CUATRO POEMAS*
Por Luis M. Hermoza
[La casa en la playa que construimos...]
La casa en la playa que construimos
vuelve a ser
la misma casa olvidada que dejamos en el desierto.
Hoy lo pensé de nuevo mientras caminaba
de la carretera
a la orilla.
El mar es hermoso.
El horizonte enceguecedor.
Pierdo la vista donde van a parar las gaviotas,
los pescadores con los delfines,
las predicciones.
Puede parecer extraño,
pero introducir las manos en la arena tibia
es como introducir mis manos en mi memoria.
A pesar de todo,
te podría decir que
se conserva como la dejamos:
las paredes siguen siendo blancas
y las cortinas trasparentes continúan ondeándose
al compás
del viento.
El viento abre y cierra las puertas,
las ventanas rotas, a su antojo; los cristales lo hieren
pero necio vuelve a levantar la arena que se cuela
por la cerradura.
Nuestro espacio sigue en el rincón cálido de la casa,
pero una capa de arena lo cubre,
así que me cuesta encontrar
el rincón cálido de la casa.
Entonces saco las manos de la arena,
y vuelvo a mirar el horizonte.
yo miro el desierto. El viento es duro,
y despierta y mueve las dunas
como gigantes sonámbulas.
De lejos la casa se ve casi transparente,
pero no lo es, sigue allí.
(Me pregunto quién de los dos
estará ahora). Es cuando una duna
con vestido largo pasa bailando y dando vueltas
frente a casa. Es un espectáculo enternecedor.
Pero el viento azota.
Algún día introducir las manos en la arena tibia
será
como introducir las manos en la arena tibia.
(Tres)
Pies pequeños.
Pies de niño.
Sin heriditas;
sin laditos duros.
Suban y bajen de los toboganes.
Suban y bajen del sube-y-baja.
Suban y bajen de los columpios.
El parque.
En el parque había un laberinto.
No era muy grande,
pero algunos niños se perdían.
Yo me perdía con ellos. Entonces
cuántos pies enterrados en la arena, protegiditos
como si ocultásemos
alguna cosa.
Al final de la tarde
llegaban los padres,
los hermanos,
las niñeras.
Qué fácil lo quebraban todo
con sus coherentes palabras.
Todos nos encontrábamos.
Todos nos despedíamos.
Pie de niña.
Pie de niño.
Y pensar que una vez serán tan distintos
y ahora son tan iguales.
¿Cómo poder mirarte
sin sentirme abochornado?
Vieja insolente,
histéricas madres y padres cornudos,
parejitas de universitarios
que vienen a mejor pasar sus horas, ¡largaos!
Déjenme disfrutar
del mejor momento de mi tarde.
Esta tarde,
en este parque,
también hay un laberinto.
Sus paredes son tan delgadas,
tan transparentes,
que podría atravesarlas
sin ningún apuro.
Salir es fácil.
Entrar es fácil.
Llegar al centro,
no.
Canto 2
Pequeña virgen,
niña de 13 años,
tu amante entró por la ventana y agitó sus alas,
y de este modo levantó tu cabello reposado.
Tan pronto y lo has despertado;
él vino como si todo ya hubiese sido dicho
antaño.
Tan pronto
y cargarás
con el perdón del mundo en tu barriga.
¿Cómo lo soportarán tus piernecitas?
Tu felicidad
dará luz tu fruto venenoso. Pero
todo sea por mí,
y por mí,
y por mí,
y por mí.
Tu temor inicial se convirtió en calma
cuando aceptaste ceder a todos sus caprichos.
Y el placer se guardó en una celda
a la que acudes todas las noches
desde que él
te abandonó.
Desde que leí tu historia en el diario,
no puedo dejar
de pensar en ti.
El Mago
(o todos llamamos amor a lo que queremos)
La belleza vino
pero después
e igual la desvestimos
como a plátano de otra isla,
hinchado y deforme,
que nadie quiere pero tú sí,
pero yo sí. Vino.
Recuerdo. Recuerdas.
Al principio era sólo deseo,
perversión,
depravación al gusto. Remover.
La belleza,
mientras removías mi vientre
y lanzabas tus palabras,
mis palabras en ese momento, vino.
Y salió un geranio de tu boca. Y
aplaudieron todos los presentes,
incluso el señor más dormido.
Logré así, en esa posición, ver
tus pulmones
tan azules como manos sin guantes
en invierno después de lluvia,
tu esófago tan ca rra te ro so,
tu garganta que
cuando vibra abracadabras
bota pecanas,
almendras
y maní.
Del libro inédito El conejo del sombrero.

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