TRES MOMENTOS FLUVIALES
Por Felipe Martínez Pinzón
A Eduardo Mitre
I
Primer ritual del día: Amanece.
Aún somos de la noche, su greda todavía,
recobramos las facciones, alfareros de nosotros mismos,
el día nos libera las manos para rehacer los rostros.
Apartamos de los ojos el aserrín del olvido, su tibieza,
la dulce mortaja de la almohada, su huella,
y frente al espejo, adivinos adivinados,
nos tomamos del nacimiento para aflojar,
desde la cintura,
el turbio material de los sueños,
bendita,
lenta agua del entendimiento,
su ruido nos despierta a nosotros mismos,
nos emblanquece la mirada
para ver en las espumas
al lunes ciudadano, su temible magisterio,
por el que navegamos, mareados.
Adentro de todos los santos días, nuestro cuerpo,
y afuera también del mismo
este otro día más nos envuelve, severo.
II
‘Nothing is so rejuvenating as oblivion’
Benjamin
Es la noche con sus trapitos de alcohol
para las heridas, es la noche
con sus patas de croché
ululando, insecta, la música del regreso.
Desgranados del mundo
llegamos otra vez a casa.
Exhaustos, nos rascamos la cabeza,
cruzamos la puerta,
abrimos la nevera
y en su luz contemplamos el universo,
su constancia: todo vuelve a la manzana.
La tomamos, la mojamos
en la misma agua de Pilatos
que nos dice, indulgente,
lávate las manos,
y mordemos, ¡por fin!, su carne prieta,
su jugo nos confirma
que hemos conjurado el pecado,
que hemos vuelto a un tiempo
anterior al perdón.
Esta noche nos merecemos una pijama
que ablande la carne, que la esponje
al borde de un río mullido de telas y respiraciones.
Cuando cerramos los ojos, sentimos
un molesto, tenue ruido apagarse
y sospechamos, con una sonrisa babeante,
que no estará ahí la mañana siguiente.
III
Tres de la mañana.
Jugamos con el gato del sueño:
a veces nosotros somos la madeja,
a veces la mano, a veces el gato,
a veces, solamente, el movimiento
de la hebra que nos va por los dedos,
al pecho, hasta la garganta
y nos seca la boca, la lengua
de cuero, felina.
Abrimos los ojos para ver
esos otros ojos de gato, rojos,
titilantes, que flotan en el brebaje oscuro
de nuestro cuarto, borrachos, electrónicos:
son las 3 : 18. – 3 : 19. Automáticos,
pero torpes estiramos el brazo
y empuñamos sobre la mesa
el vaso de agua ya mediada,
-densa, nocturna, cavernosa,-
como quien se aferra a una bolla
y recuperamos con el agua
la lengua, el pecho, las manos,
para perderlas de inmediato
en el movimiento de la madeja
con forma de gato, serpentina
continua, hebra que teje y desteje
-¡nunca completamente!-
el mundo del sueño
del sueño del mundo.

| Junio-Agosto 09 | •Directorio | •Editorial | •Proyecto | •Números Anteriores | •Contacto | •Links |