BOLSA DE PAN
Por César Gándara
Lo único que no me ha faltado, desde que se fue mi hija, son perros y gatos. Si te he de ser sincera, tuve mi preferida entre todo este animalero. Era la más tierna, la más linda. Se la pasaba todo el día entre mis piernas. Dormía conmigo. Pero, igual que todo lo que me ata a este pueblo, un buen día la perdí. Pobre de mi Manina. No se me quita de la cabeza el recuerdo de aquel día cuando el Brandy la destrozó de una mordida con sus enormes quijadas. Me entró tanta rabia que agarré y le di de palos hasta que mi brazo entumido y mi llanto y el jadeo me obligaron a parar porque sentía que me ahogaba. Todavía en el suelo lo pateaba con las pocas fuerzas que me quedaron. Y el Brandy inmóvil. Se acurrucaba y me miraba con esos ojos tristes, vidriosos, sin hacer un solo gesto. Ese animal era muy noble, lo que sea de cada quien. Cualquier otro me hubiera tirado la mordida para defenderse. Pero el Brandy, el Brandy no. De todas formas lo regalé.
Poco a poco se fue poblando la casa de animales. Primero llegó la prieta, esa gata negra que está encima de la mesa. Luego el rayado, aquél que está lamiéndose al filo de la ventana. Ellos se encargaron de que creciera la familia. ¿Los perros? Unos llegaron por su cuenta, otros me los he encontrado y así. Ya tengo doce.
No, no te levantes. Descansa. Necesitas reponer energías porque perdiste mucha sangre. Anda, come un poco.
Tienes suerte de seguir con vida. Casi no salgo de esta casa, pero anoche, cuando te encontré, salí a caminar porque la tormenta me puso muy nerviosa. Presentía algo malo, y mira, te encontré bajo el palo verde. Pero tú te lo buscas. Nadie te hubiera pegado un tiro si no te metes donde no debes. Ya me imagino, habrás salido aullando como perro. “Me llegó la hora”, pensaste, ¿a poco no?
Yo también he sentido miedo, sobre todo cuando vivía mi marido, que en paz descanse. Normalmente era una persona muy tratable, pero cuando tomaba era el mismísimo diablo en persona. Se desaparecía días enteros y luego regresaba con la cara hinchada de tan borracho, repartiendo golpes a lo primero que se le pusiera enfrente.
¡Déjalo en paz, rayado! Ese gato es como la chingada. Apenas ve que uno de los machos se le acercan a alguna de sus hembras y se pone como fiera. Es el único que se aparea. Todos esos que ves ahí los tolera porque son sus hijos y están jóvenes. Al rato que crezcan se van.
Una noche regresaba de casa de doña Rosa ya un poco tarde, me había pedido que le ayudara a preparar los tamales para el quinceaños de su hija, la Lupe, que era muy amiga de mi hija Gabina. Cuando llegué a la casa se me hizo raro tanto silencio, hasta los animales estaban callados, como si estuviesen atentos a los resuellos que venían detrás del sahuaral. Una espinita en el estómago me hizo asomarme a ver de dónde venían esos ruidos, porque yo normalmente nunca ando metiéndome donde no me llaman, y que me voy encontrando a Gabina. Estaba de pie, llorando con los brazos cruzados, miraba fijamente a su padre tirado en el suelo, con el pantalón desabrochado.
Mi marido comenzó a moverse, como si despertara de un sueño profundo. Gabina se fue corriendo hacia la casa sin siquiera voltear a verme.
Aquella fue la última noche que Pedro me golpeó. A la mañana siguiente, muy temprano, antes de que despertara, mandé a mi hija a Hermosillo con su madrina que, bendito sea el Señor, se casó con un hombre decente de allá y le dio a mi hija mejor vida de la que hubiera tenido de haberse quedado en este lugar.
Somos como esa bolsa de pan que arrastra el viento. No decidimos las cosas que nos pasan, el destino nos lleva a donde quiere y no podemos hacer nada. Si no, mírate. Tú no deseabas que te metieran esos tiros y ya ves.
A mi hija, desde entonces, sólo la he visto en una ocasión. Escuchó que Pedro había muerto y vino para confirmarlo.
–El día que te mandé con tu madrina me hice de este perro y tranqué la puerta todas las noches para que no pudiera entrar. Anduvo rondando la casa durante varios meses, borracho, suplicándome que lo perdonara. Cuando el viento corría un poco, me llegaba el olor a sotol de su aliento escondido tras los mezquites. Hace unos meses, una mujer vino a avisarme que había muerto. Vivía en un cuartucho en la parte trasera de su casa. Fue a buscarlo para cobrarle la renta y notó un olor a podrido. Lo llamó y no recibió respuesta. Forzó la puerta y lo encontró tirado en el suelo, estaba hinchado, roído por los insectos, y con una botella en la mano.
Gabina escuchó atenta mi relato. Me miraba con sus ojos grandes, almendrados y bien abiertos, como si viera las cosas por primera vez. Una verruga se trepaba sobre sus labios carnosos que reventaban de maduros. Quería abrazarla y comérmela a besos después de tanto tiempo de no verla, pero ella bien derechita, con su cabello largo y sus pómulos saltados como los de mis gatos, no me expresaba un solo sentimiento. Ni siquiera odio.
Así se quedó, calladita. Después de un rato comenzaron a escurrirle chorros de lágrimas. La cogí del hombro y la jalé hacia mí.
–No es justo –me decía entrecortando las palabras–. No es justo. Todo este tiempo ahorré para que le dieran la muerte que se merecía –temblaba de rabia–. Tenía que sufrir antes de morirse.
Desde entonces no he vuelto a verla. Me he quedado sola. Bueno, tengo mis animalitos que me quieren. Y que me perdone doña Rosa pero tienen sentimientos más nobles que las personas. Espero que Gabina esté bien, dondequiera que se encuentre.
Algo más de cinco años llevo aquí, esperando que algún día regrese. He llegado a pensar que… bueno, tú sabes.
“Ah, pero cómo habla esta vieja”, has de pensar. Pues sí, fíjate. Nadie me visita y tengo meses sin ir al pueblo. Por eso me aprovecho ahora que te tengo aquí.
Un día de estos me largo. ¿A dónde? Pues, no sé. A cualquier lugar. Es sólo que no he llenado ese vacío que dejó mi hija. Siento que debo permanecer en este lugar, y no sé por qué.
Pronto sanarán tus heridas y podrás irte. Ándate con cuidado, la próxima vez no lo cuentas. Lo más seguro es que no te veré de nuevo, con eso de que no tengo gallinas y tú sólo andas por estos lares en busca de ellas. Ni hablar, el hambre es cabrona.
Escucha, ladran los perros. Alguien toca la puerta. Me pregunto quién podrá ser a estas horas de la noche.

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