LA MEMORIA DEL MAL, ESA EXTRAÑA SOBREVIVIENTE

 


Hay una forma de la memoria que involucra la tensionalidad propia del campo de lo político. Actualmente tenemos nombres para ello. Walter Benjamin la llama en sus Tesis sobre filosofía de la historia, la “tradición de los oprimidos”. Dicha tradición o figura de la memoria, constituye siempre un elemento problemático –quizá el más problemático- al interior del campo de la experiencia, pues, entre otras cosas, esta memoria siempre se encuentra por hacer y recae sobre generaciones distintas, todas ellas con diferentes capacidades para dar respuesta a las exigencias plurales y a menudo contradictorias, que, en el nombre del por venir, provienen del pasado; exigencias que, como Benjamin sabía, siempre corren el riesgo de no ser escuchadas y, por lo tanto, de quedar sin respuesta o peor aún, de convertirse en banderas para nuevas injusticias producidas en el presente.
A estas dificultades debemos sumar el severo adelgazamiento del que la experiencia humana, ella misma depositaria de la estructura de la memoria involuntaria, ha sido sometida por los programas ilustrado y moderno e incluso por la llamada posmodernidad telemediática que, a decir de los especialistas, en términos sociológicos comienza con una nueva revolución individualista y tiende a anular todo lazo comunitario produciendo nuevas figuras de lo humano que debemos comenzar a cuestionar de manera responsable; puesto que ellas conllevan el peligro de acelerar el proceso de borramiento de las múltiples experiencias de los otros, haciéndonos perder con ello una posibilidad de repensar la justicia y de extender su significado.
Extensión semántica de este significante vacío y flotante que, por otra parte, se encuentra lejos de ser retrógrada o delirante, y que, antes bien, parece presentarse como algo deseable, e incluso como una posibilidad de lo mejor, según nos lo han mostrado las formas contemporáneas de la resistencia, desde las Madres de Plaza de Mayo hasta las más recientes en nuestro país, que de una forma creativa e interesante practican una politización del arte frente al juego conservador de la estetización de la política. Todas ellas son, a su manera, una puesta en cuestión de la atomización social. Puesta en cuestión o crítica que en nuestros días se ha organizado también en torno a la memoria del mal, esa extraña superviviente que, a decir de Jacques Derrida, no puede prescindir de los suplementos técnicos que llamamos archivos, ni, por consiguiente, del mal de archivo que asedia a toda memoria, así como a la posibilidad misma de construcción de los relatos históricos; pues el mal de archivo es aquello que en el principio mismo de la archivación y de la conservación de la memoria, opera su borramiento y se opone al principio técnico, político, jurídico y social del archivo. El mal de archivo, con todos sus efectos incalculables, es algo que tenemos que pensar; y esta es, sin duda, una de las tareas que quedan por venir. No obstante, esta problematización al interior de la memoria y de sus prótesis técnicas no ha impedido que las memorias del mal, con sus justas exigencias de castigo por los crímenes del pasado y por los crímenes del presente, actualicen públicamente el trabajo de duelo y las tareas del recordar que considerábamos, hasta hace poco, propias de la esfera de lo privado, y que también cargaban con los estigmas de género que disfrazan la dominación sobre lo “femenino” (considerado entonces como una esencia eterna e inmutable que encuentra su lugar más “propio” en la casa; es decir, en lo privado, lejos de los asuntos comunes) con una paradójica naturalización de la violencia física y simbólica ante la opinión pública; efecto de naturalización al que tenemos que oponernos de nuevo en cada ocasión y lugar donde se presente, evitando así todo proceso de autoinmunización que pone en riesgo a la democracia presente y por venir .
Sea del modo que fuere, esta politización de la memoria, de “los presentes pasados que consisten en el presente de una promesa, cuya apertura hacia el presente por venir no es la de una expectativa o una anticipación sino la del compromiso” , cobra su fuerza en un extraño pasaje al acto (act-out) de la convivencia tan radical (e imposible) como indomable con los (re)aparecidos, con los espectros tanto del pasado (las víctimas de ayer) como del por venir (los que aún no nacen) que elabora de nuevo cada vez esta memoria del mal o tradición de los oprimidos de la que hablábamos al comienzo. Al respecto cabe mencionar por último, que estas formas de actualización de la memoria son siempre cambiantes, pues responden a la singularidad de la ocasión y la oportunidad; singularidad del acontecimiento cuya clausura, al menos hoy día, se encuentra lejos de poder ser vislumbrada y que aún aguarda en su seno pequeñas chispas de por venir.

Donovan Adrián Hernández Castellanos



Abril-Mayo 07