Aniversario

La mañana comienza a desperezarse. Sus pestañas rojas estallan después de veinticuatro horas de reposo, borrando a medias las penumbras de las paredes. Se desperdigan en un espacio que poco a poco deja de ser ultramar. La imitas, y aunque tienes los párpados adheridos por un sueño de cincuenta años, los abres completamente antes que ella.

Sales de la laguna. Tus zapatos blancos, secos, de punta negra, no sacan de su letargo al agua. El traje no se adhiere a tus brazos. Estiras la mano para robarle aire a la bruma y esconderlo en tus pulmones. Caminas hacia una avenida nueva. Te desconcierta. De momento olvidaste dónde ibas. Al observar los balcones negros del antiguo edificio de la presidencia auxiliar vuelves a orientarte. A pocas calles está nuestra casa. Volteas y el ultramar posado en la laguna, lleno de pinceladas claras y escarlata, te encara. Obligas al cuadro a que desaparezca. Lo sustituyes con escenas de nuestros almuerzos a su lado, de mi espalda aplastando el césped y tus dedos entre mis cabellos sucios al reposar en el suelo.

Te fascinaba la laguna. Sus aguas calmas te hipnotizaban. Creías que a mí también y en cierta forma era verdad. Me gustaba estar junto a ti, en donde fuera: la laguna o frente al viejo muro que aparece en nuestra última fotografía –un vecino nos la tomó en conmemoración de los setenta años de matrimonio–. Me atraía el olor a maderas adherido a tu cuello, presente aun cuando la piel se colgó sobre tus hombros y se llenó de arrugas. Entrelazaba mis dedos con los tuyos, como si tejiéramos un zapatito para ese niño que nunca llegó.

“La laguna es dueña de la luz y la libera cada amanecer”, escribiste sobre la pared de la sala en una ocasión. Lo sigues percibiendo así, aunque ahora quien se fijara en ella vería un agujero desierto en medio del alba. Te da tristeza que esté cercada. Una tarde ya no pudimos entrar.
El enorme terreno estaba enrejado, como hasta hoy permanece. Albañiles trabajaron en lo que se convirtió en algo cercano a un palacio, de columnas de mármol rosa y avenidas de pinos y enredaderas. Un letrero anunciaba: “Propiedad privada. Prohibido pasar”. Entonces recreaste los almuerzos campestres en nuestro pequeño jardín trasero. Los suspendimos cuando debí apoyarme en tu brazo para levantarme, presa de un aguijoneante dolor en las rodillas. Sin tu ayuda me hubiera quedado eternamente de bruces sobre el césped. No podías olvidar la laguna. Desde la mañana te paseabas por la sala y acomodabas tus cabellos detrás de los oídos. Si no hubiéramos subido al balcón seguro haces un bache en el piso. Entonces sonreías al observar ese espejo de agua detrás de la alambrada, retratando la luz de la tarde. No te levantabas del sillón hasta que el último rayo de sol moría.

Caminas. La arena cernida sobre el asfalto no cruje bajo el nulo peso de tu cuerpo. La intermitencia de líneas blancas te marea un poco al principio, pero sirve como guía hasta el edificio de la presidencia auxiliar. Hasta el centro de la ciudad. Las calles, los muros, todo se adueña del resplandor de la mañana despertándose. El reflejo en las ventanas no te deslumbra, asfalto y cemento en varias tonalidades de escarlata y bermellón.
Son las mismas calles de nuestros paseos en la plaza, cuando nos quedábamos parados mirando a los vendedores, sus percudidas mantas sobre el suelo. Comprabas un ramillete de claveles rojos en el mismo sitio cada semana. El hombre, cuyas ropas lo hacían parecer un esclavo de plantación, aseguraba cultivar las flores en un invernadero secreto, eran mágicas, sus pétalos se abrían una noche después de sembrarlas. Nunca le creímos.

Ahora la avenida no es un río de piedras. El asfalto negro se apoderó de su cauce. Escuchas ruidos lejanos, parecidos a los bocinazos que emitían esos autos negros hace mucho, cuando empezaron a desaparecer los carruajes tirados por caballos de crines cortísimas. La construcción de nuestra fotografía sigue en pie, ocupa toda la manzana frente a la casa.
Antes de entrar, recuerdas la primera vez que nos vimos. Tú eras un muchacho de pantalones cortos escondido detrás del inmenso vestido negro de tu madre. Yo, una niña de listones en el cabello sin peinar, de manos entrelazadas. “Viene a vivir con nosotros. No tiene familia. Debes cuidarla como a una hermana menor”, te dijo y escondiste aún más la cabeza. Yo me incliné como me enseñó la profesora. Dijo: “Agáchate sin dejar de ver a quien saludas... ¡Sin dejar de verlo! Extiende la falda y dobla ligeramente las piernas. No tanto, así, un pie detrás del otro. Tampoco es necesario que te arrodilles”.

–¡Qué niña tan educada!
Seguías mirándome con los labios pegados mientras tu madre entraba. Yo detrás de ella.
Subimos. Miré los retratos de extraños en el pasillo. “Son antepasados”, me aclaró tu mamá. Pensé que desde ese día también serían los míos, el niño que dejamos en la entrada repetiría sus nombres hasta aprendérmelos de memoria. Mi vida anterior se había quedado respirando en una habitación del internado.

Un fin de semana el rector no me permitió salir. En lugar del uniforme de listón rojo en el cuello, me obligaron a vestir un traje hasta los tobillos, negro. Por la noche precedí los funerales de mis padres. Llegaron en dos cajas rectangulares que me parecieron inmensas. El salón de eventos se llenó de flores –claveles rojos– y de pañuelos. Yo me arrodillé sobre el reclinatorio y un rosario de cristal giró entre mis dedos. Los féretros a cada lado. Un Cristo en el muro. El crucifijo estorbaba para abrazarme a sus pies sangrantes, para bañarlos con mis lágrimas. No quería separarme de mis padres. Pensé que al terminar ellos se levantarían y me abrazarían haciéndome olvidar el susto. “Encontraremos otro hogar para ti”, dijo el rector llevándome de la mano al frente del cortejo. Salimos al cementerio. Mi corazón se rompía con cada paletada de los sepultureros. Las tumbas quedaron junto a un tronco también muerto. Me desengañé, mis padres no despertarían.

No volví a ver los vestidos regalo de papá durante la Navidad, sin fallar un año, ni el enorme pino, punto de reunión con mis hermanos. A partir de esa noche dormí separada del resto de las alumnas, en una habitación del último piso. Ellas no hablaban conmigo, no sé si por miedo o por lástima. Creo que el rector se los prohibió. Ninguna tenía la certeza de lo que significaba la muerte de un padre. Yo tampoco. Podía sentirlo aunque no explicarlo, era como un sello en la garganta, un vacío en el centro del estómago... O algo así. Luego llegué a tu casa y tu familia la convirtió en mi hogar.

Los recuerdos se diluyen entre el óxido de los barrotes y el candado casi hecho cenizas. Entras sorteando los girasoles del matorral en que está convertido el jardín. Encuentras el anuncio mohoso de venta. La razón social, la dirección y el teléfono de tres cifras para pedir información están borrados. Tal vez la compañía desapareció, hace mucho querías cambiar de residencia. Yo me negué a seguirte, te convencí de no abandonar el recuerdo de tu madre, diciéndote que también habíamos tenido momentos agradables. Al final desististe. De todos modos ningún posible comprador visitó nuestro hogar. Ahora nadie lo aceptaría ni regalado. Las paredes lloran cemento hecho polvo. La capa descarapelada de pintura azul te permite ver la interior color arena. La ventana rota estalla en anaranjados frente a tus ojos, no puede cegarte. Por la angosta acera se pasean los perros, buscan un hueso en las bolsas de basura. Se acercan varios pares de luces. Ni así se ilumina la madrugada. Mucho tiempo entre recuerdos y sólo se ha dibujado otro haz escarlata desde que miraste el cielo. Al parecer tienes toda la eternidad para reunirte conmigo.

La puerta cede. Entras. Nadie puede verte; no te acusarán de invasión de propiedad. Varios espectros flotan hasta posarse en el terreno disparejo que ocupó la sala. Son los enormes sillones con tapiz en terciopelo, las mesitas de patas labradas. Si tus ojos estuvieran vivos, llorarías por la ausencia del grueso cortinaje, barrera de la luz; pero no escurre ni una gota. Observas la escalera. El borde de los peldaños está gastado, cualquier zapato resbalaría. Ahora no lleva a ningún sitio. Se detiene en un punto en medio del techo agujerado y el matorral. Antes allí estaba el pasillo con los retratos al óleo de nuestros antepasados, las recámaras. Las miras como figuras traslúcidas, sigues desenterrando tardes viejas.

Me pediste ser tu mujer. Nunca me habías visto igual que a una hermana, como lo ordenó tu madre, dijiste. Te gustaba mucho la joven envuelta en sedas en que se había convertido esa niña desaliñada que tocó a tu puerta buscando un hogar. Yo soñaba con algo distinto: una iglesia, el altar pletórico de flores y velas encendidas, un traje blanco símbolo de mi pureza, azahares, velos transparentes y él esperando a que mi padre me entregara. La bendición de Dios. Nada debía faltar. No sería tu amante. Mi respuesta fue un golpe. Luego me arrepentí cuando supe que irías a estudiar a Europa, aprovechando una beca universitaria.

Escuché los buenos deseos de tus padres en la sala. Sollozos. No quería abrazarte y luego dejarte ir. Me asomé por uno de los balcones. La luz del sol nueva, un cartero pedaleaba con el morral a la espalda, delante de los ladridos de un perro. Te vi salir. Volteaste y yo sólo tuve fuerzas para agitar un guante mientras tu carruaje partía. El polvo fue disolviéndolo. Y lo perdí de vista por tres años.
Treinta y seis meses de morir de celos, de imaginarte rodeado por otras mujeres que accedieron a la propuesta que rechacé. Tu madre se sentaba frente al secreter cada semana para escribirte. Yo permanecía a su lado, paseando mis ojos sobre su impecable letra palmer trazada con tinta negra. Ella te platicaba sobre la deteriorada salud de tu padre, sobre mis avances con el piano. La interrumpía pidiéndole enviar saludos de parte mía –madre, por favor, dígale cuánto lo extraño, pregúntele si tiene fecha para regresar–, fríos y envueltos en disimulo. Cuando le contestabas, ella me daba a leer tus líneas. Yo me negaba, o las leía a medias, el principio y la despedida, las frases alrededor de mi nombre. Quería beber las palabras directamente de tus labios, sin intermediarios de tinta.

Cuando regresaste parecían mil las cartas que el correo se llevó y ni una las contestaciones devueltas. El delgado bigote agregaba unos cuantos años a tu verdadera edad. Traje a rayas y un sombrero de ala angosta. Me metí entre las maletas que cargabas, te besé como a un hermano y escondí en tu bolsillo la llave de mi habitación. Esa noche dormiste entre holanes de encaje, cobijado por mis piernas. Mi cuerpo floreció bajo el toque de tus dedos, como lo deseabas antes de irte.

–Te extrañé como loco.
Clausuré tus labios. Madre dormía en la habitación contigua, podría escucharnos. En ningún momento sospechó, incluso aceptó con agrado la noticia de nuestra boda. “Qué bueno hijo, por lo menos conozco bien a tu futura esposa”, dijo abrazándome. Mi sonrisa fue más grande que cuando me recibieron en tu familia.

Tosió. El torso de sus manos y mi vestido manchados de sangre.
De nuevo se presentó ese vacío que llenó mi corazón cuando asistí al sepelio de mis padres; tu madre murió. La velamos en casa, entre cuatro cirios casi grises, frente a una corona de rosas blancas. El cortejo fúnebre era pequeño, pero el andar lento y las lágrimas de los familiares y algunos amigos, provocó miradas desviadas en los transeúntes. Tus sentimientos eran una copia de los que me impedían respirar. Seguramente un vacío había nacido en el centro de tu estómago.

Su tumba se levantó junto a la de tu padre. Rocas blancas a la sombra de un árbol esquelético y una cripta cundida de enredaderas. Después estuvimos llorándola, sentados en la orilla de la laguna.
–¿Por qué la lloras más que a tu padre?–, te pregunté.
–Porque él era una pipa envuelta en humo detrás del respaldo del sillón. Mamá siempre estuvo conmigo.
Tus palabras me sacaron de una antigua duda, me quitaron un remordimiento. El dolor me hizo querer acompañar a mamá en su muerte. Sin papá sólo me sentí desamparada, confundida.
Esa ocasión recordaste la primera vez que fuimos a la laguna.

La encontramos durante una de nuestras caminatas. Escondida en un campo de pinos cercano a la casa. “Es como tus ojos”, me dijiste enredando un dedo en mis cabellos, “parece un espejo azul”. Descalzos, sentimos el prado bajo los pies. La cabeza apoyada en la tierra, flores silvestres adornando las hebras castañas. Acaricié tu cuello, te despeiné. Sonreímos, nuestros labios se saborearon. Tus manos en mis muslos. Los tonos de luz eran parecidos a los que hoy inundan el cielo: escarlatas y bermellones de un día moribundo –el de ahora está a punto de nacer–. La superficie de ese espejo y su entorno, quedaron reproducidos dentro de mi cerebro. Los evocaba cuando llovía, cuando me inclinaba sobre el lavamanos de cerámica y gotas de agua empapaban mi rostro.

Una barrera detiene el torrente de memorias que el alba diluye: junto al muro del fondo, ahora derribado por el empujón de los años, observas un trozo de papel. Es grueso y sin bordes, también guarda las heridas del tiempo. Te acercas. Sobre él flota un rectángulo perfecto, una imagen idéntica a la ampliación que colgaba de un clavo, junto al retrato de bodas. Te inclinas como si el reumatismo no hubiera hecho mella en tus rodillas. Lo tomas, pero en el suelo sigue ese maltratado papel sin bordes. Es una réplica del que tienes entre los dedos, espectro de una fotografía.
Miras la escena atrapada en diferentes tonos de gris. Una pared detrás de la mesita redonda y un sillón de brazos labrados y respaldo enorme. Dos ancianos. Él de pie, con una mano en el hombro de la mujer. En la otra su inseparable sombrero. Un zapato blanco de punta negra se asoma entre las patas de la silla. Ella tiene un brazo en la mesita. Sostiene la cabeza echada de lado. Sus dedos artríticos se pierden entre las canas rizadas. Ambos miran a la cámara con cierto aire de solemnidad, dos individuos frente a un aparato desconocido. La leve sonrisa les hace más sobresalientes los pómulos.

Entonces, mi muerte satura de lágrimas tus ojos y se aposenta en la casa, ahora un casco de hacienda abandonada. Fluye desde los balcones y aplasta los matorrales de cada habitación, pesa en tus hombros. Si fuera sólida y tú también, no te permitiría estar de pie, estatua arrodillada.

Una la mañana ya no desperté.
Abriste los ojos buscando mi mano entre el encaje de la colcha. Cada amanecer reposaba sobre tu cuello, acariciándote. La sentiste en el hombro. Algo no estaba bien. Los dedos inertes, arqueados. Los tocaste, no hubo respuesta. Volteaste. Estaban más pálidos que de costumbre. Luego tropezaste con mis ojos inmóviles.
–Lagunas muertas.

Escuché tus palabras: rezabas aferrado a mis manos. Podía leerte el pensamiento. Sentí tus lágrimas, tus labios quemando mis pómulos. ¿Era posible haber muerto, el vernos finalmente separados por esa frontera? Me negué a creerlo, aun cuando los vecinos te ayudaron: mi cuerpo reposaba dentro de un féretro gris. Uñas largas y canas, hace tiempo que no me teñía el cabello. El traje rosa pastel, desentonando con el color de la caja y tus oraciones húmedas.

Ni siquiera en esta circunstancia fui capaz de abandonarte.
La luz del sol envuelve cristales y aceras. Unos y otras son fragmentos de la mañana. No puedo distinguirlos. La gente camina sin prisa y se detiene frente a la reja, como estudiando la única construcción del centro que conserva diseño antiguo. Los días parecen interminables exhibiciones de cine mudo.

El personaje central de esta película, tú. Adoptaste la costumbre de dejar tu tercera pierna apoyada en el muro, de acomodarte en el balcón para observar la laguna. La fotografía del último aniversario a tu lado. Paseabas los ojos interminablemente. Laguna, fotografía, laguna, fotografía... Yo. Las cataratas no te permitían distinguir imágenes, pero dentro del corazón las tenías intactas: nuestra ropa, los ladrillos de la enorme pared, sillón y mesita antiguos. Recordabas al fotógrafo inclinado debajo de un lienzo negro, detrás del tripie.

Desde cada rincón observé cómo tu vida se iba convirtiendo en la perla que permanece dentro de una ostra. Las memorias se convirtieron en tu único alimento, mientras la despensa y el refrigerador criaban moho y lama. Encerraste tu cuerpo dentro del corazón, feto de casi cien años. No te diste cuenta de nada que pasara fuera de nuestra vieja casa, la misma donde me leíste tu primer verso para luego esconderlo en uno de los cajones de la cómoda.

Cada atardecer, se colocaba un joven al lado de la reja con un caballete y utensilios de pintura al óleo. Lienzo, balcón, de nuevo lienzo. Miraba alternativamente su modelo y su obra. La encontraste junto a la puerta, no tenía firma. Representó una laguna enorme frente al alejado palacio de mármol. Azules, grises y rosas en un fondo difuminado por completo. En primer plano un rostro de un cuarto de perfil. Huesudo y casi transparente. Miraba un círculo blanco, sol detrás de la niebla. Su cercanía era delatada por el tamaño y la posición en el lienzo, no por definición y colores. El cuadro era sólo pintura que no encontraba acomodo sobre las siluetas. Lo colgaste en el muro del fondo.
–De la escuela de Monet–, la mitad de una mirada; de regreso al balcón.

Sólo para mí significó algo esa obra de algún estudiante: eras tú. El talentoso artista debía estar agradecido con su mentor. Captó la soledad del hogar, tu tristeza, tus manos en el regazo y la idolatría hacia la laguna. Te transportó a su lienzo y reconstruyó tu piel con pigmento y aceite de linaza. Él sí pudo eternizarte, no como yo, que nunca concebí un hijo tuyo.

Ese cuadro se ha conservado intacto para mirar este amanecer. No así tu cuerpo, al que las uñas de la muerte no tardaron en rasgar. Se secó junto al balcón y ahora yace en su tumba de viento, hecho polvo. El centro cambió: las casonas fueron relojerías y vecindades donde se pagaba una renta ínfima. Los vecinos comenzaron a morir y sus hijos se trasladaron a edificios de departamentos. Ignoraron esa casa que se desmoronaba en su soledad, el techo agujerado por donde se veía la mitad de la luna. El matorral dentro de un cascarón de concreto se convirtió en parte de una colonia semidesierta. Nada más.

Y me quedé junto al retrato, mirando la laguna hecha de trazos blancos, esperando el alba de hoy, cuando saldrías del sitio donde pasas la eternidad para caminar hasta la casa y observar de nuevo el cuadro. El día en que sin duda, alargarías el brazo hasta tocar la pintura, convertida en un fósil de colores fríos. Al acariciar de nuevo mis pómulos firmes, mi cabello castaño, besaría tus labios sin el velo del bigote negro. No es la fotografía el lugar de reunión, el retrato tiene más de ti que las sales de plata oxidadas sobre el papel.

La película ocurre tal como la soñé, no así la apariencia de los personajes. Pero no importa que sigamos pareciendo esos ancianos muertos hace cincuenta años.

Por primera vez nuestros rostros se materializan entre las nudosas manos. Los labios dentro de un beso. Tus dedos en mi cintura y los míos en tu cuello de piel floja. La bóveda que nos aprisiona ya no es ultramar, ni sus líneas escarlata: nos rodean amarillos, blancos y azules medios.
–La laguna de tus ojos renació–. Me miras.
–Estos colores fríos no son los de tu cuello–. Acaricio tu retrato y rasco la pintura buscando la verdadera tonalidad de tu piel.
Nos separamos. Nuestras manos son más transparentes con cada cambio de tono en la luz. Aguardaremos la ocasión para celebrar otro aniversario.
En la calle, pregones, eco de los que escuchábamos hace más de medio siglo: tamales, pan. Nuestros ojos vuelven a dormir un sueño en apariencia eterno cuando el día se abre por completo y aparecen las primeras mujeres caminando frente a la reja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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