LA MALA LECHE TAMBIÉN SE MAMA

 

Por Alejandro Bellazetín

 

La manteca líquida hincha las pieles de lo que alguna vez fueron unos chanchos glotones. Los tronidos y las emanaciones de los pellejos friéndose se suman a la bulla y a los diversos olores que reinan dentro del mercado. En el local, el aceite en ebullición que sale del cazo va manchando las paredes, el mostrador, los delantales y todo lo que topa. Pero es de notar que la mugrienta pala que menea la fritura contrasta admirablemente con las inmaculadas manos de quien la empuña.

Porque las manos son territorios del cuerpo que uno no oculta y andan desnudas, Ignacio las ostenta pulcras. Cada vez que deja de palear las pieles agarra el trapo y se las asea, aunque enseguida vuelva a tomar la sucia pala. Ha de ser porque en ellas ha venido representando el intrínseco deseo de escapar al destino de chicharronero impuesto por su madre, quien también heredó el oficio. Y también porque así cree detener en él el continuo proceso con el que ella viene convirtiendo a toda su familia en unos puercos. La grasa ha sido un hábito de alimentación enraizado y la mala leche también se mama. Igual que sus manos, él siente ser la única decencia en su  familia. Es flaco y no se regocija en la melcocha que es su vida.

Observa con asco el escurrimiento del chicharrón que cuelga de los ganchos pero se interrumpe cuando su hermano le pasa la llamada del teléfono que ha timbrado. La voz de su novia que en pequeño sale del auricular le chicotea: ¡la bruja de tu madre es la mierda! ¡Nos ha lanzado a la calle y ahora no tenemos a donde ir! Y luego sollozos y luego el corte de llamada. A Ignacio el estómago se le enrarece rete feo y regresa al hervidero: los clientes ahí no faltan y su hermano lo vigila. Pero nada más termino aquí y voy y destrabo el pedo con la madre, mentaliza a la par del retortijón que invade sus entrañas. “La madre”, se refiere a la que es suya. ¡Ya voy!, le avisa telepáticamente a su novia y hunde con brusquedad la fritura.

Mete otro tanto de pellejos al cazo con la misma brusquedad con que los enconos que le unen a la madre se le enciman en sus pensamientos. De niño, cuando le corría a sus amigos a punta de insultos. De adolescente, cuando lo sacó de la escuela para meterlo al negocio. No se haga pendejo mijo, ¡usted será chicharronero!, le dijo categóricamente aquella vez mientras le acariciaba la mejilla con su mano gorda, anunciándole la buena nueva. Y ahora que es un hombre de treinta años, ¡Puta madre!, los recuerdos se le vienen encima como golpes de acero puntilloso. Le van acrecentando y enmarañando el nudo de odio que a ella lo ata.
           
Recién soñó un dibujo que le ha ayudado a poner en diagrama tales pensamientos. Era una suerte de árbol genealógico representado con fotografías: La madre, una agiotista, una cuina de cachetes rozados y cruel sonrisa, era el centro. De su boca salían varias mangueras, de las cuales, dos entraban en la de cada uno de sus vástagos. A través de esos dos conductos los alimentaba de veneno. Por uno fluía lentamente un líquido espeso y amarillento: era la grasa. Por el otro, con mayor fluidez, entraba la inquina.

En ese dibujo creado por su mente inconciente no aparecía quien fuera su padre, tal vez porque nunca lo tuvo y porque ella siempre le respondió, ¿Y quién es ese señor? En cambio él, su hermana y sus dos hermanos, uno ya muerto, aparecían claramente definidos. La hermana con ojos de loca deprimida. Pues cómo no va a ser si aún en estos días, cuando impera el oscuro silencio de la madrugada, sigue esperando a que aquel, el único y antiguo querer, brinque la cerca de su casa para cogérsela; sin importarle que desde hace mucho tiempo haya dejado de escucharle palabras cariñosas. Pura palabra cochina recuerda en su estrambótica y desordenada memoria. Te has puesto muy gorda, bien marrana. Sabe que nunca le volverá a decir “me gustas”, como cuando se le declaró en la secundaria. Ni “vete”, como cuando la cambió por otra un año después. Los hombres son malos, malos, le dijo su madre el día que abandonó la escuela a causa de ese desengaño. Y ni falta que hacen los desgraciados, nomás andan buscando saciar al animal que traen colgando. Desde entonces, hace veinte años, ella no sale de su casa ni para tirar la basura. Su existencia en el barrio se convirtió en un misterio. Le entra duro a los chochos y siempre está ida. Todas las noches se levanta a las dos de la madrugada y se sienta a esperar a que aquel salte la reja, aunque le hayan insistido que hace años que por ahí no se aparece.

            En cambio, el hermano vivo mostraba el rictus tipo mala madre; del ojete entre los ojetes. Es el puerquito preferido de la madre. De “su madre”; “ahí sí”, solía decir Ignacio cuando en eso pensaba; y es el encargado del negocio. El capataz que no da tregua ni otorga favores. En esa representación, el colesterol que segregaba la madre por una de las conexiones iba engrosándole las venas hacia dentro, envileciendo las arterias y el corazón. Odia a Ignacio porque tiene novia; porque se cree diferente. Un minuto de descanso, un peso prestado, un vaso de agua, son cosas que nunca le daría: son las amonestaciones que su madre, en el sueño, le estaba suministrando por la otra manguera.

En una tercera variedad del daño, los conductos que llegaban al hermano muerto habían dejado de trabajar. Por ellos no fluía nada: uno estaba seco y vacío, y el otro, tapado de grasa. Resultaba grotesco ver su faz mortecina embadurnada de cochambre a causa de la saturación. La actividad de los conectores cesó cuando la pesada sangre no pudo correr libre por sus venas. Murió alcohólico y acomplejado, soportando ciento cuarenta kilos encima.

¿Y entonces quien es el único pendejo que queda? ¿Quién el que tiene entrarle de lleno al trabajo sucio? ¿El que no tiene vida propia y si no se pone buzo nunca la tendrá? En el sueño a Iganacio también le correspondían dos conectores insertos en su boca. Pero a diferencia de los demás, a él sí le incomodaba tenerlas. Sus ojos de desesperación indicaban que quería arrancarlas, pero absurdamente, así son los sueños, se lo impedía la circunstancia de que para hacerlo tendría que ensuciarse las manos. No podía, por más que manoteara alrededor de ellas.

A menos, pensó después de recrear las mangueras del sueño por enésima vez delante del cazo, que alguien llegue y las extirpe. Su novia, por ejemplo, con la que tenía planeado largarse. Lo único que faltaba para tal cosa era pagar la deuda que los padres de ella habían adquirido con la madre. Pero por lo visto, por la llamada que acababa de recibir, eso no sería posible. No era difícil conjeturar que la madre había dejado pasar el tiempo justo para cobrar una suma impagable que la “obligara” a bisnear con las escrituras que había tomado como respaldo. No era necesario ir a ver su novia para saber que en ese momento ya estarían patitas afuera con todo y muebles; con la arenga de dos golpeadores contratados para eso. A menos, volvió a elucubrar, que la madre muera y deje de alimentarnos.

Inmediatamente después de imaginar todo esto recibe la segunda llamada. Le cuesta creer lo que está escuchando. Es una vecina que le dice: tu madre tuvo un infarto y ya se la llevaron al hospital. ¡Córrele porque no la alcanzas! Sin decirle nada a su hermano se limpia de nuevo las manos y sale disparado. Ansía alcanzarla con vida. Quiere decirle algo, no sabe qué, pero algo. ¿Alguna palabra de caridad?, lo duda ¿Tal vez aprovechar la humildad del moribundo para pedirle las escrituras?... En el trayecto, las emociones le llegan de golpe entorpeciéndole el pensamiento. Entra al hospital y sube al cuarto piso. Interroga a un médico. Antes de entrar al cuarto se quita el sudor de la frente con la playera que trae puesta, intenta calmarse con un suspiro y avanza hacia ella.

Ahí está la madre. Su enorme cuerpo se expande por todo el colchón y tiene aparatos conectados. El médico le ha dicho a él que en unos minutos su madre entrará al quirófano pero no le asegura nada. Está muy mal. Que sólo la vea y que no le hable. Se acerca y mira sus ojos apenas abiertos no como quien dormita, sino parecidos al remoto instante de afecto con que alguna vez lo miró. Las líneas de crueldad se han desdibujado de su cara y ahora sus labios se abren en busca de consuelo. Acerca el oído y escucha en voz baja: ¿Me perdonas, hijo, por lo que no te pude dar? En ese momento ve entrar a las enfermeras que han de llevársela a la sala donde le abrirán cuerpo. Las sombras alargadas en el interior de la sala le advierten que el atardecer va transcurriendo, que el tiempo y la oportunidad se agotan. Regresa su mirada y posa sus manos sobre una de las de ella para responderle: No madre, no te perdono; y sonríe con el mismo rictus brutal que, aprendido de ella, inaugura en sus labios.

Cuando sale del hospital el mundo se le antoja distinto. Con posibilidades. Pero su ánimo decae cuando se cruza con su hermano que va y le dice con voz chillona: ¡No te hagas pendejito, eh! Ahí te están esperando los pellejos.

 

 

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