
La fotografía y la realidad
Por: Alejandro Chavarría Rojo
Cuando los dioses crearon al hombre, según una leyenda del Quiché,
y le dieron forma a su carne, y labraron su corazón fuerte y sabio,
el hombre se levantó y rindió tributo a sus creadores, les agradeció
por tan magnífico estado, por la lucidez y la clarividencia; les prometió,
al fin, lealtad eterna. Sin embargo, los dioses no vieron con buenos ojos
las capacidades de los mortales, pues su creación estaba dotada del
saber de lo grande y lo pequeño, y de sus causas; nada había
que fuera desconocido para estas nuevas criaturas; pronto, con el paso de
las generaciones, serían iguales a los dioses. Las viejas deidades
nublaron, entonces, los ojos de sus hijos terrenos, protegiéndolos
así de la maldición de la soberbia.
Desde entonces el ser humano ha vivido observando todo pero sin conocerlo,
a través de su vista trascurre el mundo, rápido y doloroso,
pero él nada sabe de lo que está a su alrededor. Un manto oscuro
es el universo y los ojos de quien lo observa no son menos sombríos.
Ver el mundo es inventarlo, tratar con fantasmagorías que se imponen
al paisaje inmóvil y perenne en un marco prescrito pero irreal. Cuando
asir lo real se convierte en el pretexto de una vida, se puede saber que esa
vida es ya ficticia, pues no existe lo real sino como una hipótesis,
poco lúcida por cierto, que esconde tras su estructura una esencia
poblada por el miedo profundo y arquetípico hacia el vacío.
Si el universo existe no lo sabemos; lo único posible es observarlo
con ojos que no son totalmente nuestros y actuar en el contexto aparente que
forma la vida de cada persona.
La fotografía, esa herramienta, constituye una forma más de
observar e interpretar la realidad inasible, y hay quien confunde sus resultados
con el mundo detrás de las apariencias. No nos equivoquemos, la fotografía
no registra, comenta; no observa, fabula; es un arte y como todo arte retoma
la forma del paisaje y lo transforma de acuerdo a su estructura como máquina,
y a los deseos de quien toma en sus manos la cámara fotográfica.
El acto de fotografiar confabula al sujeto con la máquina para dar
vida a sueños que sólo existen en la mente del artista, los
límites aparentes, el programa y los contextos, se convierten en caminos
provechosos para que el fotógrafo plasme su mirada en el marco de la
cámara y a su vez este aparato extraiga un trozo del mundo, para regocijo
de quien lo utiliza.
En cada fotografía es visible una parte de aquel oscuro secreto, de
eso indecible que supone el interior del pensamiento, que parece entregársenos
a ratos y cuando nos damos cuenta tenemos las manos vacías.
Por otro lado, en estos tiempos, tomar la fotografía como una imagen
nítida del mundo es el cliché que se ha extendido a través
del desarrollo de tal arte, y las cámaras comerciales instan al individuo
a fotografiar todo lo que vea, pues el hombre tiene miedo, también,
de perder su memoria, su identidad, de sucumbir al caos, que es otro nombre
del vacío. Pocos se atreven a ir más allá del circulo
redundante de la fotografía normal, a esos viajeros les interesan no
las formas cotidianas y monótonas, sino las cosas que nunca existieron
hasta que la lente se posó sobre ellas, se percatan de que el paisaje
cotidiano esconde en sí mismo una originalidad no vislumbrada que espera
sólo que algo se las arranque, y si esto no es suficiente siempre hay
elementos que combinados muestran las insondables maravillas.
Se puede decir, aunque tal vez sea un error, que la historia de la cultura
tiene como base el eterno deseo de conocer el mundo, como si una ínfima
parte del hombre aun recordara y añorara el lejano tiempo cuando esté
tenía en su poder el saber ahora proscrito. La nostalgia de lo ya perdido
propulsa el paso de cada ser humano que ha poblado y poblará esta triste
tierra.
En un mundo que quisiéramos estuviera poblado por signos permanentes
y seguros, nos encontramos con que lo único existente son símbolos
cambiantes y divergentes, que se nos escapan a la menor provocación,
al más ínfimo signo de intención interpretativa. Como
si el afuera tuviera conciencia y jugara con el hombre frente a él.
Al ver a Dios la criatura queda ciego. Los dioses son egoístas y tienen
miedo. Crearon una visión incompleta y fugaz, y dotaron al hombre de
la capacidad de convivir con ella. Desde entonces eso es el mundo. La fotografía
nos recuerda que hay algo de irreal en el tejido cósmico, sus imágenes
nos impelen a creer que son ciertas, pero cada vez que nos acercamos a ellas
presenciamos la triste verdad: cada nueva foto nos aleja, cada vez más,
de la certeza.
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DATOS DEL AUTOR:
Alejandro Chavarría Rojo.- Estudiante de la carrera de Psicología
en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
http://alexchrojo.blogspot.com
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