos. Textos tiernos, luminosos, insoportables.

El texto anónimo es un texto apátrida. No tiene DNI, ni certificado de residencia, ni cuenta bancaria, ni hipoteca alguna, ni está inscrito en el registro de la propiedad, ni en la Sociedad General de Autores.

El texto anónimo es un texto desnudo, huérfano. Un zarpazo al hedonismo, al narcisismo de autor. Es un espalda mojada, un simple papel sin papeles, un lumpen, un harapo.

Tiene la dignidad del que levanta con orgullo su identidad borrosa. Del que ama la estética de la resistencia. No reconoce fronteras, ni pertenece a nadie. El texto anónimo es un texto sin bandera que navega solo, como un pirata.

El texto sin autoría es un textos libre. ¿Sabes lo que eso significa? ¡Libre, libre, libre, libre, libre, libre, libre, libre, libre, libre, libre! Nadie lo puede sujetar a un bolardo porque arranca todos los muelles y rompe los diques.

La escritura anónima es un canto a la esquizofrenia, a las múltiples repúblicas de la federación de almas que llevamos dentro. En esa escritura somos lo que no somos. El texto anónimo garfea en la red.

Se apropia de todo y desprecia todo. No es vasallo de nadie, ni tiene lengua de papel higiénico, ni pide permiso a nadie para opinar, ni pasa la mano, ni adula, ni pide limosna.

No espera cheques porque es una escritura no venal. Es sólo porque sí. Es un juego, un divertimento, una forma de locura, de terapia contra la muerte, una gota de dignidad en el océano del engreimiento.

Es la sal y la pimienta de los epicúreos y la secta del perro. No se doblega, no conoce la sumisión. Es un texto rebelde, un alzado, un cimarrón. Nadie lo manumite porque no hinca la rodilla, ni sabe de la súplica. Está hecho para incordiar a los de arriba y es, también, una pequeña venganza contra el mundo.

A veces es un texto solipsista, que no busca el aplauso, que se basta y se sobra, que mira para dentro y se enrosca y se abisma y se laberinta. Nace de la generosidad, del desprendimiento y de la necesidad de (d)enunciar, de pensar, de pensarse, de imaginar.

Juega todo el día con la loca de la casa, con la oveja negra de la familia, con el tonto del pueblo, con la más fea. Le gusta que lo secuestren, que lo plagien, que lo roben, que lo repartan en trocitos aquí y allá, que lo aventen, al vent, la cara al vent, les mans al vent, els ulls al vent, ¿te acuerdas?

Odia las escuelas, los estilos, los credos, las corrientes, las tendencias, las modas, las familias y los cenáculos. Se agranda en la soledad, goteando post todos los días. La gente entra y sale de puntillas en su página sin hacer ningún comentario, pero le da igual.

El texto anónimo es insolente y atrevido. Puede estar de muy malas pulgas. Puede sangrar, dolerse, llorar, gimotear, callar si quiere. Y a renglón seguido denunciar, herir, contraatacar, vomitar, echar fuego por la boca. Lo hace, si le da la gana. No tiene patrón, ni dios, ni rey, ni tribuno.

Pero puede ser ingenuo y benigno y dulce y hermosamente bello y pacífico, rotundo, seco, lacónico, breve, delgado, frío, barroco, retorcido, oscuro, misterioso, pletórico, picante, extravertido, divertido, saltarín, sesudo... También puede ser feo, pobre, mal escrito, tosco, idiota, chato, deleznable, una caca.

Puede ser tierno, y transparente, o sea, puede recorrer en un segundo todo el arco de las pasiones. Puede tener la cola tornasolada como el quetzal o ser opalino, añil, índigo, lapislázuli, áureo.

El texto libre es una máquina de guerrilla cultural. Un instrumento para pervertir las buenas conciencias. Pero por encima de cualquier cosa, el texto anónimo sólo cree en la escritura, por eso su autor pasa a la clandestinidad.

No se avergüenza de ser texto, sólo texto, texto despojado, garabato prístino. Sólo da cuenta de sí mismo, no se refugia en nombres, en apellidos consagrados por el mercado. Rompe los márgenes de la identidad. Juega a la doble, triple, cuádruple personalidad.

Se muere de amor por la escritura. Conculca la autoría densa y denuncia su raíz espuria. Está no sólo contra el derecho de autor, sino contra el autor mismo, tan celebrado en nuestra cultura.

Es un saboteador de la propiedad privada. Un modo de resistencia a la posesión: mi libro, mi tierra, mi casa, mi caballo, mi pistola. Es una dentellada al culto de autor. Desprecia los salones y los premios y los reconocimientos y las babelias.

Es sólo eso, un homenaje a la escritura. Un humilde tributo a esa señora tan exigente. Es escritura desnuda, pues al despojarse de las adherencias nominales, se limpia olímpicamente toda la roña identitaria. No tiene ISBN, ni falta que le hace.

Hace preguntas capciosas: ¿Quién escribió el Romancero? ¿Quién el Popol Vuh del Quiché o los textos sagrados del Chilám Balán? ¿Quién el Beowuf? ¿Quién los Cuentos de las mil y una noche? ¿Quién El cantar de los cantares y la Leyenda del Gilgamesh? ¿Acaso tienen autoría los Cantares de Gesta? ¿Y las canciones de ciego? ¿Y el folclore popular? ¿Y los cuentos tradicionales?

El texto anónimo está escrito por juglares y trovadores virtuales. Es bello, como esa talla de ébano anónima que venden en nuestras calles, hermosas Venus esteatopigias de trajes exóticos, sin que nadie les pregunte quién la hizo.

Es deudor de las grandes tradiciones literarias basadas en transmisión oral.
Es pariente lejano de la saga de escritos con pseudónimo. Es un ludópata compulsivo, continuador del juego infantil de hacerse invisible. Vive en los márgenes de una vida incierta, o sea, la vida.

Publica en la red para no devastar los bosques. Esta hecho de luz y se despliega sin límites de abajo hacia arriba como un rollo de papiro de la antigüedad. No necesita editor, se edita solo. Ni distribuidor, ni librero, ni estanterías, siempre llenas de polvo.

El texto anónimo es una criatura multiforme que crece en todas las direcciones.
Funge de elefante en una cacharrería, de Pepito Grillo, de Durito de Lacandona. Tiene el rostro tapado como los emboscados de Chiapas.

Practica el filibusterismo simbólico, juega al despiste. Hoy está y mañana no está. Pero llega a todos los rincones del planeta en un instante. Es amigo de Ocnos, el dios de la lentitud, no tiene prisa, pero también puede ser veloz, si se lo propone.

Instaura el rito de la máscara, el juego infinito de las identidades intercambiables. Puede ser un disparo, un lamento, un fogonazo, un grito, un trueno. Enherbola las palabras como dardos mortíferos.

En ocasiones, secretea, bisbisea, musita, susurra, runrunea, farfulla, olfatea, husmea, fisgonea. Mezcla los géneros, desdibuja los márgenes, le da patadas a las puertas, abre las ventanas, confunde a las musas, tiene histéricos a los bibliotecarios.

Es un perverso polimorfo, un onanista, un queer, una forma elusiva, elíptica, ambigua. Huele a fresco, a canela, a tomillo, a salvia, a cilantro, a sándalo, a hierbas rituales y aromáticas. Es, en fin, un arcano y una quimera y tus ojos singulares, lector, lectora que los lee, son cómplices de este delito.

 

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