A veces demasiado otoño.
Son tan nuevos sus amigos. No quiere desgastarlos, ni que le conozcan mucho; ni entenderles demasiado. La novedad de su vida adulta. Conversaciones inusuales. ¡Tan nuevos sus amigos!. Lo que visten, lo que comen; su manera de drogarse . De tomar el cigarro. Su manera. Su nariz no se acostumbra al nuevo olor del nuevo cigarro. La celeridad de sus bocas apenas hablan lo que ella escuchaba ayer. El sonido de esas voces retumban cuando la música cesa. En su almohada se queda la vibración del sonido y la mancha espesa de la baba etílica. Juntos parecen el paisaje que le faltaba desvelar. A veces demasiado otoño. Carreteras casi a punto de turrón porque un descamisado echó el concreto ayer. Desviaron el tráfico y a mí se me perdió el camino. No sigo las señales porque allá se ve un oxxo. Gasolina en lugares suficientemente extraños. Lo que permanece no les importa. Ellos. Risas y charlas atropelladas, ansiosas. Carcajadas y comodines de baraja escapando porque sí. Porque ya se bebieron juntos todos los lugares. Atemporales. Apreciativamente sus mejores nuevos amigos. Detestaba los juegos de mesa. Ya no juega los mismos juegos. Juegan para descansar del volante. Juegan para competir. Juntos son adultos con pensamientos en calma. La resaca llega seca y amarilla. No tienen familia. Cuando están juntos no tienen familia. No dormir. Fiestas a punto de terminar… y para no dejarse caer sobre el sillón negro; despiertan a uno, a dos, a tres invitados. Es el último jalón que le da a su juventud y por eso cambia la música. Ella nos dice adiós con sus nuevos amigos. Un baño público. Quizá. Un espejo retrovisor. Quizá.
El viento agresivo en su cara, le pregunta ¿por qué no sube la ventanilla?

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