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SALA DE ESPERA

Por Julio Pesina

 

A esa hora la sala de emergencias era la única sección abierta al público; los otros accesos permanecerían cerrados hasta las siete en punto. Por fortuna había un pasillo que unía las salas de urgencias y de medicina externa. Se felicitó por la idea. Le había llegado durante la madrugada, a la mitad de un sueño que ya no pudo recordar. Como el primer rayo antes de la tormenta -¡fuizzz!- el chispazo en su cerebro y después el sobresalto, el corazón acelerado, la excitación castañeteando en sus dientes y la prisa que lo llevó esa mañana hasta el hospital aún sin quitarse la ropa de dormir.
Sentía una emoción casi pueril; estaba a un tris de poner punto final a esa situación estresante en la que se había sumido durante los últimos meses. Era demasiado el tiempo que llevaba padeciendo la ineficiencia de ese hospital. Del Departamento de Farmacia, se corrigió mentalmente. La pesadilla había empezado el mismo día que acudió por vez primera ahí por causa de una inflamación testicular. “El medicamento es cu-tá-neo, no lo vaya a ingerir... y por favor, consígase una mujer, eso ayudará más”, había dicho el médico con ese aire paternal propio de los doctores. “Ahora no lo tenemos en existencia, venga el próximo jueves”, le dijeron en Farmacia, y le extendieron un vale con vigencia de una semana, pero la siguiente semana debieron prorrogar la caducidad y lo mismo hicieron quince días más tarde. Al final le dieron un documento firmado por el mismísimo jefe del Departamento, que contaba con tres atributos especiales: vigencia indefinida, la promesa de llamarle por teléfono en cuanto llegase el dichoso anti-inflamatorio y las consabidas disculpas. “Disculpas mis huevos”, se sorprendió pensando en voz alta, y no pudo reprimir la risotada que acudió a su boca del mismo modo que lo hizo esa madrugada en su cabeza la idea que lo tenía ahora en la entrada del sanatorio. El motivo le pareció ridículo por partida triple: en primer lugar porque si bien no le sobraba dinero, tampoco habría tenido problema en costearse el medicamento; en segundo, porque aquel malestar en los genitales había dejado de acosarlo mucho tiempo atrás, y en tercero porque a estas alturas debía tener bien claro que jamás le entregarían su medicina. Pero viéndolo bien, él hacía todo esto por mero orgullo; lo hacía para averiguar hasta dónde podía llegar la ineficiencia del instituto de salud y también para probarles que de él no se burlaban. La frase que ocupó sus pensamientos hacía mucho tiempo que había dejado de tener un significado literal para adquirir un sentido absolutamente metafórico. Se le habían hinchado, sí, y esa era razón suficiente.
Su memoria repasó todo esto en la silenciosa impaciencia de la sala de emergencias. Por esos pasillos, casi atropellándose, iban de un lado a otro enfermeras, camilleros y doctores; todos con una extraña mezcla de preocupación y fastidio que convertía en pinturas cubistas los que habían sido rostros humanos. De este lado del mostrador, los familiares de los enfermos lucían un ánimo que contrastaba con el de adentro. Diseminados a lo largo y ancho de la sala de espera; leyendo o aparentando leer unos, durmiendo o simulando dormir los demás; de sus frentes colgaban máscaras carnificadas cuyas expresiones iban desde una forzada resignación hasta una languidez absoluta. A nadie sorprendió su presencia; nadie lo escrutó ni hubo comentarios entre los testigos. Concentrados en sus propias actividades –auténticas o fingidas- evitaron cualquier cruce de palabras, cualquier contacto visual, acaso por respeto al descanso ajeno. La verdad, adivinó él, era que en la espera compartida habían agotado algo más que la conversación.
Había una banca obstruyendo el paso hacia el área de Medicina externa. Permaneció un buen rato sentado ahí para encubrir su posterior intromisión. Luego descubriría que sus precauciones habían sido exageradas; la gente en esa sala tenía suficientes problemas para prestarle atención. Volvió a sentirse ridículo protagonizando un episodio de Misión: imposible; una parodia en todo caso. Él en piyama tomando por asalto un hospital del gobierno, entrando a hurtadillas a quién sabe qué hora de la madrugada. El botín esta vez no era el material radiactivo ni la caja fuerte, ni siquiera un lote de seudoefedrina, sino un estúpido desinflamatorio que ya no necesitaba. Ridículo, ridículo, ridículo. Era tanto o más absurdo que el sueño abandonado a medias esa madrugada. Era más absurdo que cualquiera de sus sueños. Pero aun el sueño más ilógico tiene motivaciones tangibles, se reprendió, y sus motivos eran justificables desde el origen.
No lo había advertido, pero era más tarde de lo que suponía. En algún momento había perdido la noción del tiempo, o quizá mientras estuvo en aquella banca el sueño que huyera en la madrugada anidó de nuevo en su cabeza, porque al atravesar el pasillo y llegar a Medicina externa se encontró con el bullicio habitual de un día laborable. Había una maraña de colas ocupando toda la sala; por todas partes el golpeteo en los teclados y el chirriar de las impresoras; los berridos de los chiquillos y los murmullos de los derechohabientes que iban a Rayos X, al Laboratorio, a Medicina externa y a Farmacia: el mismo escenario que había pisado todas las veces que, al reclamar su medicamento, debió representar el papel de bufón para diversión de los villanos que despachaban en Farmacia. El coraje le dolió allá abajo en una forma que creía superada.
No le quedó más remedio que sumarse a una de las colas y trató de mitigar su corajina entreteniéndose con la observación de los demás. Improvisó un juego en que paseaba la mirada de una cola a otra, deteniéndose aleatoriamente en una persona a la vez; cada ocasión le confirmó que él no era el único desentonado en esa sala. Una primera ronda y su mirada se detuvo en el fortachón que había visto tantas veces en la fila del banco de sangre; era más gordo que musculoso, pero el tipo seguramente creía lo contrario, porque siempre vestía sin mangas y la vez que se desmayó en uno de los cubículos, laboratoristas y enfermeras montaron un espectáculo tratando de levantarlo. Un segundo turno y miró a uno de tantos que cargaban sus muestras de copro envueltas en bolsas de papel; se imaginó los tres frascos de nescafé dentro del paquete; ya había visto esos frascos haciendo puff  en el laboratorio. Otra vuelta y descubrió a la mujer en la ventanilla de la farmacia. No había visto antes esa muchacha de escualidez extrema y nariz artificial; le pareció completamente fuera de contexto. Una tirada más y el juego terminó cuando descubrió entre las filas a Perlita Diez, su antigua amiga. Novia de secundaria, corrigió, hasta que pasó lo que pasó.
Había sido su primera novia, en efecto, hasta que le vino, muy rezagada, la menarquía. Lo único que le había quedado de aquella relación era el recuerdo de una muchachita desolada con el suéter de él tapándole las caderas. La Perlita de ahora no era muy distinta a la de aquella vez. Una mujer marchitada por esa enfermedad que la avergonzaba, y que era irremediable. Se descubrió en esas cavilaciones y deseó reprenderse por pensar todo eso, pero en el fondo abrigaba la inexplicable certeza de que Perlita iba a morir muy pronto; lo advertía quizá en la punta de la nariz de ella: deshidratada, colgada; “como la nariz de los moribundos”, pensó. Desechó la idea de saludarla desde su lugar. Mejor fingir que no la había reconocido, que no la había visto, como seguramente hacía ella ahora, mirando en dirección suya como si él fuese transparente. No se había dado cuenta, pero una de sus manos estaba palpando la punta de su propia nariz.
O su ensimismamiento era demasiado profundo o la verdad era que aún estaba dormido y todo aquello era parte del mismo sueño que suponía inconcluso en la madrugada y cuya trama no podía recordar, pues cuando dejó de pensar en la suerte de Perlita Diez, la fila de Farmacia se había agotado. Fue hacia la ventanilla exhibiendo su mejor sonrisa, pero la anoréxica de nariz artificial le cerró la ventanilla en la cara justo cuando él pronunciaba un melódico “buenos días, señorita”.
Era más de lo que podía soportar. Una mezcla de impotencia y dolor se le acumuló justo donde deben acumularse las dolencias del orgullo; la sintió cebarse, desbordar en cuestión de segundos y recorrer su espina dorsal hasta llegar a la cabeza. Ahí estaba otra vez él de este lado de la ventanilla representando un papel absurdo. Ridículo, ridículo, ridículo. Tenía que ser un sueño, se dijo, pero el dolor en los testículos era tan real y tan auténtico su enojo que fue casi corriendo hasta la vitrina roja en la pared. “Rómpase en caso de incendio”, decía en el cristal que resguardaba una manguera y un hacha de buen tamaño, y era eso precisamente, un incendio, lo que él tenía en la cabeza y en las entrañas. Ahora sí que las cosas habían llegado demasiado lejos y no había otra manera  de resolverlo; ya no le importaba el medicamento sino romper de una vez por todas la ventanilla aquélla y arrancarle de un hachazo la nariz sintética a esa flaca malnacida.
Pero otra vez se vio a sí mismo reflejado en el vidrio, golpeándolo insistentemente sin poder romperlo, sin empujarlo siquiera, y otra vez la impotencia suya de este lado del cristal, el dolor constriñendo sus entrañas. De nuevo la sensación de soñar un mal sueño que no era tal, sino una reminiscencia persistente: el último recuerdo de él, y de sus testículos consumidos por el cáncer.

 

 

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