Salvador P. S.

1.
Que no le daré la Tierra.
Irán mis pies, ocho octavos del pastel,
el cadáver de mi armario en el regalo.

Velaré el agua de la noria y nada más.
Cuidaré las plagas del huerto y nada más.
Espantaré a los pájaros
que quieran dormir en sus cabellos.

Que no le daré la Tierra.
Irá mi perfume hasta su tocador;
el que fui y el que soy, al fondo de su pecera;
las plumas de los ángeles, el terror hecho ilusión.

Pediré por la destrucción
que ha fascinado a mis párpados caídos.
Velaré su sueño frío y nada más.
Envolveré en mi bufanda sus caprichos, nada más.

Tendrá mi carne al frente de la guerra de su edad;
en sus uñas, la tensión algodonada de mis hilos;
mi felicidad entre fantasmas, mi alegría de laberinto.

Que se viertan los bosques en una dimensión artificial;
que revele su mirada, con sedantes, cada estrella.
Y que sepa bien que ha sido todo,
y que aquí tiene mi regalo. Que no le daré la Tierra.

 

2.
Lleve su mano al fondo del sombrero.
¿Qué ha encontrado además del mar?
Acaso la Nada con el ruido y sus adornos;
acaso el horno que deshidrata, a cada tarde, cada cena.

Aunque no importe.
Usted lleve su mano al fondo del sombrero
y confiese la ternura de sus maleficios
a las líneas de su palma izquierda.
¿Qué ha encontrado además de los mapas estelares?
Acaso la curva de un vicio maldito.

Apague la vela. Duerma.
Lleve su locura al fondo del sombrero.
¿Qué habrá encontrado además de irrealidad?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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