BRING DIR'S 

El sin alma
Por Mauricio Aguilar Amorós

 

Acto Número Cuatro (el que le da espacio al silencio)

…Para estas alturas frecuentemente se me llegaba a olvidar que aquello que estaba frente de mi era un maniquí. Charla que fluía entre risas, cigarros y copas. Recuerdos y anécdotas de las simplezas de la vida hacían de la conversación un verdadero deleite en la salita de estar de su departamento. Con mayor frecuencia el mismo pensamiento me invadía tan abrumadoramente que me resultaba inevitable salir de la plática para caer en el silencio y la mirada perdida. Mientras ella lo permitía yo le daba un trago al vino y después de exhalar el humo de un fuerte toque de cigarro recostaba mi nuca en el cómodo sillón mirando hacia las huellas de humedad que como nubes se dibujaban en el techo. Me preguntaba una vez más ¿cómo es posible que pudiese estar teniendo tan amena conversación con aquel jugoso cascarón de piel sentado en el love seat frente a mí?

De vez en vez le sorprendía observando fijamente mis labios cuando exhalaba el humo. Esa especie de gestos como de deseo, esas carcajadas como de comicidad y aquella supuesta sonrisa con dejo de alegría ¿Qué podría sentir aquella delgada silueta de mujer con ropas? Me invadía la curiosidad. “¿En qué estábamos?”

 

Acto Número Cinco (el de la ida al baño)

Los efectos del tinto. Cuando me paré al sanitario y sentí que me salía de cuadro. Fui al sanitario, oriné, me lavé las manos y observé mi rostro en el espejo. Ojeroso y con la mirada ya un poco perdida, me acerqué un poco más a mi reflejo para ver mis ojos fijamente, me enjuagué la cara para refrescarme y salí de regreso. Ahí estaba, sentada espaldas a mí moviendo al compás de la música su cabeza y la pierna derecha que entrecruzaba la otra. El humo de cigarro ya invadía el cuarto.

“Así es, Lucía;” dije al pararme junto ella. “Se supone que se acabó el vino e ibas a ir por más en lo que iba al baño.”
“Ándale, cabrón, hasta crees;” contestó sonriente mirándome fijamente a los ojos. Me regalaba una estampa sexy: su nuca recargada en el sillón, largas piernas entrecruzadas, en su mano derecha una copa semivacía y en la izquierda su cigarro, embellecida por un exquisito vestido de cóctel color guinda. Lo que comenzaba a convertirse en un exceso de taninos y fermento de uva, permitía que aquel pedazo de yeso, pintura y esmalte provocara una revolución hormonal en mi sistema.

 

Acto Número Seis (el que exhibe la fragilidad de un débil)

Suave música Lounge, los perfumes del vino y el humo de cigarro se apoderaron del ambiente del lugar. En la parte de abajo de la despensa de la cocina de junto encontré una botella mendocina Malbec, 2006. “Te salvaste, cariño, no vas a tener que ir al kiosco de la esquina.” Apunté.

Mientras me levantaba malabareando mi embriaguez, mi débil rodilla izquierda y la botella, me topé con su cuerpo muy cerquita de mí, sugestivo con pecho en alto y mirada devorante a diecisiete centímetros de mis labios. Tenía pose de diva, dejando caer todo su peso en la pierna derecha, y con la otra flexionada con compás ligeramente entreabierto.

Di un paso atrás, intimidado, sonriente y nervioso. “¿Dónde dejaste el sacacorchos?” Pregunté tratando de romper la tensión. La mía. “Te estás tardando” acusó. Ante la, para mí, obvia invitación, me quedé sin palabras viendo unos labios ya sin lipstick por el vino.

¿A qué sabrá este costal de tripas bien torneado? Pensaba. Cuatro segundos después que se sintieron como dos días de acoso, ella acercó sus labios sólo a un par de centímetros de los míos, para tomar el destapa corchos que reposaba en la barra desayunadora a mi espada. “Se te olvida que yo no sé usarlo ¿o qué?” Dio la vuelta y regresó a la salita.

Rota la tensión, la mía, procedí a abrir la botella y dije en forma irónica para evadir del delato de mi nerviosismo, “es que me pones nervioso.” Ella sólo regresó una carcajada y ordenó “ándale, payaso.”

 

Acto Número Ocho (el que no tiene tanta relevancia, pero es necesario)

Nuestro cada vez mayor estado etílico hacía que la conversación fluyera entre más risas y relatos estúpidos. Así también lo eran mis espasmos de silencio. “¿En qué piensas?” preguntaba con sensual sonrisa. “Nada… nada”. “¿Quién puede de dejar de pensar?” refutó. “Yo mero” dije. Y ante la poco ingeniosa huida, me amaga “Claro, sólo los animales no piensan;” para pasar a las carcajadas. Escapatoria poco digna, pero a final de cuentas exitosa.

Me devoraba la intriga cada vez más. ¿A qué sabrá esa envoltura vacía de mujer? ¿Qué se sentirá penetrar en su cuerpo hueco? Entrar a ella, a eso, a donde habita la nada, a la nada misma ¿Qué evidencia de excitación podría escurrir un trozo de carne sin alma? Navegar al vacío, sentir físicamente el verdadero infinito de la ausencia. Era un bulto de masa desparramado en un asiento frente a mí que platicaba, sonreía y excitaba. Un maniquí, una cáscara que aprisionaba a la nada.

 

Acto Número Nueve (en el que introduce al camino sin retorno)

Dentro de la más pura embriaguez, la chica se paró tambaleante. “Voy a cambiar la música. Verás;” me advierte arrastrando un poco la lengua. De su gabinete de CD’s sacó un disco de Nancy Sinatra y Lee Hazelwood; lo puso. “¿No te parece sexy?” Me preguntó y empezó a bailarme una especie de ago-go al ritmo sicodélico de la melodía. Sonriendo me levanto de mi asiento. Arrebatado por el alcohol y la intriga, el brillo del esmalte que reviste su piel y excitado como un animal, “que no piensa”, me abalancé hacia ella empujándola con un beso sin usar mis manos, acorralándola contra la pared. Ella respondió afanosa y las caricias y fuertes roses con las yemas de los dedos empezaron a recorrer nuestros cuerpos.

Por mi mente sólo recorría la cercanía al enigma de estar dentro de su abismo. Ella me empujó hacia atrás. Empezó a quitarse su vestido, mientras yo regresaba a la mesita de estar para tomar mi cigarro. Le di un toque como si fuese fuente de energía. Sin soltarlo de mi mano izquierda, regresé con mirada fija a su cuerpo escuetamente oculto por sus pantys mientras desabrochaba mi cinturón con la mano derecha.

Respiración agitada, besos, leguentazos por toda la piel, cuerpos tirados en la alfombra, ausencia de ropa y mi cigarro que hacía como de contrapeso que me equilibraba para no desmoronarme al piso en llamas de la inseguridad. No nos dio tiempo de llegar a su alcoba. Beber de sus labios bajos que humedecía más y más mi barba, manoseándola y ella a mi. Ahí estaba yo en el umbral del abismo, encima de ella, que yacía de espaldas al suelo, completamente indefensa como si estuviese tomada por una excitación inmensa, galopando hacia la cúspide de un orgasmo de juguete.

 

Acto Número Diez (el de la real intriga y las conclusiones)

¿Qué se siente la nada? Estaba a punto de descubrirlo. En el suelo, viendo hacia el frente, sobre de ella, con el cigarro en mi boca, mis brazos rodeando su espalda y mis dedos anclados en sus hombros, la penetro. Manos tratando de sujetarse a mi espalda y gemidos de ardilla en el armónico movimiento in and out de un pistón. Paré sin importar su disgusto para encender otro cigarrillo. Mi boca estaba ya seca suplicando humedecerla con un trago de agua. Decidí satisfacerla y caminé a la cocina para beber directamente del grifo de la tarja de la cocina.

Regresé con mi tabaco, ella yacía en la alfombra con los párpados cerrados retorciéndose mientras acariciaba todo su cuerpo.  Me fui sobre ella para directamente escarbarla con mi herramienta fálica. Tres o cuatro posiciones sin soltar mi cigarrillo hasta llegar al principio, el misionero. Cargándome con rápidos golpes a mi cigarro que sostenía con los dientes, llegamos de la mano a la parte más alta. Inhalo fuertemente por última vez a través del cigarro y eyaculo. Jamás llegué a exhalar ni por la boca ni por la nariz el más mínimo rastro de humo ¿Acaso lo tragué para siempre? Busqué mareado alguna señal que me dijera dónde habría quedado aquella estela olvidando completamente de la intriga que hace unos minutos me tenía tomado.

Ocho segundos después aquel volumen ruidoso, estético y vacío tendido sobre el suelo empezó a emanar por todo su cuerpo lo que al parecer había sido mi eyaculación, aquél último golpe a mi cigarro, él que sólo un cuerpo vacío pudo haber exhalado.

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