El viaje a Puerto del Sur

...Y tiempo después, una mañana de finales de abril del año siguiente, sentado en su escritorio de la Oficina Postal se encontró Marioralio, ahora sí, después de ya varios y siniestros meses, en los que conoció a un hombre llamado Omar, supo de la melliza Anna Stesse, visitó al anciano Lauro Gumersindo e hizo... bueno... e hizo algo así como el amor con la inquietante Beata María, se encontró, decíamos, con un sobre idéntico a aquel primero: sin remitente, formato cuadrado, blanco predominante sólo roto por un filo negro en el extremo derecho. Y como que la sangre se le endureció al leer el nombre del destinatario: era el suyo propio.
Sobrecogido y suspenso, ni siquiera se detuvo a revisar la dirección. ¿Qué era todo esto? Su nombre era único... ¿Quién más podría llamarse como él? Soliviantado, de inmediato quiso pensar que se trataba de una broma o una trampa de sus colegas, tan desafectos siempre a dejarse intimidar por la usual frialdad de nuestro héroe. Ya lo habían descubierto —especuló—, todos deseaban ver sus reacciones de aturdimiento y de miedo. Volvió la mirada hacia los demás escritorios y sintió un frío asperísimo al advertir que nadie lo observaba. Entonces, al leer la dirección, el laberinto empezó a revelar su perpleja negrura: ¡la dirección era en el Puerto del Sur! Recordaba muy bien Marioralio los datos escritos en el primer sobre, aquél de hacía tantos meses, y eran los mismos. Sudando, tomó la carta, se levantó de su lugar y caminó hacia el baño. Sentado en el retrete, rasgó el extremo derecho del sobre, y con un dolor insidioso que parecía la agria paga por cada instante de placer e introspección y morbo que le había tocado vivir gracias a su manía violatoria, fue sacando una hoja y pronto vio el reverso blanco de una fotografía. Empezó a voltearla mientras sentía deslizarse por su espalda, como si se tratara de la brusca espada de lo fatal, todo el pavor.

Marioralio encontró en el interior del sobre una fotografía —otra nueva, diferente—. Primero vio el blanco reverso, vacío, y al darle vuelta se fue esbozando ante su vista la silueta de un hombre, de la cintura hacia arriba, levemente de perfil, con los brazos extendidos hacia los lados. Los blancos, grises y negros estaban propiciando contornos y oposiciones. Por un momento él levantó la mirada, como si temiera encontrar sobre su cabeza una cámara que memorizara sus reacciones, y al bajar de nuevo los ojos vio sobre el papel una figura a la que faltaba diafanidad sólo en el rostro, y que además no tenía la mano derecha. Se fijó en este detalle último con curiosidad y tensión: el hombre de la imagen no tenía la mano derecha.
Sacudido y descontento, Marioralio no logró deducir la identidad de esa persona.
Intentó reflexionar con calma. El sobre de la intriga fue —no había duda de ello— entregado al correo con la finalidad de que él lo dizque clasificara, ¡pero no!: ¡de que en realidad lo abriera! Un mensaje se hallaba escondido en él —y en la fotografía, por supuesto—. Aún intranquilo y con la sensación del acecho salió Marioralio del baño y pasó a su escritorio tan sólo para recoger su chamarra; a la secretaria del Director le dijo:
—Me siento bien mal, vuelvo mañana.
Salió sin esperar respuesta.
Pasó la tarde y la noche en su cuarto revisando con hipnótica angustia y perplejidad la fotografía y el sobre y la letra con que estaban escritos su nombre y la dirección desconocida. Al compararla con la caligrafía de la carta primera le pareció claro que se trataba del mismo remitente anónimo. La respuesta, intuyó, la encontraría sólo en el Puerto del Sur. Allá debía buscar al destinatario del primer sobre, y él le diría... Pero, en todo caso, ¿qué deseaba, qué le urgía saber? ¿Y si el hechizo de Omar le había sido heredado, y el camino hacia el desquiciamiento, después de todos estos meses tan convulsos, habría de venirle por el conducto de esta carta ignota? ¿O qué pasaría si, como en el caso de la correspondencia de la melliza Stesse, volvíasele imposible rastrear al remitente?
¿O era acaso ésa la señal que había estado esperando? ¿Había llegado luego el momento de la acción?
Apenas si pudo dormir. Cuando por fin lo hizo, en el sueño lo visitaron, con su ya familiar recurrencia, los rostros de Lauro Gumersindo y la joven Beata María. Sí —le decían ambos, enérgicos, sentados a la iluminada mesa de siempre—: ¡Haz esto, ahora!
Temprano al día siguiente él telefoneó a la Oficina, desde la calle. Veía a su izquierda al cuidacoches, un hombre gordo y bajo, con una franela roja en la mano derecha, quien por su parte lo miraba con ánimo retador. ¿Cuántas veces se lo había topado, y siempre lo encontraba con esa catadura grosera? Marioralio cerró los ojos y, cuando por fin la recepcionista le dijo “¿Bueno...?”, él pidió hablar con el Director.
Al explicar con embarazo que se sentía mal y deseaba tomarse algunos días, la voz del jefe le llegó como si cálida o cómplice:
—Tómate unas dos semanas, Marioralio. Vete a algún lugar tranquilo, vete lejos de la Ciudad a descansar. Has trabajado duro. Vete, ándale.
Confundido, Marioralio le agradeció con balbuceos, y luego de colgar ya se había arrepentido de invocar un viaje absurdo. Era una trampa, estaba claro. ¿Dos semanas? ¿Cómo dos semanas...? Pero... ¿por qué una trampa? ¿Querían despedirlo, lo habían descubierto? No, si deseaban correrlo, ya lo habrían hecho, pensó —aunque Marioralio de una u otra forma sentía que del Director, un hombre bajito, de bigotillo oscuro y mirada insegura, nada debía temer: de hecho, lo consideraba un tipo más bien distraído, un pobre diablo, un hombre burdo y nervioso, eso también.
Marioralio hizo a un lado sus vacilaciones, e impulsado por el recuerdo de su incierto sueño preparó un maletín con un cambio de ropa. Un taxi lo dejó en la estación de autobuses y luego de tres horas de un viaje intranquilo, en que el desasosiego de los días recientes lo inundaba de preguntas y conjeturas, llegó a una pequeña ciudad ubicada a 30 kilómetros del Puerto. Ninguna ruta de transportes enlazaba los dos puntos, y el único taxista que encontró al salir de la terminal le dijo, con acento desconfiado, que nadie lo llevaría. El camino era muy malo, sí...
—...y nadie desea, señor, todos le sacan a ir al mar.
Pero eso no le importó a Marioralio.
—Me voy a ir a pie, dígame usted cómo le hago.

Llegó al Puerto luego de no sabía si tres o cuatro horas. El anochecer estaba cercano. Un aire caliente se adensaba alrededor de su cara y al estar frente al muelle —desierto, como si oblicuo ante el sol poniente— pensó: No debí haber venido. Apenas si recordó el misterio de las cartas. Consumido, somnoliento, sintiendo las coaguladas tinieblas repentinas como una cobija amable, caminó unos pasos hacia la arena y se recostó: puso su maletín como almohada. Antes de dormirse, vio la figura de un hombre alto y delgado que se acercaba escrutándolo con malicia.
Cerró los ojos.

Geney Beltrán Félix (Culiacán, Sinaloa, 1976) es editor, narrador y ensayista. Ha publicado El biógrafo de su lector (2003; Premio José Vasconcelos).



 

Abril-Mayo 07