
NAPOLEÓN DESABROCHADO
Napoleón cercó la taza con sus manos y la frotó despacio.
Seguía dándole vueltas a esa idea que no había podido
quitarse de la cabeza desde la mañana: había resuelto, finalmente,
después de mucho meditarlo, visitar aquel lugar que se anunciaba en
el periódico y donde, con algo de suerte o buen tino, podría
encontrarse con ella. Se puso de pie y con ese pensamiento en la cabeza caminó
hasta la cocineta del despacho, donde siempre había galletas y café
listo para servirse. Con cafeína se produce más, solía
decir el jefe, aunque Napoleón, desde hace tiempo, cuando se enfrascaba
en sus cavilaciones, no producía gran cosa.
— Su Ilustrísima, pásele por aquí —le dijo
un compañero.
— Emperador mío —otro le cerró el paso e hizo una
especie de reverencia—, interceda por este humilde asalariado y consígame
un aumento. Tengo tres de familia y un french poodle, paisano suyo.
Sus compañeros, para divertirse y relajar el ambiente, acostumbraban
jugar a rendirle pleitesía, como si ese hombre que todos veían
siempre con una traza torpe, el rostro ojeroso, la camisa mal fajada y la
corbata pésimamente puesta, fuese, ni más ni menos, el famoso
Napoleón francés, el mismo que perdió en Waterloo. Este
Napoleón del despacho contable, a veces, cuando tenía ánimos,
alentaba las bromas hacia su persona cuando sus colegas le pedían que
emulara al otro Napoleón abrochándose su chaqueta para que introdujera
su mano entre los botones y él aceptaba placenteramente. Todo por compartir
el mismo nombre; no hacía falta más. Era un buen tipo, aunque
con sus detalles.
Napoleón se plantó frente a la cafetera y no les prestó
atención a las burlas que aún revoloteaban a sus espaldas. Seguía
pensando y contando los minutos restantes para irse de ahí, a ese lugar,
y quizás ahora, apostándole al juego de las fantasías,
se le acercaría tanto como nunca. Quizás, dijo entre dientes
y al mismo tiempo observó cómo el café, humeante como
una boca excitada, escurría hasta llenar su taza. Casi clavó
su nariz dentro del líquido caliente e inhaló profundo, dos,
tres veces, acumulando en sus pulmones la ilusión de estar hundido
en los mechones oscuros de ella, la mujer que comenzó a desear tan
insensatamente aquella tarde en la bañera, aunque tal vez la deseó
desde siempre.
Desde la cocineta Napoleón escuchó sonar su teléfono
y volvió con su taza al escritorio. Se movía con cierta contundencia;
su estructura es fornida, cree él que demasiado grande para el gusto
de ella, y también demasiado pálido, pero eso, a diferencia
de lo otro, es herencia de familia. Tomó el auricular.
— ¿Diga?
— Soy yo.
— ¿Qué pasó?
—Dice mamá que cuando vengas a casa traigas un boleto de la lotería
que termine en 67.
— ¿Volvió a soñar con sacarse el gordo?
— Eso parece.
— Oye, Sofía —Napoleón quiso cambiar la conversación—,
¿te gustan las orquídeas? He visto un arreglo floral y se me
ha ocurrido comprarlo para la casa. ¿O qué flores te gustan?
—Me da igual — colgó.
El jefe del despacho, don Alfonso, un hombre bigotón y mal encarado,
miró a Napoleón perdiendo el tiempo con el teléfono.
Lo vio, sentadote, sorbiendo su café, colgando la bocina y hojeando
el periódico. No pudo evitar llamarle la atención.
— ¡Corona! ¿Ya terminó con las nóminas del
señor Benítez?
— Mañana las tengo listas, jefe —respondió Napoleón
apenas apartando la vista del periódico.
— ¿Mañana? ¡Debería darle vergüenza,
Corona, tenía que estar listo hoy y ahora ya es muy tarde!
Con el sobresalto don Alfonso sintió un dolor en la parte alta del
abdomen, pensó en su úlcera, recordó que tenía
hambre y se imaginó echando a patadas a Napoleón por la puerta
de atrás. En eso volvió a sonar el teléfono y prefirió
huir a volverse a encrespar tan abruptamente.
— ¿Diga?
— Soy yo otra vez.
— Dime.
— Mamá dice que se equivocó. Que le compres un boleto
con terminación en 76. Al revés — colgó.
A Napoleón no le molestaba la forma en que se comunicaban Sofía
y él. Eso de colgarle el teléfono lo encontraba común
y corriente dentro de una relación de hermanos. Pensaba en eso cuando
anotó sobre el periódico el número del boleto que soñó
su mamá y al tocar el papel volvió a pensar en aquello que se
le había ocurrido y no podía dejarlo en paz.
Consultó el reloj: ahora sí se acercaba el fin de la jornada.
Abrió el periódico en las páginas de los clasificados,
buscó una vez más el anuncio y memorizó la dirección.
Reunió sus cosas y salió del despacho de una vez por todas,
con la esperanza de apaciguar ese fuego que sólo ella podía
provocarle de esa manera tan incierta.
El jefe lo vio salir cuando aún faltaban algunos minutos.
No perdió tiempo, tomó un taxi y de pronto ya estaba en la calle
indicada y el número de la casa que tenía enfrente. Todo coincidía
con la dirección que salió en el periódico. La puerta
del lugar, a diferencia de todas las casas que se encontraban en esa calle,
era de vidrio, y no se podía ver a través de ella, estaba polarizada.
Tocó el timbre y tras unos segundos la puerta cedió automáticamente.
Se introdujo en un pasillo oscuro que en un principio le provocó desconfianza,
pero conforme avanzó fue apareciendo una amplia sala iluminada con
cierta fosforescencia, con las paredes azules y un televisor empotrado que
sintonizaba una telenovela. Ahí vino a encontrar lo que buscaba: mujeres,
varias, como para escoger la más cercana al demonio de sus fantasías,
estaban repartidas entre los tres sillones, también azules, largos
y acojinados que completaban el austero decorado. Lo recibieron con sonrisas.
Napoleón puso sus ojos en una morena, bastante atractiva para ese lugar,
quizá de su misma edad, tal vez uno o dos años menor, y eso
lo excitó, con unos pechos que imaginó besar mientras la penetraba
montada ella sobre sus piernas.
— ¿Cuál le gusta, joven? —le dijo una mujer que
se apareció de la nada y obligó a Napoleón a volver en
sí.
— No sé. ¿No hay más? Ando buscando otra cosa.
Algo así como ella —señaló a otra mujer que estaba
sentada, aunque no tan admirable como la morena—, pero con el pelo más
oscuro, negro, como el café, aunque el café es café,
pero muy oscuro, casi negro, usted me entiende —dijo sonriendo, pues
se dio cuenta que no hacía falta tanta palabrería.
En eso entraron a la sala dos mujeres más. Llamó a su atención
la que llevaba una lencería blanca y con una tez tan clara que parecía
no llevar nada puesto. Sus cabellos negros acentuaban aún más
esa palidez que Napoleón encontraba similar a la suya. Imaginaba que
le hacía el amor tomándola de los cabellos para hacérselo
desde atrás con más fuerza. Sintió que su miembro iba
romperle el pantalón.
— Ella —señaló decidido.
Un par de horas más tarde Napoleón llegó
a su casa. Apenas lo vio su madre y le preguntó si ya había
cenado. Él le sonrió y contestó que no tenía hambre.
Su madre cambió de tema:
— Sofía está loca.
— ¿Ahora qué hizo, mamá?
— No vas a creer que se pintó de rubia oxigenada. Si de por sí
está transparente y ahora con los cabellos amarillos, casi blancos.
Nada más los artistas hacen tales locuras. Ya le dije que parece una
corriente...
Las palabras de su madre le provocaron a Napoleón una risita nerviosa.
—Aquí está tu boleto, mamá — es lo único
que atinó en decir.
—Gracias, hijo. Soñé éste número —
tomó el boleto y se retiró a su recámara.
Napoleón escuchó a su madre subiendo las escaleras y luego el
sonido de la puerta de su habitación al cerrarse. Entonces fue a la
cocina, con su hermana. Ella estaba cenando.
— Hola — la saludó.
— Ya voy a terminar.
— No, espera, no te molestes, termina de cenar. Nada más vine
a prepararme un café y me voy a mi cuarto.
— Bueno.
— ¿Cómo te fue hoy en la facultad?
Ella no le contestó. Napoleón quiso seguir haciéndole
plática:
— Hoy tuve un día pesadísimo, no sabes...
Sofía no lo escuchaba. Entonces Napoleón abandonó la
idea de llevar una conversación amable y preguntó:
— ¿Por qué te teñiste el cabello? La verdad, creo
que negro te quedaba muy bien, es decir, así me gustabas más.
Ella dejó de comer y sin quitar la vista del plato, respondió:
— Por eso mismo me lo teñí, imbécil —y se
sobresaltó un poco—. No lo puedo creer, en realidad eres un puerco,
un enfermo.
Napoleón le contestó con una mueca, la dejó hablando
para buscar en la alacena su taza y el café, y rápido se puso
a calentar un poco de agua. Sofía lo observó ir y venir en la
cocina y no pudo evitar recordar aquella tarde cuando descubrió a Napoleón
espiándola tras la puerta de la bañera y que, a pesar del ruido
del agua corriendo, pudo escuchar la respiración entrecortada de su
hermano que con el pantalón desabrochado gozaba amándola a su
manera.
José de la Paz
(Monterrey, N.L., 1978)
Narrador y ensayista. Estudió Letras Españolas en la UANL. Se
desempeñó como reportero del periódico El Porvenir. En
2003 fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León. Ha obtenido
el primer lugar del Certamen Literario de Cuento "Sobre Rieles"
(2006) y el primer lugar del Concurso de Cuento Joven de San Nicolás
(2007). Textos suyos han aparecido en revistas como Tropo a la uña
y Oficio, y en la antología La difícil brevedad (CONARTE/Casa
de la Cultura de Nuevo León/CRIPIL Noreste, 2006). Su blog: http://porjosete.blogspot.com