Santoral
Esmeralda Ceballos
Los periódicos aumentaron su tiraje ese día. Hasta los hogares de los niños vendedores llegó la noticia de que sería una buena mañana. Uno a uno se levantaron adormilados para alcanzar una buena cantidad de impresiones que les mancharían los dedos.
Las calles no se impregnarían de olores comestibles, el transporte público no perdería su tiempo trayendo y llevando pasajeros. Nada era importante, nada. Excepto la noticia con la que había amanecido el mundo.
Lo conocían como el hombre de blanco, la viva imagen de la pureza, no hacía falta mirar su rostro para determinar que pertenecía al bando de los buenos. El pueblo lo había canonizado tras veinte años de lucha; el nuevo Santo, el que ocuparía el espacio vacío en la iglesia de las Divina Providencia: estaba listo. Días antes, la algarabía por la noticia se había expandido por todas partes. Finalmente el Vaticano había cedido, el pueblo de Minus, tenía un nuevo Santo.
Cuando él supo que ya no sería el rey de la ciudad de Minus, sintió miedo, por años había explotado al pueblo, y la llegada del nuevo Santo le quitaría confianza. Los gritos en la acera lo despertaron, una corazonada le advirtió que algo funesto le esperaba. Bajó las escaleras con su capa, que vaporosa, arrastraba por cada uno de los escalones. Urgía una junta de Consejo. Cada uno de sus hermanos se encontraba sentado con una taza de café en la mano. Nadie estaba tranquilo, aunque demostrara lo contrario. El apellido los acompañaría siempre, la dinastía estaba destinada a pasar a la posteridad, pasara lo que pasara. Sólo tenían dos opciones, o le prendían fuego a la ciudad como en la guerra de Troya o abandonaban el pueblo a su suerte y se dedicaban a seguir con sus negocios en otra parte.
La casa de corte español de diez hectáreas sería abandonada si no encontraban una solución rápida. El nuevo Santo obligaría al pueblo a creer en algo y eso era malo para el negocio.
Tinta negra coloreaba los dedos de quienes se habían atrevido a comprar el periódico, pese al mandato de la dinastía y su séquito. Las manos no deben ser negras, sino verdes-, gritaron los jinetes, que cautelosos temían un levantón por parte del pueblo.
Esa noche, el Rey tampoco dormiría; tenía la certeza de que algo que iba más allá de lo humano, acabaría con su vida. Pendiente del teléfono, se embriagaba con whisky, y en el techo un helicóptero aguardaba listo por si algo sucedía. Su séquito y pajes, tendrían los ojos abiertos durante la noche para aplacar los ánimos de la muchedumbre, si era necesario. El Rey, el dueño de la dinastía, se acercó a la imagen religiosa que tenía sobre su
escritorio y sin pensarlo, la estrelló sobre la pared.
Nadie sabe a ciencia cierta que fue lo que ocurrió esa noche, lo cierto es que el Rey, uno de los más jóvenes de la dinastía, amaneció con los dedos del Santo, incrustados en sus cuencas. La familia lamentaría para siempre esa muerte.
Por las avenidas caminaba una procesión que adoraba al Santo, su cuerpo casi desnudo denotaba cierta seguridad. Algunos dicen que su cara cambió a partir de esa noche, que en su cara confiada, se dibujaba desde entonces, una mueca de alegría.

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