DE MOZART A LA AK47

 Leónidas Alfaro Bedolla

 

         Aquel día caminaba por las viejas calles de mi ciudad, admiraba las antiguas  fachadas de añejas paredes que se pierden con el tiempo, recordaba con nostalgia aquellas notas musicales traídas a mis oídos por los ecos que rebotaban de pared en pared buscando una salida para una posible llegada. Aun me parecía escuchar las melodías de antaño que surgían de algún piano de cola, elegante, de finas maderas que propiciaban sonidos muy cercanos a lo celestial. Quizá un vals, tal vez una obra de Mozart. Recuerdo que en alguna ocasión  me tocó admirar un conjunto de cuerdas acompañado por un concertista que tocaba en uno de esos pianos de cola, fue en el casino de la ciudad. Los asistentes, eran parejas muy bien ataviadas, ellas de elegante y exquisito vestido largo, blanco con collares de perlas; ellos de regio frac, obvio, negro. Bailaban con la cadencia y elegancia que sólo pueden provocar las notas de una bella melodía. En cambio ahora… la estridencia de la banda y esas voces gangosas de cantantes mal entonados y…  ¡Trarrarrarrattt! ¡Trarrarratarrata, ta, ta, ta!, la violenta ráfaga espantó mis pensamientos a la vez que  zarandeó mis nervios, volteé al instante y fui testigo del momento en que un joven bajó de una camioneta, con paso firme se acercó al auto último modelo que habían rafagueado con una AK47, frío, de precisión mortal, con una pistola de 9 mm., dio el tiro de gracia a cada uno de los ocupantes, enseguida giró, con la cabeza erguida sin voltear hacia ningún lado, se impulsó y de un salto se plantó en la caja de la Cheyene, el chofer aceleró, e inmediatamente desapareció dejando un fuerte olor a llanta quemada y un silencio de muerte.

         Todos los transeúntes, que por algún motivo andábamos cerca del lugar, con pánico  mirábamos el auto agujereado y las ensangrentadas cabezas recargadas en los asientos; poco a poco los más atrevidos fueron cercando el macabro escenario. Minutos después, muchos, diría yo, llegó la cruz roja y casi junto con ellos una lluvia de reporteros. Los primeros se apartaron casi de inmediato, habían comprobado que nada podían hacer; los segundos, hasta se atrevieron a abrir las puertas del auto para tomar fotos desde todos los ángulos posibles; muchos minutos más tarde, llegaron las corporaciones policíacas, primero los municipales, luego los judiciales y al último los federales. Será que respetan el grado, me pregunté. Ellos, los federales a empujones, codazos y voces tronantes intentaron imponer su jerarquía y se armó la batahola; así, daban cuenta de un hecho tan cotidiano en mi ciudad, mas no por ello, exento de asombro, y menos de terrible miedo.      

 

 

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