Germinación
por:
Adán Echeverría
Personajes:
Ariadna: 14 años
Frida: 20 años
Minerva: 32 años (embarazada).
Espejo
Un cuarto a media luz. Un Espejo de cuerpo completo que se va moviendo de un sitio a otro. Un sofá, una lámpara de pie (con poca luz), una mesita, en ella un vaso y un cubilete. Una cama con sábanas y almohadas rojas y moradas. Un espejo de mano. A los pies del sofá una soga.
Epílogo
Se levanta el telón. Espejo toma el cubilete y se sienta en el suelo friccionándose los puños, tallándose las palmas de las manos. Espejo juega al cubilete. Estira los pies y las manos hacia uno y otro lado. En el lado opuesto de la habitación se encuentran repartidas: en el suelo Minerva, en el sofá Frida, en la cama Ariadna con un espejo de mano. Todas con camisón y mallas. Transcurre un minuto en silencio. Sólo se escucha el batir de los dados en el cubilete que mueve el Espejo mientras juega. Al finalizar el minuto…
Ariadna: (Habla recostada en la cama, levantando sólo las piernas). Hace tanto tiempo que no tengo un laberinto. Hace tanto que no queda más que esta maldita gana de sentirse exasperada. Hace tanto tiempo que una no concilia el sueño. Ni las moscas vienen a jugarme la lengua. ¡Esto es un hartazgo! (se sienta en la cama). Nunca más van a llegar. (saca la lengua frente al espejo de mano). Si me quiero reconocer estable, no voy a irrumpir jamás en el estado de quien se siente morir cada vez un poco más. Habría que ser crisálida. No, mejor un toque de pintura en las piernas y ser oruga de fuego. No (medita) mejor habría que ser algo semejante a una bruja.
Minerva y Frida: ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Bruja! (sentadas, mueven los pies, patalean), yeeeeehhhh.
El Espejo deja el cubilete, corre hacia Ariadna, le quita el espejo de mano y comienza a interactuar con ella, siguiendo sus movimientos.
Ariadna: No más bruja que Sor Juana. No más bruja que la pinche Adelita, a quien había que seguir, cada palmo de tierra. Siempre, siempre tras el macho. Así no estaríamos aquí.
Minerva y Frida: Aquí, aquí, (dan brincos mientras cambian de lugar) acá, allá…
Minerva: (va apuntando hacia todos lados) Por todos lados nos vamos quedando de a poquito, yeeeeehhhhh. (Frida corre y se tira a la cama).
Ariadna: ¡Por esta cinturita que tengo razón! (se levanta el camisón). No habrá más balas para romperme el cráneo (se pone la mano en la frente como una pistola). No más diablos en mi cama, no más pesadillas. Si mi aquel, ahhh, mi aquel (de forma amanerada) sólo fuera humo.
Minerva y Frida: ¡Tuviste pesadillas otra vez! Bahhh (con desgano).
Frida: Tuvo pesadillas otra vez la muy miedosa. (a la audiencia).
Ariadna: Era yo una fruta colgada de un árbol, de pronto, era yo cadáver. Sólo las puntas de los dedos de mis pies sobresalían del agua. Porque, déjenme decirles que había agua; litros y litros de agua corriendo por mi vientre. Y mis vestidos colgados en las azoteas, un vestido rojo, un vestido verde, un vestido negro, para que el humo no les haga daño. Y luego, ahí sentada en el retrete (las otras dos se ponen de pie y caminan hasta cruzarse con la que habla, ninguna mira a la otra, ni miran a Ariadna).
Minerva: En el retrete siempre se piensa. Se piensa en el retrete.
Ariadna: Yo sabía que esperaba a alguien; esto de esperar se está volviendo molesto. Sabía que aquel a quien esperaba tenía unas manchas en la espalda, y algo acá merito (se toca la vagina sobre la ropa), que me iba haciendo cosquillitas, cosquillitas, y que ¡zas! se me cae la voz del árbol, ¿o era yo la que caía? (hace mímica de caer, Espejo hace mímica con ella, mucho más marcado), y caía encima de un caballo, y ahí nos íbamos… Cabalgando sí, cabalgando… Arre, arre, negrito, diría yo…
Minerva y Frida: ¡Sostén el sombrero! (hacen mímica), que no se te caiga… (cabalgan caballos imaginarios alrededor de ella).
Ariadna: Y ahí seguía huyendo, como saben huir los delincuentes, como huyen las manzanas que caen, como huyen las personas que comen las manzanas y no quieren que las encuentren. Lejos del árbol de la vida.
Frida: Las lejanías son tas oscuras y no se puede determinar el horizonte si todo lo que nos rodea es humo.
Minerva: El humo por aquí, el humo por allá… ¡bruja!, ¡bruja!, ¡bruja!
Ariadna: No más bruja que Sor Juana. Hay que irse lejos; dejar atrás los paraísos. Lo que una siempre espera cuando todavía es niña. Y es que permanezco niña de la cintura para arriba. Y aun presiento como la inocencia me escala hasta los senos. Los senos que nunca me dejan conforme. Me miro en el espejo (se pone frente a frente con Espejo, y éste la guía de la mano como espejo de cuerpo entero, reflejándola), me palpo entera, no puede ser que lo haya perdido todo. Qué caso tiene la vida si una va por ahí corriendo de prisa sobre ella, sin detenerse a respirar el viento.
Frida: El viento sólo cuando es rojo nos trae alguna esperanza. Si el viento continúa con su color violeta, no hay nada que esperar.
Minerva: Ni aunque se atragante el tiempo. El verdadero tiempo de dejarlo todo. Habrá que seguir esperando. No insistas ni seas aguafiestas.
Ariadna: Sólo queda respirar el sudor del humo que se te mete en la garganta, entre las piernas, (Minerva y Frida mueven la cadera adelante atrás como si fornicarán) como si eso fuera todo lo que una debe consumir antes de caer manzana podrida. ¿Cómo he huido siempre de los hombres, de las personas que siempre se entrometen en mi vida?; y corría, cabalgaba, corría, lejos, de algún sitio, de todo sitio (se sube al sofá), y miraba hacia atrás (apunta con el dedo a todos lados), esperando volverme estatua de sal, o sólo que mis huellas se hicieran de fuego.
Frida: Si ardieras en el fuego, todo sería mucho más fácil.
Minerva: El fuego, el fuego que lo consume todo.
Frida: Ya como ceniza, la espera no sería demasiada. Al final, de ceniza a tierra, y de tierra a flor, se cerraría el ciclo.
Ariadna: Más no había fuego, sólo este maldito humo que se mete entre los ojos… (se talla los ojos, comienza a frotarse el cuerpo como si estuviera arrancándose el humo que la rodea. Espejo camina detrás de ella, haciendo la mímica de un titiritero que la sostiene).
Minerva: El agua, el agua que lo aniquila todo.
Frida: Humo tenía que ser tu vida. Mi vida humo. La infeliz presencia cotidiana de este humo que abarca nuestros cuerpos. ¡Todas somos de humo!
Minerva: El fuego, el agua, el humo. Rojo humo para despedirnos.
Ariadna: Y yo mirando, y esperando, y sintiendo el humo que se mete por todos lados. Ahí detenida, como una estatua de sal.
Minerva y Frida: ¡Ella miraba hacia atrás! ¡Cómo una maldita estatua de sal!
Frida: Como que miras y miras y todo es un maldito lienzo. Un lienzo en blanco, detenido. Un amplio lienzo en blanco. Sin arrugas, sin cornisas, sin terraplenes, sin océanos donde morirse ahogado. Sólo una manzana flotando, calladita.
Ariadna: Exacto… (Espejo, va lanzando a Ariadna de un lado a otro del escenario, como si ella fuera un látigo).
Minerva: Hay que mirar hacia todos lados. No detenerse. Observar sí. Observarlo todo. Cada movimiento. Esperar sin detenerse. La vida aun esperando nunca se detiene. Como si el dolor de caer fuera el principio de una transformación completa. Luego del fruto, la semilla. (Minerva se soba la panza. Frida observa cuidadosamente alrededor).
Frida: Y la flor, no te olvides de la ceniza, la tierra y después la flor.
Ariadna: (Nunca deja de hablar, aun cuando Espejo la lanza de un lado a otro, de adelante hacia atrás)… Como si siendo humo flotara sobre el agua. En el principio era niebla flotando sobre el agua dicen, luego espuma, luego perla, luego Venus, luego mujer, luego musa, luego guerrera, luego poeta… como si una estuviera dentro del mismo sueño de esta pesadilla. Y ahí estaba flotando sobre el agua, cual manzana (se dirige a las mujeres, estira los brazos), o corriendo sobre el agua.
Minerva: El agua, el agua que va cayendo sobre nosotras. ¿Nos hemos ahogado ya?
Frida: Somos sobrevivientes.
Ariadna: Esta agua que lo cubre todo, que lo guarda todo, lo disuelve todo, lo niega todo, como siempre me ha negado, acá dentro (Se detiene de golpe y se toca la vagina), como si sintiera crecer el gusano… (Espejo deja de controlar los movimientos de Ariadna, se retuerce de pie, alrededor de ella, se acuesta en el suelo boca abajo y ella se para sobre su espalda).
Minerva: Acá sí está creciendo ese gusano. Crece tan rápido el malnacido. Crece tan rápido el bastardo (se frota la panza de embarazada). Son siempre esos gusanos, hijos de gusanos, gusanos todos ellos que van caminando. Sitiándonos con sus antorchas. Gusanos de fuego, gusanos de aire, gusanos de tierra y de agua. Siempre detrás de nosotras. Gusanos de humo. Dentro de nuestra ropa, dentro de nuestra carne, gusanos que son parásitos, para dejarnos así (muestra su panza a la audiencia), cargadas como las armas de fuego; como si fuera ese nuestro único destino, ser comida de gusanos.
Frida: Y esta gusanera que somos (Se lanza de espaldas a la cama). No tiene remedio (levanta las piernas, las abre y las cierra, las abre y las cierra).
Ariadna: (Sigue hablando, se agacha sobre la espalda de Espejo) … el agua evaporando, y dentro del humo me iba sobre los pastos, sobre el mismo caballo, sobre los sonidos, sobre los charcos, y todos saben lo que crece el sol al mediodía.
Minerva: Y todo ese sol que nos conforta. Esos gusanos de sol que vamos engendrando. En que nos vamos desdoblando para ser inmortales.
Ariadna: (sin parara de hablar) Ese continuo sudar y volvernos líquido. Ser ese charco de colores. Ese continuo sudar y ser tan solo un pedazo de mar que se contiene en estas paredes musculares. Esta agua que toma forma, que se aclara en la orilla del vaso que la contiene, que se sirve de una. Y una es tan acuática que no puede dejar de nadar.
Minerva y Frida: (a la audiencia) ¿¡Dijo nadar!?
Frida: Pues no que estaba corriendo, flotando, volando, cayendo, cabalgando.
Minerva: Ella dijo nadar, pero quiso decir flotar. (mueve los brazos como alas; Espejo empuja a Ariadna. Se levanta y se pasea brincando entre las tres, de la cama al sofá y alrededor).
Frida: No aguanto más la espalda. Qué carajo nadar. Nadar así, así, con este vestido y llenas las manos de pintura, no, ni madres.
Ariadna: Nadaba sobre mis paredes. Y pude descubrirme. Lo supe al fin. Hace tanto tiempo que no tengo un laberinto. Hace tanto tiempo que no soy un laberinto. Hace tanto que no puedo mirarme escapar hacia los campos verdes. Ya no quedan campos más que los desiertos; donde continuamente, como una maldita Adelita o una revolucionaria, con pasamontañas y todo, vamos detrás del macho, como si ese fuera nuestro maldito destino (se sube el camisón cubriéndole el rostro)…
Minerva: En el desierto miramos el fluir constante de la arena.
Frida: Como armas cargadas de cianuro.
Minerva: Como armas cargadas de sueño.
Frida: De flores.
Minerva: De gusanos.
Ariadna: (sin dejar de hablar) … Me voy cabalgando, siempre en busca de mi gloria, siempre en busca de mi rostro. Este rostro que soy, este rostro laberíntico que tengo. Mírenme (cara a cara con Espejo). Son estas arrugas de las que hablo, porque a mis catorce años: he vivido poco, me he cansado mucho. ¿Y Teseo que no llega?
Frida y Minerva: (en coro) Humo, humo, humo siempre detrás de nuestro cuerpo, enredándose en la carne, metiéndonos el dedo de humo (hacen mímica de fornicar). ¿Quién ha encendido el fuego? ¿Quien dejó prendidas las fogatas? (Minerva a gatas sobre la cama, Frida la cabalga, luego la toma de la cintura y la va nalgueando desde atrás).
Ariadna: Estas fogatas que somos alumbrando el laberinto.
Minerva: Quedarnos detenidas en la orilla del desierto, paladeando la muerte en los granos de arena. Con la lámpara de aceite encendida, por si ellos al final llegan por nosotras. (Ariadna se va quitando el humo, se araña, se tropieza. Espejo va detrás de ella sujetándola cada que se tropieza, para que no caiga).
Frida: (Se para en la cama) Apaguen la luz, ¿no ven que ya escucho la campana del tranvía? Es hora de chocar en esta historia que mil veces viene a repetirse. Y el dolor de nuevo a escalarme la espalda.
Minerva: ¿Dónde encontrar otro árbol para columpiarme?
Oscuro
1.
Ariadna y Minerva sentadas en el borde de la cama, una mano sobre el rostro, la otra mano sobre los senos. Espejo detrás de ellas jugando al cubilete.
Frida: (Sentada en un brazo del sofá, tiene un vaso de cristal en la mano y le habla). Cada quien tiene su propio vaso para el agua que la habrá de contener. Era yo aún niña cuando corría por las azoteas. (reflexiona en silencio) Era yo aún niña cuando decidí escribir poemas sobre la muerte. (levanta el vaso) Era yo niña cuando quise probar mis labios con los labios de mis profesoras (cruza las piernas). Demasiado niña para casarme con esa bola de humo que tenía tantos gritos atorados en la garganta.
Minerva y Ariadna: (en coro) ¡No más niñez robada!
Ariadna: Sólo besos en la frente. (Besa a Minerva en la frente. Espejo las mira de a ratos y sigue jugando al cubilete).
Frida: Porque caminar detrás de un hombre es una cosa, pero vivir bajo su brazo siempre será distinta (se pone el vaso en un ojo, como un telescopio).
Ariadna: (recoge los cabellos de Minerva detrás de sus orejas) El brazo fuerte en que todas descansamos.
Minerva: Brazos de acero, brazos de luz, brazos de cristal cortado.
Frida: No importaba cuánta dedicación le pusiera al arte, él era un artista y yo solo su pareja. La pareja del artista.
Minerva: Como si estuviéramos tan solo para adornarles la historia.
Ariadna: La histeria.
Frida: Ya no importa mi historia, ahí están mis biografías para que puedan entender el dolor en la espalda (se toca la espalda baja). Este dolor como de pájaros que se van comiendo una a una las vértebras. Eso ya no importa, nos dimos con todo y siempre nos amamos.
Ariadna: Y darnos y frotarnos, (le muerde el cuello a Minerva) y darnos nuevamente en todos los huecos del cuerpo. (le toca la vagina a Minerva; esta pone su cabeza, muy tierna, en el pecho de Ariadna).
Frida: Porque hay que ser una hembra de a de verás para sobrevivir a cualquier humo. (Tira el vaso al suelo; Minerva y Ariadna se abrazan con fuerza y sorprendidas. Espejo deja de jugar el cubilete y se para en la cama, los puños en la cadera. Ariadna y Minerva lo toman cada cual de una pierna, pegando sus mejillas a sus muslos).
Frida: O sentirse humo también, (estira las piernas y los brazos), ser un machito lleno de sobredosis para ir rompiendo manzanas por los campos. Ser un poco laberinto para perderse todo el tiempo y tener pretexto para morir de vez en cuando.
Ariadna: Y en esta angustia pensar que puesto que muero existo (se hinca en la cama abrazando la pelvis de Espejo, y acercándosela al rostro; Minerva con su carita tierna, besa los muslos de Espejo).
Frida: Una se acostumbra tanto al rostro de la muerte. Esa muerte sin fin en que todos nos vamos reconociendo. (Se pone de rodillas sobre el sofá; Minerva y Ariadna sueltan a Espejo y van tocándose una a la otra, sonrientes: nariz con nariz, mejilla con mejilla, las manos en los brazos, las palmas de las manos juntas, y el Espejo detrás de ellas, como un titiritero, guiando las acciones de ambas). El colmo fue cuando lo encontré en la casa, untándose en el cuerpo de otra. (Espejo hace mímica de jalarle los cabellos a Minerva y Ariadna -sin tocarlas-, ellas mueven la cabeza para atrás).
Minerva y Ariadna: (con cara de asco, empujan al Espejo) Tanto humo y tanta pena. Qué maldito problema.
Frida: Yo sabía que tenía otras mujeres, que era parte de su temperamento. Pero, carajo, que no las meta a mi casa.
Minerva y Ariadna: (se toman de los hombros y repiten) Tanto humo y tanta pena. Qué maldito problema.
Frida: Así que le dije: mi querido Diego, que te habla Frida, recabrón. Tienes que cambiar… Pero mi libélula, me dijo, mi querida rana (acá, Frida camina aparentando la gordura de Diego), si hago lo posible por cambiar; me lo ha dicho el médico; es una maldita enfermedad esto de tener tantas ganas de acostarme con mujeres, no puedo evitarlo. ¿No ves que desde los odios constantes y las paranoias entre nosotros; que desde el estado inquieto del alma es de donde surge mi obra? Cuando soy feliz, no puedo sacar ninguna idea.
Minerva y Ariadna: (se golpean la frente con la palma de la mano). Tanto humo y tanta pena. (hacen una pausa) Qué maldito problema.
Frida: Qué puede una decir contra esto.
Ariadna: Pero putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo. (Se pone el rostro de Minerva entre los senos). La vida no es solo darle color a los lienzos.
Minerva: Ni ser el lienzo mismo, sino tener los colores en la mano para irlo pintando todo, de acuerdo a nuestra forma de mirar el universo.
Ariadna: ¡¡¿Queeeeé? (se le queda mirando a Minerva).
Minerva: (encogiéndose de hombros). El universo que somos, el agua misma, la flor, la tierra. Somos las diosas mismas sin poder reconocernos.
Frida: Esta bien, tomaremos la misma medicina, le dije. Y nos fuimos engañando el uno al otro. Que las cortadas no puedan curarse.
Minerva: Estamos entrenadas para soplar sobre el fogón y calentar la leña. ¿Cuándo seremos leña para nuevos hogares?
Frida: Hay un límite para la venganza.
Ariadna: Y un límite para los hartazgos.
Frida: Como el límite del lienzo, el de la actitud, el del rostro que quiere una ponerse para caminar la vida (se sienta en el brazo del sofá), meterme al claustro como Sor Juana, vestirme de pirata y atacar la playa, o irremediablemente cogerme de cualquier mástil que me haga suponer que puedo ser intelectual.
Ariadna: Eso de ser monja, ser intelectual y abandonar la pasión, no va conmigo. Mejor será que sangremos todos. Desde cada hueco.
Minerva: Esos huecos que somos.
Frida: Liberarme de todos los prejuicios de manzana. Liberar el acto de ofrecerme manzana para sus dientes. Ser pera, o fresa, ser cicuta o navaja. (se pasa un dedo, como un cuchillo, por el cuello, por las muñecas). Y cortar de tajo ese árbol del bien y del mal. Tatuarme en los muslos: entrenada para la violencia.
Minerva: Que estos labios de rompope sean más cianuro que dulce erótico. (Pone un dedo de Ariadna sobre sus labios).
Ariadna: Entrenada para la violencia, me gusta.
Frida: Porque me tengo que imaginar de formas diferentes. Y lo hago. Soy todas las mujeres que han atropellado los tranvías. Todas las mujeres por las cuales se han escrito poemas que luego se han tirado a la basura. Pero ya conocen mi biografía, para qué repetirla, (Minerva y Ariadna corren hacia el sofá tomadas de la mano, se sientan a los pies de Frida).
Ariadna: Para sobrevivir a esta habitación que siempre esta a punto de desmoronarse.
Se hace un silencio. Espejo baja de la cama y se va hacia el otro lado de la habitación. Saca los dados del cubilete, y como si fueran unas joyas las va inspeccionando, elevándolas delante de su rostro. Mete los dados al cubilete, se sienta en el suelo, sacude el cubilete y tira los dados.
Frida: Era yo muy terca con mamá, o es que acaso el tipo me gustaba mucho. Creo que yo tenía un poco más edad que tú (apunta a Ariadna), quince o dieciséis (Espejo guarda los dados de nuevo, corre hacia la cama, donde esperará interactuar en un juego de mímica y sombras mientras Frida va contando historias), y que me quedo embarazada.
Ariadna: Y él se la llevó al río, creyendo que era mozuela.
Minerva: (Se pone de pie, y toma su camisón como capote, y hace mímica de torear). Olé por los días de gloria. Olé por el fango cubriéndonos el cuerpo. (Vuelve a sentarse).
Frida: Todavía siento los golpes de mi madre sobre la espalda. Los golpes al espíritu que fueron los que dejaron las heridas más graves. (Espejo se para sobre la cama, con los puños en la cintura). Pero él, todo un caballero, me tomó en los brazos y me llevó a vivir lejos de mi madre.
Minerva: Porque tú, como todas, estabas vestida del color de sus deseos. Y ese hilo de baba siempre se les cae hasta la cintura. Ese hilo de baba con el que quieren untarte. Así, así de romántico, te esperaba con los brazos abiertos, para abrirte de nuevo las piernas.
Ariadna: Qué clase de humo sagrado es el que te llena los ojos. (el Espejo se rasca la cabeza). Ese humo del que dices ser humo blanco y te lleva sobre las nubes. Bien sabemos todas que luego te dejará caer. Pero yo esperaba algo más oscuro. Colmillos, dentelladas, piel desgarrada, no tan sólo baba.
Minerva: La baba que también es roja, como el maldito humo.
Frida: Oscuro, como la noche del eclipse lunar, ha sido esta muerte que se me sube a las piernas.
Ariadna: Oscuro, como los moretones al rostro.
Frida: Como los tréboles marchitos, así de verde, así de oscuro. Pero vamos por partes. El tipo me cargó para cruzar la puerta de nuestro hogar. (Espejo carga una sábana y una almohada en sus brazos). Y el niño crecía en mi vientre.
Minerva: El viento va cantando en los incendios. De ahí que todo humo sea rojo. Una tiene que esperar para volverse ceniza, luego tierra, luego flor. No puedes ser flor toda la vida, ni estar detenida en los balcones, mirando como las mujeres de enfrente se suicidan. (Espejo destripa la almohada).
Ariadna: Entrenada para la violencia, eso sí que me gusta.
Frida: Fueron cinco o seis días los que me entregó una lujuria tal, que sentí que yo misma iba a volverme humo. A ser fornicante genocidio. Que todo edificio se cimbrara, que los muros de mis piernas se hicieran de algodón.
Ariadna: Es la profundidad de flor, nuestro ser orquídea. (Se levanta y camina hacia el otro lado de la habitación).
Frida: Date cuenta, tuve que dejar de ser agua para volverme humo. A la siguiente semana, me dijo que se iba a ir con los amigos. No llegó a dormir y quise hablar con él durante el desayuno. Fue la primera vez que me pegó.
Ariadna: Había ya huecos más propicios que le abrieron brecha. Era necesario continuar su recorrido de humo a través de las praderas. Y una como cabra al matadero, a esperar que llegue otra vez la pascua. (Las apunta, luego a la audiencia). ¿Eso somos, hueco, brecha, cabra, fiesta?
Frida: Su odio era directo contra mi embarazo. Sus golpes a mi vientre, las patadas en el suelo. Luego de mis lágrimas sus besos y ese violento sexo recorriéndome.
Minerva: ¿Y comenzaste a pintar la paredes de corazoncitos rotos, ojos sangrantes, fetos deformes, todos esos piquetitos? (Le dice mientras se acaricia la panza, ignorándola).
Frida: Hasta que con tanto golpe me mandó al hospital y perdí a mi único hijo. No fue a buscarme al hospital, mandó a uno de sus amigos de la oficina. Y me di cuenta que comenzaba a ver en mi lo que era yo de mercancía.
Ariadna: ¡Tanto humo, tanta pena! (gritando)
Minerva: Qué maldito problema (dice con ironía y desgano mientras se peina y sostiene el espejo de mano).
Frida: Este amigo fue el primero a quien le cobró por dejarlo poseerme. Vinieron otros compañeros. Cada uno con sus propios olores y humos de ajenjo, de almizcle, humos violetas y violentos humos que no hacían más que desangrarme.
Minerva: (Sobándose los pies, ignorándola). Las novias pasadas, son copas vacías, o algo así. La verdad es que me aburre tanto lloriqueo.
Ariadna: (Abrazando a Minerva) Tanto humo, tanta pena, no ves el maldito problema.
Minerva: El humo nos va llenando a todas. Yo prefiero incendiarme en otros brazos, que llorar tanto por las penetraciones. Acá no hace falta el amor. Ni la vida enamorada. Ni los jugos de manzana, ni siquiera los cantos de dolor que todas padecemos en el juicio honorable de nuestra virtud.
Ariadna: De qué virtud hablas. ¿De las malditas violaciones?
Minerva: Habría que mirar el cristal desde otro ángulo. Flojita y cooperando. Si tu vida esta tan llena de humo negro, sopla sobre los carbones y que las brasas sea fuego otra vez. (Jala de los cabellos a Ariadna, la pone en el sofá boca arriba, se siente en su pelvis, y, con el espejo de mano, hace la mímica de tener un cuchillo y clavárselo en el pecho). Habrá que apagar la fuente de tanto humo (se levanta aburrida, Frida mira hacia Espejo, ignorando la escena).
Frida: Vivir dormida era lo único que suponía posible. Así, él me mantenía amarradas las manos a la cabecera. Una noche, mucho después de que uno de mis violadores se había ido, él llegó y se sentó en la cama. Hoy seremos tres, me dijo. Creí que traía a otro de sus compañeros pero era una mujer, y recalcó: Te voy a enseñar como es el amor cuando es verdadero, y comenzó a desnudarla. (Ariadna y Minerva, le van rodeando con una soga el cuerpo. Espejo fornica con las almohadas). Y mientras iba penetrándola, estiraba la mano para tocarme el rostro (Frida se pasa los dedos por el rostro mientras la van amarrando).
Ariadna: Y el humo llenó la habitación. El agua que eras en ese momento era solo agua ensangrentada. La comunión, quizá, ya rancia.
Minerva: La roja comunión que todas nos comemos.
Ariadna: El pedazo de abismo que abriste en ese momento sólo se compara con mi laberinto que lleva años olvidado, desecho. Perdido en el desierto.
Minerva: ¿Ese desierto que tantas cruces va guardando en la memoria?
Ariadna: Ese desierto de voces que son un mismo eco, un mismo gemido que no deja de evaporarse al calor intenso del sol que los calcina. Ese gemido que va perdiéndose y agigantándose.
Minerva: Todos los rostros, todas las cruces, el mismo humo recorriendo las arenas.
Frida: A la mañana siguiente yo me había orinado del coraje y él me pegó de bofetadas frente a la mujer que reía. Y lo supe, había tolerado hasta esa noche. Algún impulso bizarro me hizo sufrir de una manera más que idiota. Ahora debía derretirme por completo, o saludar de nuevo a los estandartes.
Minerva: Se vuelve a poner interesante. (Tesa los nudos). ¿Dime cuántas veces has probado la cicuta?
Frida: Dejé que pasaran las horas, hasta que me desató para ir al baño y lo golpeé en la cabeza. Incendié la casa, con él aún inconsciente, y escapé…
Minerva: ¡Ves! (sacándole la lengua a Ariadna).
Frida: Huí de la ciudad hasta volver a casa de mi madre. (Frida da brinquitos amarrada) Le conté las cosas que me habían ocurrido, pero mi esposo ya había hablado por teléfono con ella, acusándome de abandono.
Ariadna: Retumban los tambores en el desierto.
Minerva: ¡Es la soledad que pasa!
Frida: La mala hierba jamás desaparece. Mi madre no me quiso recibir, me dijo que si decidí casarme joven era porque podía ser responsable de mi vida, que no viniera ahora a pedirle ayuda. (Espejo se estira de pie sobre la cama, y va girando las sábanas a su alrededor, luego, conforme Frida habla, va recogiendo la sábana, envolviéndose con ella y haciéndose pequeño).
Ariadna: Y entre ambos, tu maldita madre como un dios. Fue más su orgullo que la sangre de tus labios.
Frida: Las amigas me ayudaron a salir adelante. (Se detiene mientras va desenredándose la soga del cuerpo, y la va enrollando; Ariadna y Minerva brincan cada una con un pedazo de la soga). Tantas vidas para esta agua que soy, que me presiento.
Minerva: Tan solo una calumnia al día, eso es todo lo que podemos tolerar. Cuando el mar se agita, habremos de ser sargazo sobre las olas.
Frida: Ya caída de las nubes negras. Ya vuelta lodo, ya cascada, ya mar, océano, pantano, laguna, río, me miro siempre en los espejos. Esa agua que todas somos en el vaso que la aclara.
Ariadna: Qué puede una hacer cuando ni en su casa le creen, cuando es tu misma familia la que te da la espalda. (Se sienta en el sofá).
Minerva: Negar a tus padres. Es lo que tienes que hacer. Negarlos siempre.
Frida: No ser más un pedazo de la vida de alguien.
Minerva: No ser la mercancía.
Frida: Por eso no soy madre.
Ariadna: No todas las mujeres deberían ser madres.
Minerva: No me lo digan a mí, que cargo con mi propia vida para todos lados, y como tú, sólo recuerdo las bofetadas de mamá. Y este gusano que crecerá para que yo misma lo niegue antes que sea él quien me vaya negando a mí.
(Espejo se levanta desde las sábanas)
Ariadna: Hay mucho de animal en nosotros. Deberíamos ser serpientes en vez de andar peleadas con ellas. Yo no quiero pisarles la cabeza. Quiero llenarme de su veneno.
Minerva: En esta vida estamos hechos para negar a nuestros padres y ser negados por nuestros hijos. El que lo haga primero será el más infeliz de todos, y tendrá que vivir con ello. Habremos de adelantarnos. A este mundo, al fin se viene, no a sufrir, no a gozar, sino a predecir los sueños a los demás. Estamos preparadas para una nueva conquista como para un nuevo castigo.
Ariadna y Frida: ¡Bruja, bruja, bruja! (Se tiran sobre la cama y patalean)… yeeeehhh. (Espejo sale corriendo de la cama, tirando la sábana al aire)
Minerva: No más bruja que Sor Juana, ni tan piramidal, pero eso sí: nacida sombra y pretendiendo las estrellas. Pero acá sigo, grosera embarazada y torpe, sin poder reconocer el vuelo intelectual en que había de ostentarme.
Ariadna: La inteligencia está reñida con la pasión. Puedo tener toda la intelectualidad que crea. Puedo querer ser sumamente instruida, estudiar, gastar los ojos en los libros. Pero si una se deja involucrar en la pasión, si deja que sea el juego de la carne quien le dicte los pasos a seguir, entonces será difícil diferenciar el pensamiento.
Frida: Y ser pensamiento es todo lo que nos queda. Pensarnos y existir.
Ariadna: Nos vemos pensando en lo que diremos, en lo que haremos, y cuando el momento llega, la pasión viene a traicionarnos y acabamos, las más de las veces, haciendo todo lo contrario.
Minerva: Llenándonos de humo por todos los huecos, y luego engendrando gusanos.
Frida: Pues ahí me tienes que en una de mis formas humanas, me enamoró de otro tipo de humo. Humo rojo, casi morado. Nos fuimos creciendo en el vientre dos gusanos que quizá alguna vez tendrían que ser mariposas. Pero las cogió el humo entre sus brazos, y desde muy niñas comenzó a violármelas. Quiero creer que yo misma no estaba enterada hasta el momento en que lo sentenciaron a cuarenta años de cárcel.
Ariadna: ¿Entonces lo sabías?
Frida: Quiero creer que no me daba cuenta. Ni siquiera de las heridas. (hace una pausa. Espejo toma el cubilete y suena los dados en él). Para ese momento mis lágrimas tenían dos afluentes. Uno por las niñas, otro por el macho que ya no tendría a mi lado todo el tiempo. Quizá dentro, muy dentro, pensaba que ahí, en la penitenciaría, sería solo mío. Hay hombres a quienes no se les debe permitir la libertad.
Minerva: Y mujeres que no deberían ser madres.
Ariadna: Porque nadie sabe lo que es ser esclavo de un amor imperioso y ardiente, que todo lo pica como el escorbuto.
Frida: Porque ni siendo esclavos, somos prisioneros de nosotros mismos.
Minerva: Cualquier barco parecerá un tesoro, y cualquier dios, hasta el más bajo, algún tipo de libertad. Más de dioses y de retablos están llenos los templos. Pero este templo que somos todos, no debería ser profanado, menos en la infancia.
Minerva y Ariadna: (en coro) ¡No más niñez robada!
Frida: Recluido pensaba que lo tendría sólo para mi. Y fui a visitarlo. No quisimos hablar de gusanos sino de manzanas. Habrá que definirse sincera cuando se entra a un cuarto de dos por dos, una cama de cemento, para atragantarse de humo las entrañas. Él estaba hermoso bajo esa luna que acaso filtraba tenue entre las rejas de la penitenciaria. Lo amé tanto hasta fundirme. Me despertó la bulla, al amanecer. El humo era ahora péndulo. Las puntas de sus pies apenas rozaban el piso. Sus ojos eran unos espejos empañados.
Ariadna y Minerva: ¡Cuando te hayas ido, me envolverán las sombras! (Brincan la soga y se la van enredando un poco en el cuello). ¡Las sombras, las sombras, las sombras sobre el tiempo! (Espejo brinca con ellas, pero sin soga). ¡Las sombras, las sombras, las sombras sobre el tiempo!
Frida: Espejos empañados eran sus ojos. A mi, me cubría la sombra de su cuerpo. Ahí estaba, tenía aún su olor en mí, y lo veía agitarse al viento. sus ojos detenidos, sus labios abiertos, y esa baba, como siempre, escurriendo. Sólo sombras se forman dentro de los sueños del que muere. (Comienza a brincar también la soga)
Ariadna: (Deja de brincar) Una no puede quedarse esperando, habría que ir hacia el horizonte. Alejarse del humo que lo llena todo, hasta la mirada. Caminar en vez de seguir en esta espera.
Frida: Y con su muerte vino la angustia de no saber qué hacer con tanta libertad.
Ariadna: Caminar al horizonte.
Minerva: (mientras brinca la soga) Mejor esperar. Esperar con las lámparas de aceite encendidas. (deja de brincar) Tienen que reconocer que hay un tiempo para amar pero hay que saber desatarse a tiempo. (Espejo deja de brincar y se pone de pie sobre el sofá. Ellas dejan de brincar y quedan estáticas en su lugar mirando cada una a diferente ángulo. Espejo baja del sofá, se sienta en el suelo, se fricciona los puños, se talla las palmas, toma el cubilete y juega durante treinta segundos).
Oscuro
2.
Minerva esta de pie junto al sofá, las manos abrazando su prominente barriga. Frida está peinando el cabello de Ariadna, sentadas en la cama. Espejo sentado en el sofá, juega el cubilete entre las manos, mientras va mirando hacia la audiencia y suspira, serio. Dejan pasar 30 segundos. Luego…
Minerva: Es irracional el hecho de estar embarazada en el momento en que una no quería estarlo. (Espejo se pone de pie, camina hacia la cama, se sube en ella, en la parte de atrás, y se queda quieto, irá moviéndose lentamente, haciendo gestos, mímica, mientras las mujeres hablan).
Frida: Las cosas nunca salen como las piensas (sigue peinando a Ariadna).
Ariadna: Vas caminando con las ideas en la cabeza y de pronto (toma de las muñecas a Frida), ¡zas!, todo te sale diferente (empuja las manos de Frida).
Minerva: Soy conciente que el sexo para mi fue una experiencia temprana.
Ariadna: (a la audiencia) Presumida… (Minerva se pasea coqueta hacia la cama. Se detiene junto a las mujeres, le acaricia el cabello a ambas, y estas ronronean y maúllan, frotando su cuerpo contra las piernas de Minerva. Minerva se sienta en la cama, y las dos mujeres se tiran a sus pies, besándoselos).
Minerva: Después de las consultas al sicólogo es muy fácil culpar de mi vida a mi madre. (se para en la cama, se mira en el Espejo, y se acomoda la ropa).
Ariadna: (Enojada, se sienta y grita furiosa). ¡¡Y en medio de nosotras, tu madre como un dios!!
Frida: (Se pone de pie, se trepa el camisón sobre la cabeza como una mantilla, y junta las manos como una imagen religiosa). Esa anciana adorada y bendecida, que con su sangre me dio vida, y ternura y cariño; esa, que fue la luz del alma mía, y lloró de alegría, sintiendo mi cabeza en su corpiño. Ahhh (suspira amaneradamente), esa mujer amada…
Ariadna: No sigas (interrumpe insultándola con un ademán). Si las jaurías pudieran hablar. Ay, si pudieran. Madre es la que educa, no la que engendra. Eso del: honrarás a tu padre y a tu madre (lo dice burlona), no debe aplicarse en todos los casos.
Frida: Que diría tu madre si te escuchara (se santigua con la mano izquierda, mientras hace gestos de burla).
Minerva: (Jala sus rostros hacia ella) Desde chica supe que le era infiel a mi papá (se pone de pie y las toma de nuevo de la cabellera), hasta con sus amigos. Ay mi papá. Sólo se dedicaba al deporte.
Frida: El futbol, el futbol, el futbol, en su vida todo era el futbol.
Ariadna: Aquellos hombres necios, cuyo balón es un mundo aparte.
Minerva: Quizá por ser más viejo, o porque no tenía el dinero suficiente para darle. Cualquier cosa sería pretexto y mi madre, siempre podría argüir que algo la impulsó a irse con otros.
Frida: El futbol, el futbol… ay el viejo, tu querido viejo.
Minerva: La verdad es que para mi madre, el sexo era su maldito vicio.
Ariadna: (Con cara de angustia, a la audiencia). Pero qué tiene de maldito el maldito sexo. (Se lleva un dedo a la cabeza insinuando que Minerva está loca).
Minerva: Era un exceso que me llevara con ella a sus encuentros.
Frida: Claro que era un exceso, pero con el sexo, se deja de pensar, chiquita.
Ariadna: Cuando una anda en esto de la infidelidad, siempre se deja llevar por la pasión. Hay tantos hombres que no entiendo el por qué conformarse.
Frida: Eres muy chica, pequeña. Mi adorada criatura, dulce boquita de nardo (acerca mucho su rostro a la boca de Ariadna).
Ariadna: No empieces, tú… (la empuja).
Minerva: No sé que piense ella. Habría que preguntarle. (hace una pausa, y las mira) Pero ya me veo diciéndole a mi mamá (sarcástica) que recuerdo haberla visto entrar a la recámara con el mecánico, cerrar la puerta y salir luego de más de media hora.
Ariadna: ¿Escuchaste tras la puerta?
Frida: ¿Te asomaste?
Minerva: Era yo pequeña. Y no sé si eso tuvo que ver, es decir, no se si es hereditario, o si yo fui muy apasionada desde pequeña
Ariadna: Se dice precoz.
Frida: (Con desdén) Resúmelo como: eras muy puta.
Minerva: Pues sí. Mi madre me dio una bofetada, y me hizo prometer que no había visto nada.
Ariadna: Madre solo hay una, lo dicho.
Minerva: El caso es que el primer novio, lo tuve a los catorce años; el mismo que me desvirgó, ¡zas!, que se casa conmigo.
Ariadna: ¡No me jodas!, ¡zas y más zas!
Frida: ¡Zas!, ¡Qué tonta!
Minerva: Se volvió tan celoso. (se mira las uñas).
Ariadna: Es que… a esa edad…
Minerva y Frida: (voltean a ver a Ariadna, sorprendidas).
Ariadna: ¡¡¿Qué?!! Dije algo mal…
Minerva: (golpea con la palma de la mano la cabeza de Ariadna). Eso de crecer juntos, explorarnos desde pequeños.
Frida: Idioteces del amor.
Minerva: Para mí era divertido. Me costó darme cuenta que estaba casada. Que las cosas tenían cierto orden, y empezó a fastidiarme, en verdad.
(Ariadna corre y brinca el sofá para caer sentada en él. Frida se lanza para atrás en la cama, Espejo se asusta y tira el cubilete. Cae de la cama. Frida pasa la mano por las colchas de la sábana, se acuesta boca abajo, mirando hacia Minerva).
Minerva: No había cumplido ni catorce años cuando me llené de humo la primera vez…
Frida: ¿De humo? (se sienta en flor de loto sobre la cama) De semen dirás. Tu vida es tan patética, que la verdad ni la poesía aplica. Has venido a despedazar todo el humor que teníamos hablando de humos y dobleces, y vasos que nos contienen. La infidelidad de una mujer casada, es algo que, francamente (hace una pausa), esta tan visto (se burla).
Ariadna: Niñas, niñas, no peleen, no apliquen la venganza entre nosotras.
Minerva: Yo te dejé contar tu puta historia.
Frida: Tú lo has dicho. Era una puta historia. No la puta que cuenta una historia boba.
Espejo se levanta del suelo, se rasca la cabeza y camina junto a la cama mirando a las mujeres que discuten.
Ariadna: Dejen de estar puteándose una a la otra.
Frida: Esta Minerva, que no tiene espacio en la cabeza para darle a la historia un poquito de emoción.¡Ay, mi madre, ay, mi esposo celoso, ay, yo que le fui infiel! (burlándose)
Ariadna: La verdad sí, Minerva, súbele un poco a la emoción. Estábamos hablando poéticamente, y ahora parece un vulgar melodrama tu vida.
Minerva: Una siempre arde como leño verde. (Frida y Ariadna, se golpean la frente con la palma de la mano, desaprobándola). Y el humo todo lo abarca, lo pica como el escorbuto. (Espejo se para sobre la cama, detrás de Frida y ésta se recuesta en sus piernas).
Frida: Ay, el escorbuto (sigue burlándose).
Minerva: Era bien flaca. Apenas tenía unos pezoncitos que sobresalían de mi pecho de niño
Ariadna: No mames Minerva. A eso se refiere Frida. Le quitas todo lo poético a tu historia.
Minerva: Y cómo quieres que diga: ¿Yo era apenas el botoncito de una flor? ¿una orquídea venenosa en ciernes? (se burla, enojada).
Frida: Estamos acá esperando que lleguen… (no para de hablar)
Ariadna: Si llegan.
Frida: …y tratamos de entretenernos contando historias para matar el aburrimiento de la espera…
Ariadna: ¿Existe la posibilidad de que no lleguen? (se muestra angustiada)
Frida: …y sales con una historia que nos termina de aburrir.
Minerva: Pero es mi historia. Quizá no puedo expresarla como ustedes dos lo hacen.
Ariadna: Qué es exactamente lo que nos quieres decir.
Minerva: Estaba casada, aburrida, fui infiel y durante las infidelidades me topé con un hijo de la chingada que me movió el esqueleto terriblemente.
Frida: Ahí está. Ahí tienes algo.
Ariadna: Claro. Si el esposo era un idiota, para que queremos saber de él. Que se pudra y listo.
Frida: Háblanos del tipo.
Minerva: ¿Del hijo de la chingada? (Se sienta en el suelo, pensativa)
Frida: Pero no vayas a empezar con tus: es que sentí que me enamoraba y bobadas como esas.
Ariadna: No, no. Mejor háblanos de las trastadas que te haya hecho.
Minerva: Quería divertirme con él. Y ese era el trato. Pero me embaracé.
Frida: Y dale con tus cursiladas.
Minerva: Es que con mi esposo no podía embarazarme (le dice a Ariadna, justificándose). Pérate, que acá viene lo bueno.
Ariadna: Te estás tardando.
Minerva: Me embaracé de este tipo, y no se si eso, o todo lo que él significaba, el caso es que sí. Creo que me enamoré.
Frida: Pero que cursi eres Minerva (hace una ademán, insultándola y se tira de espaldas con una almohada cubriéndose la cabeza).
Ariadna: ¿Ese fue el error?
Minerva: Claro que fue el error. Respiraba, caminaba, dormía pensando en él. Y el maldito de mi esposo cada vez me tenía más harto.
Frida: ¡Lo dejaste y te fuiste con él! (grita desde debajo de la almohada).
Minerva: Claro que no. El tipo era un maldito gigoló. No tenía intenciones de que yo me fuera con él.
Ariadna: (suelta la carcajada) No mames.
Minerva: Siempre andaba sin dinero. Y como mi esposo ganaba bien, pues con el dinero que me daba, le daba yo todo a este tipo. Le prestaba dinero, lo llevaba al cine, a cenar, le compraba ropa. Nos divertíamos a costa de mi esposo.
Frida: ¿Y el embarazo?
Minerva: Nos encantaba burlarnos de mi esposo. El tipo me tomaba en todos los cuartos. Hacía cada locura con él. Me tomaba fotos, filmábamos videos, (recuerda entusiasmada, alegre), hasta le prestaba el carro.
Frida: Sí que era un gigoló (Va jugando con la almohada, la lanza al aire. Espejo esquiva la almohada).
Minerva: Mi esposo se enteró. Me corrió de la casa. Le mostró las fotos y videos a mis padres. Quiso matar a este tipo.
Ariadna: ¿Y quién no?
Minerva: Yo no, claro que no. Mi esposo me dio una golpiza y perdí al niño.
Frida: ¿Te fuiste con el tipo?
Minerva: Claro que no. El tipo me mandó a la chingada (hace mímica). Derechito, derechito.
Ariadna: Era un gigoló. No cabe duda.
Minerva: Claro que sí. Lo perdí todo (mientras cuenta, camina rápido y va girando feliz, y se detiene con la nostalgia en los ojos, camina lento): A mis padres, la buena vida que me daba, el trabajo, el bebé… todo (remata cayendo de rodillas al borde del escenario; se hace un silencio breve).
Ariadna: Y al tipo (sentada en el brazo del sofá).
Minerva: Claro que no. Nada de eso. No podía perderlo. Lo buscaba, le suplicaba, me arrastraba para que no me dejara.
Frida: Qué patética. (se sienta en flor de loto)
Minerva: Me fui sintiendo cada vez más hundida en el lodo. En el propio lodo que se iba formando sobre mi.
Ariadna: Hay plumajes que cruzan el pantano.., desde luego, tu plumaje no es de esos.
Minerva: Y pude hundirme más (voltea a verlas, y se levanta de un salto). Pero el tipo, en el colmo, no solo me tenía a mí, además de su esposa, andaba con otra tipa. Hasta se la llevaba en el carro que yo le prestaba.
Frida: No podía faltar. El cabrón además era casado.
Minerva: Tienes a otra verdad, lo enfrenté (lo dice enojada), y mientras se vestía contestó: Tú eres la otra, llevo más de dos años saliendo con esta niña (lo con voz mas grave, imitando al hombre). En ese momento me perdí. (Espejo brinca fuera de la cama). Fue como si mil cuchillos me destazaran la espalda. Me fui sobre de él a golpes, y él no se inmutaba (lo actúa). Sonreía. No me pegaba. Como pudo me atrapó en sus brazos, y sentí de nuevo su erección. El maldito acabó haciéndome el amor (cae otra vez de rodillas), y luego que terminó se fue sin decir nada más.
Frida: Cómo me dan pena las abandonadas.
Ariadna: Tú misma lo dijiste, las novias pasadas son copas vacías. Eres una copa vacía, ni hablar.
Minerva: Cómo se atrevió a despreciarme (con ira). Sobre todo a mí (aumenta la ira). Eso pasaba por mi mente a cada instante. Lloraba de rabia. Cómo se atrevía a pensar en otra, si me tenía.
Ariadna: Solos sobre la tierra se penetran, se van matando el uno al otro (toma el espejo de mano, y se mira, coqueta, en él). Está escrito (remata).
Frida: La vida tiene tantos lados para poder mirarla. Es como un dado, hay que intentar nunca ser la cara pegada al suelo. (Espejo suena los dados en el cubilete, y los tira al escenario).
Minerva: Sigo sintiendo un odio acá dentro, que me desgarra las venas, un odio que se me clava entre los ojos. (hace una pausa, y cambia de actitud) Pero si viene por mi, estoy segura que me vuelvo a ir con él. Y espero que venga.
Frida: El mundo se despoja de sus máscaras. La muerte termina siendo la única esperanza. El horizonte hacia donde debemos seguir andando. Esta espera continua tiene que ser la muerte. Lo sabemos.
Ariadna: ¿Lo sabemos? Pensé que nos habíamos ahogado en nuestra propia vida.
Minerva: Al poco tiempo me dediqué a buscar a otra persona, y lo conseguí. Un hombre poderoso, sin miedo; violento pero comprensivo. Que se dedica a satisfacerme. Eso me dio fuerzas de nuevo.
Ariadna: Tenías que luchar por encontrar tu verdadero rostro. Habías dejado de ser tú, sin darte cuenta (se va acercando a Minerva, Frida se baja de la cama). Te diste cuenta que tenías que encontrar las calles de ti misma. La salida del mismo laberinto en que todos coincidimos. El árbol que te permita columpiarte en una vida feliz, a secas. Esa felicidad que te da sentirte poderosa.
Frida: El tranvía, el laberinto, el vaso de agua, el lodo, el mundo, la misma piedra tan llena de sol, el primer sueño en que todos coincidimos. A eso regresaste.
Ariadna: El laberinto, la manzana, los gusanos, la tierra, la flor. Tenías que nacer de ti misma, del lodo que se había formado en tus heridas.
Frida: ¡Tenías que germinar!
Minerva: Esta espera. Esta búsqueda. Aquel tipo. Este hombre poderoso (va aumentando el tono de su voz). Este demonio metido acá dentro (se cubre el rostro con las manos).
Frida: ¡Este humo!
Ariadna: Tanto humo…, tanta pena (dice despacito, suspirando).
Minerva: Este hombre poderoso. Brazo de roble, alquitrán, diente de dragón, perro o marioneta, le dio una golpiza a mi tipo aquel, a mi gigoló (sonríe satisfecha).
Ariadna: Pobre hombre. Lo triste es el llanto, tan lleno de vidrio molido. Tan lleno siempre y rebosando. Este llanto que nos provoca el humo cuando está tan denso. El aire viciado. Vidrio sus ojos, vidrio sus dientes, vidrio sus huesos de siempre.
Minerva: Aquel no dijo nada. Dejó de buscarme. Pero yo volví por él. A pesar de seguir deseando destruirlo. (cambia de actitud, recuesta su rostro en el pecho de Ariadna, ésta le acaricia los cabellos) Cuando estoy con él, se lo doy todo.
Ariadna: ¿Vuelves a lo mismo? ¿Andas con los dos, entonces?
Minerva: Sólo con mi hombre de brazos poderosos. El tipo aquel es un maldito vicio y nada más (se aparta de Ariadna).
Ariadna: ¿Qué tiene de maldito, el maldito sexo? (a la audiencia)
Minerva: Lo sé y lo sabes, qué es el amor sino esta catacumba en que nos hemos enterrado. Él no me busca, porque le dije que no lo hiciera, pero si yo lo llamo, y voy a él, siempre me recibe.
Frida: ¿Y de quién es el hijo que esperas? (Espejo se acerca a Minerva con una máscara roja, sin ojos, sin nariz y sin boca).
Minerva: Esa historia no pudo terminarse, como no puede terminarse esta espera. (gira en la habitación, señalando a todos lados, desesperada). ¿De quién es el niño? ¿De quien la gusanera?
Frida: (comienza a gritar, mientras se sostiene los cabellos, alterada) ¡Bruja, bruja, bruja! (Espejo corre por la habitación, arrastrando las sábanas).
Ariadna: ¡Tanto humo, tanta pena! (igual de alterada).
Minerva: ¡Es la muerte poderosa la que viene por nosotras!
Frida: Es la carne que nunca pudimos apartar de nosotras, ha cobrado vida.
Ariadna: ¡Tanto humo, tanta pena! (todas corren por el escenario). ¡¿De quién es el niño, ramera?! ¡¿Quien te está comiendo las entrañas?!
Frida: ¡Bruja, bruja, bruja! (cae de rodillas, aterrada). Te has devorado tantos hombres, bruja.
Minerva: Este gusano se comerá mis ojos (se detiene y se golpea la barriga, luego baila entre las sábanas que arrastra Espejo).
Frida: Bruja, bruja, bruja.
Ariadna: ¡Seguimos entrenadas para la violencia!
Minerva: Este pedazo de mi carne algún día me negará (camina tras la sábana que sostiene Espejo). No tengo ni la más maldita duda. (Frida y Ariadna, van tras ella, hincadas).
Frida: ¡Bruja, bruja, bruja!
Ariadna: ¡Se comerá tus ojos, se comerá tu hígado, te rasgará la piel!
Minerva: ¡Me he llenado tanto de humo! (hacen todas una pausa, se muestran agitadas). Ando con un hombre de brazos poderosos, que se muere por mi y me consiente. ¡Y cómo me gustan los hombres! (Levanta las manos exaltada, Frida y Ariadna, se revuelcan de placer en el suelo).
Frida: Bruja (gimiendo), bruja, (gime) bruja.
Ariadna: Estamos entrenadas para la violencia (ríe a carcajadas). Entrenaditas contra (acentúa ésta palabra) la violencia (sigue riendo histérica).
Minerva: No sé de quien es el gusano.
Frida: Eres una bruja.
Ariadna: Somos unas brujas. (Espejo las va envolviendo en las sábanas).
Minerva: Son tantas las posibilidades.
Frida y Ariadna: Estamos entrenadas para la violencia.
Frida: Somos la manzana.
Ariadna: Somos la cicuta.
Minerva: Espero que sea de aquel tipo, para odiarlo también. (Le besan los pies a Minerva). Sigo esperando que aquel tipo aparezca de nuevo en esta habitación (le besan los muslos a Minerva). Que llegue por mi, igual que ustedes esperan sus propios demonios. (Espejo se detiene parado en la cama, ha soltado la sábana sobre las tres mujeres; ellas le muerden las nalgas).
Ariadna: Esperar junto a este camino.
Frida y Ariadna: Compañeras no hay camino sino estelas en la mar (se pasan los brazos por la nuca, abrazándose sin dejar de girar, hincadas, alrededor de Minerva).
Frida: Ese mar que nos ahoga, que todo lo contiene.
Minerva: (grita y levanta el puño) ¡¡No más bruja que Sor Juana!!
Frida y Ariadna: Caminaremos los tristes caminos del desierto si es nuestro destino ser arena.
Minerva: ¡¡Nunca más una manzana!!
Frida: (se levanta y toma del camisón a Minerva, amenazante) Habrás de olvidar los rostros que poco a poco se fueron descubriendo debajo de las sábanas.
Minerva: He sido tantas sábanas. Tantos dobleces. Tantas machas en la cama de muchos hombres. Tanto polvo. (le da la espalda a Frida, Ariadna, sigue hincada en el suelo).
Frida: Polvo enamorado somos todos los días, y existimos.
Ariadna: Enamoradas al fin de tanta muerte y tanta espada.
Minerva: Oscuridad de polvo. Gusanera. (Espejo de pie sobre la orilla de la cama, los puños en la cintura).
Frida: Ojos de vidrio, brazos de vidrio, manos de vidrio. Vaso. (levanta las manos)
Ariadna: (de espaldas en el suelo, patalea) Bruja, bruja, bruja.
Minerva: Más que vaso, somos una maldita jarra que se va tragando el océano.
Ariadna: (se hinca de nuevo) O ese orgasmo en que nos damos enteros, sin importar resultar invictos o derrotados por esta muerte pequeña que siempre nos empuja la piel (se abraza a los pies de Frida y Minerva).
Frida y Minerva: Caminante no hay camino, sólo mujeres en el bar. (levantan las manos y estallan en risa).
Ariadna: Somos como los espejos (se levanta y jala hacia sí a Espejo). Espejos ególatras que se absorben a sí mismos contemplándose.
Minerva: Enamoradas de nosotras mismas, para sobrevivir.
Frida: (jalando a Espejo) Más que espejo, somos la luna.
Minerva: Marea de fuego. (empujando a Espejo)
Frida: Ceniza, polvo, flor. (pateando a Espejo)
Ariadna: Orquídea. (van girando alrededor de Espejo, como en una ronda)
Minerva: Un maldito sauce de cristal
Frida: Un alto surtidor que el viento arquea.
Ariadna: Un caminar de río que se curva.
Todas: (riendo) Avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre (caen al suelo riendo)
Oscuro
3.
Espejo juega al cubilete, sentado en el piso, recargado sobre el sofá. Ariadna, Frida y Minerva están de pie junto a la mesita prendiendo sus lámparas de aceite. Pasan 30 segundos en silencio. Durante toda la escena, Espejo irá moviendo sus pies, sus manos, se pondrá de pie a ratos, tirará los dados, sin interactuar con ellas.
Ariadna: Ya vienen, ya se acercan.
Minerva: Ya se acercan, ya se escuchan.
Ariadna y Frida: Encenderemos las lámparas, para que puedan mirarnos desde lejos. (levantan sus lámparas).
Minerva: Se acercan. Se acercan cada vez más. No puedo distinguirlos por la niebla, pero estoy segura que son ellos.
Ariadna: ¿Son ellos o son todos?
Minerva: Sólo ellos.
Ariadna: (con miedo) Y qué si vienen todos juntos. Y qué si nos apedrean.
Frida: O si nos empalan.
Ariadna: Que tal si nos queman en la hoguera como a las brujas.
Frida y Ariadna: (con las lámparas en la mano se dejan caer en la cama, levantan las piernas y patalean) Bruja, bruja, bruja…
Minerva: Ya no sigan con lo mismo de siempre. Pónganse serias.
Ariadna: Tengo miedo.
Frida: Es porque eres pequeña.
Minerva: La edad no tiene que ver. La edad no lo es todo.
Ariadna: He vivido poco, me he cansado mucho.
Frida: ¿Estas segura que son ellos?
Minerva: Son ellos, ya vienen, ya los escucho.
Ariadna: Tengo miedo de que vengan todos y me dejen.
Frida: ¿Por qué te dejarían?
Ariadna: Por mirarme tan niña. Ya no tengo esa coloración de siempre en las mejillas, o en los ojos. Ya no estoy en el laberinto, ni adornada como debí estarlo siempre.
Minerva: En este momento nada importan los adornos.
Ariadna: ¿Ni siquiera los aretes? Mis aretes eran enormes.
Minerva: Nada de eso les importa más que nosotras estemos dispuestas. Con las lámparas encendidas para que nos vean. Eso será suficiente.
Frida: ¿Se me ve el bigote? No tuve ni tiempo de depilarme las cejas, y esos vestidos de arandelas tan grandes, ya están sudados. No quiero seguir apestando a humo rancio cuando hayan llegado. Quiero estar radiante como un alebrije, como un dragón cristalino, o como un cenicero de cristal cortado.
Minerva: Qué puede importarnos tu estúpido bigote si la voz es tan solo el espejismo para nuestra belleza. Lo importante es que cada vez ellos están más cerca. Levanta tu lámpara.
Ariadna: Estás segura. Quizá sólo es el eco de nuestros propios pasos por la calle, cuando llegamos a este lugar. Ahora les ha dado por repetirse, como si el eco de nuestros pasos apenas estuviera llegando detrás de nosotras.
Minerva: No digas idioteces.
(Espejo se levanta, camina hacia la cama, se trepa en ella, lanza la soga hacia el techo, la ajusta a su cuello, y queda colgado como un ahorcado, pero pone los puños en la cintura, y abre un poco las piernas, como si estuviera de pie)
Ariadna: Es que tengo miedo. Ya no hay minotauros que me puedan defender. Que tal si a la hora me arrepiento.
Minerva: No lo harás. Estamos preparadas para ir con ellos. Apenas lleguen vas a sentirlo.
Frida: Entrenadas para la violencia (hace una pausa y levanta la lámpara) y todo se repite (baja la lámpara).
Ariadna: Qué es lo que voy a sentir.
Minerva: Que no podrás evitar irte con ellos. Estamos preparadas para cumplir con la razón de nuestra espera. Lo hemos hecho bien. Lo hemos logrado. Pronto no será necesario más que cerrar los ojos. Es el destino.
Frida: Si lo dices de esa forma hasta medio asusta.
Ariadna: Estoy segura que es tan sólo el eco.
Minerva: Que eco ni que mis aras. Estoy segura, como que soy una diosa pensante. O acaso crees que mi intelecto no tiene razón de ser.
Frida: Pues tanto como dudarlo no, pero pues los años no pasan en balde, y eso que tú has sido de las primeras en llegar, y cada hora sales con tu ya vienen, ya se acercan y purititas habas, qué (camina por la habitación). No llega nadie, ni la nada se presenta, y el tiempo es un simple transcurrir de cuestiones elementales (se sienta en el borde de la cama).
Ariadna: No todos los que entran al laberinto encuentran la salida. Aun cuando haya muerto el Minotauro, sábete bien, preciosa Minerva, que los ecos abundan en las casas solitarias, en las calles solitarias, en las ciudades abandonadas, en los ojos del niño ciego, en los días nublados, en los ríos secos, en el cosmos, hasta ahí se presienten los ecos.
Frida: Calla ya mujer que me estás poniendo la carne de gallina, y clarito siento como se me van moviendo las vértebras. Estas vértebras de acero en que me detengo todas las noches antes del baño, del desayuno, antes de hacer el amor. Lo mejor sería emborracharnos.
(Espejo hace mímica de caminar en el aire, colgado)
Minerva: Nada de eso, presten acá sus lámparas. (Las examina, les da un poco de aliento, soplando sobre ellas, y se las regresa) Les digo que ya vienen, que los he escuchado.
Ariadna: (Tapándose las orejas, deja en el suelo su lámpara) Eco, eco, eco, eco…
Frida: Me esta dando miedo la mocosa (se dirige a Minerva).
Minerva: Ténganlo por seguro, esta vez no es un eco, es el paso preciso, el paso precioso de los que ya están por llegar.
Frida: Pero la mocosa no se calla (Ariadna sigue y sigue)
Ariadna: …sólo es el eco. No hay más sonidos. Escuchen. (guardan silencio)
Frida: (a Minerva) Voy a golpear a la mocosa.
Ariadna: No te desesperes. Igual tengo miedo. Es terrible no saber a qué hora o cuándo vendrán. No saber a dónde tenemos que ir. Me siento cálida en esta habitación. (se sienta en el sofá).
Frida: (a Minerva) ¿Y si nos quedamos?
Minerva: Ya vienen. Estoy segura. Son ellos. (apunta hacia un lado de la habitación). Ahí están sus adornos en la nieve, ahí están sus botas en el pavimento, ahí están sus pies pulsando el lodo, quebrando la espuma, gritando el vértigo. Son ellos, ya están llegando.
Frida: Preferiría emborracharme.
(Espejo estira las puntas de los pies, como si ya hubiera muerto)
Minerva: Mejor mantenernos sobrias, limpias, bien acicaladas.
Ariadna: Tengo mucho sueño.
Frida: El sueño de los muertos.
Minerva: Aunque todo sean sombras no deben desesperarse.
Ariadna: No me salgas con eso de tus luces al final, y cosas por el estilo (dice enojada).
Frida: Necesito certidumbre.
Minerva: Es lo que menos podemos esperar. Se que llegarán en cualquier momento, pero no puedo explicarte porqué lo se.
Ariadna: Te crees la más inteligente de las tres.
Frida: Eres la menos creativa y la más débil.
Minerva: Hagan silencio, quédense tranquilas.
Frida: ¡Quisiera emborracharme! (grita)
Ariadna: ¡Estoy desesperada! (grita).
Minerva: El tiempo de esperar es infinito. El espejo sigue abierto para mirarnos en él. (camina por la habitación). Podrán pasar las historias, una a otra, y el tiempo nunca va a lavarnos las heridas. Será siempre cicatriz tras cicatriz, hasta hacernos viejas. Queda creer en nosotras. Salvarnos de nosotras mismas. Esperar. (hace una pausa). Ahí vienen, son ellos. (Ariadna y Frida se levantan del sofá y corren junto a Minerva; las tres miran hacia el mismo sitio. Espejo estira las puntas de los pies como si sufriera un ataque).
Ariadna y Frida: Levantemos las lámparas para que puedan mirarnos desde lejos.
Se oscurece la escena. Silencio. Se escuchan los dados sacudidos en el cubilete.
Telón

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