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LEGISLATURA DE LA LITERATURA

 

Por Mauricio Bares

 
 
Me preguntaron si conocía a un tal Mauricio Bares. Lo negué. Me jalaron de la camisa y me golpearon dos veces en el abdomen.
      –Así que tú eres –concluyó uno de ellos–, tenemos un recadito para ti.
      Me esposaron por la espalda. Registraron mis bolsillos adueñándose de mis cigarros y de unas hojas donde intentaba garabatear unas ideas, y me treparon a un carro nuevo, pero mal cuidado.
      No había hecho nada malo, más que caminar por la colonia Roma a ciertas horas de la noche.
      –Así que tú eres Mauricio Bares –repitió el mismo–… Sigue escribiendo tus pendejadas, cabrón. Ahora verás.
      El auto echó a andar. Tardé en recuperarme del ataque y en reconocer el rumbo que llevábamos. Me pareció increíble que fuéramos por Insurgentes y que el Sears y el Woolworh me resultaran ajenos, desconocidos. Trataba de jalar las bocanadas de aire necesarias para nivelar mi respiración, pero el violento efecto de los golpes me lo impedía. Cuando se restableció mi aliento, traté de acomodarme sobre el respaldo del asiento trasero. Imposible: las manos esposadas me lo impedían.
      –No puedo entender a los traidores que hablan mal del país si aquí todo es amigable. Verdad, pareja? –dijo el conductor.
      Los demás carros eran indiferentes: los rebasábamos sin que se enteraran de que aquí venía un hombre detenido injustamente, no un preso político, pero sí un preso literario.
      –Los mexicanos sí sabemos divertirnos –contestó el otro, encendiendo uno de mis cigarros. Traté de hacer memoria de todos los textos que había escrito para denostar las costumbres de mi país; intenté recordar a todos los escritores que habían hecho lo mismo con los suyos, pero no podía concentrarme.
     Desde una patrulla de judiciales, la ciudad lucía muy diferente. Su absurdo saltaba a la vista como a los ojos vírgenes del extranjero. Por la calle vi gente apresurada por causas que me parecieron vulgares. Jamás pensé que a eso se le pudiera llamar diversión. Chavillos sin futuro desafiando al presente con una botella de aguardiente barato en una esquina. Mujeres de familia escapando herméticas del fantasma promiscuo de la oscuridad; las demás regateando sus cuerpos de acuerdo a sutiles variantes pero siempre a la espera del mejor postor. Los hombres abandonados al alcohol esperando encontrar su hombría en algún punto de la peda. Mientras tanto, los antros de mala muerte aguardaban sigilosos al borracho indicado para darle la primera tarascada. Vi restaurantes de un lujo grosero en cuyos traspatios se apelotonaban niños mugrosos escarbando entre la basura en busca de un bocado libre de cenizas y de las embarraduras de papel higiénico manchado con la caca fina del culo de los ricos. La noche como tal, comenzaba así. Yo sólo me dedicaba a escribirlo.
      El auto dobló a la derecha por Avenida Chapultepec. Supe hacia donde íbamos. Conocía muy bien ese camino, aunque por motivos diferentes. Me extrañó que a esas alturas mis captores no me hubieran propuesto liberarme a cambio de una módica suma. Cuál era mi delito, después de todo? Tenemos un recadito para ti, recordé que habían dicho. Con la velocidad del auto yendo de un carril a otro, mi estómago aún afectado amenazaba con vaciarse en cualquier momento.
      –Por qué estoy aquí, caballeros?
      –Eso debe contestártelo la crítica, no nosotros –contestó el copiloto, amagando con clavarme un puñetazo, pero alcancé a decir:
      –En la cara no, soy artista –por lo que recibí el golpe bajo el tórax.
     Dado que la ventanilla se hallaba cerrada, vomité dentro del coche, ensuciando un poco el pantalón. Eso los enfureció y el copiloto se dio vuelo tratando de golpearme sin mancharse los puños. Mantuve la calma básicamente porque no tenía otro remedio, pero perdí el control sobre mi sistema nervioso, así que mi cuerpo comenzó a temblar sacudiéndose de vez en cuando con breves pero violentos espasmos.
      Poco antes de llegar a la Calzada de Tlalpan, el auto apenas redujo su velocidad para entrar al viejo y estrecho estacionamiento que bien conocía. Los policías bromearon a gritos con otros de sus compinches hasta detenernos frente a la escalera que conducía a la estación. Las esposas me lastimaban como las esposas lastiman a sus maridos. Los policías descendieron, abrieron la puerta trasera y me sacaron del vehículo entre los dos, como si hiciera falta. Entramos al edificio y vi todo tipo de alimañas: policías, secretarias gordas, violadores, carteristas, drogadictos, burócratas, borrachos que juraban vengarse gracias a sus sospechosas influencias. Finalmente bajamos por unas escaleras que no conocía, recorrimos nuevos pasillos y aparecimos ante otro par de carniceros. Ellos se hicieron cargo de mí. 
El separo era grande, y su aroma deleznable. Qué hacía un artista en un lugar como ése? Sin ventilación, iluminado apenas lo suficiente como para ver al hijo de la chingada que presuroso se acercó a decirme:
      –Aquí no te la vas a acabar, puto.
      Le vi un labio recientemente herido, inflamado. Pero no me sentí con ánimos de pelear, sentía los brazos aún entumidos por las esposas. Traté de alejarme pensando si debía escribirse “entumidos” o “entumecidos”, porque el diccionario dice que “entumecidos” pero todos decimos “entumidos”, pero el tipo me cortó el paso. No le dije nada.
      –Qué dijiste? –me dijo.
      –No dije nada –le dije.
      Un tercero, a lo lejos, comenzó a insultarme, pero un cuarto salió en mi auxilio:
      –Déjenlo en paz, tiempo sobra.
      En ese instante la puerta del separo volvió a abrirse y uno de los carniceros entró por mí sin decir nada, sólo me jaló de la camisa. Volvió a colocarme las esposas y volvió a pasearme por las oficinas. Caminamos por varios pasillos. En fin, para ellos era necesario todo esto porque me exhibían como cazadores con una presa preciada, aunque yo me sentía como un guiñapo. Durante la caminata sentí cómo descendía la temperatura del vómito fresco sobre mi pantalón. Los policías continuaban con sus bromas bajas mientras las empleadas les coqueteaban. Una secretaria me cuestionó con un guiño:
      –Conque los mexicanos no tienen huevos, eh? –tenía sobre su escritorio un texto mío publicado en un periódico de mala muerte.
      Estábamos frente una puerta cuyo letrero leía: 
                  Legislatura de la literatura 
No entendí lo que sucedía. Qué hacía yo ahí, frente a aquel anciano obeso que me ignoraba con odio infinito desde un sillón? Por fin se dignó a mirarme:
      –Apestas –me dijo, frunciendo el gesto. El vómito, aún sin secar, hedía dentro de la oficina sin ventanas. Había montañas de papel por todos lados, pilas de manuscritos, fajos de fojas, notas de periódico marcadas con tinta roja, todo plagado de postits y acotaciones.
      Cuando el carnicero se despidió me percaté de que mis captores estaban también ahí, haciendo guardia junto a la puerta. Nadie me invitó a tomar asiento, de modo que me esforcé por mantenerme de pie.
      El viejo removió las fotocopias y recortes de periódicos sobre su escritorio y encontró lo que buscaba (hay método dentro de su caos, pensé yo, muy mamón). En voz alta leyó (mal) algunos fragmentos enmarcados que sólo hablaban de lo que él llamó indecencias. Lo arrojó todo al escritorio:
      –Usted ha escrito esto –sentenció sin alzar la cabeza, pero mirándome por encima de sus quevedos.
      –Permítame objetar: lo está leyendo fuera de contexto: hay método dentro de mi caos –intenté defenderme en sus términos.
      –La literatura –señaló, poniéndose de pie– puede tocar todo tipo de temas, pero esto?
      –Sólo intento hablar de lo que veo.
     –Escribe usted dios sin mayúscula, no abre signos de exclamación ni interrogación, utiliza dobles dos puntos, abre paréntesis dentro de los paréntesis…
     –Algunas cosas son de mi invención, pero otras ya se han hecho, yo sólo las…
     –Y sus temas, sus temas. La literatura jamás… jamás puede permitirse la vulgaridad, porque entonces ya no es literatura.
      –Pues fíjese que no concuerdo. Es usted quien está equiparando a la vulgaridad con la literatura, y puesto que no es equiparable a la literatura, ésta puede utilizar la vulgaridad como medio y como fin sin manchar sus inmaculadas alas y…
      El rostro del hombre se fue enrojeciendo, le temblaron los mofletes. Los subalternos se acercaron de inmediato y supe que era mejor callarme. Mi silencio, por fin, apaciguó al gordinflón, quien dijo, recuperando la circunstancia:
      –Hay talento, no lo niego, pero eso no lo libra de merecerse un correctivo.
     –Exactamente de qué estamos hablando…
     –Comenzaremos con un pequeño retiro espiritual en nuestras instalaciones. El aislamiento le sienta bien al alma. Luego, iremos a la raíz practicando desde el Mi mamá me mima
      –No mime…
      –Luego La Lola lee…, Ese oso se asea, etcétera… Cuando domine ese nivel, copiará durante horas los fragmentos más sentidos de nuestra literatura. Y como cereza en el pastel, se aprenderá todas las fórmulas que dominan nuestros literatos, tipo: “Sumergirse en la obra de…”, “Hacia una nueva cosmogonía en…”, etcétera.
      –Pero ya he hecho todo eso… –mentí, pero de nada sirvió.
      –Y después de evaluar sus progresos, lo colocaremos desde los peldaños más humildes del escalafón, esto es, redactando reseñas, haciendo crítica, escribiendo homenajes, y así, hasta que pueda proponernos una plaquette de cuentos o poemas para nuestra aprobación, etcétera…
      –Aquí hay un error…
      –Por supuesto que hay un error. Escribir esto –dijo, señalando de nuevo hacia las fotocopias– es un error, un atentado contra los logros de nuestros máximos autores. No lo vea como un castigo, sino como una reconciliación por las blasfemias que ha pergeñado contra ellos.
      –Pergequé –pregunté, pero me ignoró.
      –Lo fundamental es aprender que en la literatura, como en todo, hay jerarquías. Iremos escalón por escalón. Hay que hacer cola: cuándo ha visto a una sirvienta comprar tortillas sin esperar pacientemente en la fila.
      –Escuche…
      –No, escuche usted. Después de este intenso trabajo de recuperación, analizaremos los resultados y obraremos en consecuencia.
      –Y cuánto tiempo tomará?
      –No mucho, unos seis años…
      –Seis años!
      –Así es.
      –Pero es como hacer la primaria de nuevo!
      –Eso debió pensar desde el principio…
      Mis captores volvieron a maniatarme. En ese instante mi instinto de supervivencia hizo que se me ocurriera que si Mauricio Bares era un seudónimo, cuando más un personaje de mi invención, podía hacerlo pasar como si realmente existiera y fuera otra persona, así que antes de que lograran sacarme de allí, grité:
      –Éste es un error, teniente. Yo no soy Mauricio Bares, mi nombre es Anónimo Hernández, puedo probarlo –fue inútil, me sacaron a empujones, y al imaginarme escribiendo planas de La Lola lee, no me quedó más remedio que añadir–: Pinche anciano gordinflón!
      No comentaré lo que sucedió en el separo, sólo diré que, después de todo, el trato que recibí durante las siguientes horas fue “cordial”: seguía vivo.
      De pronto, hacia el amanecer, cuando arreciaba el frío, las rejas del separo volvieron a abrirse y uno de los gorilas me indicó con el dedo que me acercara:
      –Ya agarraron al tal Mauricio Bares.
      Quedé perplejo. Apareció frente a mí un tipo flaco y narizón, de mi estatura. Traía un raspón en el párpado derecho, en justa simetría respecto al escozor que yo sentía en el izquierdo. Y al observar la inflamación que el tipo presentaba en el pómulo siniestro, parecía que yo miraba en un espejo el chichón a la diestra de mi nariz. Pensé:
      –Que Borges, ni Cortázar, ni pura madre: allí estaba mi doppelganger! De carne y hueso, no mamadas!
     Lo empujaron hacia dentro y a mí hacia fuera.
      Desde entonces le llevo semanalmente sus paquetes de cigarros sin filtro. Me he gastado un dineral porque han pasado varios ciclos de seis años y el pobre no pasa de la primaria. Aún escribe Mima mame mima. Lalo la lee. Ese oso sea sea…

 

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