
Institucionalidad y pensamiento crítico, a propósito de un incidente.
Choque entre la institución reforzada y la subversión desfasada.
Gana la institución, extirpan al perturbador. A pesar de que el que
esto escribe también labora en la institución y de que el subversivo
es compañero y amigo, esto no pretende tomar partido por ninguno de
los dos. Aspira a la posición que Ortega llamó “El Espectador”.
¿Qué se puede aprender de este incidente? El reflujo histórico
favorece cierta disminución de las contradicciones sociales, cierta
homeostasis. Identidad social. No es la gran victoria, la historia no ha concluido.
Desafortunadamente, estos incidentes tienden a desalentar la crítica
ideológica: “Mira cómo le fue al crítico…”,
“No, no era crítico, estaba muy aferrado…”, “La
Institución si aguanta la crítica, pero no de ese tipo”,
“Nada ha cambiado. Se habla mucho de progreso pero lo mismo hacían
en la Edad Media con los herejes, en Roma con los cristianos, en Grecia con
los socráticos, en las monarquías con los librepensadores y
en las democracias con los terroristas…”, “Yo no sé
de qué se quejan si la institución es noble…”, “Tal
vez si hubiese sido marxista y gay no lo hubiesen corrido…”, “No
lo corrieron, se le acabó el contrato”, “Somos una Institución
seria. No podemos tolerar ese tipo de acciones”, “Ni modo”,
“Él se lo buscó”, “Cuando veas las barbas
de tu vecino cortar…” “¡Por fin!”
No había posibilidad de que desestabilizara la vida institucional.
Era un foco bastante típico, rutinario y localizado de disidencia.
Un foco rojo en medio de la luz blanca que baña hasta el último
rincón de la vida académica. Su voz ya desentonaba en el concierto
institucional. Era un leproso. No era mal profesor, tampoco destacado. Cumplía
sus deberes pedagógicos. Ya no está, pero bajo las ondeantes
banderas de la calidad, muchos pésimos profesores han “agarrado
unas horas”. ¿La diferencia? No son subversivos, no están
ideologizados, ¡Gracias a Dios!
Quienes ejerzan el pensamiento crítico dentro de la institución,
se amedrentarán ante la suerte del compañero o tendrán
que ejercerla abiertamente pero con más fundamentos y con más
apertura. La institución, por su parte, no puede renunciar a su mandato
normativo de promover el estudio y discusión críticos de toda
ideología social. No hay democracia sin pensamiento crítico.
Ahora bien, el pensamiento crítico es sólo una de las formas
de abordar la realidad. Lo que hace que últimamente se le preste atención
es el desprestigio en que ha caído. Este desprestigio responde a diversos
factores: la velocidad del reflujo histórico condena fulminantemente
al atraso (actualmente el peor de los pecados) a ciertas formas de pensamiento
crítico, especialmente ciertas formas de marxismo-leninismo. En el
2007 nacen con mínimo treinta años tarde. Otro factor es la
falta de pericia de quienes no ponen a la altura de los tiempos su arsenal
crítico. Otro más, el lugar: Tijuana tiene un ethos clasemediero,
conservador, repelente a los radicalismo ideológicos de izquierda,
quizá también a los de derecha. Con respecto a estos últimos,
no olvidar que así como hay maoístas hay también cristeros,
nada más que a estos últimos hoy la Divina Providencia los hace
aparecer como “más aceptables”, pero no dejan de ser un
peligro para México y para la democracia. Otro: el giro que ha dado
la institución. Ciertos discursos han quedado totalmente desahuciados
en una institución que le ha apostado todo a la integración
en el nuevo orden mundial.
Hay otras formas de pensamiento que la institución también está
encargada de cuidar: analítico, sintético, gaya ciencia, hasta
la meditación, pues todos son conquistas de la humanidad. Por cierto,
“gaya ciencia” (saber feliz) es un tipo de pensamiento que desarrolló
el filósofo Nietzsche. Actualmente la institución está
pasando por una fase de gay saber, lo que también contribuye a que
sea especialmente irritable hacia el pensamiento crítico. En efecto,
el gay saber de Nietzsche se oponía al saber amargo del cristianismo
y al saber resentido de la crítica de izquierda, crítica que
para Nietzsche tenía también un origen judeo-cristiano. Hago
esta aclaración para decir que hay una semejanza, pero el gay saber
de la institución está lejos de la ideología nietzscheana.
Sin reservas hay que plantearse la pregunta: ¿qué papel juega
el pensamiento crítico en una ciudad de rodinos, polleros y comerciantes
como Tijuana? Mi conciencia y mi profesión me obligan a no dejar pasar
esta ingrata oportunidad de hacer una reflexión sobre la institucionalidad
y el pensamiento crítico, fuerzas que ahora se encuentran en incómoda
tensión. Toda institución es un centro de poder. Eso es inevitable.
La institución no la tiene fácil, pues debe cultivar en su seno
todas las formas de pensamiento, incluyendo al pensamiento crítico,
con el riesgo, cercano o lejano, de que este pensamiento socave su propia
moralidad. Lo tiene que hacer a menos que esté dispuesta a cambiar
su nombre por el de “cuartel”, “iglesia” o “Calimax”
o “guardería”. Usar el termino “fascistoide”
para describir las conductas que se perfilan en este reflujo pudiera parecer,
de nuevo, desafortunado por anacrónico. Sin embargo, siendo que la
historia es una Historia, se entiende que aparezca el eterno retorno de lo
mismo, aunque en su retorno no sea exactamente el mismo sino “reloaded”.
En este sentido Lo Nuevo, lo realmente Nuevo, sería el descoyuntamiento
de la Historia.
El destino del pensamiento crítico. ¿Se ha vuelto obsoleto?
¿”Al basurero de la historia”? Los hombres, auque sean
libres, no lo deciden, lo decide el tiempo. Ningún decreto prohibió
las espadas para matar. Simplemente se hicieron viejas. En cuanto al pensamiento
crítico, uno podría estar tranquilo de que se fuera si aparecieran,
en relevo, otras formas de ser inteligente ante la realidad y el poder. Nada
lo asegura.
La Verdad no existe, pero a los hombres se les ha condicionado para que así
lo crean, para que desconozcan su propia mentira que los hace ser hombres.
Como La Verdad no existe, no es posible tomar las reformas estructurales como
La Verdad. Es simplemente la estrategia que hoy goza del momentum histórico.
Estas misteriosas y muy mentadas reformas estructurales no son tampoco buenas
ni malas, simplemente es un reacomodo de los poderes en pugna. Dentro de veinticinco
años veremos a los que hoy están dispuestos a “dar su
vida por ellas”, abjurar tranquilamente. Nos dicen que la libre competencia
mejora la calidad y baja los precios. ¡Muéstrenme el lugar del
mundo donde los precios están bajando, díganme para mudarme
a es isla utópica! ¡Mexicanos, abran los ojos! ¡Los precios
no bajan, cuando mucho se estabilizan! Los precios sólo bajan cuando
van a subir. Es como una ley. En cuanto a la calidad, esta no mejora mágicamente
porque se abra la competencia, tal es el caso de la educación superior:
la calidad es lo que menos importa a la hora de abrir “institutos de
educación superior” en cada esquina, como si fueran farmacias.
La proporción entre buenos profesores y malos profesores es la misma
que existe en otras profesiones: policías, plomeros o mecánicos.
Bajar los precios y aumentar la calidad es como la inmaculada concepción
de María, un dogma de fe, y, como ocurre cuando hay un milagro, la
fe es lo que lo sostiene, en este caso, la fe en las reformas estructurales.
No podemos darnos el lujo de renunciar al pensamiento crítico. Sería
traicionar la confianza de la sociedad que nos entrega a sus hijos para que
los preparemos a enfrentar el mundo. Así como el poder ahora dispone
de medios prodigiosos para inducir el consenso, de la misma forma así
el pensamiento tiene que estar a la altura, tiene que ver por la justicia
del consenso. La autoridad institucional, con pleno sentido de su responsabilidad
social, debe dejar claro que nadie debe temer por ser crítico, sino
por no serlo. Por otra parte, es una institución muy fuerte, puede
tolerar la disidencia. La institución debe ser la voz de la razón
y de la reflexión serena en medio de una sociedad en la que muchos
gritan y compiten por el logos. La institución ha de abdicar a la ilusión
de creer que su poder la dispensa de tener conciencia crítica.
Felipe de Jesús Lee Vera.