EL RESCATE DE LA FILOSOFÍA COMO TRASCENDENCIA
Raúl Contreras Omaña
Aún después de casi dos mil quinientos años, el problema de la definición de la Filosofía –así con mayúscula inicial— continúa vigente. Desde aquel “conocimiento de las cosas por lo que son en sí mismas”, pasando por el “arte que busca conocer las verdades últimas y los principios primeros” y hasta llegar a la actual y muy limitante “ciencia de los conceptos”, encontrar la ubicación concreta del pensamiento y de la creación filosófica nunca ha sido sencillo.
Personalmente, me considero un romántico de la Filosofía. Aceptar que “la ciencia que es madre de todas las ciencias” ha quedado reducida al mero estudio de los conceptos y palabras, junto con la relación que existe entre ellas y con el pensamiento resulta por completo deprimente. Y esto es porque, aunque nos expresamos a través del uso de conceptos, éstos no son más que meros reflejos, muy breves e imperfectos, de otra capacidad tan grande y pura que resulta inabarcable: el pensamiento humano.
Es triste observar cómo somos los mismos filósofos quienes acorralamos y limitamos poco a poco el campo de estudio de la Filosofía, arrancando una a una las plumas de sus argénteas alas, destronándola de su lugar en el paraíso de lo trascendente para convertirla en esclava de la materia, para quitarle lo que tiene de divino, para volverla un objeto cuadrado, limitado, concreto para una mayor cantidad de personas, lo que sólo refleja el temor que tiene el hombre moderno de enfrentarse a todo aquello que le resulta incomprensible y fascinante a la vez, de desafiar lo que sólo es imposible cuando se piensa en imposibilidad. Así, muchos filósofos contemporáneos han dejado de buscar el camino para ascender hacia los conocimientos absolutos y las verdades ocultas detrás de cada hombre y de cada elemento que conforma el universo, y más bien han buscado clavar con raíces sólo un pequeño campo de estudios que ya no es desafiante, que ya no se impone al resto de las ciencias sino que se oculta en el pequeño rincón oscuro que ellas no quieren ocupar.
Uno de los principales ejemplos de ésta que se ha convertido en la “nueva corriente” de la Filosofía lo constituyó Wittgenstein (1889-1951), quien en sus estudios más tardíos estaba plenamente convencido de que los filósofos, en el concepto tradicional, se encontraban dominados por las “supersticiones” de una interpretación equivocada del lenguaje. Así, la nueva tarea de la Filosofía era la de ayudarnos a destruir ese “embrujamiento” y adormecimiento de la inteligencia mediante todo una nueva visión y estudio del lenguaje, viendo clara y científicamente a este último, y evitando la tendencia de buscar una esencia o trascendencia que en realidad no existen. Para Wittgenstein, no hay nada oculto en el lenguaje, sino que hay que abrir los ojos para analizarlo objetivamente, para descubrir cómo funciona. Es por esto que ramas tan importantes de la Filosofía como la Metafísica, la Cosmogonía o la Antropología Filosófica perdieron, con él, mucho de su peso específico.1
Otro ejemplo lo constituye un texto –escrito en francés, aún sin traducción al español— titulado “Qu’est-ce que la philosophie?” (¿Qué es la filosofía?), escrito por los filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari, publicado por primera vez en 1991. En dicho texto, los autores definen la Filosofía como “el arte de formar, inventar o fabricar los conceptos”. Para ellos, los filósofos no tienen ya la misión de describir al hombre o al mundo que lo rodea, ni de buscar existencias superiores: la Filosofía sólo define la presencia intrínseca de los conceptos en el pensamiento humano, siendo éstos la condición sine qua non de la experiencia del hombre, y además variando su interpretación entre los individuos, por lo que una verdadera trascendencia o generalización del conocimiento se antoja casi imposible. Incluso ambos autores acaban por calificar a la Filosofía como una rama de estudios al mismo nivel que las ciencias y las artes, ya que todas tienen como fin el mero manejo de los conceptos, cada una en su área correspondiente. De hecho, “la filosofía –ahora con minúscula, refiriéndome a la degradada visión moderna de la misma— no es reflexión, contemplación o comunicación, ya que éstas últimas sólo reflejan la capacidad de un estudio determinado para crear sus propias ilusiones”. Los autores terminan limitando el campo filosófico actual a la enciclopedia, la pedagogía y la formación profesional comercial.2 Cuán tristes resultan sus conclusiones para los amantes de la Filosofía Primera.
Finalmente, la visión esquizoide de la Filosofía que comenzó en el siglo XX, dividiéndola según el área en la que participa (de la ciencia, metodológica, del arte, política, etc.) ha contribuido enormemente en su subordinación ante sus propias ramas de estudio: el todo se hace pequeño para caber en cada una de sus partes.
En mi opinión la Filosofía es Totalidad, es Trascendencia, es Verdad, es Teleología. Nos permite encarar el mundo cotidiano con una visión que, si bien no siempre es hermosa, por lo menos sí es robusta y penetrante.
Tal como lo cita en forma maravillosa el Maestro español Ignacio Izuzquiza: “Todas las épocas son épocas de desorientación cuando se está viviendo en ellas. Lo muestra una adecuada percepción histórica. Y es que la desorientación suele ser compañera constante de la contemporaneidad. Lo que llamamos ‘orientación’ se genera en y por la distancia.”3
Nuestro constante deseo de innovación muy frecuentemente nos hace perder la dimensión de los enormes logros históricos del pensamiento humano. Tal como las generaciones de jóvenes ante los sistemas morales y de enseñanza más rígidos de sus padres o sus abuelos: por momentos parece que la respuesta se encuentra en la ruptura radical y absoluta con la tradición, para redefinir el mundo a nuestro gusto. Pero esto muchas veces sólo significa la pereza de enfrentarse con esa tradición con las armas adecuadas, de estudiarla y desgranarla cuidadosamente hasta lograr comprenderla a plenitud, y entonces, partiendo de ese punto, tomar lo que es verdaderamente útil y fundamental, el tronco común del conocimiento estudiado, y entonces buscar entre los nuevos brotes del árbol aquellos que no intenten destruirlo o cambiarlo de especie, sino actualizarlo y embellecerlo, complementarlo y hacerlo florecer, para que la vida siga fluyendo bajo su sombra. Nuestro árbol se llama Filosofía, y su sombra omniabarcante es ahora más necesaria que nunca.
Demos nueva vida a la Filosofía, pero sin perder de vista la herencia del pasado. Sólo así lograremos evitar la desorientación de la contemporaneidad.
1.-J. Ferrater Mora; “Diccionario de Filosofía” (Tomo 4, Q-Z); Editorial Ariel Filosofía, Primera Reimpresión 2001; Barcelona, España. P.p. 3765-3769
2.-Gilles Deleuze, Félix Guattari; “Qu’est-ce que la philosophie?”; Les Éditions de Minuit; Paris 2005, France. P.p. 7-26
3.-Ignacio Izuzquiza; “Filosofía de la Tensión: Realidad, Silencio y Claroscuro”; Colección Pensamiento Crítico-Pensamiento Utópico, Editorial ANTHROPOS, Barcelona 2004, España; Pág. 70.

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