
UN
GLOBO BLANCO
Por: Javier
Dzul
Hace
ya treinta minutos que Italia bajó al minisúper y aún no ha vuelto. Fue
a comprar condones mientras yo la esperaba en el auto. El auto es un obsequio
de su padre. El padre de Italia es millonario y le regala uno cada quince
días. Bueno, es un decir.
Hace años, cuando su padre abandonó a su madre, Italia se perforó
la nariz y echando a la calle su guardarropa (que parecía un arcoiris),
pasó a vestir invariablemente de negro. Eso sí, le cae de madres que liguen
su nuevo estilo con el divorcio de sus pútridos progenitores.
Aquí viene. Ha comprado también una botella de ron.
Me sonríe y saca la lengua. Es guapa.
En su casa (un mamotreto de cinco pisos) Italia dispone de un acceso
especial, secreto, para que nadie, ni la servidumbre y mucho menos su madre,
vigilen a qué hora llega.
Su habitación.
Ya desnuda, me pregunta si no extraño a Raimundo.
-Me parece repugnante hacer esa clase de entrevistas, cuando estamos
al borde de coger –digo, mientras le acaricio una pierna.
-Qué aburrido- gruñe.
Después de mucho sexo y mucho ron, a Italia se le antoja ir al cine.
Hay una muestra de películas checas. La idea me desagrada en alto grado,
pero accedo. Tendría que decir que Italia y yo no somos novios. Nos conocimos
en una orgía de homosexuales, lo cual habla pestes de nosotros.
En el trayecto al cine (Italia conduce peor que un borracho) me pregunta
intrigada cómo puedo acostarme con ella si soy homosexual.
-Tienes voz de hombre.
Se avienta a reír. Intencionalmente ignora un semáforo y casi atropella
a un señor.
-Estorbo- dice, masticando las palabras. Luego aporrea el claxon como
si buscara pulverizar el volante. Se carcajea. Me asusta.
Italia se vive la mayor parte del día en planos de consciencia que
ella denomina “superiores”. Es una rara avis que jamás podrá resignarse
a vivir en este mundo de imbéciles, o eso quiere pensar.
En el vestíbulo del cine organiza uno de sus tradicionales escándalos.
Exige que le vendan palomitas.
-Quiero un paquete para dos y los refrescos más grandes que
tenga.
-Perdón, aquí no vendemos refrescos ni golosinas. Es un cine de Arte.
Detrás nuestro, una desesperada hilera de individuos aguarda por entrar
a ver la peli. Tras varios minutos de asedio por parte de Italia, quien
no cesa de acribillarlo con demandas insufribles, el pobre muchacho de los
boletos desfallece por soltarse a gritos. En eso aparece el supervisor.
-¿Qué pasa aquí?
-Este señor, muy fino, que se niega a venderme un refresco.
El
supervisor, petrificando el semblante, declara:
-Esto no es cafetería.
-Deberían dar cuando menos agua, para tragarse este ladrillo de película,
señor.
-¡Nadie la obliga…!- refuta el honorable funcionario, emocionándose,
pero ya Italia me acarrea del brazo al interior del auditorio.
Sobra decir que durante la proyección estuvo chocantísima. Criticaba
en voz alta los encuadres y corregía los diálogos, insultando al guionista
y al director, como si los tuviera enfrente. En repetidas ocasiones los
vigilantes se presentaron para amonestarla.
-Es que este churro deprime- se justificaba, jurando tranquilizarse,
pero no bien los paladines del orden se marchaban, Italia reemprendía su
labor de lanzar improperios. El resto de los espectadores (en su mayor parte
inefables vejetes y raros sujetos con facha de beatniks) protestaban a través
de murmullos, estornudos fingidos, y de removerse en el asiento. Nadie fue
capaz de levantarse y callarle la boca.
La
película, como Italia decía, era deprimente, pero en el buen sentido.
Desde el primer minuto consiguió inyectarme una tremenda nostalgia;
una revoltura de tristeza y aburrimiento. Contaba la historia de una niña
que se moría de ganas por tener un globo. Un globo blanco, que en la película
es como decir El Cielo, o El Paraíso; por ahí más o menos iba la metáfora.
El asunto es que la niña, ¡ay, cariño!, tiene un pérfido padre que es más
pobre que un discurso político; apenas les alcanza para comer y no hay para
globos. Sin embargo, tras esfuerzos casi inverosímiles y más bien ridículos,
papi logra hacerse con el globo y la niña es feliz durante metros y metros
de cinta. Cuando el famoso globo, fiel a su destino, revienta cual sapo,
uno cree, uno está plenamente convencido de que a continuación vendrá una
escena lacrimógena, o por lo menos reflexiva, es decir, la cúspide del argumento.
Nada. La vida en la película prosigue con absoluta normalidad. Resulta devastador.
Uno se queda vestido y alborotado con sus propias emociones: un vacío irresoluble
a mitad del pecho. Más tarde, cuando la niña pasa de nuevo junto a un globo,
sin inmutarse, uno entiende que su alma acaba de morir.
En ningún momento Italia paró de proferir ofensas y un trío de guardias,
empuñando sus macanas, nos rogó abandonar el recinto.
Italia hundió sus dedos en mi pelo y dijo:
-Estoy asqueada, ¿nos vamos?
Salimos muy dignos, cual pareja real abandonando su palacio.
Fuimos a un bar. Italia eligió una mesa en el segundo piso. Al poco
rato entró Raimundo. Iba con alguien, no nos vieron. Ocuparon un sitio apartado
del nuestro, mas no lo suficiente para no observar que, tras unas cuantas
palabras, comenzaron a besarse. El piso tambaleó bajo mis pies, intenté
incorporarme, la voz de Italia me detuvo.
-Se ve que aún lo amas –dijo con sarcasmo- Qué chistoso. Verlo con
otro ha de ponerte como hoguera, como pira funeraria, ¿no?
Explotó en risas. Eres una hija de la chingada, le dije. La frase,
increíblemente, la ofendió. Permanecimos largo rato en mortecino silencio;
qué extraño, fue un silencio que nunca se había dado entre nosotros. Italia,
he de suponer, había entrado en una de sus conocidas fases de consciencia
superior. Con sádica lentitud se había puesto a destrozar una servilleta.
El mesero arribó y se apostó junto a nosotros. No recuerdo dónde estaba
Raimundo en ese momento, no lo vi en el mismo lugar; tal vez, de pronto,
se había ido; tal vez quienes se habían marchado éramos nosotros, Italia
y yo, y ni siquiera nos habíamos dado cuenta. Ordené sin meditar.
Italia, en cambio, revisó la carta con suprema atención. Parecía que
le buscaba las erratas. Por fin desistió, quedándose así, atontada, sin
decir ni pío.
El mesero se mostró apurado.
-¿Va a ordenar?
-Sí –respondió Italia con voz temerosa:- un globo blanco, por favor.
Javier Dzul.-
Colaborador de
Becario del Fondo Estatal para
Premio Estatal de Cuento (Feria
Tabasco), en 2005.
Actual
becario del Fondo Nacional para